martes, 31 de diciembre de 2013

                                                                 Foto: Jorge García

El último cuento

Escribir hoy se me hace singularmente extraño. Cruel. Para mi persona y para quienes me conozcan. Pero necesario. Estoy metido en el silencio más hondo, de tan profundo que puedo afirmar que éste es el sonido de la nada. Sí, la voz de este oscuro y hondo silencio es el sonido de la oscura y absoluta nada. A este punto se llega viniendo del vacío y entonces, a la vuelta de la esquina, toparte con el resplandor de la luz más ciega, la única luz que puede cegar. Quien la haya visto alguna vez sabe de qué luz hablo. A este punto que es de llegada pero que es de partida, se llega después de atravesar la plaza vestida de laureles y de falsas losetas de piedra, siete bancos de madera puestos en rincones exactos la protegen, formando un círculo que en las noches de luna llena resplandece mágico, arropando la hoguera de una gran estrella de cinco puntas. Esa hoguera produce el milagro de la brisa y escribe en el aire el nombre del amor con azulencas letras violáceas. Atravesada la plaza, siguiendo el dedo índice encendido de la punta de la estrella que señala el norte, empieza la vereda de grava, que los lentos pasos, vestidos de negro, de los vivos, hacen crujir bajo su peso. Es estrecha la vereda, custodiada, para que nadie se salga de ella, por dos hileras de flacos, oscuros, estilizados, orgullosos y silenciosos árboles, de los que nunca pude recordar su sentido ni su nombre. Al final de la vereda, larga pero corta, apenas si un vuelo sobre el chasquido de la grava, está la puerta abierta, una verja de hierro pintada de negro. Uno, dos peldaños, te elevan un poco sobre el vuelo horizontal para alcanzar la profunda boca oscura y por donde se adentran los vivos vestidos de negro. Apenas después de un fugaz instante de tiempo, el vuelo baja al suelo, ondeándose como si hubiera viento dentro de este vacío oscuro, deshabitado. Un sonido seco sobre una losa de cemento es la noticia del fin del vuelo. Los hombres vivos, vestidos de negro, susurran que es el fin del tiempo, pero yo sé que justo hoy, ahora, en el momento que escribo, es el principio del tiempo nuevo, luminoso, también me lo dice el chirrido de la verja de hierro al cerrarse. Todo se queda en oscuro silencio.

Afuera, en la plaza de laureles y falsas losetas de piedra, donde empieza el nuevo tiempo, los siete hombres vivos, vestidos de negro, están sentados en círculo, cada uno en un banco de madera, sonrientes, mirando encendidos la desnuda estrella que brilla, creando el futuro, el incendio 

                                                                    Foto: Jorge García

                                                     Quintín Alonso Méndez      

lunes, 30 de diciembre de 2013




       De "Primera novela de verano", novela
Me veo paseando con él por mis calles viejas y por mis veredas que saben a hinojo, pero ahora soy yo quien da un rodeo, quiero enseñarle en silencio, sin decírselo, otra de mis rutas que hace tiempo no recorro, otro de mis paseos al atardecer, él me sigue, entretenido con mi perrita, que lo está advirtiendo de no sé qué, parece que se entienden, que hablan el mismo idioma, ella con sus ladridos, más cortos, más largos, él con sus gestos, acercándole la mano al hocico, pasándosela por el lomo, yo miro su mano, la dulzura triste de su mano, obedece a mis pasos, me sigue, pero cuando voy por la mitad del recorrido siento un rechazo dentro de mi cuerpo: me estoy acercando a donde vivía mi amor, mi segundo amor que no era amor sino un precipicio de soledades y conformismos, me estoy viendo en aquellas noches que yo llegaba jadeando, precipitada, dando rodeos infinitos para no ser vista por no me acuerdo quién, empapada por la lluvia, por la sed, y que al llegar, subir volando las escaleras, y él abrirme la puerta, no lo miraba, no me daba tiempo a mirarlo, ya el olor  lo tenía por las escaleras, empapada por la lluvia, por la sed, no leía en su rostro, sólo me echaba en sus brazos, desesperada, desesperándolo, sacándolo de su quietud, de su espera ansiosa, te esperaba, te esperaba, y ya me estaba desnudando y yo a él, quiero cambiar la ruta, desviarme de lo que no quiero recordar siquiera, pero mi sombra enferma no me deja, sigue adelante, sin mirar atrás, como si nada, hablando con su silencio, con mi perrita, se me ocurre, estúpida, que sería un buen padre, tengo que escribirlo en mi diario, encendiendo otro cigarro, deteniéndose, como a propósito, en el portal donde vivía mi segundo amor que no era amor sino un precipicio de distancias cada vez más profundas, me devuelve aquella sensación morbosa del principio, cuando él me acariciaba aquí mismo, contra la pared, excitándome, abriéndome, preparándome para que le dijera sí, sí, hazme tuya otra vez y otra, siempre, siempre, pequeñas muertes encadenadas entre ellas, subiendo con prisas las escaleras, jadeando, excitados, desnudándonos, él a mí y yo a él, risas, la vida, los arrebatos de la vida, la sombra de mi hombre enfermo por todas partes, en cada rincón del zaguán, como aquella noche por fuera de casa, con aquel amante de saldo y ocasión y con mi hombre enfermo detenido más allá de mí, más allá de la farola, dibujando humos azules en la noche, detenido, palpo su tristeza en el aliento, su dolor, yo quieta, también detenida, indefensa, esperando, dejándome ir, dispuesta a todo lo que él quiera hacer, hacerme, soñando con que se vuelva sin decirme nada, me abrace, me haga el amor, me haga suya, sin decirme nada, pero él allá, más allá de todo, mirándome, sólo mirándome, enseñándome su dolor, se da cuenta, enciende otro cigarro, me rodea de humo azul, vuelve a caminar, ahora sus pasos son más largos, como intentando alejarse, como doliéndole algún dolor y el remedio estuviera muy lejos. Me deja en la puerta de casa, como la primera vez, como si no hubiera pasado nada, como sin querer.         
              __Bueno, ya hemos llegado __fue lo que se me ocurrió decirle.
            Mi perrita enredada en sus piernas, feliz.
            __Buenas noches __me dijo, y siguió alejándose, como doliéndole algún dolor__, que descanses.
            Ganas de gritarle no te vayas, sube conmigo, te espera mi almohada vacía, pero la calle vacía, la noche vacía.
            No puedo irme a la cama, me tumbo desnuda en el sofá, mi perrita tumbada en la alfombra, fijos sus ojos de miel en mí, abro el diario, escribo la fecha, ahora sí la escribo. Le pongo vida a esta tarde, a este día, a esta noche, a este temblor triste que me acompaña sin él. Ahora, si apareciera, y lo escribo, mi segundo amor que no era amor, sino un precipicio de conformismos e insaciables ganas de follarme, me tendría toda para él. Abierta, entregada, y escribo que lo deseo, ahora.


