miércoles, 30 de octubre de 2013


                                                           Foto: Jorge García del Pino

Ésta es una de esas pocas cartas que uno no sabe cómo empezarla,
poner la fecha, ubicarla, empezar de nuevo porque se ha corrido la tinta en el papel,
así, mientras, darle vueltas a la cabeza, a la mirada por el horizonte,
mirarle la herida que se le escurre al aire por entre las nubes,
escribir hola dos puntos, y lo primero y antes de nada –sí, me tiembla el pulso--,
desearte que estés bien, lo mejor, mejor que bien,
y luego decirte cómo anda el tiempo por aquí, te reirías, lo sé,
“claro, hace sol cuando yo no estoy”, te dirías sonriendo, encogiendo una pierna,
y qué más, cómo desviar entonces los renglones, canalizarlos,
cómo llevarlos a surcos hechos con la suavidad de la mano,
cómo regarlos con el polen de las flores que a ti te gustan,
cómo decirte todo para no decirte nada, por ejemplo, decirte
hoy paseé por aquella vereda y volví a resbalarme, o decirte
que al llegar a aquél sitio, la mesa siempre está vacía, con dos sillas vacías,
y entonces saltarme no sé cuántos renglones para decirte
que espero que todo te siga bien, mejor que bien, que ya sabes,
que aquí está tu casa, que alguien se encarga de tenerla vestida de fiesta,
para no se sabe, para que lo sepas, y entonces, de vueltas al principio,
escribirte que sólo era para decirte que aquí los pensamientos se levantan
y se acuestan con el mismo traje, con los mismos pespuntes en sus fisuras,
deseando que estés bien, mejor que bien, y que ya sabes,
que ésta es tu casa, nada más que eso, ¡ah!, y que no te olvides de abrigarte,
de arroparte bien, de que te cuides mucho, y eso, hasta siempre, un beso

                                                               Foto: Jorge García del Pino

                                                               Quintín Alonso Méndez

martes, 29 de octubre de 2013


                                                               Foto: Jorge García del Pino


Encimaré el verso sobre la vida, lo abrazarás a tu pecho
y lo llevarás a tus labios, ahí reviviré, volveré a nacer,
será una lágrima de más vida, nunca triste la lágrima.
 Cuidaré de que cada gota del verso sea de miel,
o esa agua de lluvia que tanto te gusta te resbale por el rostro,
cubra de perlas tu pelo negro, hebras de algas oscuras
extendidas en la almohada. Cada verso será una gota de mi sangre.
Lo cubriré de invisible seda para tus manos de flores blancas
después de pulirlo bajo los gajos de plata azul de la luna solitaria,
llegará a ti rodeado de libélulas, de pájaros, de mañanas libres,
con él irá mi más callado silencio, palabras que sólo tú sabrás leer.
Encimaré el verso sobre la vida, te lo prometo,
y cuando te llegue, quizás ya cansado, viejo,
no importa que lo olvides en algún banco de alguna plaza, bajo un árbol,
él sabrá aletear, encimarse sobre sus propias fuerzas,
y escribir tu nombre en la noche, destacando de las demás estrellas




                                                             Foto: May Naomi


                                                        Quintín Alonso Méndez












lunes, 28 de octubre de 2013




              Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Estuviste y siempre regresabas, a la caída de la tarde.
Se ha detenido el tiempo /se han cerrado los días/,
el mundo está lleno de puertas /y hay incontables mares
tierra adentro/. Tú tienes las llaves de las islas no descubiertas.
Si alguna vez /un silencio te reclama/, no le hagas caso,
no escuches los lamentos del vencido, presta oídos a la lucha,
pisa sobre los cristales del agua, adéntrate en el futuro,
sube tu risa a las cumbres /bájala a las simas del hambre/,
no dejes que te confundan las malas artes del derrotado,
no le des la mano al veneno que quiera envenenarte.
Estuviste y siempre regresas porque nunca te irás,
/te tengo aquí/
prendida a las soledades que me he buscado,
/prendida a mi aire/,
a mis vacías manos, y cada día te digo «hola»,
y «hola» te diré mañana, /cuando llegues/
a la caída de la tarde



                                                            Quintín Alonso Méndez   

domingo, 27 de octubre de 2013



           De "El edén de Salomé", poemario

Es domingo porque lo dice el viento frío que sale a la calle,
fue sábado nocturno y aún nadie le asoma el rostro, encallado,
a esa gris claridad envuelta en espesos paños grises mojados de lluvia.
Es domingo para que la pereza sea triste, arropada  en la cama,
los pensamientos se quedan ahí desmadejados, como lejanos,
metidos en la almohada, pero rumban por el cuello, por los labios.
Es domingo y aquí se sabe porque los pájaros tienen el día libre,
y aún no quiero saber que mañana tampoco vendrán, partieron,
aquí las libertades mienten, son jaulas que van minando los sueños.
Es domingo, es cuando la voz canta y las campanas brillan su mejor música,
el frío trae recuerdo y trae promesas de niñeces, de un mediodía de plaza,
de un encuentro que anima la mirada, esconde un poco más los silencios.
Es domingo, era cuando la ternura salía a la calle a buscarte, a feliz verte
riendo con los niños, entrelazando la sonrisa con tus manos de flores blancas,
yo me sentaba a mirarte, aunque nunca estabas y nunca regresaste




