lunes, 28 de diciembre de 2015



                 El último sueño de un viejo

Mientras me extasío en ti, que viajas en tu profunda pequeña muerte, me siento solo a solas, y percibo, palpo, que vuelas a solas pero no estás sola. Eso me duele, me duele todo lo que te pertenece y desconozco, y hace que una diminuta sonrisa doliente vaya de mis labios a la arenosa desnudez de tu hombro. Te digo «hola» sin abrir los labios, es un «hola» de paloma solitaria caminando por el parque, picoteando las migajas, cuando atardece y el frío y la brisa son la avanzada que trae el viento seco sahariano que amenaza con ser oscuros aullidos de tibicenas en la noche y astillar y triturar los huesos de los débiles silencios. En este presente de la historia escrita, este instante insignificante de la historia, escribiendo, con el sol atravesando como espigas el aire enarenado que me aísla, es un veintiuno de diciembre, cábalas de números y de meses, de palabras y de promesas que se rompen contra los acantilados de la distancia, paisajes tristes que se amontonan como tiempos desaparecidos, escombros de tiempos que se marchitaron en la espera, rosas secas bajo la cama, unos versos que son fríos objetos en la libreta vieja, día implacable, cerrado en sí mismo, sin ventanas, hueco, oscuro, ni una sola rendija por donde mirar al presente, al futuro, miro el teléfono, que me mira con sus ojos cerrados y negros, y aunque ha amanecido, aquí es oscuridad. No hay nada más oscuro que el silencio, ni nada más espeso y denso que la soledad que invade el silencio y lo entulla. Hola, hola, buenos días, buenos días, buenas noches, buenas noches. Lo demás es todo silencio. El silencio es todo lo demás. Acordeones herrumbrosos de silencios. Las miradas, las sonrisas, los besos, las manos, las tardanzas, son las largas despedidas de lo que apenas si estuvo un instante, una estrella fugaz en la oscuridad más completa, un mínimo desvío de la brisa porque el viento desata las amarras y a veces produce la locura.
Abro la puerta y me encuentro ante el vacío del mundo. Es el mundo del vacío. Mis dedos son hormigas en tus rodillas, hormigas que quieren estar en tus caderas, resbalar por ellas, a babor y a estribor de la barca de tu sinuoso vientre, estremecido el suelo que se ondula en olas por el estremecimiento del roce, estremecidas las sábanas que se derrumban, y dejarse llevar por la marea y hundirse en tus aguas profundas. El territorio más íntimo, inaccesible, de las brujas.
__Te gusta pasear por mi mente.
__Calla…
Excavo, socavo, indago, escarbo, me vierto en ti. Soy el momento sublime. No soy más. Siempre está la ausencia. Busco entre tus piernas lo que no está pero que estará siempre. La material ausencia. La inmaterial presencia. El instante. Me hundo. Soledad inmensa, inabordable, líquida como aguacero en el estremecimiento de tu orgasmo. Ninguna soledad más inquietante, más solitaria. El momento descarnado de morder carnalmente la existencia, la no existencia, el instante eónico. Besar el hondo silencio de lo que no volverá. Besarlo, apenas besarlo y atrapar ahí el dolor. Ese gemido que le rompe las paredes al mundo y hace nocturno al sol. La indiferencia pertenece al día. Y al día le pertenece la luz real. La que indiferente mata y sabe matar. Estalla tu sexo en mi boca. Es esa fruta que de niño buscaba en los árboles que soñaba, árboles enrojecidos por la sangre que la realidad restregaba en mi rostro, pero buscaba la fruta jugosa del respirar y sentir, en cada atardecer, rojizo el paisaje, ensangrentado, la buscaba, sin saberlo la buscaba, ¡ah, fruta, sabia fruta de la mortalidad, inaccesible fruta más allá del instante! Cansadamente mineral honda dura carnosa palpitadora quejosa y estremecida como un temporal, nuestros cuerpos llenos de espigas. Fruta de la muerte más desoladora. Que sean entonces, ahora en la escritura, las hormigas que hormiguean por la plenitud de sombra desnuda de tu cuerpo de lluvia y lava abriéndose en la flor de la entrega.
__Cállate…
Que tus caderas le hagan la curva a la luna que se despeña por los pliegues del temblor. Gime la piedra, el fulgor de la roca expuesta a la oscura humedad del silencio que vibra. Ya silencio. ¡Ah, la vasta soledad del tiempo sin destino! La vasta soledad de un mundo vacío, de un vacío sin mundo. Y busca la luna esa humedad que solo puede tener el temblor, el fulgor de los gemidos. Es cuando las palabras se rompen, y las palabras son la vaciedad que inunda el abismo del derrumbe ahogándolo.
__Cállate…
Es cuerpo que se desgrana en la desnudez desgranándose. Caricias que ya desembocan ciegas en la niebla, arrastradas por la furia del más intenso deseo, los labios, las piernas, las manos, el sexo, resbalando se precipitan al vértigo, al encuentro con el abismo, hundiéndose en las aguas más profundas, en la más prístina y derretida lava, soplos de brisa en el fuego, tus gestos, tus movimientos de olas, el brillo de tus ojos, de tu mirada turbia, lasciva, y enredándose en las mismas raíces del abismo, chapoteos de las aguas entre las rocas, donde el musgo, las algas, el balanceo de los gemidos entrecortados, cortados por el grito de la vida.    
__Fóllame…
Quintín Alonso Méndez