                                                       Quintín Alonso Méndez

domingo, 29 de diciembre de 2013






El último poema

Sigue habiendo un miedo a que el poema
se desnude
llegue al fanatismo de lo más profundo
al punto cierto
del destino escrito que no va a desviarse
aunque tuvo veredas de regresos.
El destino necesita de dos cuerpos,
el que muere y el que vuela,
el que es rechazado y el que acude
ansioso adonde el destino
no ha sido descubierto.
La voluntad está forjada en el hierro
de los más frágiles sueños de agua,
en ir haciendo de cada noche
un hilo de la vestidura del silencio.
El destino necesita de dos cuerpos
pero sólo precisa de un disparo,
al mismo centro
al corazón del miedo
             
                                                      Foto: Jorge García

                                            Quintín Alonso Méndez                                                                                       


sábado, 28 de diciembre de 2013




Se me han perdido los versos que te nombraban, versos que eran olas náufragas que querían navegarte las largas horas de las tardes ausentes de abrazos. Eran versos que se quedaban aislados, prendidos al paisaje de tus ojos, eran niños huérfanos descalzos caminando tristes por donde tú no estás. Eran versos o eran palabras que querían hablarte, estar contigo a solas mientras tú buscaras esa dulzura que aún te araña en los labios. Eran versos o ya eran pérdidas antes de empezar a encontrarte.

            Eran versos o eran sueños que no tenían a dónde ir, que pasaron a verte y se perdieron o se quedaron desnudos solos en la noche que nadie viene a visitar


Es mejor, para los que no tenemos sitios y si acaso estamos llenos de desalojos, la hora de la madrugada, esa hora del frío caminando despierto, despabilado, por los callejones, el humo azul del cigarro quemando el aire, haciéndolo trizas, las pardelas escribiendo el verso
caído
del adiós, esa ventana a oscuras, entreabierta, que parpadea, donde laten susurros de sábanas arrugadas, esa hora donde caben todas las horas, que te dice que más allá no hay más horas, si acaso un amanecer helado, desalojado. Sí, para morir es mejor la hora de la madrugada


                                                        Quintín Alonso Méndez

viernes, 27 de diciembre de 2013


                                                                   
              Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Hoy escribo el poema que nunca escribí /que no escribiré /aquél primer poema
que se me cayó por los bordes de la página del libro /aprendices de palabras
que aún no habían mordido el significado /sí su imagen/
/poema inocente de pobre /no llegó a ser infancia/
/ni siquiera fue el calor de una tarde //porque las tardes se rompían justo
en donde los labios goteaban sangre y los pájaros herían las ramas de los árboles/
/se hizo silencio con la noche /la noche amarrada al miedo de la noche/
/el poema que iba a saltar el muro y se rompió la dentadura de la vida/
/no lo supe entonces pero se atrevió y partió a buscarte/
/ahora sé que nació vencido/ /fue muerte al caerse desde el pupitre/
/grito en la madrugada/ /hoy vuelve a partir/
/hoy escribo el poema que nunca escribí/ /que no escribiré/  
/el poema donde yo estaba a tu lado/ /en el edén/
/con las lágrimas que me resbalaban ríos de ternuras
viendo a la niña en tus brazos de leche/ /bebiendo
de tu leche de miel/
/hoy el poema/ /yo no lo sé/
/pero hoy el poema vuelve a partir/
/a buscarte/ /para posarse en las flores blancas/
/donde mañana la niña libará
tu leche de miel/



