lunes, 30 de septiembre de 2013






                      Del libro de poemas "El edén de Salomé"

A quien proceda:
Señora, usted me trajo la vida y usted se la lleva, está en su derecho.
Usted me demostró que la raíz cuadrada de dos que se aman tiende a infinito,
que el triple de uno es dos, que la razón es la cara visible de la luna y que el sol
es la estrella que ya llegó.
Usted, señora, me dijo que la vida se inventó para encontrarnos
y que por esa misma regla astral derivó la esquina en plaza, la plaza en temblor,
el temblor en una igualdad de mañana es hoy y hoy en mañana será hoy,
en el mismo banco, a la misma hora, tirado el reloj al fondo del miedo de la nada.
Señora, está usted en su derecho, en su perfecto derecho
de sumarme los desperfectos, los imperfectos, los defectos y restarme los afectos
porque es suyo el mundo que me trajo, en el que nunca creí, al que me abracé
como el borracho a la farola, como el niño hambriento al pezón de la noche escuálida.
Pero sepa usted, señora, sépalo por una vez, aunque lo lea, sonría, y queme el papel,
que sí es cierto, que sí puede ser que se descubra al amor y ya no se pueda vivir sin él.
Sin más dilaciones, decirle que el amor es inmenso porque inmenso es este dolor,
inmensa esta dulzura que muerde, este árbol que crece amargo, dulce como la lluvia,

y decirle, señora, el teorema del mundo, que aquí me tiene, para lo que proceda   



                                                              Quintín Alonso Méndez







        Así acaba "El nombre lo pones tú", novela


                                                                           posdata


                  Esta mañana me has entregado la novela, o lo que sea, como lo quieras llamar, «toma», me dijiste. Está atardeciendo y no he parado hasta terminarla. ¿Qué has hecho? Me gusta. Parece un cuento de hadas. Me gusta. Está lleno de agua.
                  Nada más terminarla, me quedé con una sensación extraña, no sé, como entre nubes, me levanté y fui en tu busca, allí estabas, con la mirada perdida en el horizonte, dejando que las alas azules de las mariposas de tu cigarro dibujaran en el aire los versos que se te escapan, pero que a mí me llegan y yo te leo.
                  __Me gusta __te dije __, es extraña, pero me gusta.                                   
                  «La vida es extraña», me dijiste, «y es hermosa».
                  __¿Y qué nombre le vas a poner?
                  «El nombre lo pones tú».
                  Me sonreí. Me incliné hacia ti. Te besé las alas de las mariposas azules. Te besé. Y antes de irme, me volví y te pregunté, le pregunté a tu espalda, «¿y si le pongo el nombre de la niña que vamos a tener?». Sí, me dijiste, y vi tu voz dulce, dulce, ascender, envuelta en las alas azules de las mariposas. Era una libélula.
                  Me sonreí

                                                             


Quintín Alonso Méndez

domingo, 29 de septiembre de 2013







                       Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Por qué desaparecen las palabras cuando intento destilarlas para hablarte,
decirte este infinito sentimiento profundo hacia ti, a toda tú, libélula azul.
Dónde se me esconden las palabras, qué escondrijos recónditos encuentran
que le arranco la tierra a la tierra, el agua a la piel del agua, la oscuridad a la luz,
y sólo aparecen, diseminadas por el aire que sabe a ti, partículas como frutas
de sueños besos te quieros roces sonrisas labios suspiros anhelos sueños besos
te quieros roces sonrisas labios dulzuras deseos sueños besos te quieros
partículas racimos de partículas bien prendidas como dedos entrelazados
palabras que quiero deshilarlas para uncirlas a los versos, para luego los versos
soltarlos desde la azotea como palomas y surquen el tiempo eliminando el espacio
y pobres sinceros honestos íntimos entregadores pobres sinceros honestos
enamorados solamente que enamorados menudos perdidamente enamorados
se posen en las macetas de tus manos en los edenes de tus territorios inmensos.

Dónde se me esconden las palabras con las que quiero decirte lo infinito que te quiero