                                                            Quintín Alonso Méndez 


sábado, 26 de octubre de 2013



                     De "El edén de Salomé", poemario

El poema triste de los pájaros, escondiéndose de la lluvia,
de los primeros fríos. Te sientas en el banco de siempre,
bajo el paraguas de colores, cerca del gran cedro,
te sientas en ese banco cómplice de incontables hogueras ardiéndose,
ahora, hora de un mediodía de brisa fría, quebradizo,
enredado en pensamientos tristes, en senderos ausentes,
besos dulces te cogen de la mano, te retiran el pelo de la cara húmeda.
El poema triste de los pájaros que ya emigran, se quedan los gatos,
pero volverán cuando el sol traiga de vuelta la calidez plácida,
la sonrisa encendida, y volverán porque no pueden vivir sin los gatos.
Yo tu voz la tuve ahí, vibradora, ahora quiero verla caminar a tu voz,
y que sea como era tu voz, llena de pájaros, no tristes, que sean pájaros   
alegres de colores tu voz, que se esparzan por el aire que te envuelve,
y a ti verte enternecida, con ese gesto tuyo, mientras miras a los gatos.
 El poema triste de lo pájaros es el adagio que te besa los párpados,
y no es triste, es sólo que a veces la sonrisa lleva lágrimas voladoras
y revolotea como libélula, se te posa en los labios, ronronea como los gatos  



                                                        Quintín Alonso Méndez

viernes, 25 de octubre de 2013




                      De "El edén de Salomé", poemario

 Ningún dios o infierno endiosado podrá describirte como yo.
No se precisa más que una sola palabra, que ella sola destila la miel,
el significado mismo de la palabra: Vida. No hay más. Vida
o el otro lado de la corriente: Muerte. No hay más. Eso cantaba
el pájaro en aquél árbol de la plaza, el loco desde su falsa azotea.
No hay más: tú elegiste la vida, yo me quedo en la muerte.
No mires hacia atrás, me decía el viejo, y yo oía los grillos,
de ahí nació el aleteo de una noche invivida. Ya muerta.
A veces los oigo de nuevo, ya sabes, siempre vuelven los miedos
y nunca los regresos.
Acabas de arrodillarte para hablar con un niño, o es niña, te enterneces.
Aquí no hay lágrimas,
ya ni siquiera hay esa esperanza de que el tiempo se vuelva atrás
y me rescate


                                  

Quintín Alonso Méndez

jueves, 24 de octubre de 2013



               Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Escribo dejando que las hogueras ardan en sus fríos
que amenazan inviernos gélidos en el todo del tiempo,
escribo dejando que la mano plante sus raíces en el papel
o las arranque de cuajo, que se pierda, que se condene,
que vierta toda la sangre, todas las lluvias de todos los aguaceros,
yo mirando la luz lejana que se hunde en el horizonte,
reconociendo ahí al cobarde que soy, pero que la mano vuele,
desgarre, que al menos ella sepa escribir o plantar los versos
que tu mano le puso desde que existe el mundo que iba a ser.
Escribo lo que la mano me dicta, ya va lenta, lenta, la miro,
se cansa cada día más pronto, se queja, le crujen los silencios,
los vacíos entre los huesos, pero aún débil, arrastrándose,
se aferra a la pluma, exprime la última letra, mira, sé que mira
adonde la mirada se perdía, hacia el gesto que se posaba,
escribo, impaciente paciente escribo, no me queda a dónde ir,
y aparto la mirada, no quiero que la mano me vea las lágrimas,
pero ella me dicta, rasgando la luz azul del aire,
nos quedamos, nos morimos, despacio nos vamos, nos morimos,  
pero le eternidad se queda aquí, y escribe, desangrándose,
en las últimas, o en las primeras noticias de las nadas,

te quiero 


                                                            Quintín Alonso Méndez

miércoles, 23 de octubre de 2013





tienes arriba de la mirada, en la balconada de la frente,
entre el refugio de los nidos, ¿son pájaros de sedoso plumaje negro?,
el resplandor que sólo se aparece una única vez en la vida de un hombre,
trae el agua y la sed en sus hilos plateados, hilos que se esparcen
e inventan el aire; por ellos culebrean las sombras dulces de los veranos,
los cobijos cálidos de chimeneas de los atardeceres fríos, deshojados.
¡cuántas tristezas muerden en las heridas, le sacan lágrimas a la luz!
¡cuántas veces mi mano ha temblado al inicio del gesto, ascendiendo!
siempre ha de haber una rendija por la que llegar al centro del destino,
un estallido seco que le devuelva al silencio la sonrisa de la palabra.
en la balconada de tu frente, el resplandor te habita, se desprende
y me llegan sus hilos ciegos, atrapándome, dándome lo que nunca tuve.
eres los dos lados del camino:
la vida contigo,
la muerte sin ti


     Del libro de poemas "El edén de Salomé"