                                                           Quintín Alonso Méndez

jueves, 26 de diciembre de 2013

                                                                       Foto: Jorge García

          De "El eco de las mareas calladas", novela

Yo, no, pero la literatura seguirá caminando su camino solitario. Es fácil de adivinar que se perderá y se hundirá en la penumbra de parajes deshabitados. Dejará de recibir noticias. Pero seguirá adentrándose en la espesura de la nada. Esta literatura que no sabe si llegará a dar alguna gota de agua para la sed, alguna de miel para los labios. Nadie sabrá cuán de largo o de corto será el camino. Ni siquiera si habrá camino. Pero todo se andará. Es melodía, es baile, la música del sábado, sonrisas que brillan dentro del encuentro. Es fiesta en los cuerpos.               
Nunca estaré en tu mundo real. Esa es tu propuesta y tu decisión. Eres la historia y yo sólo la leo. El pescador está enfurruñado, no deja de menear la cabeza a los lados, como hace un perro con el rabo, nunca estaba muy católico que digamos. Ésa era su expresión cuando se le preguntaba, no hablaba de otra cosa que de su salud, y siempre mala, «hoy no me encuentro muy católico», le decía a cada día. Yo nunca le preguntaba, era mudo para él, me acercaba al balde, miraba qué había pescado hasta ese momento, él se burlaba, creo que era la única vez del día que se atrevía al menos a exponerle una mueca a su boca avinagrada, «¡qué, ¿cómo va hoy, algo de valor?!», «¡pues sí!», podía haberle dicho, «¡un verso!», pero callaba y me iba, también era el tonto del pueblo para él.  Le doy unas bofetadas al silencio, para que se calle y no hable. El dolor es mío, nadie tiene por qué conocerlo, y mucho menos    compartirlo. Que siga callado el silencio. Algún día hablará, cuando yo no esté. Entonces que hable, pobre silencio, huérfano. A lo largo de toda esta historia no te había dicho que te quiero. No te lo diré, ya habrá y hay quien te lo diga. ¿Existen los domingos, esos domingos que se vestían de placideces y letargos, aún existen, los llevas contigo, te desnudan sus brazos repletos de deseos y ternuras? Aquí no existen, son sólo restos de árboles viejos, puedes llamarlos tristezas, con sabores difuminados que vienen de lejos y de viejos tiempos. No tienen importancia las fechas de hoy, mañana, pasado, ya sabes, es la misma horizontalidad, la misma soledad en el vacío de las manos, el mismo vacío en la soledad de la casa. Si le pusiera fecha a los días, día del mes, con su hora, bien señalados en su casilla, si los fijara como se fija un calendario en la pared, entonces se caerían a plomo, como pesadas lágrimas, se romperían en mil pedazos al chocar contra el suelo, los dejo así, sin nombre y sin sitio, a la deriva, sin velas y sin remos, llevados por los impulsos de los distintos vientos. Abril toca a la puerta.           


Llegué  a decirte que «caminar juntos el camino es un beso sin fin». Qué no llegué a decirte, desde lo más oscuro al intento del pájaro por atravesar el abanico de luz que hería el árbol. ¿Estoy a punto de decirle que aunque no vaya a venir, no venga? Creo que sí. Me insistes en que no insista, que ella, «y lo sabes muy bien», nunca vino. Lo sé. Pero lo que leo está borroso, aun abril es un lento y desanimado proyecto, una aventura sin movimiento, inexistente. Las aguas se ondean en otra parte, insisten, llaman y atraen a la barca. Sueñas, sé que sueñas, eres fuerte como la ternura del bambú. Colocas en el puzle las piezas en su sitio. Están todas. Sonríes, has de sonreír para que las voluntades cojan forma. ¿Recuerdas aquella tarde en el Museo? Te quedaste allí quieta durante horas, ante aquella ventana que daba al mar, a tu mar. Ahora veo tu mar. Cuando salimos, siguieron horas de silencio a tu lado, yo no quise mirarte demasiado, porque aparte de que estabas más seductora que nunca, también estabas más lejana, más en tu universo de soledad, pero estabas, en tu mar. Y no estabas sola. El dolor es ahora, en aquellas horas fue la tristeza. En un bar humedecido por las nostalgias y los dolores que se me anunciaban, nos tomamos un par de vinos blancos bien fríos tú, un par de cervezas yo, «¡vaya!», fue todo lo que dijiste, con cara de sorprendida, aleteando las manos y tu melena de fuego: había sido la primera vez que bebíamos distinto. Me encogí de hombros, «tengo sed», te dije. «Ya», dijiste. Eso fue todo. No hacían falta más palabras. No hubo ningún beso en la despedida. Recuerdo que el gris de la esquina era de un azul ceniza, ensalitrado, hasta allí llegaban las zarpas de tu mar. Para ella era otro adiós y para mí, el adiós. Leo que era en abril. Y leo que abril no está escrito. Esa es mi tarea. «Desnúdate», te dice el susurro caliente de la voz que clama, te pide, te exige, que de una vez por todas te liberes, te deshagas de tus corazas, de tu frío falso, destierres definitivas las dudas, dejes salir toda tu luz, toda tu dulzura. Así empieza abril. Será un mar inmenso para ti, que se irá más allá del mes y del año, lo navegarás durante decenas de años. ¿Aquí? Aquí se entierran otros silencios, otros sueños. Los cadáveres tirados por todas partes, y pasan inadvertidos, forman parte del paisaje local. Puedes ver un cadáver a la sombra de una palmera o en medio de una acera. Puedes ver cientos de cadáveres en mis ojos, o colgándome de los labios, de las manos. No hay cementerio. Tu silencio siempre me habló, es en esos momentos cuando yo más callo. Callo ahora, otro lunes con espinos en los ojos, con los pies descalzos. 


