jueves, 18 de enero de 2018

La Prosa (39)


Tiene un amago amargo de sonrisa. Mira alrededor, el lugar parece sostenido en la niebla de lo irreal y piensa que quizás todos estamos aquí de prestado, y que mañana nos sustituirán otros, impasible en su rodar el Universo. Ve a los hombres, sus gestos, todo lejano, pero los sonidos son claros, nítidos, no son externos, vienen de dentro de él, si se tapa los oídos, nada sale, nada se vierte, y los hombres se mueven siguiendo unas reglas que él desconoce, el silencio necesita aire, expandirse, encerrado es una fiera enjaulada, el arma poderosa que al explosionar buscando espacio, creó el Universo; se quita las palmas de las manos de los oídos, la sensación inexplicable –frescura adolescente en todo su cuerpo- de que vuelve a respirar; mira a la mujer que lo está mirando, él la ve semidesnuda, morbosamente dispuesta. El tiempo nunca camina con la misma cadencia, esta tarde tiene una lentitud que desconocía, mística, de ritual; los hombres ríen, beben, se sienten fuertes y estrictos, pero son niños, «somos niños indefensos». Llega la noche y se lleva la pereza, se encienden las luces y se apagan las voces. Hombre está en la barra, arreglando las cuentas con la mujer; en un momento determinado, venido de un sueño, las dos miradas se detienen en el no tiempo, arriba, a la altura de los ojos, en pleno vuelo, la mujer le susurra con la voz rota del temblor «quieres que vaya», el olor dulce del sexo lo invade. Hombre, despacio, asiente, dándose la vuelta. Perro se yergue sobre sus patas delanteras, así saluda a la mujer, luego también se da la vuelta y sigue a Hombre.   
El hombre del dominó lo está esperando en la calle, bajo la llovizna y la música de los grillos, le propone subir a la montaña por la mañana, «quiero enseñarle algo», «muy bien», quedan y entonces, queriendo ser amable, le pregunta cómo fue la partida, le responde con un encogimiento de hombros plano, no tiene importancia el resultado, es el de siempre, pero «es que no quieren aprender, les da miedo pensar», «todos posponemos el pensamiento, lo dejamos para después, pero después nos olvidamos». Dejan que hable el silencio de la calle desierta y debajo de la vieja farola se despiden con un «hasta mañana aquí temprano». Hombre y Perro se van detrás de la calle y cogen la vereda del barranco, el camino que lleva a casa. Hay un parpadeo de luz, fugacidad de un claro en las nubes que muestra la desnudez mágica de la luna. Le ve el rostro al barranco, misterioso. 
Suenan en la puerta golpes delicados, como roces de pájaros o de ramas. Se levanta para abrir, sabiendo que es la mujer. La mirada se queda suspendida a la entrada de la casa, entrelazándose entre sombras turbias y claridades, húmeda la de ella, siempre incrédula la de él; un leve ladrido de Perro los devuelve a lo real, al frío que entra, que deshace el calor que sube desde las entrañas, los dos se han estremecido, la mujer se abraza a sí misma, como si todo el frío hubiese ido a sus pechos, Hombre, tropezándose, se hace a un lado, «hace frío», dice, y se siente extraño, no ha oído su propia voz, tampoco oye el «gracias» dulce de la mujer, pero lo envuelve, lo embriaga