                                                                Quintín Alonso Méndez





                    De "El nombre lo pones tú", novela

décima puerta


                  ¡No había puertas! Sólo jardines abiertos. Y una ventana abierta, dando al mar. Gatos y perros por nuestros jardines, protegiéndolos del influjo del aire enrarecido en las noches sin luna, con voces de lobos sin cabeza. De las voces que a veces trae el viento. Vestidas de harapos o de músicas seductoras. De aullidos astillados, horribles a veces, cómicos, otras. Pero aullidos. Pesadillas que tú has ido espantando, como si nada, con tus silencios tristes, tan callados que rompen la tormenta, abriéndola, desparramándola, yo en tus brazos. Protegida. No sé si es esa la palabra, supongo que no. Pero me gusta. Protegida.
                  ¡No hay puertas! Sólo jardines abiertos, un futuro en cada flor, en cada rama.
                  Estoy escribiéndote estas últimas páginas. Podía haber escrito otras, diferentes, cosas que se me han olvidado, otras que no se olvidan pero que están escritas en los silencios, entre cada palabra ya sabes que siempre hay otra, invisible, para ser leída o pronunciada en las noches de luna, en los amaneceres encendidos, en los mediodías azules, en las tardes calmosas, con sus pinceladas grises y sus desbordes anaranjados. Podía seguir escribiendo, día a día lo haré en mis diarios, tú sabes que alguna que otra tarde me escapo a la orilla, donde te encontré, donde «eres tú» es un destello eterno de plata en los charcos.
                  Me asomo a verte. Lo necesito. Callas como la ternura. Quisiera leer algo tuyo, tus sensaciones, pero «son cuentos de hadas». Espero a verte encender un cigarro. Me gusta cómo lo haces. Veo mariposas azules en el humo de tu cigarro, o son hadas desnudas, vestidas de humo. Tú me dirías que son versos que se te escapan para siempre, que nunca conseguirás verlos, descifrarlos, escribirlos. Yo sé que sí. Pero las hadas son infinitas. Esa es tu tristeza. Y tu tiempo, no. Yo me conformo con tenerte, con asomarme y mirarte. Ver cómo buscas el cigarro a tientas, cómo lo enciendes, cómo me regalas una bandada de mariposas azules. Se me ocurre que te deseo. La suave estancia de estar desnuda en tus brazos. Se me ocurre preguntarme quién eres. Qué haces por aquí. Los vientos sin destinos te han traído. Se me ocurre que los pájaros de mi cabeza están alborotados. Tú los alborotaste una tarde, la tarde «eres tú». No dejo de recordarla. Se me ocurre que quiero preguntarte si me quieres, «te quiero», me dicen, con sus alas abriéndose, las mariposas azules de tu cigarro. Se me ocurre que deseo fumarme un cigarro contigo, a tu lado. En silencio. «Leo tu nombre en el humo azul de tu cigarro», me dices. Me haces sonreír. Siempre lo consigues. Vieji, te quiero. Se me ocurre decírtelo. Me mimas los labios. Me gusta cómo me los mimas. Se me ocurre que quiero hacer un viaje en barco, contigo. Te lo digo, «vale», me dices, «quieres que sea el mismo viaje que nuestro primer viaje».
                  __¡Sí! __te digo, enamorada.
                  Se me ocurre que nos conocemos de siempre.
                  Vieji, espero que estas páginas no te lleven tristezas, ningún dolor. Aunque apareciera, de pronto, alguna nube gris, barruntando más nubarrones, lluvia, no dejes de saber que te quiero. Que estoy contigo. A vida. Ni siquiera he releído las páginas. No he corregido nada. Por eso no sé si te he dicho todo lo que quería decirte y si he conseguido ocultarte todo lo que he querido ocultarte. No importa. Las páginas han ido saliendo así y quiero que así las leas. Mis faltas de ortografía forman parte de mi encanto, ya lo sabes. No te enfades. ¿Está bien escrito te quiero, vieji? Eso es lo que importa, que te quiero.
                  No hay puertas en la casa frente al mar.
                  Gatos y perros paseando por nuestros jardines.
                  Se me ocurre que quiero dejar de escribir un momento, de dar un paseo contigo, de asomarnos a nuestro paisaje con rostros de pez o de gato, de peces voladores y pájaros navegando por las aguas, boca arriba. Pero antes quiero acabar esta página, la última, las demás páginas las leerás en el viento o en mis diarios o quizás ya no pueda dejar de escribirte, de contarte mis sensaciones, mis historias de amor con el amor. Contigo. Pero termino esta página y te las doy para que las leas. Quizás no haya sabido expresarme lo bien que hubiera querido, transmitirte mis andaduras mientras perseguía tu rastro, buscándote. Ya sabes, llegaste a la orilla, a las furnias, flotando sobre una isla de agua, rodeada de agua. Embarrancaste a mi lado. Salté de alegría. La niña que estaba dentro de mí y yo te llevamos a casa, a nuestra casa, amor, frente al mar. Te cuidamos, te curamos.
                  Se me ocurre, antes de ir a buscarte a dar un paseo por la costa, por entre las furnias, que hoy no me lo has dicho. Me asomo a donde estás, con tu colección de cuentos de hadas.
                  __Hola __y me quedo así, a tu lado, callada, encallada, esperando.
                  «Te quiero», me dices, sin levantar la vista, las mariposas azules volando libres por el aire azul del mediodía.
                 Vuelvo corriendo, a escribirlo, a decirte, perdona, ahora a escribirte, que yo también te quiero, bicho, y que te dejo por un rato, ¡me voy a dar un paseo con lo que más quiero!
                  Que eres tú.