                                                              Quintín Alonso Méndez

martes, 22 de octubre de 2013




                                                               Foto: May Naomi



      Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Ni el más destructivo de los temporales
podrá echar abajo el más ligero delicado amor
soplo de las brisas que destilan las más delicadas hebras
que se ha ido forjando con las más férreas voluntades,
con dolores, heridas, distancias, y sueños, sueños voladores,
este amor que me socava y me emerge, se eleva,
y ha puesto en mis manos el amor único, invencible,
herencia de la eternidad, sutil maniobra de los dioses paganos.
Ni aunque duraran siglos los más terribles de los temporales,
podrían abatir esta ola de fino aire, hecha de ese instante perfecto,
el instante de la primera mirada que ya no dejará de estar.
Navegará por los oleajes del tiempo, crecerá, enredándose
en enredaderas por los arcoiris de la luz, de la lluvia al sol,
y más allá, después del último quiebro del destino, no dejará de ser
el instante de la primera mirada que ya no dejará de estar    


 

                                                            Foto: May Naomi

                                                       Quintín Alonso Méndez

lunes, 21 de octubre de 2013




                                                                  Foto: May Naomi



       Del libro de poemas "El edén de Salomé"

el adiós es oscuro porque en el desgarro de sus lágrimas
lleva secretos escondidos
y palabras que al ser pronunciadas derrumban el mundo.
El adiós deja silencios y se lleva otros silencios, atados,
oscuro el vacío irreparable para siempre que se queda,
abismal el abismo en que se cae, del que no se vuelve
si el adiós es eterno.
Es oscura su voz, armada de fuerzas que no se tienen
y oscura y destrozadora en esos instantes es la lucha
entre las razones del alma y los susurros de la carne;
mientras, la vida se esconde en lo más profundo de la raíz,
dispuesta para la última gota de sangre, para la llamarada,
si el regreso existe





                                Foto: May Naomi

                             Quintín Alonso Méndez
                            
                                   

domingo, 20 de octubre de 2013





                                                                 Foto: Jorge García


Me salgo fuera de la historia y el vacío asusta. Pinto el panorama: la mar, solitaria, se viste de un azul limpio con la salida del sol, un aire frío en la costa, la calle también solitaria, pueblo que se me muere, lánguido rumor de marea, verdes las montañas, aquí mismo, pero lejanas como los sueños, ni un alma. Ni siquiera la mía está. El panorama nocturno es más lúcido, se asemeja a los charcos bajo la luna. Muerde la luz oscura como ausencias que van hundiéndose, las interminables pérdidas de lo que no se tuvo. El paisaje se confunde con las sombras, una extensa mar extendida de soledades. No hay más que la noche y el día, un círculo perfecto, detenido. Dentro del círculo, el tiempo también está detenido. No hay silencios debajo de la noche. No hay voces dentro del círculo. Un bar es otra catedral de silencios, donde las voces son ruidos masticándose. Ahí se rumia, aún con más fuerza, la soledad, pero su peso se comparte con el alcohol. Y es en un bar donde se aprecia la voluntad terca del tiempo de no moverse de sitio, aunque el espejo te advierte del deterioro. Le agradeces al espejo su visión de lo que hay y de lo que no habrá. Las pocas plazas son apenas intentos de desiertos que al cruzarlos sientes la sed en el aire, por eso el pequeño banco, la brisa solitaria que araña en el rostro. Las casas se mueren. Apenas quedamos cuatro gatos y ya renqueamos. Está el tiempo, mirar al tiempo, adivinarlo. Quizás sólo el tiempo tenga rostro aquí y quizás sea lo único importante aquí. Este tiempo detenido que no se está quieto. Empuja. Sé que me llevará con él. Pronto. ¿Los versos? Creo que ya nacieron muertos, y los que no, los he matado yo. Pienso que esta historia también la he matado yo. Desde dentro del círculo. Pero tomará alas, lo sé, volará lejos, a donde la casa, el árbol, el banco, aquel bar, la plaza, y la música, siempre la música mientras ella escribe, hace pinceladas en la escritura, construye, reconstruye, no deja de reconstruir, quitando y poniendo, niña, mujer. Es feliz, la veo feliz, jugando con sus mechones, enredando los dedos en la madeja de las olas desvaneciéndose…, el bolígrafo entre los labios. De vez en cuando levanta la mirada. Sí, lo quiere. Agita la cabeza, ¿quiere llorar? «Soy feliz», se dice, y se levanta y sale afuera, adonde la luz. Mira lejos, busca el mar. No hay mar.
Se fue. No recuerdo cómo nos despedimos. Fue así: tres calles estrechas con suelo de adoquines, que desembocaban en una especie de plazoleta, también de adoquines, y haciendo de puente de las dos estrechas calles que se nos abrieron enfrente, una casa de dos plantas también de piedra, con balcones enrejados, «vivo ahí», me dijo, alzando su mano derecha en dirección al segundo piso, al tiempo que un furtivo y fugaz beso en la mejilla, y ya no la vi, se escurrió por la oscura puerta también enrejada. Desapareció, yo diría que fue magia, maligna magia que me dejó al desamparo en la noche fría, ¿dónde estaba yo, en realidad había pasado el día con ella? ¿Ella, y quién era ella, la mujer que pilotaba una avioneta que no existía? Me apoyé en la puerta. Cerrada. Permanecí allí no sé cuántos cigarros, ¿cinco, diez?, congelándome. Después mis pasos echaron a andar cansinos, vencidos, camino de ningún sitio, lo sé porque lo estoy leyendo, página cincuenta y nueve. ¿Y fue ella o fuiste tú la que me habló de las pesadillas, del sueño aquél? «Me ha pasado dos veces, dos sueños distintos, en los que se me aparecía un rostro, el mismo rostro, que no conocía, pero que me resultaba familiar, y sin venir a cuento dentro del sueño, aquél rostro decía «no lo dejes solo, él tiene que despertar», la misma frase en los dos sueños, y entonces el rostro desaparecía, salía del sueño». ¿Fuiste tú o fue ella, aquél día, aquella tarde caminando por las calles estrechas, adoquinadas?, «y ahora llegas tú, y sin venir a cuento, me enseñas una fotografía, con tu amigo, ¡y ese amigo tuyo es él, es el rostro, y me dices su nombre y ya sabía su nombre, no sé cómo, pero lo sabía!». ¿Qué le ocurrió a aquél día? ¿qué hacía yo en aquella historia, cómo es posible trocar lo real por lo imaginario? «Eres de papel», me había dicho ella. Sí, y ella está ahora real en algún lugar real de este desbaratado planeta, cosa que no puedo decir de mí. Ahora la pienso, caminando por el camino de tierra, que se pierde entre huertas de nísperos y limoneros, leyendo en una alargada tira verde de tela, atada a un muro de piedra, con grandes letras blancas, «da el primer paso». La pienso no por nada. La pienso, y vuelve a ser triste mi sonrisa, mi sonrisa escasa que dejé en dos mujeres. No se puede amar cuando se está muerto a partir de un aciago mes de mayo. Me he condenado a no vivir, eso he pensado muchas veces. De pronto, de tiempo en tiempo, se forman olas dentro de mí, revientan contra mi cuerpo, me desparraman, me devuelven a la locura, y pierdo, claro que pierdo, no espero otra noticia, porque parece ser que me gusta perder. Pero esta historia ni siquiera a mí me interesa.