su olor de hembra, nada más cerrar la puerta. Los recibe una calidez con la piel desnuda, cálida, del deseo, o es la ternura de la vida flotando en la burbuja aislante de la sala, en la gruta de los aleteos. La mujer se acerca a Perro, se saludan, ella le frota la cabeza, él le lame las manos, Hombre arrastra con cuidado una silla, sentándose ante la botella de vino y los dos vasos, la mujer viene y se sienta a su lado, los dos frente a Perro y su trono, que no deja de mover el rabo; cada vez menos espaciadamente, saltándose los tiempos, las dos miradas se encuentran, se acercan, entra una en la otra, recíprocas, beben, se miran las manos, cruzan las piernas, se miran los zapatos, las dos miradas se reencuentran, se invaden, retrocede el tiempo o regresan los recuerdos, para que solo exista la sorpresa y la promesa del presente. Solo hablan las respiraciones, fresca y gozosa la de Perro, agitada la de la mujer, oscura y callada la de Hombre. «Enciende la chimenea», musita la mujer con la mirada turbia y húmeda, y a Hombre le llega lava promisoria con la voz de la mujer, promesa de volcanes y océanos, del agua más pura. Al tiempo que Hombre se levanta y se dirige a la pirámide de pequeños troncos de cedro apoyada en la pared, junto a la boca negra de la chimenea, y los va introduciendo en la llamadora, y hasta ahora solo testigo, silenciosa cueva de piedra de cantera, y la mujer se dirige a la cocina, siente que hay infinidad de mariposas en la casa, incontables partículas brillantes en el interior de sus ojos, todo parpadea y late, irreal, asombrosamente carnal. ¿En qué lugar de la historia y de la Historia se encuentra ahora, cabe un grano de arena en una playa interminable? Su cuerpo no pesa. No tiene cuerpo. Le llega el olor del café y nacen las llamas en la ahora cómplice y cálida cueva de piedra de cantera, contempla la gama de colores que surgen del fuego, siente el crepitar de la leña en su propio cuerpo, Perro salta de su trono y se tumba frente a la chimenea, a la distancia de la temperatura, ha decidido que ésta será su cama esta noche, Hombre se yergue y se dirige al olor de hembra, al reclamo excitante del café recién hecho, que lo llaman desde lo terrenal de la cocina, la mujer de espaldas, hermoso su cuerpo de cántaro, ánfora, guitarra, deseo, abierto y libre su pelo que le resbala por los descubiertos hombros, se vislumbra la desnudez del cuello, las manos apoyadas o aferradas en el poyo de barro, de barca previniendo el oleaje, las embestidas imprevisibles de las olas, Hombre se acerca hasta el roce, ebrio de deseo, la mujer siente el vaho caliente y el más desnudo en el cuello, un gemido leve nace y brota de lo más íntimo, se estremece como suave viento, el roce se pega a la carne, que siente cómo va abriéndose, agitándose las respiraciones, primarias, la mujer suelta las dos manos, inclinándose, «quiero la verdad de tu cuerpo», le susurra la voz ebria, lentamente se sube el vestido, abriéndose, luego las manos regresan, aferrándose al barro del poyo, así se ofrece, así lo recibe. Dentro del incendio, en el umbral del desmayo, la mujer le musita, deshojada la voz en gotas de lava, «llévame a la cama»   