Será una cama bajo la lluvia, el sábado.  Aquí, la noche trajo, con la serenada, una lluvia fina, que agitó, humedeciéndola, la tierra que ya se secaba, dura y seca. Tus ausencias son largas mareas calladas. Pero duelen más las noticias que me traen voces desconocidas que tus silencios. Ya sabía que el camino sería largo, y como todo camino, atestado de trampas. Será largo y lento. No tendrás sombras ni refugios para las frías noches. Cada día que pasa, veo más empequeñecida, alejándose, la silueta del pescador. Me alejo yo, sin moverme de este lugar. Y ya echando de menos sus burlas diarias, como un ritual. «La poesía es mirarla, no se trata de leer», me decía sin saberlo cada día el pescador con su aspecto huraño, perdedor, tampoco sabía que no hace falta saber mirar sino simplemente mirar. Esto ahora viene a cuento porque estaba mirando una fotografía, azul, sólo azul. Aprendí de la quietud observando los movimientos, casi exactos, del pescador, día tras día, sus movimientos de fotografía, tan lentos que podían verse las distintas partes de cada movimiento en el mismo instante, el vuelo de pluma de la caña, rasgando la brisa, la boya balanceándose en la cuna de la marea. Esa es la poesía de los días aquí. Dejar la mirada abierta, que entre cada poro de luz, tenga la hora que tenga, lleve la vestimenta que lleve. Incontables las veces que me lo dijo, «iré». No dejo de oír su voz. Voz que se ancla en otra voz, que vuelve a la otra voz, que se hará cuerpo, manos, labios, desbordamiento de la sed. Duele. Será una cama bajo la lluvia y serán días sin sábanas, descubiertos. Ella no ha de saber de mis pesadumbres, de por qué me voy a los silencios como ella se va a los susurros de los atardeceres y las noches. Ahora sonríe: veo cómo se mueven las cortinas del aire, el aleteo más vivo de la gaviota, las sonrisas apacibles de los dos viejos sentados en el banco de la plaza. Sonríe envuelta en la sonrisa que la espera, esa impaciencia que se hunde y emerge con fuerzas renovadas. Admiro el trabajo de la voluntad, del corazón que golpea el pecho queriendo romperlo, abrirlo. Aquí el trabajo molesta al día, lo saca de sus casillas, de sus costumbres, de sus pausas largas como las mareas.  Aquí no viene al caso, innecesario el trabajo, esa rutina que mata, ya sabes que en este paisaje la materia es lo que no existe, no necesita de burdas demostraciones. El trabajo, por estas tierras, se forja con los sueños y se mastica con los sueños. Es un desangre. Es el paso lento pero indetenible de las horas. Aquí el trabajo es ir viendo cómo los sentimientos amasan las palabras y las extienden en paños de tela, tejidas por las manos fanáticas de la escritura. Escribo que anoche la noche vino con otras vestiduras, de tan cercana que sentí tu voz, ¿tan cerca estás?, ¿qué remolino ha hecho girar las veletas de los caminos y marcar este rumbo? Tan cercana tu voz, tan de cristal, que temí que de un momento a otro se te fuera a romper, a estallar entre tus dientes, pero era agua de mar toda tu boca, sentí nadar tus palabras, chapotear en la espuma, tan cerca tu boca, la sonrisa que tenía prendida en los labios, tan cerca que no sé si he despertado, rumorea la mar, aire fresco desabrigado, ventosa la mar, con su azul oscuro picoteado por infinitas y menudas olas blancas, como un avance hasta la costa de incontables pasiones, queriendo invadirla, desparramarse en ella, aúlla el viento que quiere entrar, agitando la ventana, no sé si he despertado. El rumor de la mar es un chorro de lava líquida cayendo desde lo más alto de la frente, es un clamor, bramidos de sed que crujen en la madera de la playa. 



                                                         Quintín Alonso Méndez

miércoles, 25 de diciembre de 2013


                                                                  Foto: Jorge García

       De "El eco de las mareas calladas", novela      

Nada nuevo. Bueno, sí. Acabo de ver llorar a una gata. A ella, a la gata que lleva diez años conmigo. Lloro con ella.  Nos teníamos simpatía el gato negro y yo. La gata lo sabe, pero no me mira. Es silencio y es mirada a ningún lado, quizás es mirada a su maullido suave, tiernoso, al amanecer que le dice «hola» a la gata. ¿Sabes cómo muere una gaviota?, ¿no?, pues se acurruca en su nido, la pareja está ahí, a su lado, la acompaña, un parpadeo que le picotea, no cierra los ojos, le agradece, y cierra los ojos y se muere. La pareja se queda a su lado un día, dos, y luego levanta vuelo para no regresar al nido.
Amanece, y es un extraño silencio en la casa. No es amanecer, ya lo sé. Es el resplandor de la muerte. Es ceguera. Hoy, ahora mismo, aquí, si estuviera el pescador se sorprendería y no me diría nada, porque hoy saltan versos por todos lados, ¡ay, si supiera recogerlos! La gata me lo dice, con esa mirada tan suya, quieta, sabia, humedad que me regala, «vamos a dejar que el mundo viva», le asiento con la cabeza. «Vamos a dejar que el mundo viva», le respondo. Las nueve horas del día y el gallo también le canta, desde lo alto de la peña. Jolgorio de pájaros. Será un día de guardar silencio, quizás asome algún grito que se apagará en la hondura de la nada, pero será lento el día, sin espacios.  
No es nada fácil permanecer en la sombra, adonde no llega ninguna palabra y de donde no sale palabra alguna. Pero es la voluntad del destino y es cederle el paso a ese camino que se abre, encendido. No se alivia un dolor dándole largas con mentiras piadosas, al revés, se recrudece el dolor. Hay que ahondar más en la tierra, cavar más profundo, adonde no pueda llegar ni una sola partícula de luz de ese camino, llegar al mismo centro del fin del mundo. Un veintiuno de marzo. Excavar profundo junto al árbol, bajo el tupido enrejado de su copa, no dejar de excavar. Mezclar el lloro con el canto saltarín de los pájaros, azules, amarillos los pájaros. Van a ser enterradas todas las ternuras. Caen los últimos libros, los que ya no serán escritos. Reverdecidas las hojas en las ramas. Si alzo la vista, le veo la magnitud al camino, su limpieza de trazo, sus cunetas atestadas de flores de todos los colores y mariposas blancas. Amapolas blancas y rojas. Le veo las risas que estallan y son estrellas que parpadean y brillan en el aire azul del día. Ligera la brisa, ensoñada. Aquí la secura ahoga. Bajo la vista. Veo cómo caen los últimos libros.
Hace tiempo, de cuando existían los compañeros, uno de ellos me dijo que el camino había que caminarlo solo. Me daba ánimos. Ni siquiera lo he caminado. Pero lo he visto nacer, quizás renacer, romperse en frutas abiertas. ¿Qué quiere la voz ahora? ¿Me ha oído, ha oído el sonido sordo de mis manos excavando en la tierra? ¿Ha vuelto a “verme” anoche? ¿Yo detengo su salto al camino, que se aferre a la mano tendida y eche a andar? Es injusto. He de soltar las amarras de la distancia y que ésta caiga, pesadamente, al abismo. Les digo a los pájaros que alboroten, que ella no oiga ni vea cómo me voy a mi camino ciego, sordo, al año de la muerte.