                                                                   Foto: May Naomi


                                                             Quintín Alonso Méndez

sábado, 19 de octubre de 2013





             De  "El eco de las mareas calladas", novela

No puede ser mentira la verdad en la que se apoya la mentira. Vengo de un rumbo vago, sin sentido, estoy en la historia, ahora estoy en la historia y tengo miedo. La mar está triste. Con su vestido gris, raído, lleno de grietas por donde le entra el frío. «Tengo frío, tengo sueño», me dijo, «anoche te eché mucho de menos», escribí que ella decía, y al leerlo se hace certeza, «la caída, la constante caída, por las mañanas, al despertarme», tiene cuerpo la distancia.  
Pasaron lunas que no tienen cabida ni siquiera en el relato de los aburrimientos. Pero fueron lunas espesas, que aplastaban y hundían. No aburrían, abrumaban, mataban. Con la pulcritud de un cirujano, iban matando, marea a marea. No había ciudades y no había pueblos, únicamente una costa que, solitaria, no dejaba de crujir. Estoy aquí, en medio de un temporal, los días calmos, el temporal metido dentro de la calma. O es la calma dolorosa o es el temporal que choca contra las débiles paredes que sostienen esta poca cosa de cuerpo. Leo versos que muerden. Ahora leo que el mundo se reproduce gracias a las mentiras y que los verdaderos amores se abortan. Leo desde la proa, asomado a la ventana, leo de qué color es la tristeza. Leo palabras que salen por los ojos, por los labios, que desgarran. Leo la ternura de aquella sonrisa, de cómo colgaban dedos blancos como racimos. Leo la dulce suavidad de un gesto. El barco no se mueve, se mueve la marea. Leo que ahora me piensas, que sólo hay tristeza, «¿por qué me dueles tanto?», murmura, rota, la voz que amo, murmura la callada luz que besa el aire. Leo que lloras, que llorabas, dejo que mis lágrimas caigan. Leo cómo tus manos golpean el tiempo, cómo golpean ese pequeño hueco por donde han cabido todas las vidas que no fueron. Cómo es posible que quepan tantos dolores donde se palpa lo que es y se palpa la nada.      
Pasaron lunas, creo que van pasando, que no dejan de pasar. Me llegó una pequeña postal desde alguna tierra lejana. La estampa era la forma de un arco de piedra, y una frase en la parte posterior, «estoy cerca». Cerca podía ser en el pensamiento, o más cerca, dentro del pensamiento, llenándolo. Y era cierto. No se puede estar más adentro. «No me quieres», y el mundo se cae. Caen todas las sábanas. En este momento tengo la mano en el aire, va a caerse desplomada o va a extenderse, abrir futuros. No sé qué va a ocurrir, no puedo saber lo que no he escrito. Leo. No soy capaz de adivinar en qué presente estoy. Abro la ventana y no sé el día, se me doblan los hombros al levantarme a por agua, a vaciar el cenicero, y no sé el día. Abro la gaveta para que respire el dolor callado, y de la gaveta salen mariposas blancas, promesas que van en otras direcciones, un suspiro que ahoga. Y no sé el día. Abro la página por donde íbamos tú y yo caminando, «no me abraces, pueden verme y no quiero», sonaron las campanas de las cinco de la tarde. El sol se abrió más, se abrió el camino de vuelta, se hundió. Busco una sombra. No hay. Todo silencio arde en el fuego.  Y fue un silencio o fue el fuego quien quemó cosas en casa. Papeles, papeles. Frases que siempre, mañana, habrían sonado torpes, y ardieron, «tú no me quieres» es el andamiaje de la caída, del derrumbe.  No se perdió gran cosa, pero me entristece su ausencia, eran papeles que yo sabía que guardaban sueños muertos, algunos malheridos, sueños, compañías escondidas, como la del leño ardiendo en la chimenea, pero sabía que estaban ahí, quizás esperándome. Ardieron. Dejaron la casa más vacía, con olor a carne quemada. Ahora me recuerdas que nadie me envió una postal. Ya lo sé. Pero hubiera sido bonito, habría sido la firma de que la vida anda por ahí. Y ahora yo podría leerla. Leo nada. Leo lo que no está escrito.
De pronto salí de casa, miré a lo alto y allí estaba, la luna de día. Salí porque una fuerza con aires de torbellino, me sacó fuera. Me faltaba el aire. Fuera era un día que le prometí, aún sin prometerle nada. Un día azul, con tonos ya naranjas de atardecer. No puede ser que me hayan puesto aquí y no acuda a la cita con la vida. No quiero leer esta parte, la que confirma una abundancia extrema de páginas que sólo son paja. No quiero leer lo que no he sido. Pero lo escribo. Me he acostumbrado, desde la más temprana de las edades, a describir los paisajes que no he visitado. Los que habito no son visibles desde la parte que da a la parte de atrás del patio, donde el muro.