viernes, 25 de diciembre de 2015




                                Las ventanas cerradas del cuerpo

La ola tiene la osamenta de la niebla
un esqueleto de agua impenetrable para el aire
donde el aire se deshace y se hace piel de algas
trenzas de musgo
invisibles ahí se esconden los recuerdos
dentro de la espiral de la ola
ola que se hunde en la roca mientras se alzan brumas de espuma
quejido de la madre ante la pérdida
hartura de luz desbaratándose a cada golpe de sed
quejido huérfano que trae el tiempo envuelto en líquidas sedas
impregnadas del olor de la hembra
se rompe en desparrames así se rompe lo que no regresa
se rompe la ola se desangra la tarde se ahoga el verso
y se le ha caído una lágrima a la ola
ahí agoniza en la arena
la cobija una gaviota
cuando se convierta en salitre se la llevará lejos
con sus alas que surcan el océano el olvido la oscuridad
para que no se vea cómo discurre la muerte

Quintín Alonso Méndez




miércoles, 23 de diciembre de 2015



                         Las ventanas cerradas del cuerpo

Es la luna llena más luna en el frío del abandono
en la redondez pura por donde se destila la serenada
abajo sobre la efervescencia del suelo
resbalan inmóviles perlas transparentes en las hojas
es luz fría que se azulea como el filo de la espada
esta ave nocturna tiene alas que rasgan la fina tela del aire
apoyado en la baranda oscura de la noche
mis ojos se pierden en los recuerdos que naufragan en la costa
algas en los ojos
las hilachas de lo viejo
¡hace tanto tiempo me acercaba aquí a buscar una invisible sonrisa
que me acompañara!
Nunca vino nadie o yo nunca estuve
¡eran tan lejanas las olas que hoy desbaratan la orilla!
entonces solo me supe solo y solo caminando por los versos
llevo mis años sin más peso que el desalojo
la renuncia me renunció se fue el camino por otras veredas
me quedé en el frío más frío del abandono
anclado en las raíces de la tristeza
vieja amiga que no me dejará solo
aquí sentados vemos cómo se alejan las distancias
es la luna llena más luna en las soledades del abandono
Quintín Alonso Méndez