                                                            Foto: Jorge García

                                             Quintín Alonso Méndez 

martes, 24 de diciembre de 2013




             De "El eco de las mareas calladas", novela

El frío enquistado en la madrugada, como delgadas estalactitas de frío cristal incrustadas en los poros, hasta llegar al dolor de los huesos. Noche cubierta por un manto que no adivino, que oscurece aún más la oscuridad, sólo el batear de las olas impide el absoluto silencio. Nunca habrá una madrugada distinta, aunque le quiten el manto de la cabeza a la noche. Habrá estrellas. Pero el frío seguirá con sus serenadas. Habrá horizontes despejados, pero serán surcados por barcos errantes. Ningún día será distinto. En la madrugada ella me vio, no sé qué malas rachas de vientos me llevaron a su sueño. Le dolió, me dijo el viento de vuelta, mi dolor. Fue un sueño, un mal sueño, le dije al viento que le llevara mis palabras, que lo supiera. Aquí reina la calma. Estoy ahora mismo sentado en la más completa calma. Se azulea la ventana. Hoy ella está en un día negro y mi silencio, alejándome, la ayudará a pasarlo. Y yo sé que ya le quedarán pocos días negros, muy pocos. ¿Por qué lo digo? Leo los mensajes que llegan a la costa, o leo en las botellas vacías, rotas, sin mensajes. Impotencia desde aquí, cómo evitar que se desangre, aparte de ser un poco más silencio, «cuando te tenga delante, te diré por qué me desangro», me traen sus palabras malas pero bien avenidas, las rachas de viento. Aquí he de guardar más silencio. En cierta ocasión, yo perdido en no recuerdo qué ciudad, caminando a ciegas su noche, una mujer gastada por la vida, se me acercó y me preguntó «¿qué buscas?», «una mentira, ya que las verdades no existen», le dije, la mujer dio un paso atrás, se me quedó mirando fijamente, y me dijo «hijo, existe una y la encontrarás, pero vete de aquí», se dio la vuelta y se perdió en la maloliente y oscura noche. Aquella misma noche me fui de la ciudad. No me preguntes por qué te cuento esto. Y las malas rachas de viento te traen cestos llenos de tus ternuras, una frase, una leve sonrisa, «no me beses así delante de la niña», los hombros que se encogen, ¿dónde está el abrazo? Me las he ido apañando para vivir del cuento, pero los cuentos se acaban. Dicen que hoy, en tu mediodía, entra la primavera. Te llenará de mariposas y libélulas. Tengo la promesa de tu actitud para la sonrisa. «¡Yo no quiero volar!», dices. «Volar es caminar firme», te digo. Y «alzarás el vuelo» es «correrás a sus brazos». Y que tus días sean bellos es que tus días sean bellos. Sin más. Vendrán días peores. La edad va cumpliendo etapas. Aquí estaré.
Hay días que no están. Son tristes, pero se deslizan débiles, sin molestar. Nadie los ve llegar y nadie los ve al irse. A mí tampoco me ven. Desde otras latitudes me dicen que los días sí están, bullen. Días que van cogiendo el color azul del tiempo que navega, lento pero dulce, hacia el verano. Hoy el día no está. No preguntes por mí: tampoco estoy. Aún así, tocan a la puerta. Otro robot uniformado. Firmo la entrega: una citación del Juzgado número no sé cuánto. No, no me había olvidado todo el mundo. Alguien me recuerda cariñosamente. No soy lo bastante inteligente como para advertir las amenazas veladas, lo digo porque me quedo igual que estaba antes de abrir la puerta: no estoy. Ya leeré esa citación, si me acuerdo dónde la he dejado. De todas formas, no me preocupa. No tengo dónde esconderme. Tengo agotadas las reservas de tabaco y cerveza, tendré que bajar, también es una manera de acercarme a la costa. Es raro el día que no me encuentro un verso descuartizado entre los cayados, o colgando sus restos de alguna piedra, de los que tira un cangrejo. El pescador ni se inmuta, ya no se sorprende de verme de cuatro patas por las piedras, cogiendo «lo que ya no quiere nadie», cuando me acerco a ver en el balde, entre el musgo, lo que ha pescado, es él quien me dice, creo que burlón, «¿ha habido buena pesca hoy?», le digo, antes de marcharme, lo que le digo siempre, «no son buenos tiempos, no». Pero en mi bolsillo de la chaqueta siento cómo laten aún pequeños y maltrechos restos de versos perdidos. Ésa es mi pesca del día, y luego en casa, con el tabaco y la cerveza a mano, intentaré reconstruirlos, después de haberlos tendido al sol. Apenas consigo salvar una palabra o dos, pero algún día, me digo, algún día, rescataré ese verso único. Para ti. En el bar que bien llaman “el bar de los bien encontrados”, me encuentro con quien no quería encontrarme, un abejón que no deja de zanganear, con la manía insoportable que tiene de aguar la fiesta, «hoy barrunta lluvia», comenta, sin mirarme, cuando paso a su lado. Pero es de los abejones más pacíficos. Me quedo un rato con una cerveza, sentado a una mesa, mirando cómo se mueve el horizonte, alejándose. Los abejones forman corro, con un primer y único tema siempre, las abejas. Mientras subo a casa, crece la tristeza. Siempre es así, como si me dijera «hoy tampoco ha llegado ningún barco, y sin noticias de que venga». Es la sensación de estarme despidiendo de algo más que de un día. Pero he de bajar porque se me agotaron las provisiones. Me llega tu voz. He de decirte que sí, hace sol. En el camino, todo lo que voy viendo, sintiendo, lo asocio a ti, recojo su olor y su luz: así no me perderé a la vuelta.