                                                              Quintín Alonso Méndez

viernes, 18 de octubre de 2013






                    Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Cuando la pluma, no de oca, no de avestruz, no de ganso, el lápiz,
cuando el lápiz te queme entre los dedos, mejor déjalo caerse,
que no manche la página del dolor que sólo te pertenece,
que caiga, rasgando el papel, rasgándose las uñas de la escritura,
que resbale y se caiga al suelo, partiéndose, déjalo que sufra,
que se retuerce, pero deja la página en blanco: vienen lápices de colores
que sabrán dibujarla, un signo cómplice en una esquina de la página
o entre las piernas, una señal secreta, la puerta siempre abierta,
que la mano también caiga, ya rendida, ya derrotada, desposeída,
pero no sobre la lámina del papel, a lo largo de la caída, dispuesta,
sabedora del tacto con el vacío, con la llama de la nada, palpando
la llama de la hoguera, el incendio; la ventisca alborotará las cenizas
y quizás caigan, quizás estén cayendo, sobre una lámina en blanco,
acuarelas, creyones, un firmamento pintado de parpadeos, una promesa:
el tiempo siempre regresa al lugar del crimen, insatisfecho,
pero no escribas, deja caer la mano, derrotada, aunque se te rompa la vida,
y deja que el crimen complete el poema: sin palabras, con dibujos de colores,

con el firmamento pintado, lleno de hermosos, infinitos futuros, de estrellas 


                                                              Quintín Alonso Méndez

jueves, 17 de octubre de 2013




                                                             Foto: May Naomi


        Del libro de poemas "El edén de Salomé"

un diecisiete de octubre para la caja náufraga de la memoria,
la gata y yo estamos sentados delante de esa pared que no habla,
todos los aviones parte rumbo al norte,
emigran adonde mis sueños vuelan,
son pájaros con destellos de plata, le brillan las alas al mundo,
hay un gesto de la mano echándose el pelo negro hacia atrás,
hay un lápiz tanteando en los labios, inconsciente roza nidos,
algunos charcos por donde navegan veleros solitarios,
a las raíces hay que saber alimentarlas, hundirse en ellas,
el rumor que entra por las ventanas es sólo la brisa hundiéndose,
vive así, yéndose al fondo de las cosas, despertándolas.
La risa estalla a lo lejos, es del color de las violetas de África,
hay un gesto de la mano apoyándose en el pecho, acuna un beso.
Una mirada que quizás se pierda, ensoñada, riscándose por la ventana.
La brisa se hunde en mis ojos, me grita que busque el encuentro.
La gata y yo estamos sentados delante de esa pared que no habla




                              Foto: May Naomi


                                                       Quintín Alonso Méndez

miércoles, 16 de octubre de 2013




                                                             Foto: May Naomi

Voy a escribirte: dos puntos:
y se me caen las hojas al suelo, como si alguien estuviera pensándome,
la tinta china se me desparrama justo donde el ala era aprendizaje
se me van los versos, pájaros traidores, ¿adónde se me irán en esta noche de luna?,
no digo nada, recojo cuidadoso lo que atrás con las prisas se dejaron
¿Por aquí?, hay un sol que muerde en los ojos, una luna que la mano protege
me asomo a la ventana, ¿por qué está gris el día, plúmbeo?
Por ahí, que sea el regreso a los sueños, que esté de vuelta la ilusión,
que ya sabes que basta una sola palabra para que vuelen los regresos.
Salir a la calle será una odisea minúscula y crujirán las montañas,
nada de eso es importante: pero, fea, si te voy a escribir
sin letras, sin andamios, sin cuerdas que te aten ni me liberen,
qué escribirte, ¿la altura de las lluvias, la bajura del sereno en la yerba?
¿qué escribirte, que palpita adolescente lo que tantas veces nos dijimos,
que es  el único motivo por el que respiro: «mañana nos vemos»”?
Ya sabes: no dejaré de escribirte: cada renglón, cada verso te pertenece.
Escribirte en el alma, escribirte en la piel, es lo que me queda en este mundo

y te escribo, alzando el gesto de la lucha: «mañana nos vemos»