quintín alonso méndez

lunes, 15 de enero de 2018

La Prosa (38)


Le gusta el clima del bar, «clima de bar, clima de hogar», sentado ante la mesa, Perro a su lado –por una vez, Perro entra con él en un bar, «déjalo que entre», le dijo la mujer, que ahora está dándole la espalda detrás del mostrador, le llegan olores mágicos, y ese olor sublime del café que sale de la cafetera, esparciéndose, abrigándolo, inventando un ambiente de calidez. Pero la mujer sabe: no le sirve café --levemente le tiemblan las manos, no se miran--, sino una botella de vino y un plato humeante, otro para Perro y agua fresca en la botella de plástico cortada por debajo de la mitad. La somnolencia de la paz los vence, entonces recuerda aquellas palabras, «no dejes que la somnolencia de la nada te doble la espalda». Mientras la mujer, inclinada, limpiando la mesa con un paño húmedo, sin mirarlo pero demorándose, le va diciendo dónde comprar «algunas cosas para estos días, y algo de ropa», Hombre tiene la mirada paseando por el escote que deja entrever el nacimiento de los pechos, hermosos, que se agitan insinuantes, libres, y cuyo tacto suave y mórbido aún siente en los dedos, en los labios.
Con pasos tranquilos, Perro y él caminan por el pueblo, descubriendo el brillo del suelo de las casas al abrirse las puertas a un día nuevo, la luz íntima, escondida, de un amarillo antiguo, gastado, de las habitaciones, al abrirse las ventanas, semiocultas pudorosamente por cortinas de encaje que se balancean con la brisa; las voces y los ruidos son como pequeñas piedras chocando con el aire frío que empuja el viento, y no llegan a él, ve las voces y las oye caminando por las aceras, lentas unas y más ligeras otras, algunas cansadas, con viejas botas, con humildes zapatos redondos, con calcetines y medias oscuros, gruesos, ruidos de cáscaras rompiéndose o de cartón seco agrietándose, le sonríe a Perro, le gustan esas carnes blancas, desnudas, prietas y generosas, de la mujer. No piensa en la mujer, en los ronroneos de sus palabras, en cómo iba guiándolo, dejando que resbalaran sus manos por el tibio vientre. No piensa, solo respira; a cada tienda que entra Perro lo espera a la puerta, con la cabeza alta y sus ojos volcánicos oteando la geografía, cuidándole las espaldas. Mañana de excursión, entre tiendas y recorrido por las calles, los callejones del pueblo, todos en cuesta, la mayoría empedrados, algunos de tierra, los que bordean los barrancos, entre palmeras y pinos, algún laurel. Llueve, apaciblemente llueve, como si temiese asustar a la niebla, que se abraza a las paredes encaladas de las casas, intimándolas. Durante la vuelta a la casa del barranco, ella le invade el pensamiento, es el color, el clima del día, que lo aplasta: es lluvia de nostalgias. Dentro de la casa, Perro se quita la lluvia de encima, sacudiéndose, Hombre hace un repaso de lo comprado, vacía las bolsas de plástico y los artículos los va poniendo en los sitios «donde ella los pondría», y de pronto se da cuenta de que el ambiente de la casa tiene el sabor dulzón del sexo de la mujer. Le gusta. Lo embriaga. Se pone cómodo. Pan, quesos y vino sobre la mesa, un buen hueso con carne para Perro. «Compañero, estamos cerca», le dice a Perro, y deja que los sabores distintos de los quesos, el pan de leña y la sangre de la uva, le hablen del paraíso. Siente los latidos del mundo. Entonces lo ve. El libro. En una repisa de roca viva. Un pequeño jarrón de cristal con siemprevivas violetas a un lado, una cajita de nácar al otro lado, como dos espadas vigilantes, el libro en medio, silencioso. Lo coge entre sus manos, lee el título, «La Prosa», y sabe que no va a abrirlo. No necesita saber quién es el autor. Vuelve a dejarlo en su sitio, saluda con respeto y quizás gratitud a las dos espadas, se vuelve hacia la ventana y se pone con Perro a mirar el lujurioso esplendor del barranco. Las tardes son cortas y le apetece ver a la mujer –a Perro también: la mejor y más cariñosa cocinera que ha conocido, y le gusta el olor que desprende--, además hay que estirar un poco las piernas, que son de malas costumbres. La mesa de dominó ya está puesta, pero dentro, que fuera el frío enfría demasiado el vino y los huesos, y dentro da gusto, al calorcito, con Hombre mirando de vez en cuando, despacio, a la mujer; así la desnudaría, despacio, abismado en sus ojos oscuros, atrapadores; pero Hombre huele a ella, «así ha de ser el olor del mar, como el del trigo después de la lluvia». El hombre del dominó lo saluda con afecto, y eso lo agradece diciéndole a la mujer que les ponga una botella de vino; la mirada de la mujer lo hace sentirse feliz y joven, fuera del tiempo; no hay un antes ni un después. «Estoy aquí de prestado», se dice, dejándose acariciar por el vino, mirando a Perro; hacía mucho que no respiraba esta paz, «este regalo».

quintín alonso méndez


viernes, 12 de enero de 2018

La Prosa (37)


Acto o día siete. El ganado se tumba apacible y a cubierto y el campo se abre fértil viendo llover. Hubo un tiempo en que la lluvia corría por todas partes, por las serventías de sus pertenencias; ahora, cuando aparece, cae como un derrumbe, derrumbándolo todo. Es un verde carnoso que brilla entre la niebla, un frío tierno que llega, recién nacido, desde las cumbres. El barranco, abriéndose, atraviesa el escenario de parte a parte.    