                                                       Quintín Alonso Méndez


lunes, 23 de diciembre de 2013



             Del libro de poemas "El edén de Salomé"


No me vale la artimaña de enjalbegar los versos,
pasarles la seda del plumaje,
vestirlos con los colores de las algas
y cubrirlos con la miel más dulce,
de ponerles libélulas aleteando entre las letras
y pintarles arcoiris en los labios de cada palabra,
no pueden engañar, son torpes y son pobres,
su destino está marcado a fuego en los astros,
quizás alguno se salve porque tenga la suerte de encontrarse
 con una mano piadosa que lo rescate
y lo acoja entre sus cosas, en el baúl que nunca se abre,
que ahí lo guarde, como un pedazo más de tiempo perdido
y ahí envejezca, desvaneciéndose en ausencias,
ése sería el verso más afortunado,
de los demás nadie sabrá su destino
ni siquiera que nacieron ni por qué murieron.
No me vale de nada la artimaña de robar versos
y soltarlos al viento
para que te atraigan y caigas en mi trampa   


                                                        Quintín Alonso Méndez



sábado, 21 de diciembre de 2013

                                                                    Foto: Jorge García


                  Del libro de poemas "El edén de Salomé"         

¿para qué amarte,
para romperme de a diario?
¿para eso?
¿para que a cada alba tu nombre
me estalle en la boca como una granada?
¿para metido en la tarde contarle los infiernos
a las horas que no estás conmigo?
¿amarte para morder la puerta de hierro
que cierra la noche, el aire,
morderla hasta que sangre?
¿para esto, amarte para esto,
para deambular por las calles y perderme,
para ser el niño asustado, débil,
que se abraza a la soledad?
¿para abrirle el suelo al verbo amar
y dejarme caer, abandonarme,
y hundirme en sus tiempos?
o inteligente
fácil muy fácil
dejar de amarte
y
¿para qué dejar de amarte,
para a diario decirme que estoy muerto?,
no, grito que no, muerdo la piedra,
elijo amarte, en ti despojarme
y destrozarme contra los muelles
despellejarme vivo
y morirme así,
amándote
  

Foto: Jorge García

Quintín Alonso Méndez

viernes, 20 de diciembre de 2013


           Del poemario  "El edén de Salomé"

                                   Foto: Jorge García

    Las palabras se esconden, no quieren ser encontradas
porque temen ser heridas por la pluma de pulso inseguro
huyen de la fragilidad y el abismo del papel
de mis manos prestas a retorcerlas y exprimirlas
o temen quedarse a expensas de que la mano descarrile
resbale y rasgue esa tela donde detrás
o aquí encima, los sentimientos lloran, languidecen,
se consumen en su propia hoguera,
temen el agua que se desvía indecente
adonde los grandes jardines y los escondidos patios,
donde se forjan los compromisos, los encuentros.
No va bien el camino que se pierde oscuro
cegado por la luz misma que lo cubre.
Las palabras me huyen, saben de la pluma de inseguro pulso
que tiene miedo de arañar el tiempo morderlo
e ir en busca de lo que me demanda el tiempo,
pero aquí están, las sostengo las beso las escribo:
no sé cómo será el viaje, pero ya he partido

                                                                Foto: Jorge García

                                                        Quintín Alonso Méndez



jueves, 19 de diciembre de 2013



          De "El edén de Salomé", libro de poemas


a la vida la mató la muerte
el instante de la certeza
violines en el puente
por esa esquina rota
entró la luz ciega del dolor
el dolor que mata
que ya no se va
entonces la muerte viene
trae el silencio
en sus manos huecas
esqueléticas
la mortal desolación de la nada

                                                                     Foto: Jorge García

                                                         Quintín Alonso Méndez

miércoles, 18 de diciembre de 2013


              Del libro de poemas "El edén de Salomé"