                                                         Quintín Alonso Méndez
                                                             



sábado, 28 de septiembre de 2013






                          De "El nombre lo pones tú", novela


El verano te trajo definitivo.
                  Habías estado en otros veranos, pero eran pequeños veranos metidos en inviernos, en ausencias gélidas, en largas ausencias que me rompían, estremeciéndome de frío. Pero el verano te trajo definitivo. Un verano que poco a poco se fue habitando, tanto como para ya no ser entendido sin ti, sin tener tu voz, tu presencia. Un verano que se despertó tarde, como si el sol no tuviera prisas en abrirse y romperse contra los riscos, las rocas, la playa, días bordados de grises, de palideces, el viento saliendo a pasear por el callejón, por la costa. Se abrió, se rompió en nuestros brazos, días sin noches porque las noches eran un remolino de susurros y calmas lentas, perezosas, cerrábamos los ojos, nos sentíamos, perezosos en el sopor, abríamos los ojos y el sol ya estaba allí, abierto, encendido. Días de verano que caminaban despacio, despacio, pero no se detenían. Entrando en el verano, sombras y voces bajaban hasta mí, se posaban en mis labios, me tenían así, yo sin saber si quedarme quieta o echar a caminar, no importaba a dónde, echar a caminar y así esperar el milagro de una respuesta, de una venida de alas, de una voz que impaciente contaba los días, las horas, por estar. Así iban pasando los días, algunos eran una tortura, otros se iban suaves, amodorrados, quise olvidarme, no podía, volvían las voces, las alas, estaba en mis manos tener lo que en la primavera habían sido mis mayores ansias de tener, de dar. Entraste tú en el verano, los primeros días, grises, pálidos, yo quería que tus ojos me dijeran «vine para quedarme», pero no podía olvidarme de las alas negras, migratorias, que revoloteaban sobre mi cabeza. Alas que llegarían de vuelta con el otoño, con los primeros fríos. Quería moverme y más quieta me quedaba. Era lo que quería y entonces me encontraba, de golpe, con dos ramales que llevaban al mismo corazón, al mío, pero los caminos eran distintos, opuestos. No sé, supongo que tomé la decisión de posponer la elección de la ruta que partiera de mi corazón. Mientras, decidí que me quedaría contigo, si tú querías, hasta que tú quisieras. Los días se fueron llenando de melocotones, de racimos de sonrisas, de ti.
                  Podía ser la reina de un mundo soñado y en cambio me quedaba quieta, contigo. Porque desde «eres tú» no dejé de buscarte.
                  Me costó, sabes que me costó. Me quedé. Quise quedarme. Siempre estaría a tiempo de coger el rumbo de las aves migratorias. Cuando se derrumbaran los andamios de los sueños.
                  Esta cabeza mía.
                  Me pesan los ojos, vieji, salgo a la terraza, a buscarte, a encontrarte ensimismado en tu colección de cuentos de hadas. Mirándote, me vienen imágenes, algunas borrosas, roídas por el paso del tiempo, como esas fotografías viejas, donde apenas se distinguen unos rasgos, un gesto en una mirada que te recuerda y te sabe a algo, que te trae algunos recuerdos, algunos olores, vagos, perdidos en la memoria, ¡tantas voces enterradas en una fotografía antigua, tantos lugares, ya borrados por el avance destructor, implacable, de la mano humana, siempre destruyendo!, imágenes donde estás tú pero no estás tú, rostros de pez o de gato que no alcanzo a reconocer, rostros en los que no adivino hasta dónde llegaron, cuándo estuvieron, hasta qué punto estuvieron, rostros que quizás alguna vez o muchas veces durmieron entre mis manos. No quedó nada. Mirándote, esas imágenes lejanas de cuando tú aparecías, se me van las imágenes, confundo los sueños con los momentos reales, no me importa, tú aparecías, te sentabas y te quedabas así, como esperándome, como esperando a que se fueran yendo los rumores, las voces, las miradas que tú grababas, lo sé, sé que las grababas, una por una, y las guardabas con tus silencios, quizás para que allí se fueran borrando, o quizás para no olvidarlas nunca, tenerlas allí, dentro, con tus silencios, para cuando el tiempo cambiara, se nublara, lloviera, cayeran tristezas, rebotando por el suelo, martilleando, lo sé, también sé que esperabas a que yo te dijera
                  __¿Comemos juntos?
                  O simplemente te dijera
                  __¿Te tomas una copa conmigo?
                  «Vale», me decías, no siempre, pero cuando me lo decías, en los labios te asomaba una pequeña sonrisa, te cambiaba el rostro, creo que entonces ibas olvidando las otras voces, la colección de miradas. Sé que a mí también se me iluminaba el rostro, y me decía
                  __este día puede ser hermoso __me bastaba que te quedaras conmigo. Otras veces era yo quien se levantaba, se iba, me perdía en mis cruces de caminos, en las marañas que creaban las cajas de grillos.        
                   Mirándote me vienen otras imágenes, claras, como grabadas a fuego, como si acabaran de ocurrir. Entonces tu voz salta, igual que saltó, cuando iba haciéndose tiempo, historia, nunca pasado, me estremece. Tiene líquidos y tiene ecos de barrancos profundos, tu voz. Quizás eso era lo que hacía que me quedara largos ratos oyéndote.
                  __Háblame de algo __te decía.
                  «¿Te cuento un cuento?».
                  __Lo que quieras, pero háblame __no dejes que se aposente el silencio, no dejes que las cajas de grillos se vayan abriendo, con sus mecanismos metódicos, insaciables.
                  Mirándote, hay otras imágenes, que aparecen y desaparecen, como si navegaran entre olas, se pasan largos ratos invisibles, como si el mar se las hubiera tragado, pero de pronto surgen, flotando entre las olas, en el mismo sitio, entonces es cuando me sonrío recordando cuando me decías «mira», y señalabas hacia una pareja de gaviotas posadas en las aguas, «disfrutando del día», me decías. Una pareja de gaviotas que se quedó en la zona, años y años, viviendo su amor. Al amanecer acompañaban a las otras gaviotas hacia el poniente, pero volvían pronto y se quedaban por la costa, saltando de charco en charco, viendo pescar a los pescadores de caña. Al atardecer, se sumaban al resto de las gaviotas, que regresaban del poniente y tomaban el rumbo del oriente, a descansar la noche en los nidos de los acantilados negros. «Son la memoria que no se borra», me decías.
                  Mirándote, ahora, mientras enciendo un cigarro y me desperezo, me vienen imágenes, cientos de imágenes, trayéndome la ternura, la misma ternura que sentía cuando te quedabas a mi lado y me decías al oído, como una ola rompiéndose dentro de mí, «te quiero», «éste es el te quiero de las dos de la tarde».
                  Mirándote, en lo que tus manos se pierden en los cuentos de hadas, contándote las arrugas del rostro, de tu rostro de pez o de gato, de las manos, de esas manos tuyas que tan bien saben estremecerme, revivirme las imágenes, traérmelas.




Quintín Alonso Méndez


viernes, 27 de septiembre de 2013





                 Del libro de poemas "El edén de Salomé"



No sé cómo se llega a las entrañas mismas del árbol dulce del Amor,
pero sabré, ya eché a andar, ni siquiera la muerte podrá detenerme,
llegaré, con las formas de mi cuerpo o con las de mis versos,
o con los versos en mis manos, en mis ojos, brotando de mi cuerpo,
pero llegaré, y ahí, en sus raíces, me plantaré,
plantaré mis miembros y mis versos,
tú sabrás darles las fuerzas precisas, la voluntad de hierro de un vuelo,
la cuna que necesita lo frágil y lo que débil anhela crecer, fortalecerse.
No sé como se llega, pero sé que tú eres el destino, la raíz de mi existencia,
la búsqueda que buscaba desde el vientre de mi madre, la savia para mi alma,