lunes, 21 de diciembre de 2015



                               El último sueño de un viejo

__¿Te sientes mal?
__La espalda.
Hoy, el reloj de las estaciones me duele en la espalda, que me dice que esta noche hará frío, pero un frío distinto, seco, de crujidos de huesos al quebrarse. Pero no permitiré, cierro las alas, ningún dolor más allá o más acá de mi dolor interior, fuera, totalmente afuera, apartado de la materia, porque dónde está mi materia si no está en mí, o al menos no está conmigo. ¿Y por qué digo la espalda, y no te digo por ejemplo las rodillas, o en el centro mismo de los huesos, o por qué no te digo que me siento extrañamente bien, tranquilo, esa tranquilidad que seguramente ha de transmitir la nada, este dulce y tristemente dulce placer de saberme muerto y amargamente saborear esta pausa dentro de la muerte, este instante venido de una jugada siniestra, macabra, perfecta? Creo que la sabes, que la estás presintiendo, mi muerte prematura o ya antigua. Muerto he venido a ti y me ves muerto, y con tus maneras calladas, sencillas, de decir y hacer las cosas, te alejas queriendo no dañar donde el daño ya no puede herir, únicamente apresurar el desenlace, el abatimiento de las alas, apáticas alas que nunca pretendieron volar. Cuando se alcanza una cierta edad, ya se llega tarde a todas partes. Estoy de mal humor, quiero decir que estoy a punto de ponerme desagradable. Domino al loco que me domina desde las sombras, a ese chiquillo que nunca maduró y que se va quedando calvo porque le faltan los bosques, los palmerales, los senderos de la infancia. Asumo que a partir del derrumbe, ¡ah, cómo intento sostener las columnas de lo que ya sólo son ruinas!, todo será una monótona línea que volverá a tomar su punto de partida y proseguiré mi camino, el ascenso al abismo de lo oscuro, de lo que estaba escrito. Me rebrota el mal humor con esta invasión del desierto con ventoleras en la atmósfera, parece que pretende avisarme. Ahora soy el loco. El camarero es más incrédulo que yo, te mira a hurtadillas sin disimular sus ganas de follarte, y a mí me mira como a un bicho raro, fuera de lugar o del momento. Es lo mismo. En el derrumbe diré que nadie ha sido jamás tan amable conmigo que en el breve instante que estuve contigo. El ignorar es la mejor y quizás la sabia manera de respetar.
__Bésame --. Mientras te beso quiero aprender a besarte. Cada beso es un aprendizaje, pero cada beso es el primer beso y sé que no aprenderé. Se agota el tiempo. La sonrisa del día te llena el rostro de libélulas. Mariposas blancas en los geranios. Un gato tumbado en la placidez del muro donde da el sol. Tu mano posada en la mía. Miro tus dedos, la misma blancura y la misma delicada delgadez de las mariposas, el mismo aleteo. Así los sentí moverse en la madrugada, como mariposas, desanudando los enredados nudos de mi cuerpo, madrugada nacida de infinitas madrugadas en que te llamaba, te modulaba, y te ponía piel. Te cuento que cuando era un crío, el bar de la atalaya era un salón de empaquetados donde se empaquetaban los sueños y los esfuerzos diarios y se enviaban a un futuro que nunca vino, y que los domingos por la tarde subía hasta aquí, el salón cerrado, sin ningún empleado, un silencio y una soledad que no tenía nada que ver con los días de trabajo. Te cuento que subía y me sentaba en un muro de piedra, soledad perfecta rodeada de pájaros, te señalo al fondo, donde empiezan los árboles, a comer hinojo.
__Ahí te dibujaba –te digo.
__Por eso sabes a menta --. Te miro, entre sorprendido y agradecido--. Podríamos decir que sabes a menta entabacada –sonríes, me besas, retengo mi lengua en la tuya--. ¿A qué saben mis besos?
__A fresas y almendras.
__¿Sí? –Me miras. Me emociona hasta el dolor las sonrisas que me regalas.
__Estoy mojada… --me susurras, y siento que tu voz es del temblor de las olas al subir la marea de este mar que te has traído contigo.
Al pasado lo mueve la memoria y lo trae aquí, aunque deslavazado, resbaladizo lleno de olvidos, y lo deja caer sobre las páginas de la historia.
La savia blanca lechosa de tus raíces más íntimas en mi boca. Te bebo y quiero beberte, no dejar de beberte y beberte la primera vez cada vez. ¿Por qué no te encontré en estos siglos pasados, por qué no quise encontrarte? Si leo en tu mente, me equivocaré, y si no te leo, también. Me duele preguntarte en qué piensas, me duele y me asusta. Ahora todo es recordar, cruzar la calle y caminarla por el lado de los abismo, por donde los precipicios se precipitan en cascadas de tristezas, abundancia de tristezas que clavan sus uñas de agua en la garganta y deshace las palabras

Quintín Alonso Méndez



      
    




   

martes, 15 de diciembre de 2015




             Las ventanas cerradas del cuerpo

indago en la palabra   le quito la piel   recorro su materia
de orilla   árbol   mineral
escarbo en su memoria para hacerla mía
traedora y mensajera  
es liviana pluma y es fruta de agua
tristeza   dolor   destierro
en la palabra está mi territorio
de noches alzadas y días que vuelan sin destino
en la palabra te encuentro   te pierdo   te hablo
te desnudo y te cubro   vencido
de silencios   insomnios   nostalgias
palabras de mimbre
nacidas de la sed amarga de la almendra
de la sangre de las fresas
lejanas como el olvido
pequeñas   rotas   calladas
caminan solitarias
llevan las lluvias   los vientos    las tardes del abismo
suelen sentarse a la sombra
donde la ternura tuvo alas
caminan despacio
no tienen adonde llegar
caídas en el papel
frágiles   ausentes   desnudas
cobijadas
en el frío más intenso
pobres      a oscuras      desangrándose                  
detrás de la ventana      

Quintín Alonso Méndez

  

          