El poema más hermoso ha de salir de los hilos de agua de tu boca
de ese pájaro sin nido, con una herida abierta
que lo traspasa y por la que puedes ver la luz del otro lado,
después del salto. Ha de tener el plumaje de tu piel
yéndose a la sombra habitando la sombra
tumbándose en el cobijo de la sombra,
hundiéndose desnudo en la oscura noche,
ha de tener el plumaje sedoso de los volcanes,
de tus carnes, el poema, perdedor, ha de ser poema,
no pena, no instinto de muerte, de morirse,
ha de tener esa calidez que asciende por la yerba,
húmeda la atardecida, mojada la lluvia,
ahí donde está la escalera, esos peldaños con velas,
ese mismo cuadro colgado de la pared,
pero otros cuadros, nuevos, palpitando, que trepan,
el poema trepa, asciende, baja, indaga, hurga,
trepan las manos, se hunden los dedos, se resbalan
por las carnes que se abren dulces se abren en diciembres
dulces carnes estremecidas, se abren
 a los recuerdos, a los presentes de los recuerdos,
un altar, la guitarra, el cimbreo de las cuerdas,
de las cigarras. Entonces
el poema más hermoso irrumpe
quiere irrumpir dulce inocente e inevitable
en la senda oscura de la senda
con gitanillas la senda con hambre
no tiene hijos nunca los tendrá
el poema
ni siquiera tienes versos a los que amarrarse
a los que enraizarse como anclas
pero aún se atreve a venirse a la asomada,
a verte pasar, esa luminosa luz de la tarde,
ese rayo fiero que traspasa el ala
se incrusta en la carne, muerde,
y levanta vuelo
como levantan vuelo las aves al destierro
  
                                                           Quintín Alonso Méndez

martes, 17 de diciembre de 2013


           De "La historia del zapatito", novela



(Fue en un mediodía cuando vi por primera vez a la que hoy es mi mujer. Se acercó a mi mesa, en otra ciudad, en unos territorios por los que yo me sentía extraño, jolgorios en los bares y jolgorios en las calles, miradas, gestos y comentarios primarios, «¿me darías fuego?», luego, más tarde, me sonrió desde su mesa y asentí comprendiendo, me levanté y le alcancé fuego de nuevo, entonces caí, caí a su lado, en la silla extrañamente vacía, caí en su mirada, en su sonrisa de bruja.
Se lo dije, se rió.
  Esta silla está extrañamente vacía, le dije.
«Quizás te esperaba».
No creo, le dije. Ella rió más aún. Pero caí en ella, en la silla, y luego caí en sus gestos resueltos de mujer resuelta.
Caí en el limbo.
Cuando ella alzó la mirada y se puso a mirar a lo alto, ya atardecía, se acarició los brazos, frotándoselos, y se puso la chaqueta marrón que colgaba de la silla, se arrebujó en ella.
«Soy una friolera», me explicó. A mí, el frescor de los atardeceres siempre me gustó. Se lo dije.
No hace frío, le dije.
«Para mí, sí», y se arrebujó más aún en la chaqueta del color de las castañas.
Fue así que buscamos un lugar acogedor, bajo un techo sin paredes, en donde disfrutar del aire abierto, de la luz, del vino y de dos samas roqueras a la espalda, «con mucho ajo, por favor», insistió ella, y fue ella quien buscó y eligió el lugar. Conocía a todo el mundo, quizás por eso me lo dijo.
«Me das la impresión de que te conozco de toda la vida».
Regamos la entrada de la noche con dos botellas de vino.
Luego ella habló con alguien, se levantó, se sentó, se levantó. Se perdió en la noche).
Luis Piconero pisa sobre picón, me saca de aquella noche bruja, me trae de vuelta a este mediodía de sol picón, «porque va a llover», me dice, después de decirme que en un par de días tendré «dos árboles genealógicos, por llamarlos de alguna manera», se empina otro whisky, «el de Juan y el de los muchachos», se ríe, le hace gracia su propio comentario, «¡ay, esos muchachos descarriados!, ¡lo que lograron los colegios de curas, ¿eh?!», las doctrinas de la ciudad, le digo, pero estoy en el fresco, al fresco, de aquella noche.
(Se perdió en la noche).  
«La tristeza es así», ¿él también ha percibido la nostalgia de una noche?, y Luis Piconero se atreve a mirar de frente a la nada, dibujando en el aire una especie de pájaro con la mano que sostiene el vaso de whisky, «una gaviota», habría dicho ella ante aquel atardecer con pinceladas de nubes, pero creo que dijo «me asusta el mar». «¡Cómo se han ido pasando al enemigo!», sí, le digo, y lo miro, ¿dónde está él, de qué lado?, me lee la pregunta, «para sobrevivir conviene aparentar que se está en los dos bandos, según dónde se esté, las dudas son buenas, te ayudan a saltarte las trampas», vuelvo a acordarme de los que se quedan apostados en su puesto de caza toda la vida, y se dedican, desde sus posiciones yertas pero enclenques, a dispararle a todo lo que se mueva. Lo miro. Sí, ¿pero dónde está él?
(Deseos de escribir renglones con zancos, que caminen como garzas sobre la tierra encharcada. Aquella noche, en un momento determinado, ella me dijo «ahora vuelvo». Volvió tres días después, pero aquella noche la vi alejarse caminando con zancos sobre las aguas que apenas si cubrían el piso y que le daban un brillo fantasmal de abismo, era una noche de serenada bajo el cielo sin nubes bajo la luna llena bajo estrellas que titilaban y anunciaban distancias, murmullos lejanos, bajo una cierta tristeza. Nubeblanca soltaría la carcajada si supiera que desde aquella noche la que ahora es mi mujer pasó a llamarse Lunaazul. Deseos de escribir renglones que brillen y sepan caminar solos, como ahora lo estarán haciendo los pedazos de palabras que me he ido dejando por las ciudades por las que he pasado. Deseos de escribir con zancos, para que no me lleguen a atrapar las enredaderas musgosas, pálidas de luz, de los versos que no dejan de caérseme al suelo. Lunaazul, cuando volvió a aparecer, tres días después, llevaba palomas en las manos, eso me pareció, pero eran dibujos a la acuarela de nubes deshilachadas).