el cuerpo para mi cuerpo, el nido invencible para mis versos,
Estrella

                                                  Quintín Alonso Méndez






                         De "El nombre lo pones tú", novela


Hay algo que no te he contado, que quiero contarte. Desde aquel día, cómo pasa el tiempo, volando, desde «eres tú», hasta hoy, también hoy el día es «eres tú». No sé cómo decírtelo, escribírtelo. «Eres tú».
                  Me viene aquella frase de Julio Ramón Ribeyro, «atardecer sobre el mar inmóvil». Así me siento en tus brazos. A tu lado. Una brisa que no es más que la caricia o una cachetada del tiempo, detenido, cómplice de nuestros sueños. De nuestro secreto más profundo: ¡somos eternos!
                  Entro en el libro, en las páginas que llevo escritas, leo algunos párrafos, ¿a qué me recuerdan?, no a cuando fueron escritas, es decir, no a cuando estas sensaciones fueron vividas, sino a cuando sucedieron en la realidad del tiempo prístino, ese tiempo que no se da cuenta de que está transcurriendo, de que está empezando a formar parte de la historia de los futuros. Qué diferencia. Cuando estos sentimientos fueron escritos, te lo puedo asegurar, amor, entonces fue cuando tomaron forma, cuando despidieron todo su sabor y color, cuando adquirieron su movimiento propio y cobraron vida propia. Antes, cuando ocurrieron sobre el tapiz de la realidad, cuando estaban convirtiéndose en sentimientos, pasando del boceto a la imagen nítida, de oruga a mariposa, de la neblina que tienen todos los presentes a la certeza de la eternidad que llevan impreso todos los futuros, no sabían que estaban ocurriendo, desplazándose por el tobogán de la memoria, que estaban entrando a formar parte de la historia de una vida. Un pedazo de recuerdo que no dejaría de latir, de estar vivo, presente. Siempre. No tenían ni idea de que estaban formando parte de la trama del mañana, del hoy. Del nosotros pero sin nosotros. ¿Crees que hubieran huido, de saberlo? No. La huída no existe mientras se está construyendo el presente de lo que será después, más presente, día a día, en cada vuelta de luna. Sólo se huye más tarde o más antes, cuando doblar una esquina es una huída, cuando no es otro derrotero que se presenta como una pausa. Yo estaba cansado de tanto huir, de tanto negarme. Es el peor de los cansancios. Quise quedarme en ti. Donde sigo, donde sigo construyendo futuros –o los invento para que la sed permanezca dormida un poco más.
                  Tú eras silencio y eras una dulzura callada, mientras me oías, me mirabas o me ignorabas –o quizás estabas en otra parte. Caminabas entre nubes, traspasabas fronteras para encontrarme.
                  El verano me abrió sus puertas y ventanas, me abrió los ojos. Tanta luz no podía ser una maniobra de los destinos equivocados.
                  «Quédate», te dije, sin decirte nada, dejando que tú hablaras, decidieras.
                  __Este verano no me apetece moverme __decías, y el verano galopó con nosotros, con sus días brumosos, de borrasca, y sus días abiertos, azules, sucediéndose como olas o suspiros o caricias que no terminaban, que se prolongaban al otro día, al otro, a la noche, a la sucesión de las noches, irguiéndose en un mismo día y una misma noche. En aquella casa, entre laberintos de telarañas, abejas, verdes, rojos, blancos, cielos azules, horizontes de agua, rumores de mareas lejanas, silencios, pájaros, gaviotas, besos, perenquenes, gatos, cervezas, cigarros, ecos de cajas de grillos, ecos de pedazos de recuerdos, ecos, ecos, campanas llamando a ojos cerrados, a labios entreabiertos, a voces, colores, heridas rehaciéndose, en aquella casa, amarilla, sostenida en el aire por las palmeras, en el silencio del aire, un mar verde de plataneras, un resplandor de luz  callada me lo dijo, «eres tú», en el territorio de aquella casa, amarilla, venida de otros tiempos, posada, empezó a gestarse el nacimiento de la novela que te prometí nada más verte. Cuando me dije «eres tú».
                  Pero no es una novela, no sé lo que es. Sentimientos, ojalás de sentimientos, pinceladas de pedazos de recuerdos, notas sueltas que los días han ido juntando, gestos, olvidos, muchos olvidos, lo sé, y tristezas que se quedan calladas, silenciosas, mustiándose, que no quieren salir a la luz del mundo, colores grises que la memoria deja ahí, colgando del horizonte de los días plomizos, anodinos, que pasan sin saber que han estado, que han existido, palabras que el dolor no quiere nombrar, deletrear, asomos, sonrisas, pero ternuras que se me salen de las páginas, que me desbordan, que no saben cómo llegar a ti, cómo quedarse contigo para que las lleves siempre contigo, náufragas y ausentes, que no te molesten, pero llenas de alas, de agua, de islas, nuestras islas, una isla de agua en cada palabra que te he escrito, palabras de agua, silencios de agua, besos de agua, adioses de agua. En el territorio de aquella casa, amarilla, te lo dije, «está naciendo una novela», pero no es una novela, no sé lo que es. Han de ser pedazos de recuerdos que no se marcharán nunca, que no dejarán de ser futuros. Hemos llegado hasta aquí, tampoco sé cómo ha sido, se me van los recuerdos, las tristezas dejan de tener importancia, se han borrado, no importan, se quedan las dulzuras, que no dejan de crecer, de alimentarse, de asaltar e invadir tu caja de grillos. Multitud de recodos, de sombras, se han quedado atrás, no lo olvido, no quiero olvidarme y caerme en claridades que sólo podrían llevarme a oscuridades eternas, pero ha valido la pena, no recuerdo haber dicho en alguna otra ocasión «ha valido la pena».
                  No es una novela al uso, no ha querido serlo, tampoco sabría escribirla, las novelas al uso son las mentiras de los corredores de nombres, títulos, cargos, premios, estatuas, medallas, rótulos dorados en callejones de mala muerte. No es una novela, es un mundo real que no dejará de ser real con el paso de los siglos, renglones que seguirán volando, procreando, recordando futuros.
                  ¿Por dónde iba yo?, flotando por aguas quietas, transparentes, ardiendo de sed, de fuerzas que me abandonaban, sólo me mantenía latiendo el aleteo que me llegaba desde la orilla, una orilla que no alcanzaba a ver, pero que las gaviotas me decían que estaba próxima, el aleteo de tu voz, de agua, llamándome, atrayéndome, aunque no me llamaras a mí y sí atrajeras a los susurros a escondidas, furtivos. Los párpados me pesaban, o quizás aún era el miedo a abrir los ojos y comprobar mi ceguera, la ausencia de ojos, de pez o de gato. O era el amontonamiento de travesías largas, espesas, al fondo mismo de las aguas más profundas, turbias, oscuras. Me vino un pedazo dulce de recuerdo, sentí el olor fresco que despedía el refugio de los pescadores, cuando los tiempos amanecían al amanecer y atardecían con las manos entrelazadas, al atardecer. Te nombré, mis labios consiguieron despegarse, te nombré, las gaviotas me cubrieron, dándome gotas de agua, con sus picos de agua. Un abismo sin pies ni cabeza me había acogido, sosteniéndome, evitándome la hondura infinita. Levité.
                  Fue cuando me llegó tu voz, la visión, aún borrosa, de una línea débil, azul, como un horizonte. No recordaba tanta dulzura en una voz rota, tanta promesa aleteando, tanta luz abriéndome los párpados. De la inconsciencia, regresando, había saltado al desmayo, del desmayo a un sopor sin palabras, pero iban regresando los sentidos. ¡Podía ver!, sé que podía ver, me lo decía el resplandor que me cegaba, el escozor de mis ojos, de pez o de gato. Percibí la hondura de la mar alrededor, el suave balanceo de la isla de agua, rodeada de agua, caminando sobre las aguas, volando sobre las aguas.
                  Olía a orilla.
                  A ti.