Hombre vuelve a asomarse a la ventana por enésima vez; desde que está de pie, en la madrugada, y que va como péndulo de la mesa de madera del salón a la ventana, una y otra vez, está intentando medir el tiempo, o detenerlo, o es posible que cuente los pasos que pueda tener una madrugada; en el fondo del barranco todo es un silencio de fantasmas que trepan por sus paredes y traen memorias, vistiendo de un pálido gris voluble, ceniciento, el verde vegetal. Amanecer de flores de agua. Se abraza porque el frío lo muerde, Perro sigue enroscado en su trono. Todo como flotando, atemporal, envuelto en aromas frutales. Está ensimismado en su verbo irregular «yo no me influyo, tú me influyes, él o ella me influyen». Tiene en el estómago una pandilla de gatos agresivos. «Vamos», le dice a Perro, que salta al suelo aún con los ojos cerrados; sin saber el motivo, o viendo la honda y alargada herida del barranco, recuerda las palabras del hombre mientras depositaba en su sitio al viejo libro, un quijote rodeado de tanta nada, «no sabemos dónde estamos, pero siempre se está a mitad de camino», y cada vez más se convence de que el frío le viene de dentro. Respira hondo en lo que regresa Perro, que ha bajado al fondo del barranco, y se llena de romero; se pregunta si este rumor que embriaga, el que produce las hojas de los almendros, tendrá algo que ver con el rumor del mar; brillan como pequeños soles los nísperos; los árboles se pueblan de mirlos. La mirada se le va lejos, hasta el fondo oscuro del barranco, donde chapotea el agua que ha llovido. Detrás suyo, Pueblo Grande parece que lo espera tranquilamente, como paz de cementerio. La humedad que asciende en hebras desde la tierra son velas azules que se despliegan por los bordes del barranco, son ternuras o melancolías que desprenden las raíces. Se liberan las palabras, imposible traducir a la lengua de los signos y las palabras los versos perfectos de la naturaleza. Las risas no pesan, son livianas como el polen; las tristezas aplastan. Esa mujer caminando por la vereda, con el color de la carnalidad en su cuello desnudo, es la risa rociada de polen; laten pájaros en sus pechos, bajo la tela. Es la mujer del bar, la dueña de la casa que por unos días va a ser la casa suya y de Perro, «contigo siempre me siento desnuda», le dijo ella cuando ya todo era pasado, o un tiempo ya sin espacio alguno para un encuentro. Cuando está a su altura le dice «llevo un rato mirándote», Hombre, buscando a Perro con la mirada, por entre la comunidad de tabaibas, siente su olor fresco, y le baña el rostro un fuego tembloroso, le despierta el deseo, «ya te miraba anoche, y si buscas lo que forjas en tu mente, no busques más allá de tu mente», «¿entonces?», «simplemente camina», «ahora, por ejemplo, si lo deseas, camíname, yo lo deseo». Hombre, sin mirarla, le coge la mano, bajan por la vereda resbaladiza, agarrándose a las ramas de los tarajales, y se pierden dentro de unas grandes piedras lisas, ninguna palabra, ningún beso, las nalgas desnudas de la mujer, con impulsos lentos, luego primarios, desbocados, contra su vientre, el dolor en todo su esplendor, el desgarro de la soledad abriéndose en flor, el grito de la vida. Perro se acerca y le dice «hola» a la mujer: lame sus piernas. Momentáneamente, la sed se ahoga en el desbordamiento del agua más profunda, hecha lava. Hombre se quema con sus propias lágrimas. «Vamos a desayunar», dice la mujer, con la voz ronca, agitada, recomponiéndose, se abrocha con dedos que tiemblan la blusa, se baja la falda.

quintín alonso méndez

martes, 9 de enero de 2018

La Prosa (36)