                                                                       Foto: May Naomi

                                                                  Quintín Alonso Méndez

martes, 15 de octubre de 2013




                                                           Foto: May Naomi

            Del libro de poemas "El edén de Salomé"

¿Hablarte de ella? Sólo en la lengua de signos se encuentran
esos gestos, esas expresiones con los que podría hablarte de ella.
Ninguna palabra inventada, venida desde lo más adentro de las entrañas,
se acerca, ni siquiera al roce se acerca, para definirla o dibujarla.
Tampoco las palabras más bellas, amasadas en la miel del oro,
acercarían el brillo de su fruto al resplandor de la luz que desprende.
No hay sabor ni textura que te aproxime a las riquezas de su presencia,
ningún océano cabe en la infinitud de su mirada dulce de agua.
¿Hablarte de ella?, decirte, así por encima decirte, que en cada gota de tiempo
la pienso y el mundo se me estremece, es nombrarla y es la Vida.
Ahora mismo sólo se me ocurre una palabra, que no llega, que no llega,

pero que me estalla en los labios, sangrándome: Estrella  


                                                                Foto: May Naomi

                                                           Quintín Alonso Méndez

lunes, 14 de octubre de 2013





                                                               Foto: May Naomi


             Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Acepto la oscuridad más oscura para mí, ¡pero para ti la luz!
que me llegue despacio y no se vaya nunca, esta tortura infinita
¡pero que te brinquen los racimos de risas, te muerdan las caderas,
se te haga agua en la boca, dulzura en la piel, la fruta del amor!
Acepto la injusticia de este desierto ganado a pulso, ¡poco es!,
pero que sea para ti la lluvia, la brisa, la justa ventura del edén.
¡Que te inunden las sabias palabras de las caricias que te besen y arropen!
El derrumbe me pertenece, para ti el mañana desgranando fortunas,
brujos días germinando los días, las hermosas tardes del paseo somnoliento.
Acepto lo que no acepto, le lanzo el desafío al mundo, es mi guerra, me alzo,
conozco el desenlace pero es mi guerra, mi batalla íntegra, desnudo,
sin más armas que mis pobres palabras y mis manos que se extienden dispuestas.
No acepto lo que acepto, grito para adentro, me rebelo, solo me alzo,
caeré, caeré, sé de la hondura eterna solitaria del abismo, caeré, pero me alzo,
no acepto lo que acepto, me subo al caballo blanco del infierno,
o a ese caballo blanco que en las noches despiertas son estrellas,
malas copias de la única Estrella, la que incendió el mundo, me alzo
y espero de pie o voy al encuentro, me alzo, acepto la muerte en la muerte,
pero no acepto la muerte en la vida, la vida muerta     