                                                      Quintín Alonso Méndez





jueves, 26 de septiembre de 2013






                          De "El nombre lo pones tú", novela

Vinieron días de brumas, de borrascas. Voces que me acosaban; unas, indecentes; otras, dulces como las mareas de verano. Tú bien sabes que la soledad muerde, debilita. Apenas si me quedaban fuerzas, me desmayaba casi a diario. Necesitaba el alivio de una sonrisa, la fuerza de una mano en mi mano. Sólo era eso. No había más. Pasados vivos, eternos, amables, que no dejarían de estar conmigo, que sabían cuándo estar y cuándo irse. Pasados que me han salvado de más de un infierno. Sin más. Porque sí, porque, aunque no te lo creas –no, no te lo crees--, la amistad existe, es posible la amistad. Sin más. Sin pedir nada a cambio. Voces que sé que a ti te dolían, te enfurruñaban. Amor, sólo estabas tú en mi mente. Igual que ahora. No hay más. Los nubarrones duran poco, aquí, en la costa, el viento del oeste se los lleva pronto, tras las montañas.
                  Mientras te esperaba en la orilla, tú flotando en los brazos desnudos, de agua, de la isla de agua, rodeada de agua, que te traían en volandas, escoltado por el alboroto de las gaviotas, con caras de pez o de gato, yo coleccionando sueños, diarios, casas frente al mar, sin puertas ni ventanas, sólo el cristal del salitre protegiéndonos, comprendí lo que nos estaba ocurriendo: estábamos en el aprendizaje. Era necesario. Teníamos que pasar las diez malditas pruebas, que ahora, desde la distancia, las vemos hasta con cariño. Son nuestro bagaje. Nuestro equipaje, las vestiduras de nuestro amor. Diez pruebas impuestas por los avatares del destino, ese destino que hemos ido forjando, piedra a piedra, luna a luna.
                  Vieji, creo que cada día te quiero más. Y más. Quizás algún día te cuente todo lo que me has dado, las cosas que he descubierto a tu lado, los nombres de los duendes que hemos conocido. A veces creo derrumbarme, sentir que no soy capaz de darte lo que te quiero dar. ¿Te cuento una cosa?, ¡claro que sabes mimarme! Es más, me encanta que me mimes. Cómo me rascas la espalda.      Lo sabes.    
                  Sabes que eres mi desastre preferido. Siempre lo fuiste, desde aquel  «eres tú».
                  Todo lo que hemos pasado ha valido la pena, espero que tú lo pienses y lo sientas así. Me levanto, para acercarme a donde construyes tus cuentos de hadas, a mirarte, para preguntarte
                  __¿Se te ha olvidado decirme algo?
                  «Te quiero».
                  Entonces me fumo un cigarro contigo y me vuelvo, con mi contentura disuelta en los ojos, en los labios, a seguir escribiéndote. No sabes cuánto me gusta fumarme un cigarro contigo, los dos en silencio, bebiéndonos la luz azul de la mañana, del mediodía, de la tarde, del anochecer, el último cigarro, ya metidos en la noche, en la cama. En tu isla o en la mía, en nuestras islas. El gato a nuestros pies, protegiéndonos de las pesadillas, de los fantasmas aniquiladores de la vida.
                  Las diez pruebas, no me las recuerdes, nos han traído estas montañas sonrientes de la primavera, como las llaman en el Japón, cuando la nieve se va transformando en agua transparente, naciendo el verde de la vida.
                  Para matar el tiempo, me ponía a hacer cosas. Terminaba derrengada, pero valía la pena: nada más caerme rendida en la cama, ya estaban los sueños bailándome en los labios, picoteándome, como sabía que estarían las gaviotas picoteando en tus labios, llevándote mis palabras, mi agua. Me sonreía, ¿me estaré desenamorando?, me preguntaba. Porque es lo que solía hacer cuando sentía que el amor había volado: ponía la casa patas arriba, no le daba descanso a la mente, así hasta quedarme aturdida por el cansancio. Al despertarme, el silencio entraba por todas partes: estaba desenamorada. Otra luz. Las mariposas del jardín habían partido, apenas si quedaba un leve dulzor en las hojas, en la piel. Cuando me ocurría eso, no me sentía ni bien ni mal. Sólo que la vida se había vestido con otro color, distinto a los días, meses o años anteriores. Hubo amores que duraron un soplo, otros no se han ido todavía, se quedaron, como suspendidos en el aire, inofensivos porque la distancia los vistió de indiferencia, sin sabor a nada. Si aparecieran, no sé, sería como ver una foto. Un asomo de sonrisa, quizás un algo de nostalgia y más nada, ya tú sabes que a los recuerdos se le van los sabores y los olores. Si una pesadilla me despertaba, no le daba tiempo a nada, me vestía y salía corriendo en dirección a la orilla, la oscuridad de la noche no me dejaba ver la isla de agua, rodeada de agua, acercándose, pero yo sabía que venía, que estaba más cerca, un golpe de brisa a cada día que pasaba, entonces se disipaban todas las dudas, te amaba más que ayer, aunque alguno de los amores que se habían quedado no dejara de morder. Me pasaba desde los primeros días de haberte conocido, me iba de tu lado y una desazón extraña se apoderaba de mi cuerpo, lo fui entendiendo según fue pasando el tiempo, quería volver, no quería despegarme del todo, se iban quedando cosas, quizás arritrancos, quizás medias sonrisas, yo las dejaba, no me molestaban. Una enfermedad como otra cualquiera, pero una enfermedad que me gustaba. Yo alimentaba la fiebre, con mis diarios, con mis paseos por la costa, con mis regresos, cada vez más frecuentes. Un día no pude más y te lo solté todo, lo que me dolía de ti y lo que me desagradaba de ti, pero estabas tú, por encima de todo estabas tú. Me daba rabia, cuando te veía pero te sentía lejos, enredado en tus cosas. Soy más celosa que tú, no sabes cuánto. Quizás también ocurra que soy demasiado egoísta. Fui débil o fui valiente, no lo sé, pero te lo dije. Te solté mis verdades, mis sentimientos, que hasta ese momento ni yo misma conocía. Me asustó serte franca, abrirme a ti, pero lo hice y es de las cosas que jamás me arrepentiré. Mientras te iba contando mis sentimientos, yo misma me iba descubriendo, casi salto de alegría, ¡te amaba! Y te amo, vieji.
                  La casa frente al mar la tiré abajo y la volví a levantar no sé cuántas veces, supongo que era para hacer tiempo, pero siempre había algo que no me gustaba, algo que añadirle o que quitarle, el jardín, no, el jardín lo fui mimando desde el primer día, y cada día plantaba algo nuevo, me sentía orgullosa viéndolo crecer, ¡deseaba tanto que llegaras y lo vieras!, las rosas, los geranios, los claveles, el naranjo enano, la buganvilla, las vereditas por donde yo caminaba, leyendo tus cuentos de hadas, las abejas, las mariposas, los pájaros, la telaraña del rincón azul, todos te estábamos esperando. Hice cientos de dibujos de la casa que queríamos para los dos, nada que ver la primera que diseñé con la última, pero todas tenían un algo que las identificaba, que las hacía parecer la misma. ¡Al fin la vi, clara, nítida, ante mis ojos! ¡La casa era una isla! Nuestra isla, amor, dos islas hechas una.
                  Necesito fumarme otro cigarro mientras te miro, mientras me quedo detenida, mirando tus manos. Me encantan tus manos. Las conocí jóvenes, llenas de venas, ahora son como dos árboles con las ramas secas, cada dedo se me parece un hueso de madera vieja, en cada dedo infinitas ramas que han recorrido mi cuerpo una y otra vez, sin cansarse, dejándome su savia, su ternura sabia. En tus manos anidan todos los cuentos de hadas, vieji, y yo los quiero, los mimo, porque son mis cuentos, los que me duermen, los que me traen los sueños y alejan las pesadillas. Cuando se me aparece alguna tristeza, desconocida, busco tus manos.                                                                                                                   
                                                 Quintín Alonso Méndez
                 