lunes, 14 de diciembre de 2015



                                    El último sueño de un viejo 


__¿Me dejarás dormir?
__No.
__Por favor….
¿Así, mi sexo entre tus carnosas y excitadoras nalgas, y tú mirando la brisa que desnuda se ondea en la ventana?
__Por favor….
Lío tabaco en la mesa. Oscura pero rumorosa la noche, callada pero latiente. La noche más cálida. Madrugada de qué tiempo, de qué mentira. A cada golpe de mis latidos, cauteloso para no hacer ruido, me asomo a ver si duermes. No, no te dejo dormir. Estremecedoras de frías todas las noches, la cama trágicamente vacía.
El desayuno es de mermeladas. Primero la de tu sexo, impregnada de almendras, luego de abejas, de naranjos, de melocotones, de fresas, de uvas, de nuevo de tu sexo, resbaladizo el tiempo, el mundo de los sentidos, la visión inaudita de lo utópico, de lo que vagaba errante, imposible. Inmortal el instante de la inexistencia, ¿y por qué en este preciso instante no sé decirte que eres la existencia, que vivir es estar contigo, eso ayudaría a que volaras antes, y por eso callo? Pero el tiempo lo tienes medido, como el perenquén. Lo sé. Callo. Te miro y me hablas de las hormigas que habitan el pan, el azúcar, ¡hasta el agua!, ¡mermelada de hormigas!, y tu risa estalla, me estremece y quisiera hacerte una pregunta que le hago al silencio, del color de los sueños, ¿eres tú?
__Soy yo y estoy aquí. ¿No vas a dejarme dormir ninguna noche? Y no me digas que sí, porque no te creeré. Oye, dime –gotas desnudas insinuadoras de la mermelada de fresas en tus labios--, ¿te levantaste a fumar? No vuelvas a hacerlo.
¿Cómo decirte que me levanté a escribirte el verso inmortal, el instante único en que el verso se transforma en existencia, cuando surge de la nada y cae en el papel, destilando la miel y las lágrimas, destilando un dolor ya condenado a la soledad más solitaria?
__No –te digo, y me pongo a liar un cigarro.  
Es injusto, pero me gusta quedarme sentado y ver cómo te mueves, a tu aire, liando el aire en gestos sutiles de alas transparentes, aislada en ti, ni te acordarás o ni sabrás que estoy. Quizás estés en lo cierto, y soy yo quien no estoy. Pero te miro. Embobado. Con la conciencia de que el instante, este instante, tan menudo, tan lleno de instantes menudos, de seda o de piel incrédula, es, ha sido y será mi vida, esa diminuta gota que la madrugada dejó posada en la rosa, o ni siquiera eso, un apenas cálido soplo dentro del viento más huracanado, este instante que cuelga del tiempo, ¿un regalo, y por qué y para qué? Este minúsculo instante que saboreo y se fue, ha volado, pero este instante que escrito tiene su minúsculo pero grandioso espacio, el único espacio habitado que me habita. Nunca te he preguntado si te gusta que te mire mientras tus gestos danzan, llevándote sincronizada de un lado a otro. Pasas ante mí y no estoy, no percibes que esté: la quietud permanece impasible. Pero tu sonrisa te delata, y cantas. Atraes a la luz que entra a raudales en la casa, por todas partes, y los ojos de los objetos, de los libros, también te miran en silencio, embobados. No se mueve una sola hoja de tu cuerpo, las ramas tensas, como dispuestas a recibir al invierno, el peso de los temporales. Lejanamente, invisible. En cambio, no dejo de verte. Cierro los ojos y aquí estás, los abro, y dolorosamente aquí estás. No me adviertes. Le hablas al cristal de la ventana
__podrías enseñarme tu pueblo.
Cómo te digo que desconozco el pueblo, o como tú me dices, «mi pueblo». Camino sus veredas más sencillas, las más cortas, y a cada año que pasa, quito una vereda o dos de mis círculos anoréxicos. Pero es inevitable que te muestre el pueblo, me vendrá bien, lo iré descubriendo contigo, ni siquiera redescubriendo, he de soportar la carga de quienes me miren, «¡pero qué hace éste por aquí, ¿aún está vivo?». Muchos, cuando me reconozcan, ya habré pasado de largo, de la mano contigo, hablándote de por qué esos muros de piedra parecen arrancados de lo más primario del tiempo, pero, ¡oh, vanidad pisoteada!, ni se dignan mirar esa pequeñez que va a tu lado. Te miden. Cuando alguna mujer hermosa aparece por el pueblo, la gente suele decir «se ha perdido», sin fijarse, ni falta que les hace, si va solo a no, simplemente «se ha perdido», equivocó el rumbo. Sí, es cierto, hay ironía, burla, un desvergonzado sarcasmo, sin ánimo de esconderlas, en las miradas cruzadas que me dirigen. Tú eres quien primero las siente, por eso me dices «bésame». Quisiera decirte, «sí, así soy», pero te digo, ante el banco de piedra que hay frente al barranco, con su fondo cubierto de cañaverales, inundado por el bullicio de los pájaros, por la memoria lejana de las ranas  
__espera un momento –y me siento a liar un cigarro.
Le sonríes a las pencas que hay al lado del banco. Y quizás me sonríes, no quiero saberlo, me dedico a liar el tabaco a pesar de la brisa que no quiere. Mirando a las hormigas, te lo pregunto, se lo pregunto a esta luz que es de un mundo que no me pertenece.
__¿Estás bien?
__Muy bien --. Te miro, entonces te miro. No me atrevo a preguntarte si el dolor puede llegar a ser dulce, convertirse en luz y azúcar, como el fruto en el árbol--. ¿Y tú? --. Lo que se me ocurre es alongarme a tus labios y besarlos. Indigno de tus labios, que no buscan los míos pero tampoco los rechazan. Estás en tu ritual, en la ofrenda, y no debo ni me apetece importunarla. Sé que me estás midiendo. Y yo miro cómo las hormigas, engreídas, ascienden por tus pies. Te hubiese dicho de ir directamente al bar de la atalaya, porque las piernas y los ánimos no me dan para más, pero no, antes quiero descubrir contigo «mi pueblo». No sé qué decirte cuando me preguntas por la historia de una casa abandonada, de la que te atrae el color de su piedra, la enredadera luminosa que crece en sus ruinas, las escamas relucientes y verdosas de los grandes verdinos, o me preguntas qué pájaros son esos que alborotan tanto, «donde vivo, no hay pájaros en invierno», no sé qué decirte, no sé medir las palabras. Pasado el mediodía estamos en el bar de la atalaya.
__He estado aquí muchas veces –me dices, y me sonríes al sentarte--. Contigo.
__La balconada, la tierra dura, acamada por el frío que entra horizontal, el color que tienen los ojos aquí, detrás de un ropaje de silencios y sabidurías masticadas, color de trigo acezado por una niebla alta, de cumbres, tú aquí, seguramente escribiendo y triste  porque no consigues escribir un renglón, quieres morirte, pero lo que quieres en realidad es que se eternice este instante, cualquier instante que sea quietud porque no eres capaz de ir solo ni de aquí a la esquina, y eso te vale, este pueblo no tiene esquinas.
__¿Qué más?
__Nada, contenta de no haberte conocido, de no haber estado, de no haber venido.
Únicamente conozco contentas a las brujas contentas aunque llenas de heridas, las que gustan de mostrar su poder  a los hombres que no quieren poder. Recuerdo aquella noche de alcohol y drogas que me recorrí todos los bosques de mi pueblo que no tiene bosques. Así es el amor, que lo invento para que por lo menos, ya que he venido a la vida, la vida me duela. Qué menos.
                                               Quintín Alonso Méndez