Compadre se estará acordando de todos mis muertos, pero feliz, bien atendido por la «sobrina» del cura, seguro que ante un curativo y milagroso plato de sopa caliente, ¡el muy cabrón! Solo la vida puede curar las heridas de muerte. Cada amistad es una lejanía, un recuerdo en el tiempo. Hacía mucho tiempo que no estaba tan lejos de mí mismo. Y pobremente feliz; la pienso; solo la ausencia pura tiene el sabor de lo primario y desconocido del presente, ¿alguien ha sentido alguna vez el hervor de la mente, a punto de explosionar y de mandar al carajo al Universo? Así estoy, «¡mujeres, no me toquen más de lo imprescindible!»; me gusta oír mi carcajada de caverna patética, burlarme de mí me hace bien, rechazo que algún día la caña me sepa a gasolina, como los orujos modernos; allá abajo el mar me recuerda a los primeros cuentos que leí, debajo de la infancia; en todos los cuentos había mar o la desesperanza por la ausencia de mar –creo que esos escritores, pálidos y fantasmas como barcos sin pasajeros, nunca existieron— y todavía pienso, ahora no puedo pensar, la cabeza es un volcán --pero ella, ella, ella, medida de cada instante del tiempo--, que solo el mar tiene las llaves del mundo sin puertas, del mundo con alas. ¿Por qué es tan frío el alcohol, la desnudez de palidez mortal que deja el alcohol, expuesta la piel al frío que congela y desarma? Me pongo la disculpa de que así no se puede bajar a la costa a rescatar versos –a ver quién me rescata a mí--, y que abajo, en la costa, los versos son libres, sin ninguna necesidad de aparejos ni de falsos rescates. El verso está condenado a la plastificación, me identifico con los versos pobres, así los dejo, pobres, muriéndose en la sed y en el hambre, sobre una mesa sin mantel ni pan, avinagrándose el vino. No quiero pensar, ¿pero a qué maldita vida extraterrestre está enchufada mi resaca, es decir, mi cruda realidad? Decidido: hoy no bajo a la costa. De las pocas cosas que hago bien es tomarme un limón en ayunas, me hace sentirme ligero. Tengo alas pero la mente se me hunde, espesa y enormemente pesada. No tengo alas. Tristeza porque la borrachera me pone ante el cascareado espejo. Le hablo a ese tipo que necesita sostenerse en el lavabo, tambaleándose, ¡qué triste tiene la mirada!, ¡y qué frío hace! Echo de menos una travesía en barco. Ella abrigándose la garganta. Yo encogido, pingüino de aguas calientes. Me prometo no tener más resacas, pero la caña me ayuda a matar el virus del enamoramiento. Ella nunca sabrá de este desgarro. El barco corta y atraviesa la piel del mar como un cuchillo de carnicero corta la carne, con la maestría de un dios inflexible. No hay sangre, solo peces voladores, transparentes. Ya no podré preguntarle por qué es tan hermoso el sexo de su sonrisa descolgándose de su mirada húmeda, más tierna que la yerba recién nacida. La sed crece como un incendio gigantesco. ¿Alguna vez dormí de verdad, o despierto soñaba que dormía?, ¿pero por qué no recuerdo el sueño de cuando dormía plácidamente mientras madre me hablaba con su voz calma de marea echada, y me hablaba de las cosas bonitas de la vida, del barro, de abuela, de los viajes de abuelo, de los polluelos en el cesto, al calor de la bombilla encendida, de los calcetines recién zurcidos, calentitos, del pan recién hecho del cuartel, y como en un susurro, de que a padre había que entenderlo, ayudarlo? ¿Alguna vez existió el tiempo? ¿Yo era yo entonces, pero y qué soy ahora, los restos de entonces, y mañana quién será yo, quedará algo de mí? La madre que la parió: no dejo de pensarla, «eso es porque te estás muriendo», me dijo serio el compadre, masticando la caña y masticando el tabaco de la cachimba, sus drogas duras, claramente perjudiciales para las enfermedades. Dura la resaca los mismos días que el mar de leva: tres días. Con la luna atravesando el arco del cuarto creciente, mitad blanquecino, mitad amarilleado por la noticia de un diciembre seco. Es posible que el mundo durante estos días haya estado apesadumbrado, sin saber de mí. Sé que las gaviotas, el entramado de las trenzas del musgo, los versos --mis desamparados y frioleros versos, quejosos como las rocas cuando se agrietan--, los paisajes de los colores, los bodegones de los sabores, los climas de los días y las noches, me han echado en falta. No pueden vivir sin mí. Con eso –falsamente-- me basta. ¡Allá va el farero, el capitán del barco, el rastreador de versos! ¡He vuelto!             
quintín alonso méndez
                    



sábado, 6 de enero de 2018

La Prosa (35)