                             Quintín Alonso Méndez    


lunes, 16 de diciembre de 2013


            Del libro de poemas "El edén de Salomé"

                                 Foto: Jorge García

      Desde la distancia y desde la soledad
escribir una carta es querer alargar las manos
recorrer con la mirada otras distancias,
entre los brazos,
necesitar la mano en la mano caminando por el rostro
o simplemente sentada al lado, escribiendo versos,
escribir el nombre para que se haga materia,
presencia de risas, costumbre de presencia.
Escribir una carta desde esta distancia y esta soledad
es ofrecer el alma, las manos desnudas
tenderle la vida a la otra vida, entregarla
desde esta distancia
este silencio
esta soledad
  
                                                               Foto: Jorge García

                                                 Quintín Alonso Méndez                                              


domingo, 15 de diciembre de 2013

                                                               Foto: Jorge García

                      De "La historia del zapatito", novela 
(“Querida Lunaazul: las alas nocturnas del jueves me han traído de vuelta a casa, y aquí me tienes, esperándote –ya he regado los rosales--, un jueves que ya es viernes, pero que no será viernes hasta que amanezca, resacoso y cabrón, con pies y cabeza de plomo.
“Estas alas que al llegar a casa, aletean por las habitaciones y no me dejan dormir –los rosales han sentido su paso, agitándose sus ramas ya demasiado largas--, por eso me pongo a dibujar palabras, en lo que el cansancio me venza. Multitud de cometas cubren el cielo, alumbradas desde las calles, balcones y azoteas palpitan por el soplo encendido de antorchas de tea, parecen murciélagos volando la noche. Lunaazul, tengo la impresión de que hoy es el primer día de no sé qué días”).
 Pronto, maltratador, se ha despertado el viernes y me resisto a repetirme «culpable, lo sabía, lo sabía». Dolor incorregible de cabeza, pero una “orden” persistente me lleva horas martilleando las sienes, localizar lo antes posible a Luis Piconero, advertirle de que no nos llamemos por teléfono bajo ningún concepto, decirle la nueva forma de ponernos en contacto. Hoy viernes será fácil encontrarlo, es día de cobro.
Me arrastro hasta el Ayuntamiento y me pongo a olisquear por los bares de alrededor, donde todos van de uniforme, vistan como vistan. No tardo en verlo aparecer, cruzando la plaza Consistorial. Unas palabras cortas, un café rápido y nos despedimos en medio de la plaza, a la vista de “nuestros ojeadores”: los dos tenemos prisas, él por cobrar, yo por regresar a casa y meterme bajo el agua bendita hasta que se disipen los malos humores.
Mi mujer ha venido para decirme que se va, pronto, «el lunes», pero ha venido a estar conmigo «tres enanos días infinitos». Después de dejarla que tome tierra, se ponga cómoda, abra la maleta y me entregue una bolsa repleta de libros, abrimos dos cervezas y nos sentamos: hora de relajarnos y es buena hora para ella, pasado el mediodía, y es buena hora para mí, lo mejor para la resaca –la carta me mira muda, invisible, desde lo alto del mueble. «Cuéntame», me dice. Estiro la mano, y la carta se desliza por el aire, planeando, la recibo con las manos abiertas y la deposito en las manos de mi mujer, que tiene ojos de águila y de sólo pasear la vista por la hoja, ya la ha leído. La guarda, la esconde en el bolso, se levanta y me da un beso, «cuéntame».
Cuando bajamos la colina azul –esta tarde todo es azul, la luna es azul--, a media tarde, mi mujer cree ver sombras moviéndose por entre los árboles, automóviles aparcados a los lados de la carretera, sin ocupantes, pero cuyos faros no dejan de mirarnos, ojos ocultos en cualquier escondrijo, detrás de unos matorrales, siguiendo nuestros pasos, pero me dice «tengo que enseñarte los dibujos que he hecho», y se abraza a mi brazo.
No hay cometas en sus nuevos dibujos, no hay nada. O son sólo matorrales, nubes, lomas, con los colores de la hora que delata, diurnos, vespertinos, solares, lunares. La miro sin mirarla para que piense que no la miro, y ya me veo amontonando mis cosas, sacándolas de su territorio, yéndome –me gusta pensar que nunca he estado. No hay cometas, no hay zapatitos, estás en otra parte, le digo, «cállate», me dice, la voz rabiosa. Está desnuda, y su desnudez es un vestido de telas burdas de saco, que apenas si dan para cubrir los silencios, sus pudorosos silencios. Tardaré en entender sus palabras, lo sé, «eres una mentira que vive de mentiras, en las mentiras, construyes mentiras y pretendes que sean reales, mentiras, pero reales. No, no llegas a tanto, son simplemente mentiras, inventos. No hay nada real en ti. Inútil», me escupe. No hablo más esta noche, ni siquiera conmigo mismo, me doy igual. No salgo al patio a ver los rosales: son sus rosales. No intento acercarme a ella, a su territorio: es su territorio, ¿qué hace un barco aquí, ahora, sesgando el horizonte?  

                                                                   Foto: Jorge Garcia


                                                    Quintín Alonso Méndez