viernes, 11 de diciembre de 2015



            Las ventanas cerradas del cuerpo

Mi madre corre conmigo por los verdes prados que no fueron
infancia de vacas de hinojos de un carro de verga
de regarme a diario para que no se me murieran los futuros
espacios donde dejarme a solas con mis ubres con mis mundos
eran los surcos y eran los charcos   eran los silencios de mi madre en la cocina
eran los silencios en la noche
zarandeados por el viento contra las ventanas cerradas
interrumpidos por los silencios más ruidosos
que como raíces salían de dentro   acallados
por los silencios de la ternura pobre
orgullosos éramos y somos
de sabernos débiles junto a los silencios más débiles
creo que hicimos pactos juramentos con nuestros silencios
eran las ventanas cerradas   eran años que dolían para siempre
no dejaba de traerte heridas de guerras a casa
tú las curabas y emprendían vuelo
en silencio
o las guardaba en mi caja de hojalata vacía de sueños
era la tarde cayéndose y éramos nosotros contando las cuentas
lentamente fuimos pagando las deudas crecíamos en silencio
le cambiaron el destino a la yerba y a la leche
“nos vendieron”, refunfuñaba mi abuela
se abren los caminos por entre los árboles
eran mágicos como las lechuzas
los minúsculos triunfos sobre las grandes derrotas
éramos el alborozo de la tristeza
independientes silenciosos en los cuartos  de nuestras lágrimas
y en los cuartos menguantes
siempre lloramos para adentro bebiéndonos los silencios
le llegué a ver la risa
nunca el llanto
inalcanzable
apenas una vez
fue un roce de aves siniestras
de caídas brutales de universos con sus catedrales
entonces entendí que la vida se va antes de tiempo
y me fui sin irme pero huí para huirme
supe entonces que nunca tendría adónde ir
que era innecesario alejarse para estar en ninguna parte
mi madre corre conmigo por los verdes prados que no fueron
¡con qué triste belleza asciende la embriaguez
por las paredes resbaladizas de la tarde ebria!
se sienten en la piel los arañazos de los violines en la costa
las partículas jugosas de la sed que muerden al salitre
liberándolo     yéndose lejos como se va
todo lo que se ama