miércoles, 25 de septiembre de 2013




        De "El nombre lo pones tú", novela



novena leyenda


                  Desnúdate, te decían mis ojos ciegos, de pez o de gato.
                  ¿Sabes?, a la isla de agua, rodeada de agua, le nació un abismo. Soy débil, lo sabes, y las fuerzas desaparecen cuando más se necesitan. Un abismo sin pies ni cabeza. Quizás eran las eternidades, yo tumbado, la isla de agua, rodeada de agua, arrastrándome. Me hundí dentro de la isla. Me hundió el abismo. Buscaba tu rostro, el nombre de tu mirada, nada. El agua alrededor, dentro de la isla de agua, era nada, una nada azul, infinita, el horizonte se confundía con el océano, con el aire, todo azul, nada, azul, un azul que era un color transparente o eran mis ojos ciegos, de pez o de gato, cegados por tanta luz. La claridad mata, ¿sabes?
                  Me hundí en la nada. Sé que en el delirio no dejaba de nombrarte. Eso me salvó. Llegaron gaviotas con gotas de agua en sus picos. Eran tus labios. Las voces de las gaviotas me llegaban lejanas, pero era tu voz, trayéndome al mundo que sí tiene nombre. «Sálvame», fue lo primero que atiné a decir. No sé cuántas lunas estuve en la inconsciencia. Allí, en la inconsciencia, la nada es una gruta con la boca negra, respira fuego, un calor que ahoga, los pájaros nadan en la nada y los peces vuelan boca arriba. Tu voz era un silencio mortal que mi piel, sólo mi piel, oía. Me salvaste.
                  __Soy yo __me decías, lunas y lunas diciéndome «soy yo». No te oía, no hacía falta, pero te sentía. Mi piel estaba viva. Quería ser tu piel, de pez o de gato. El sol me arrastraba a su infierno. No sabía dónde guarecerme. Llovía sol, día y noche llovía sol.
                  Quizás fue el abismo sin pies ni cabeza quien me salvó. De ese abismo brotó, ¡ah, milagro!, la leyenda.
                  Del desmayo pasé a la inconciencia absoluta. Empezó siendo un estado febril, acompañado de náuseas y mareos, cada vez más persistentes, hasta que me fui haciendo a la idea de que ese era el estado natural de las cosas. No conocía otro. No recordaba otro, la memoria desaparecía, se diluía en el agua, como hojas de papel. Sólo insistía el sonido mudo de tu nombre, llamándome, o te llamaba yo. Era mi alimento. Tu nombre era la única existencia en la nada de mi estado de nadas. No había sueños. Tu nombre era el único pedazo de memoria que me mantenía vivo, en un estado profundo de letargo, pero vivo. Mi piel respiraba. Más bien creo que invernaba. En la soledad del sol, flotando en un abismo negro, sin pies ni cabeza. No hay mayor silencio que el de la nada. La ausencia completa de recuerdos. De luz. El blanco infinito es la ausencia de luz. Pero mis labios seguían recibiendo tus besos, tu agua, de los picos de las gaviotas.
                  Sí hubo un sueño.
                  Mi cuerpo horizontal arribaba en la orilla de una costa que creía reconocer. Iba flotando sobre lomos de delfines azules. Allí encallaba. Allí las gaviotas me arrastraban con sus picos arena arriba, con sus picos de agua, suaves como una sonrisa, eran tus manos, alejándome del embate de las olas, un sol febril me mantenía los ojos cerrados, ciegos. De agua.
                  Era un sueño horizontal, sin oleajes. Así iba navegando la isla de agua, rodeada de agua. Yo protegido en las entrañas del abismo negro, sin pies ni cabeza. Protegido por el sonido de tu voz, notas musicales llevándome en el aire, no lo sabía, pero hacia ti, tu voz bruja, tu sonrisa bruja, tu piel bruja, me llamaban.
                  Me llevaban en volandas sobre la sábana azul, quieta, de las aguas.
                  En algún momento pronuncié tu nombre, lo sé porque las aguas chapotearon y las gaviotas se precipitaron a mojarme los labios con sus picos de agua, la brisa se despertó, se hizo agua. Un recuerdo dulce aleteó dentro de mí. Tú. Tu rostro iba emergiendo de la nada del paisaje azul, encandilado de blanco. Ardía.
                  El día estaba ardiendo. Las gaviotas habían creado una nube, interponiéndose entre el sol y mi cuerpo. Se relevaban a cada cambio de marea, así las tiras de mi cuerpo iban recuperando sus formas, rehaciéndose. Oía una respiración lejana, aproximándose, era tu respiración y era la mía, gestándose, había un nido en tus labios, en tu nuca, cálido, esperándome, entonces la isla de agua, rodeada de agua, iba tomando la forma de tu cuerpo, hebras de algas naciéndole, un temblor en cada hebra, un latido para cada región de la isla, una leyenda abriéndose en cada puerta de agua, las puertas haciéndose agua, tu cuerpo sin puertas. Mar.
                  La leyenda de una barca posada en las aguas de la mar, con su balanceo de cuna, de mimos en la tarde, una barca venida del amanecer tímido, despejado, naciendo en tu frente y cayéndose dormida en el atardecer de tu vientre, entre tus piernas, una barca que sale a navegar los días eternos de calma, con la mar echada sobre la brisa mansa del mediodía.
                  Una barca del color transparente de los espejismos, llena de pedazos de recuerdos, en cada recuerdo un futuro que vivir contigo. Una leyenda para cada pedazo de recuerdo.
                 Los remos eran tus manos de agua, atrayéndome, llevándome a la orilla de tu costa, entre las furnias, trepando a tu cuerpo por las hebras de algas que te nacían en la frente, en los ojos de agua, en los labios de agua, en la sonrisa de agua. Salvándome.




