miércoles, 24 de mayo de 2017




Canto Último


En lo último deposito la tragedia de lo acabado –porque existe lo acabado
lo que se acabó-
el suspiro que va a deshojarse puntual a cada ramalazo de un recuerdo
aire último vida de pájaro peso de pluma que sostiene las columnas del tiempo
para cuando sea preciso abrirle la llave al disturbio a lo inconsecuente
deposito y abandono la mirada que hace tiempo no mira en los nidos
deposito las botas rotas sobre el muro de piedra en este día de solajero
que el sol clave justiciero sus flechas de fuego en la diana señalada
Último es todo verso que se queda ahí varado en el papel
el beso que supimos no beso el último beso sin beso robado por las prisas
el rostro de lado de nuevo viajero la boca lejos tan lejos de nuevo de viejo   
en lo último lo último apenas si empieza
principio de antes de la noche
un despedirse del mar
del mismo mar la primera y la última noche
mismo mirar hacia atrás hacia lo que se va para siempre
boca vaginal del Universo que se contrae y se dilata
engulle devora vomita despliega inquieta quietud de la mentira


quintín alonso méndez


sábado, 20 de mayo de 2017


La Prosa

Acto uno. El escenario es un día con el color nostálgico del gris. Música entremezclada de violines gruesos y agudos, de pájaros ocultos en la espesura de las hojas.

Una casa destartalada en el campo –hay que llamarla casa porque un día aspiró a ser hogar--, pintada de rojiza piedra de cantera, pecado mortal habría sido el enjalbegarla, con techo a dos aguas, de tejas descoloridas y rotas, semihundidas, secas en lo más sublime de la rugosidad, sostenida renqueante pero en pie por alguna mano del otro mundo, ¡ah, la dulzura desgajada, opiácea, de la amapola!, con acomplejados ojitos tímidos de tejado a la intemperie, pero alertas, de perenquenes y gomeretas --de los pocos supervivientes en medio de tanta secura--, rodeada de pequeñas lomas del color de la enfermedad, verdes amarillentas, alisadas, de la misma tela que dejó al descuido la remota lluvia, perfiles de las nalgas y las caderas perfectas de una divinidad de hembra desnuda, tendida, con el color suave y delicado de la otoñal primavera rondándole las finas estrías de la piel, puede que sean heridas de otros planetas, como los tallos de la yerba castigados por el sol, que se quiebran. Un hombre con sombrero de paja, encorvado sobre la tierra, al que ya le pesa el cuerpo, apoyadas las manos en las rodillas, se mueve lento, como si buscase algo en la tierra agrietada y seca, ¿o le está hablando al silencio del tiempo? Unos pocos árboles desperdigados, viejos eucaliptos y viejos olmos, cuyas ramas recuerdan a mástiles vencidos de barcos naufragados, un vago olor a menta y sensación de rugosidad de madera al tacto del aire en el rostro. Despacio, el hombre malamente se yergue, apretándose esa lumbalgia que amenaza con incendiarlo con las dos manos, y malamente erguido, despacio va alejándose de la casa, y ya camina, sin detenerse a mirar hacia atrás, seguido por un perro que parece protegerle las maltrechas espaldas. En el paisaje de fotografía antigua se dibuja el contraste entre la pesadez del hombre vencido y la robustez viva del perro. No se detienen, saben que se aproxima la noche y antes han de encontrar cobijo. El perro ladra, acercándose al hombre, frotando el hocico en la pernera: se ven diminutas luces a lo lejos. Aprietan el paso y el hombre aprieta los dientes para amordazar el dolor afilado que tira de sus piernas. El hombre mira a lo alto, un abismo espeso de gruesas nubes entra en sus ojos, sabe que éste es el momento, es la memoria, de avivar más que nunca su vocación incumplida de llegar al mar.

quintín alonso méndez

lunes, 15 de mayo de 2017


La piel del verso


Cierra los ojos el dios del sueño cubierto por el abismo del horizonte
caminan por el oscuro sendero solitario que la luna nueva abre como surco en el mar
cuerpos que no tuvieron destino y con las mentes amordazadas bajo el agua
inexorables vienen a llevarme lejos del mundo en el que no he estado
cierra los ojos  el dios del sueño y abatidas las espigas del sol son cenizas en el agua
en la boca voraz de la noche cae todo lo débil y es donde todo vuelo se hunde 
la lava se hace roca los silencios son peces petrificados y las palabras ah las palabras
ya no tienen el instinto dañino del ensueño los perfiles jóvenes de las querencias
las moléculas del agua y la sed el propósito de la unidad del encuentro
ya cada paso hiere la huella cada mirada que solo mirar ya busca en la espesura
la materia que palpita lejanía tan próxima que arde que es mástil firme
frente a los vientos de las tormentas hora a hora como un tormento interminable
sigue el curso de lo que no tiene pérdida como arado rumbo al Universo de la nada
cierra los ojos el dios de los sueños llevado por la corriente como desbandada de pájaros
por los anchos cauces de las cobardes renuncias estrechos los hilos por donde aún
lentamente se abre paso la sangre terquedad de lo irremediable miedo cadavérico
de lo perdido grito que la noche devora como a un insecto y lo hace muro de piedra
ante el mundo águila invisible de cristal cae al agua como un desgarro planetario del aire

no veo no veo nada en la oscuridad cierra los ojos el dios de lo eterno ya me duermo
quintín alonso méndez