¿Qué recuerdos se inventa la memoria y cuáles oculta? Tengo conciencia voluble y lealtad de isla. Los climas me cambian los ánimos y mis ánimos cambian el clima, en eso soy un dios. Día sorprendente. Y compadre me sorprende: hoy tiene clima de luz, ni una sola lata de conserva al final de la barra, que brilla pulida como recién estrenada: y más me sorprende: me habla de la «sobrina» del cura. Quiere contratarla, «la casa necesita las manos de una mujer», pero en la mirada que me evita veo mucho más que manos, «lo que necesita tu casa es que la cuides, se te está cayendo encima», «precisamente a eso me refiero»; a compadre le ha entrado la fiebre del miedo, de la soledad, y mayormente no tiene cura, y eso me asusta, me recuerdo lo que soy. Solo hacemos trascendentes los fracasos, los triunfos son cuestión de suerte y son fugaces, es la filosofía que compartimos compadre y yo desde los primeros sarpullidos, pero compadre ahora tiene fiebre, y lo curioso o extraño es que me parece bien, aunque le ponga cara de reproche, sobre el mostrador la visión de un confesionario a oscuras, «saca la botella de caña, anda», le digo. Terminamos hablando del mar, que se nos está muriendo envenenado, como todo el planeta, «tenemos la gran suerte de ser pueblo», poco a poco la venta se va llenando de luz blanca, del color del aguardiente. «Explíqueme eso, maestro», le pido, poniendo voz seria, adulta, responsable. Abre los brazos que sorprendentes vencen la gravedad, como plumas de pájaros inexistentes, pero no, luego caen, pesados como fardos, es el triunfo de la debilidad, de lo más fuerte, el triunfo de los sentidos. Todo dicho. «Hace mucho que no nos emborrachamos, carajo, qué mejor día que éste», la marea de la botella de caña sigue bajando, luz apacible, cálida, buena para los huesos, casi me atrevería a decir que luz de momento feliz. Esa mujer ha entrado con buen pie en «nuestro» mundo, muy pocas han tenido el privilegio de pertenecer a nuestras utópicas borracheras, de ser las destinatarias de nuestro homenaje eufórico. Hoy me toca a mí acompañarlo en su «luna de alcohol», alguna vez le tocó a compadre soportarme y llevarme a rastras hasta casa, pero mis borracheras eran trágicas, ésta es solemne, religiosa; sí, es luz de momento feliz. Y la pienso.
La resaca no es tan religiosa. Blasfema. La costa amenaza con despedazarse con las olas y mi cabeza contra las rocas frías del alcohol. Hoy es mañana de versos derrotados, despatarrados por entre los charcos, agonizando en la arena. Creo que no aprenderé, pero pienso en compadre y eso como acto reflejo –eco de lo que se aleja-- me lleva a pensar en ella. La entiendo más que nunca. Me alejo de mí, mi propio olor me da náuseas, olor ácido y olor a gasolina que más me marea. Detrás de los ojos fijos en mí, del color del mar musgoso de Gato, veo los oscuros ojos vacíos de la muerte, fijos en mí, acechando a la presa.

quintín alonso méndez




martes, 2 de enero de 2018

la Prosa (34)