                                                      Quintín Alonso Méndez


martes, 24 de septiembre de 2013






                                   Del libro de poemas "Versos caídos"

Al levantarte, te vi. Entonces, cómo se agitaron mis silencios heridos de muerte, cómo quise en aquel momento seguirte y perderme por todas las calles de tu cuerpo, pedí otra cerveza, otro océano sediento para mis besos, el cigarro puso las nubes, las brumas, el incendio, te sentaste, se posó la noche, se fueron borrando las calles de tu cuerpo, se fueron borrando los tiempos, pedí otra cerveza, otro océano para mi cuerpo sin calles, el cigarro puso las nubes, las palabras azules que te estoy escribiendo




 Sí hay recuerdos que te olvidan. O se duermen. Sin querer saber nada de ti. Recuerdos que se olvidan del olor y del sabor de su tiempo, que se quedan sólo como un titular leído en algún periódico, en algún libro, o algo que te contaron mientras tú no escuchabas. Como una mujer desnuda en la habitación de al lado, mirándose en el espejo, caminando descalza, lo percibes en la suavidad del silencio. Son esos recuerdos que duelen en la habitación vacía de las pérdidas: nada más entrar y abrir las ventanas, percibes un vuelo de nadas, un instante de aleteos a tus espaldas, un roce seco de las cortinas en el rostro, esos recuerdos depositados en el fondo del océano de la vida, cubiertos por la arena que los huesos de los años van dejando. Recuerdos azules como los sueños en blanco y negro. Recuerdos que te quitan el buen sitio, las ganas de recordar, de asomarte a la calle de los días que corren despacio, ella alejándose, llevando sobre la cabeza el cesto de las frutas, el pelo escondido bajo el pañuelo negro, el vestido negro, las medias negras, las lonas blancas, la nuca blanca, blanca, desnuda de recuerdos, un gato presintiéndote, con el rabo orientado al cielo de tus cercanías, rodando por las aceras el viento, la luz que ciega, los recuerdos, en lo más alto del tejado una paloma, rumoreando los rumores    