                                                                Quintín Alonso Méndez




lunes, 7 de diciembre de 2015



                 El último sueño de un viejo

Sé de mi torpeza que será más torpeza, sé de estas manos que no saben desnudarte y te desnudan, de estos labios que no saben besar y buscan tus labios serenos, distantes, queriendo aprender, aprenderte y aprehenderte, lejos tus labios, lejos todo lo que no sea el instante, me estremece la humedad que descubro en ti, que únicamente está en ti, el temblor es esta ternura que me invade, que invado, llueve, lluvia gimiente, resbaladiza, musgosa, en tu sexo. Bebo tu lluvia de sal, tu lluvia agitada, raíz de la lava, estoy vertiéndome en ti, firmando mi muerte, te viertes, se estremece el aire, al que hieres con tus quejidos animales, íntegros, intactos ya en mí, intocables, desgarradores, estando y ya yéndose, yéndose antes de haber estado, apenas el roce del instante, pero el instante, el robo del instante, el saber que dentro del derrumbe seré nada más que este instante, esto que escribo, que no me pertenece, que no me perteneció nunca, robado, indecente, mi sexo desparramándose, desangrándose, enterrándose en tu sexo, tu exultante sexo, palpitaciones veloces, invisibles, de todos los sentidos, en un inexistente instante. Tus mil íntimos rostros en el instante convulso del temblor, de la cama, del lecho, en el lado derecho de la cama que elegiste, ahí, donde perezco y exultante perezco viviéndote aún sin verte. Este día perfecto me confirma la muerte. Este día perfecto que no sé escribir, plasmar en el papel. No es necesario, ya vaga errante pero íntegro por las lindes de los olvidos que no podrán ser olvidos. Tan inmenso el día y tan inmensa mi pequeñez. Este día perfecto que sobre todas las cosas no sé entregarte, darte. Mejor así, me digo, aunque quisiera llorar, pero estoy aquí, y tú vuelas, vuelas. Soy todo, soy el resumen de los tres tiempos, de los tres instantes de la historia, en este instante, en este instante que miro por la ventana y te nombro, la plenitud de la inexistencia. Esto soy y esto te llevas de mí, te digo, no soy más, arrastrando las palabras, los dolores invisibles, los que se piensa que no duelen porque no se ven, te lo digo hundiéndome en tu cuello cavernoso, cueva de los gorriones y de los deseos, de la misa del bosque y del ritual de la ofrenda, quisiera dormir, dormir, y es mi condena el destino del insomnio, resquebrajada te has muerto, muerte pequeña que me asusta, que me hace tantear tus mejillas, casi azotarlas
__déjame… déjame así… no me toques…       
De qué lejanas distancias me llega tu voz débil. Mirarte, mirarte, otro rostro tuyo que no volveré a ver, dentro de tus mil rostros.
Abres despacio los ojos, dulce, ¿me sonríes, me reconoces?,
__no te asustes…
Tus puntos suspensivos que no me pertenecen, que me abren en heridas que irán conmigo lo que me reste de nada.
__Es así… no te asustes…
__No respirabas.
__Cuando esté así, déjame. Regresaré.
¿Qué es regresar? ¿No volver?
__Me has bebido….
__Sí, he bebido de tu néctar --. Mi mano sigue tímida, y tímida y ansiosa por conocer, sentirte, palpa tus pechos, las dos flores suaves de tus pezones, ¿qué ves en el techo, y qué ves en ti, dentro de ti, que la tristeza me golpea, me golpea, y hace que mis lágrimas se mueran dentro?, estás esplendorosamente abierta, delicada y lujuriosa, hurgo en tus silencios oscuros que palpitan, me traes olas de mares que desconozco, te arqueas arco de mimbre y gimes, así gemirán siempre mis noches, desmoronándose, rompiéndose. No he dejado de presentirla, pero ahora la palpo, me hundo en ella. La humedad.

__Sí, es la humedad --. Y me dices, se lo dices al mundo, que tienes sueño.
                                                Quintín Alonso Méndez