                                                                       Foto: May Naomi

                                                                  Quintín Alonso Méndez       

domingo, 13 de octubre de 2013





                                                                Foto: May Noemi
     



                                              De "Bajamar", novela



Cuesta irse. Irse también es una pendiente cuesta arriba, quizás la más dolorosa, la que más muertes se lleve consigo. Pesan los fardos, hinchados de ausencias, ausencias que pesan más que el agua, e hinchados de certezas, de no regresos. Por eso, irse es una caminata lenta, sin pausas, sin retrocesos, pero lenta, cada día es una pesada losa que se añade a los fardos hinchados de ausencias y pérdidas. Se va perdiendo de vista el inicio del camino, da la impresión de que atrás se queda un trozo de camino suspendido en el vacío, entre la neblina, da miedo regresar, y es el mismo miedo que el que se siente al proseguir, entre la neblina, camino de la nada. Cuesta detenerse, se hace más pesado proseguir luego la marcha. Y la quietud está llena de mentiras. De cómodas mentiras. Es fácil ser débil, dejarse engañar. Es fácil quedarse.
            Anoche volvió a llover. Lluvia que adormeció la noche, la cubrió de una oscuridad fría. Trajo humedales para los olvidos. Sentí cómo se hundían. En noches así, la costa y el viento se aparean. Nacen escombros de una música ciega, sorda. Ahora, en la mañana, regresa la lluvia por el poniente, y la precede, tendiéndose ante ella, una espalda desnuda de mujer, arqueada, vestida de arcoíris. Avanza la nube de agua, vertiéndose en el lecho del mar. Murmuran, mansas, las olas en la costa, se oscurecen. Murmuran melodías mansas, ciegas, sordas, los olvidos, muertos en la orilla, astillados, palabras rotas, descoloridas, envejecidas, de madera. La brisa, enfriándose, anuncia que la lluvia ya está aquí, picotea en la ventana, quiere entrar, lloverme. Es fácil quedarse quieto, viéndola caerse, verterse en estas manos que se tienden vacías, desprovistas de ropajes, algunos versos débiles de papel diluyéndose en el agua. ¿El silencio proviene del murmullo de la mar en la costa, sube hasta aquí descalzo y se sienta a mi lado, qué hace, lee estos renglones que se caen y se desdicen, débiles, ligeros, desparecen en el aire invadido por la lluvia, o es el silencio quien se los lleva, cuando desaparece, ciego, sordo, rasgando la cortina de la lluvia y adentrándose en ella? ¿Es el silencio esta quietud mentirosa que anula, desmiembra y mata los versos aún antes de nacer? ¿Por qué te nombra el silencio?
              El silencio forma parte de mi pueblo, de la aldea, desde que emergió de las aguas, silencio que se trajo del fondo marino. Porque es un silencio marino. Hondo. Un silencio de mar que ha aprendido a subir por las veredas, trepar los barrancos, enredarse en los tarajales, las palmeras, los dragos, los almácigos, tumbarse y dormirse en la yerba. Pero no duermen los silencios. Es su condena. Se van los recuerdos, se van los olvidos, se van los sueños, y los silencios se quedan. Condenados a no dormirse, a no morirse. El silencio está en la raíz y asciende, se hace pétalo, polen, brisa, se hace día y se hace noche. Está aquí, en estas páginas ligeras. El silencio es la piel de la palabra. Una piel sutil de madera.
            Acabo de leer la fecha. No tiene importancia decir qué fecha. Cuando se cerraron las puertas. Cuando el mostrador ya supo que tenía las horas contadas. Pero fue un nueve de junio. Fue cuando el silencio también cerró puertas y ventanas, las palabras dejaron de beber y fumar, de tomarse la pastilla de menta o de fresa con el ron, vieron la muerte cercana, la saludaron, fueron los silencios los que tomaron la palabra, los que se desperdigaron, algunos pocos se quedaron por los alrededores, callados, escondidos, desorientados. Muchos sueños dejaron de existir, se difuminaron, y muchos recuerdos se quedaron a oscuras, encerrados dentro de una caja de hojalata, vacía de boliches, dentro de un vacío que no quiso salir a la calle, se quedó dentro, no se quedó, se hizo más vacío, se fue al aire, a la nada de la que siempre te hablo, al fin el vacío descansó, se fue a la tumba. No se quedan las palabras cuando el silencio no quiere hablar. Porque los pájaros porque no hay nada que hable más que los silencios.
            No he dejado de oírlo. De sentirlo a mi lado. Silencio que barrunta estruendo de olas, de mareas de leva, para luego tenderse en la costa, boca arriba, con la calma, y dejarse llevar por el barco de piedra. Anoche, dos pardelas sobre la terraza de casa, sus cuerpos blancos, sus alas picudas. Creo que se la pasaron en el armario del viejo carpintero, oí rumores, chirridos, toda la noche. Habitaron el silencio.    
            Miro hacia el oeste, donde la mágica gran montaña, violácea al amanecer, se muestra con el sombrero puesto, un pequeño sombrero blanco, de algodón. Va a llover. Hebras deshilachas también de algodón, surcan el cielo azul. Hacia el este, grumos de nubes, de algodón, cubren el azul del cielo. Viene lluvia y viene viento. Cuestión de ir afirmando las ventanas, metiendo las macetas. Quizás todo se quede en un rumor de marea que sube, espumosa, rumorosa, y las nubes descarguen en altamar su mar desalado y el viento huracanado se quede en las alturas. Pero no es probable, lo que me dicen las palabras del jardinero y las del viejo carpintero es que después del mediodía empezará a oscurecer, se levantará la brisa, desagradable, y el horizonte, grueso de nubes espesas, oscuras, empezará a avanzar hacia la costa, encapotado, hinchado de lluvia. Las primaveras suelen entrar revueltas, se rebela, como casi siempre, un invierno tímido, quebradizo, monótono, sin lluvias, que aún no quiere irse. Pero ahora, mientras, el sol brilla y la mar se balancea sureña, olas azules que se abren  en labios, en flores blancas en la orilla, un arcoíris, un puente, en cada cresta de ola abriéndose en hebras de azúcar ensalitrada. /Ciega tanta luz desnuda/ /Ciega/ /Adormece/ /la espina de agua de la ola, abierta en flor blanca/ /las gaviotas hoy desisten del vuelo/ /la gata ovilla ronroneos/ /¿la tierra presiente la yerba?