                                                  Quintín Alonso Méndez



lunes, 23 de septiembre de 2013



                      De "El nombre lo pones tú", novela

Vieji, tú sabes que yo no tengo esa facilidad de palabra que tienen los grandes aduladores de las noches de frío y viento. No estoy acostumbrada a escribir tan de seguido, pero me está sentando bien. Las manos ya caminan solas y tengo que frenarlas, saltan renglones que se me quedan en blanco y tengo que volver atrás, leer los renglones anteriores, y descubrir qué palabras se fueron corriendo precipitadas detrás de ti, en tu busca. Me levanto, me asomo a tu rincón. Estás.  Suspiro. Me alivia comprobar que estás. No me importa que los renglones echen a correr y se me quede la página en blanco, si se van contigo, tú sabrás modelarlos, tallarlos, darles el sentido preciso que yo quiero darles. Me traen rumores dulces estos renglones que te escribo, que llevo escribiéndote desde «eres tú», como tú dices. Me está sentando bien, me gusta escribirte, o escribirle a mis ratos en soledad, hablándole de ti. Todos mis sentires más próximos ya saben de ti, me gusta que sepan de ti. Hay pesadillas que se mantienen a distancia, quizás depende de ti, de tus fuerzas, para que no se acerquen demasiado. Hay voces que me dicen que estoy llegando a donde estamos, que está cercano el último renglón, ese renglón que te tengo reservado, es un beso, es un
                  __bésame,
es un gracias, es un
                  __abrázame,
es un suspiro, es un
                  __te quiero, vieji.
                  He intentado ser lo más sincera posible, también es verdad que hay cosas que no te he escribo, que no sé si te las he dicho. No importa, están de más, aparte de que no es necesario reabrir heridas de las que ya no quedan ni rastro, cicatrices borradas por el sol, por tu compañía silenciosa, día a día. O cicatrices, heridas abiertas, que están ahí, déjalas, no me molestan si las dejo tranquilas. Me ha gustado escribir estas páginas, me está gustando, y quizás demoro las prisas de mi mano escribiendo porque no quiero, en el fondo, dejar de escribirte, retrasando el momento de decirme que acabé y entregártelas, bueno, ya sabes que seguiré con mis diarios, plasmando las sensaciones que tú me traes, y otras, venidas de otras orillas. Me sonrío ahora, acordándome de mis prisas por dejar los pleamares y llegar pronto a los bajamares, no veía la hora. Estuviera donde estuviera, no tardaba en removerme nerviosa, inquieta, buscando la mínima salida para escaparme y estar pronto contigo. Tú me esperabas, no dejabas de esperarme, amor. Es verdad que a veces aparecían imprevistos vientos que me arrastraban por barrancos y valles y demoraban mi vuelta, pero cada vez sentía más un pinchazo, una sensación amarga. Me mentía. Entonces iba a por ti. Cuando llegaba a tus territorios y no estabas, el corazón se me paraba de golpe, se me nublaba la vista, era mi miedo de que tu ausencia fuera definitiva. No te lo he dicho, pero me sacaste de más de una agonía, a pesar de que también me metiste en más de una. Era un pánico, de ida y vuelta. Un terror, que aparecía siempre en el momento más inesperado. Sin venir a cuento, pero que no era casual. Pero tú estabas. Me salvabas, hasta cuando me hundías, me salvabas. Y de los nombres que saltaban, te acuerdas, claro, sé que no olvidas, estaba el de mi madre, la nombraba, la echaba de menos, aunque me desquiciaba con sus comentarios socarrones y sus miradas reprochando, siempre echándome algo en cara. Pero la echaba de menos. Necesitaba el refugio de su presencia, saber que estaba ahí, que pasara lo que pasara, ella no iba a dejarme sola en la estacada. Más de una vez tuve el pensamiento de buscar su cobijo, su protección, y olvidarme de todo lo demás. Ser niña, «para ser niño nunca es tarde», me decías, comprobar con ella que fui niña alguna vez, que era verdad que existieron las tiendas de campaña en la cama, las sábanas haciendo de lona, las batallas en el desierto inmenso de la azotea, con sus palmerales y sus árboles frutales, las natillas y el chocolate en las tardes frías, comprobar que fue verdad que ella fue también niña conmigo, que las dos jugábamos a ser mayores, tendiendo la ropa, resistiendo el frío, el viento helado que bajaba de las cumbres nevadas.
                  Mi madre era especial, lo es. Todas las madres son especiales. Cada vez me hablaba más a menudo de su vida, de las historias de la familia, con sus disparates y sus ternuras, hermanos sin hablarse, tíos majaras y abuelos idos o revolucionarios, era fácil querer en aquella época, me decía yo, con todas las casas abiertas de par en par, puertas y ventanas, el fuego siempre encendido en la cocina, para un café o un plato de agua hervida con algunas hierbas, «para darle sustancia», me decía mi madre. Comprobar si eran verdad aquellas carreras por el pasillo con mi hermana, los cuchicheos con mi hermano, a escondidas, las respiraciones entrecortadas, dentro del armario, debajo de la cama, en el pequeño cuarto de la azotea. Todo. Quizás se fue todo sin haber estado. Cuando te ponías a hablar, yo me callaba, intentaba no interrumpirte, no hacer ningún ruido. Me gustaba oírte hablar, muchas veces no sabía de qué hablabas, pero me espantabas los demonios de la fiebre, del pánico, me hacías sentir bien, como si una voz antigua no dejara de hablarme, una voz conocida que no sabía a quién pertenecía.
                  ¿Sabes, amor?, tengo sueño, un cansancio en mí que no me abandona, lo olvido y de pronto asoma su hocico, con la boca entreabierta, esfuerzos para respirar, un cansancio que quizás sean los años que no he vivido, o que los viví al revés, siempre restando el tiempo, nunca sumándolo, siempre echándole un vistazo a los lados o mirando hacia atrás. Dormiría días enteros, pero sabiendo que estás a mi lado, cuidando mis sueños, protegiéndome. Dormiría y dormiría y dormiría, y al despertarme más cansancio, aturdida, pero bien, contenta de estar contigo. Esta sensación dulce de estar contigo, mis deseos de estar en tus brazos, amor.
                  Quiero contarte una cosa.
                  Desde «eres tú», te seguí. Batallé contra mí misma. Me decía que no, que mis normas ya estaban escritas, que no había que cambiarle el rumbo al mundo, que las estrellas siguieran llegando a mí, muertas, pero luminosas, iluminándome la noche, mostrándome sus caminos serpenteantes, sus senderos de luz, parpadeantes. Otros brazos me acogían, para que te olvidara. Conseguían el efecto contrario. Tenía tu olor ya dentro de mí, «el color de tu olor», como tú dices. Estás loco y me gusta. Amo tu locura, pero la bondadosa, la locura niña que veo en ti, la otra, no, ese demonio que te habitaba y se ha ido durmiendo, evaporándose, «lo has matado tú», me dijiste, ojalá, mi amor, ojalá.
                  __¿A qué huelo? __te pregunté.
                  «No sé», me dijiste, «a centeno, a cebada».
                  Me sacabas la risa. Entonces deseaba que me desnudaras, que me hicieras el amor. Me volvías loca, sé que no me crees, que te quedas inmóvil, silencioso, incrédulo. Créeme, no tenía ni tengo por qué mentirte. Mis renglones van por mis encuentros contigo, pero van por mi decisión firme de encontrarte, de ser tuya, de no apartarme de ti, aunque ventoleras extrañas solían traerme el olor del odio, el color grisáceo del odio, del no quiero verte más. Pero mi miedo a perderte definitivo era y sigue siendo mayor que el miedo que me acorralaba y me empujaba por barranqueras, desconocidas la mayoría de las veces, pesadillas que me abrían las cajas de grillos, volviéndome loca. La luz de la luna me hablaba de ti. Seguía buscándote.


                                                      Quintín Alonso Méndez