jueves, 3 de diciembre de 2015



                 El último sueño de un viejo

La soledad tiene una capacidad asombrosa para inventar mundos. Las palabras se van armando con menudencias, con gestos y expresiones en apariencia insignificantes, pero ellas van soldándose pacientes para terminar siendo la más mortífera arma contra uno mismo. Y matan. Abro una ventana y enfrente veo otra ventana que se abre. Mis mundos siempre fueron de territorios reducidos, aunque mi mente no haya dejado de viajar. En este mundo, que hasta la verdad es una mentira. Mientras me adentro en la escritura, voy sintiendo una extraña paz. Veo cómo te alejas con tu destino. A cada día que me pasa por encima, deseo más la muerte que escribir. Pero con la escritura se me va vida. No es una frase, quizás por eso escribo y escribo, me adentro, camino hacia la muerte, la busco.
Esto escribe mi mente rebuscada mientras estoy incrédulo esperándote. No sé escribir la realidad o en eso me apoyo. Pero voy a sumergirme,
__hola.
__Hola…
Nuestros primeros besos ya son sabios, inexpertos pero sabedores los míos, sabios y sabedores los tuyos, aún sin verles la niebla de lo lejano alejándose, estando de paso. No sabemos encontrarnos las miradas, son mis manos las que quieren ver, acercarse, modularte, y como el perenquén, medirte. Tus manos ocupadas, trajinando con el equipaje, con los andamios que ignoro pero que te acompañan, pesan sobre ti, no te dejan respirar y en cambio es lo que más deseas, llevarlos contigo.
__Vamos a casa.
__Sí.
Sigo sin querer ver la niebla que va encerrando el valle, apagando las voces o llevándolas a su estado natural, el del sueño, un sopor que ha de pertenecer a la muerte. ¿Sabes lo que se tarda en regresar al presente, si es que se pudiese volver? Entras en casa. Te miro sabiendo que no podré dejar de mirarte ningún instante, ya fuera del tiempo.
__Sabía que era así –y pienso que tienes las frases perfectas siempre, al menos las correctas. Me maravilla tu boca, tus rasgos de bruja andadora. Dejo que entres en la casa, que la respires tal como es, que te entre de lleno por la boca el sabor a rancio, desagradable, de mi soledad.
__¿Estás bien?
__Sí --.Descubro sin sorprenderme que tu mirada está en otra parte, lejos de aquí. Entonces la pregunta salió sola, como es la lluvia cuando viene de espaldas. Los del bar del pueblo me llaman el que siempre está bien. 
__¿Navegas por un mar?
__Sí… --con todo el dolor me voy acostumbrando a tus puntos suspensivos, a la voz que te sale de los labios y se deja llevar por la brisa. Un dolor que me cruje, agradezco que no me estés mirando, la sensación, cruel, palpitando en todo mi ser, me doy cuenta de que no miras el paisaje. No estás y no quiero entender que no estás--. Camino por un mar de brumas. ¡Tantas veces que he estado aquí que siento que siempre estuve! Estoy nerviosa.
Te ayudo con la maleta. No hacemos más que tropezarnos y creo que es adrede, como me dicen que se hacía en los años jóvenes. ¿Cómo ayudarte a que te sientas cómoda en casa, en nuestra inventada casa, en esta isla que siempre será nada, nada más que una isla que nació ahogada? Estar aquí, así, sabiendo que ya somos parte integrante, absoluta, del pasado. Estoy aquí con una pequeña llamita de vela, tú no estás, has venido sabiendo que vas de paso, que el viento te llevará de vuelta a tu buen sitio. ¡Ah, los tiempos del chamán tranquilamente sentado a tu lado! ¡Cómo murmullan los pájaros y en cambio es un rumor de distancias lejanas, una vereda serpenteando un río! Aquí no hay ríos con la cara descubierta, discurren escondidos bajo tierra. Cada tropiezo es un temblor que yo al menos no sé disimular, no lo intento, soy el portador de mis instintos, por una vez no los niego, más, los busco. Nos envuelve como una brisa el latir frío del vino blanco. Los ojos se van haciendo a la presencia en la que flotamos o ya naufragamos y estamos rozando el umbral en que nos parece que lo instantáneo es eterno y deseamos tocarlo, poseerlo, al menos palparlo, inmedible. Sé que esto pasará a la medida de lo eterno porque ya siento la fugacidad entre los dedos. Adivino un dolor en ti y tú adivinas un dolor que me vendrá y me tumbará. Estamos justo en ese instante al que se llega únicamente una vez, y muy raramente se llega a tener esa vez, al instante fuera de la existencia. Una cajita cerrada de azúcar hundida en la arena, en el fondo del océano. Nunca sabré por qué me haces este regalo. Me gustaría hablarte de los tiburones y en cambio te hablo de las abejas