/ /Fue noche de luna llena/ /blanca fría desnuda/ /serenada que permanece/ /se levanta la brisa/ /fría seca desnuda/ /ciega tanta luz desnuda/. «Me retuerce las entrañas que puedas vivir sin mí», dicen que el viejo carpintero le oyó decir a la mujer cuando empezó a caminar descalza el puente sobre las aguas, alejándose. «Me retuerce las entrañas que puedas vivir sin mí», hoy te lo digo yo a ti. Dicen que hay noches, no se ponen de acuerdo sin es en las de luna llena o luna nueva, que la misma voz de mujer se deja oír en la costa: «¿dónde te me fuiste?», y que es una voz ronca, rota de lágrimas, tomada de salitre, alejándose. Sé que al viejo carpintero no le sorprendió la soledad que le provino después, pero lo tumbó. Lo hizo desandar y le hizo recorrer largos pasillos que ya creía desterrados para siempre de lo que él llamaba «estos días regalados», largos pasillos ciegos, sordos. Huecos. El jardinero se durmió para morirse, en el escalón, apoyado en la puerta verde cerrada, frente a la costa, un laurel dándole la sombra de la última ternura acariciándole el rostro, una brisa marina suave como una sonrisa, allí se sentó y se durmió para morirse, la botella de vino al lado, fiel, la única lealtad que conoció, allí, donde mismo la madre le había espetado más de una vez la melodía, ciega, sorda, de «qué desperdicio de vida, dios mío, qué desperdicio», y la madre se moría un poco más, frustrada. Todas las tardes, sobre la misma hora, se sentaba allí, en aquel escalón, para ver si se dormía y así se moría. A veces se dormía y lo despertaba un arrebato de ola, como un chasquido. Esa tarde se durmió para morirse. La mar callada, ciega, sorda. Porque las olas.
            El viejo carpintero fue un lobo de mar, capitán de un viejo barco de piedra. Pero las melancolías lo empujaron vereda arriba, hasta la cueva, en la loma. Y hasta arriba, desde la proa de piedra del barco de piedra, fue empujada la mujer por unas melancolías embrumadas que no recordaba. Marinas las melancolías. Olvidadizas las palabras que se pronuncian temerosas, o las que se dicen con el cuidado de las que son recién nacidas, nuevas. Fue un lobo de mar al que nadie vio nunca navegar, ni siluetear la costa pescando o mariscando, pero conocía cada charco, cada cueva donde habitaba el pulpo, el murión, la morena, a qué hora de cada día salían los cangrejos a medir el ángulo del sol, sabía de cada golpe de ola, la historia de cada cayado, de cada roca, de cada charco. Yo lo acompañé en alguna travesía nocturna, los pies descalzos por la húmeda arena gruesa, negra. Esas travesías duraban hasta el amanecer, cuando entonces el frío nos hacía recordar el calor del ron, en la cueva. Esos días no eran tan fugaces, tenían instantes que se alargaban sutiles y sinuosos y se quedaban a nuestro lado, infantiles. Hablábamos poco. Sobre el tiempo. Sobre los cuatro climas que a diario pasan por el pueblo.*
            *En realidad, no recuerdo haber hablado con él de otra cosa que no fuera del tiempo.
Bebíamos. Fumábamos. Trenzábamos palitos finos de madera, haciendo letras, trenzábamos letras, haciendo palabras, trenzábamos palabras, haciendo juegos de palabras. Palabras sueltas, de paso, como el tiempo. Esos momentos en que era verdad que la quietud latía, tenía alas, del mismo color que tuviera el día en esos momentos, se palpaba el aire. No había más. Cuando oscurecía, los versos de madera, ligeros, se iban detrás del horizonte para no volver. Él sabía que no regresa lo que nunca vino.           
            «Con el beso dulce de la cerveza en los sentidos», dicen que le oyeron musitar a la mujer, marina, por fuera del bar de la costa, sentada frente al mar, bebiendo una cerveza, el sol acariciándole la piel.
            Noticia. Después de tres días, hoy no llueve. Hoy escribo al sol. En la terraza. Sentado al lado del armario, algunas plumas de ave en las gavetas del armario, como dejadas a propósito por algún sueño volador. La brisa es mala consejera. El horizonte es una cordillera vaporosa de nubes. Hay una desnudez detrás del horizonte. Me lo dice la brisa. Tiene labios en los dedos, flores blancas. Una sonrisa también desnuda que también son labios, flores blancas. Olas desnudas entre las sábanas. Escribo yéndome. Dicen que el jardinero se dejó morirse, como se mueren los pájaros. De tristeza. Porque el patio, la soledad del patio, la puerta cerrada, las ventanas cerradas, los geranios y los claveles recién regados por él. Siempre lo hacía, cuando atardecía, cogía la regadera y la ponía bajo el chorro de la piedra de lavar, cernía el agua sobre las plantas y volvía a dejarla en su sitio, ni una sola mirada a la ventana entreabierta. Luego enfilaba hacia la costa, con la botella de vino medio vacía. Hasta la tarde que se durmió para morirse. Porque los pájaros las palomas las cañas de pescar las pencas la ventana entreabierta porque el olor a cama deshecha, desflorada.
            La vaga sensación de que estuve ahí, en el borde mismo de la vida. Quizás por eso alcancé a verte, a presentir tu presencia, ¿esa fue la inquietud de la noche, el sutil aleteo de mariposas y libélulas de la noche? Sé que me esperan versos que he de hacer de madera y a los que he de lijar y pulir con mis dedos de madera reseca, con los ojos cerrados, para que no se echen a correr detrás del horizonte. No sé si me dará tiempo a tenderlos al sol y luego depositarlos en las botellas mensajeras de la escritura para que te lleguen.
            Recuerda que si no sigo escribiendo es que no llegué a mañana

            Quiero que las diosas sientan celos de ti. Lo conseguiré
         


Foto: May Noemi

Quintín Alonso Méndez