Echo las cortinas hacia los lados porque le apagan la luz a la habitación, como si se pudiesen amordazar los ojos. Y sobre todo porque así la pienso, encandiladora, con la impresión misma de que ella ahora estuviese mirando, para que así evoque estos colores de luz limpia que la enamoraron. Y así la evoco, envuelto en esta luz delgada, translúcida, la exacta luz de lo no terrenal. En la orilla, abajo en la costa, es la crudeza del frío o es el aplastamiento del calor, pero en muchas ocasiones, como me ocurre aquí sentado en casa mirando el mar, es la temperatura mansa del no frío, del no calor. Un tiempo sin lluvia, sin viento, con escasas y ligeras nubes que parecen muñequitos de azúcar. Pero hoy es el Sureste, viento seco y afilado. Recuerdo las palabras del compadre, «cuando llueva de verdad, nos ahogamos todos». Creo que tiene razón, porque no será lluvia, será toda la furia desatada (anoche fue cuarto creciente en esta luna insólita, mágica, de veinticuatro días).
Ésta va a ser la luna llena más grande del siglo (eso se lee en la alineación de los planetas y eso me dicen las lechuzas brujas posadas en el tendido de la luz); crece a vuelta de rueda como promesa de la redondez y traerá un frío de escarcha (lo leo en las fantasmagóricas nubes blancas amurallando el horizonte); la serenada serán afiladas gotas de cristal que cortarán las hojas de los árboles, de las plantas, las manos y los rostros, pero no lloverá. Ahora las piedras brillan --«presintiendo y advirtiéndose la llegada de algo»-- como seres vivos bajo su influjo, el mar se tiende boca arriba, admirado de la luz de la noche, recibiéndola; de testigo es la alargada herida de plata; una pardela dibuja el movimiento; las sombras tienen cuerpo; pálidas las estrellas como los recuerdos, y como los recuerdos, lejanas: débiles titilan por detrás de la luna. El frío hace transparente al aire y deja ver toda la hondura de la inmensidad del círculo. Ella ahora es el latido del mundo, el origen; su cabellera era un árbol entre mis manos, de raíces blancas, hebras de la luna, un enjambre de lava negra sus ramas, donde cada hoja era una abeja, una libélula, una mariposa, un pájaro, un nido, un abismo hacia lo alto, a lo más adentro. Cierro los ojos y por una vez siento el crepitar de mis dedos en sus aguas más oscuras. La barca se hunde ante el peso de los besos ausentes --es la pesadez de la muerte--, la sostiene a flote los besos que no fueron; de viejo se sueña con la piel joven, cruelmente lejana en el túnel de la realidad. Gotas de sangre ensalitrada me resbalan por los dedos. Caballitos blancos y sonrosados, translúcidos, nadan entre el musgo, el olor fuerte de mar del norte tiene su cuerpo desnudo de mujer; diminuto, perdedor, camino por sus brazos extendidos como olas, resbalo por sus caderas de lisa roca negra, me salva del abismo el saludo del pescador, me gustan sus brazos fuertes, torneados, así un día los tuve yo. No era un saludo y tiene razón, me alejo de la orilla; hoy la marea --es mar de fondo-- le reclama astillas de carne fresca a la tierra. También me sangran los pies; ningún verso sobrevive. El sol brilla en el musgo; el pez en el arco del anzuelo traza un puente con el azul del aire. Fui a su ciudad, caminé las calles que ella nombraba, entré en el bar de al lado, a empujones me sacó la madrugada. Ninguna mirada para mis ojos; «el amor no lo es todo», leí en el espejo que me miraba desde el final de un callejón ciego; me puse a hablar con él y el alcohol conmigo; se hizo niebla en aquél lugar que tenía nombre y paradero; «prohibido fumar»; cada pensamiento era una frase imposible de atrapar, y cada frase aislada en su mundo, una pecera sin aire, los peces muertos en un fondo de cristal.
quintín alonso méndez

sábado, 30 de diciembre de 2017

La Prosa (33)

Es hueca la penumbra de la casa. Le gusta (uno se acostumbra pronto a lo que no está). El jugador de dominó enseguida le procuró la presencia de la doña, dueña del bar y de la casa de dos plantas con azotea donde estaba el bar, a la misma entrada del pueblo según se viene del pasado, al final del pueblo si se está en el presente, y también dueña de una casita al borde del barranco, «con chimenea, ahí detrás mismo, donde los ciruelos y los nísperos». Fue fácil llegar a un acuerdo para un par de días: la dueña le vio «alma de cántaro», y además el jugador de dominó lo tuvo claro desde el principio y la mujer estuvo de acuerdo, «es el mejor sitio del pueblo para ver pasar la lluvia, se lo digo yo». Y aquí estaba ahora, sin saber dónde estaba, mirando hacia el barranco, viendo los colores de la tarde cayendo sobre las piedras, convirtiéndolas en grandes tejas y tinajas, redondas, lisas, coloradas, y sin saber por qué, sin saber que el frío lo está mordiendo por dentro y amenaza con partirlo, enciende la chimenea. Perro se viene a su lado, adonde la lumbre (las cosas que no se tienen mantienen las llamas vivas, crepitando como presencias), arden los fantasmas en la pequeña hoguera, ascendiendo sus cenizas a lo oscuro, y fantasean los ojos, introduciéndose en un bosque en miniatura que arde. La cama está viva, lo calienta enseguida; deja abierta la puerta del dormitorio, por donde entran, temblorosas, sombras de cenizas de lo que fueron fantasmas, la respiración pausada de Perro enroscado a los pies de la cama de hierro, la cabeza apoyada en sus piernas. Va a ser noche de cerrar los ojos y de caminar entonces descalzo por las ascuas de lo que un día no fue. Es como un abrazo sentir la paz de Perro, su filosofía de que el tiempo no tiene tiempo   

quintín alonso méndez