jueves, 11 de mayo de 2017


La Prosa


Siempre me quedan cuentas pendientes con la prosa, y será inquietud, desazón, sensación de consistencia de mi inútil vida, hasta que no regrese a ella. En eso estaba pensando, en lo que miraba y veía caerse la tarde, y eso escribo ahora, ya con la tarde vencida cayéndose detrás del atardecer, un atardecer de diamantes encarnados y violáceos. La prosa no es una barca, la prosa es una terraza de medianías desde la que se vislumbran las sonámbulas barcas que peligrosamente se balancean en un mar voluble de arenas movedizas. O puede que sea todo lo que desconozco o no existe y a lo que me aventuro inconsciente a darle existencia. En estos momentos que escribo, me vengo a mí y pienso que la prosa es el banco de la plaza bajo el árbol donde te espero. Y recuerdo entonces lo que rezongaba mi abuela, sin mirarme, sentado a su lado en silencio, extasiado en su magia y en las raíces de mis futuros fracasos, mientras sus metódicos y cíclicos dedos de misas y rosarios entrelazaban las tiernas y lisas hojas de palma, frescas de lluvia, haciendo un cesto, «cuando esperes a una mujer, espérala sentado» (no era necesaria, sobraba, la sonrisa burlona: pero no sonreía, ella seria en su seriedad matriarcal, con la cabeza gacha envuelta en el pañuelo negro de las palomas siempre de luto, solamente rezongaba y luego callaba, trenzando las hojas de palma, hasta que me levantaba y en silencio salía a la calle, a dejarme caer en el abismo caluroso de la tarde. Aquellas eran tardes de geranios y de vestidos cortos floreados de chiquillas jugando al tejo). Aunque parezcan tiempos interminables, perdidos los tiempos y perdido yo en un temporal de vacíos, sin una rama a la que asirme, las pausas sin la prosa son muy cortas, fugaces estrellas invisibles de días melancólicos, como si esperasen sentados un estallido de luz, una sonrisa, una voz, pero lentamente se va oscureciendo sin que nada ocurra, y entonces hay que apresurarse antes de que la locura se apodere de la casa, dejar abiertas puertas y ventanas de par en par, y pronto, sentado a la mesa de cristal, teniendo el mar al lado con sus murmullos de música que embriaga, reanudar el camino solitario a través del interminable desierto de la escritura, donde no me hallo ni me hallaré.


Me temo que voy a escribir de ti, me temo que eso es lo que deseo, escribir de ti o escribir para estar contigo. Y será una luna corta, de veinticuatro días. No sé nada más. Pero me atrapa, me llama y me hunde este desierto en blanco como la sed, aparte de que necesito estar contigo y de que es la única forma que conozco para habitarte y que me habites, y además con la gran fortuna de sin la pesadez y la monotonía molesta, en muchos casos inoportuna, cansina, de la presencia física.


Escribir es magia. Magia que proviene de alguna parte, que quizás haya surgido de algún agujero de una vieja esquina y que alguna brisa débil ha traído hasta aquí. Tropiezo con la materia de lo invisible y lo intocable, y siento cómo me rasga su piel la piel del alma. Cada palabra es un pequeño puñal de cristal, brillante como la luz, una gota de las uvas de la sangre y el agua. Es magia, barrunto barrancos y océanos. Será magia. Primavera, dice la luz en los verdes y en los picos de los pájaros, en el brillo de los minerales 


quintín alonso méndez

lunes, 8 de mayo de 2017

La piel del verso

Era pura noche
puro vómito hacia dentro
claveles de la sed y el hambre circular del rojo
consentimiento de la higuera que ignora lo humano
de las rocas de la costa con sombreros mohosos
cubiertos de la sal cuando amanece
tiempos anacrónicos seduciendo a la lluvia
un banco solitario bajo cada árbol solitario
bajo cada farola rota solitaria
frente a una esquina rota y solitaria
donde es la espera sin paraguas
donde es lluvia de lágrimas
de manos frías en los bolsillos del agua
a veces hago que te escucho pero ni siquiera te oigo
entonces oigo el balanceo del péndulo
y oigo y veo el lenguaje de tus gestos
de cuna huérfana
encerrada en tu océano

quintín alonso méndez





jueves, 4 de mayo de 2017



La piel del verso

has sido capaz de trasladarme al inicio
de cuando con el hacha separé la raíz del árbol
y me fui de mí

quintín alonso méndez





lunes, 1 de mayo de 2017


La piel del verso


Con qué delicadeza de ave ha pasado la tormenta
un roce sutil de lo eterno rozando la piel del océano
roce de ala de promesa de lluvia desplegándose por el verde de la tierra
ya se la barruntaba acercarse resbalando por la baranda del horizonte
lámina oscura de mar entre el cielo cubierto y la tierra polvoreada de incienso
caminando descalza por una noche ciega extrañamente quieta
se anunciaba a su paso hacia el oriente con lejanos relámpagos y rayos
con silencio de labios cerrados solo la respiración de los parpadeos
brillos metálicos puramente puros de blancos resplandores
y quebradizas ramas de plata
iluminando las formas fantasmales con cuerpo de las nubes gruesas
algunos gemidos roncos de los relámpagos y los rayos alejándose
mientras clareaba con una delicadeza exultante y lujuriosa delicadamente azul
se posó erguido como elegante pájaro de plumaje de colores el arcoiris sobre las aguas
delicada fiesta de arco de luz en los ojos húmedos de la tímida pálida brisa
cerraba con delicadeza las puertas y las ventanas para luego dejarse caer como lluvia
primero como seda de gotas esféricas limpiando el polvo del aire ceniciento
derrumbándose después como apasionada agua impetuosa desnuda y exuberante
para repentina desvanecerse
extraña quietud azulándose esparciendo el polen de la luz
fugaz paso de todos los sentimientos inmersos en el instante de un quejido
llevándose en sus alas transparentes ya invisibles y remotas y más alejándose
el sueño el último sueño
   

quintín alonso méndez