__¿ves? –te digo, señalando las abejas muertas en la azotea.
O hablarte o decirte o escribir en tu cuerpo con mi cuerpo que te quiero infinito. Lo infinito, lo que no existe, ese instante, justo ese instante que nos pertenece y que tememos, tanto como ansiamos, saborear, parpadearlo, porque sólo tú puedes ser la suavidad del deseo . Ahora. Solamente ahora. No tendrá futuro. Es azul la tarde, tan mansa que parece irreal. Cualquier sonido llega amortiguado, por lo tan metidos que estamos en el aire, por lo tan alejados que estamos del tiempo que circula por la calles del mundo. Aquí la calma no tiene dimensiones terrenales. Estamos y los dos sabemos que no estamos. Te has puesto cómoda, respiras, es como si el goteo de los escasos segundos en casa, vuela el tiempo, vuela, se posa quietamente se posa la tarde, te fuera desnudando con la lenta dulzura de una fruta abriéndose, no son mis ojos, no es la tristeza que he encarcelado mientras dure el instante, no son mis manos, es tu suavidad de otros tiempos que ahora está aquí, sorprendentemente aquí. Quiero tenerte, aprehenderte, secuestrarte, inventar otro mundo, y en cambio veo tus alas ejercitándose para vuelos largos, elevados, inconmensurables. Me veo más pequeño de lo que soy. O ésta es mi estatura, ínfima ante ti. Introduzco en este tiempo presente mi otro tiempo náufrago de tiempos, el de la escritura, sabiendo que la historia que resulte escrita es apenas un instante del instante que vivimos. Día calladamente azul. Como si la barca del pueblo estuviese depositada pacífica en un mar azul que has traído. Es cierto que has venido hasta el fin del mundo para verme, confirmarme, y pienso sin amargura ninguna, que a enterrarme. «Así lo has querido», me dirás en el derrumbe. Te miro, detrás de ti. Contemplo tu presencia que aún es ausencia, que lo será siempre. Es el vino blanco, frío, fuego líquido, lava de la dorada uva. Contemplo la cascada de la cabellera, llamadora de la luz de la libélula, celoso contemplo cómo te acaricia la brisa, introduciéndose seductora por la nuca, donde quiero naufragar, pienso en la infinitud de veces que te he visto aquí, a mi lado, gimiendo el dolor, vuelvo a sentir las lágrimas que me ardían por no saber caminar sin puente, sin barandas, sin los pensamientos, contemplo cómo tus hombros se desnudan, al descuido, resbalando las delgadas tiras resbaladizas de la camiseta, ahí te picotea el sol durmiente, ahí te besas con besos de guayaba, sé que acabas de cerrar los ojos y has sentido el latido del último beso, el que nunca se sabrá cuál fue, que será más latido y más beso en tu regreso, siento un dolor agudo que la brisa se lleva, palpo la tristeza, que nunca entenderás, de que la vida no me pertenece, pero me acerco y rozo el sueño de mi vida, apacible y esplendoroso como un día íntegro, vertical, tendido, circular, distendido, lleno de frutas, se posan mis manos en tus caderas, tibio el sol, manso, manso, te apartas el pelo, me descubres tus nidos, sus rincones, la nuca desnuda, incitadora, lujuriosa, me la ofreces, se la ofreces a mis labios que tímidos, mustios por la sed, se posan y ya descubren el agua, la promesa y la memoria del agua, el mismo temblor, la misma niebla envolviéndome al resbalar mis manos por tus caderas y resbalar mis labios, mi lengua, por tu cuello, estos roces, estos roces respiran, tienen su propio aire, débilmente jadea la tarde mansa, existes, tiemblo, existes, eso siente mi derrota armada que te roza, se aprieta a ti, que trémula, débilmente, dejas que el murmullo lejano de pájaros lejanos vaya abriéndote, mi mano se atreve, por primera y quizás única vez se atreve, se desliza resbalándose por entre las nalgas, te abres, vuela un suspiro, un leve quejido, acaricia los carnosos pétalos de la carne, siento, siento que te inclinas más, apoyándote en el muro de la azotea, donde la herida en tu muslo, una gota de sangre, marca y huella del instante, ¿es cierta esta ternura, esta carnosidad, tan mía, tan mía de siempre de tan esperada y deseada, de tan tristemente saberme lejos siempre, para siempre?, ¿es cierta esta sensación desconocida de saberte, de saberte de siempre, sabiéndome sin ti para siempre, sin este temblor, sin este herrumbroso y derrotado mundo en el exilio, sin nada? Es la humedad, «sí, es la humedad», me dirás cuando sea el derrumbe, ese derrumbe que viene de viejo, que conozco, donde estaré, donde estoy, tu voz sale rota, indecente, dispuesta, se resquebraja,
__vamos dentro…

__Sí.

                                                 Quintín Alonso Méndez

miércoles, 2 de diciembre de 2015




            Las ventanas cerradas del cuerpo 

Por el camino se acercan días en ruinas y se acercan noches con las lunas rotas
derrengados los muros de piedra     caídas las paredes de las casas viejas
ortigas y amapolas en el campo que yace muerto sobre el pasto seco de la yerba
vuelan por entre la sed de las flores las últimas abejas los últimos zumbidos del sol
una mariposa blanca viaja por el paisaje de los recuerdos     pinta hilos de plata
que la araña negra atrapa     y esparce el polen por el azul del aire sediento
las cenizas del agua    hay dentaduras fieras      colmillos afilados de lobos
en cada punta de luz que brilla en los bordes de las ausencias
un grillo recorre en la noche con sus alas de campanas lo más oscuro del templo
se tambalean las endebles columnas de papel que sustentan los versos
el frío no existe cuando ya se plantaron boca abajo todas las derrotas
existe la oquedad del frío    lóbrega tumba maciza del más incendiario inmenso frío 
las pérdidas cuelgan de los despropósitos que crecen como árboles y son desfiladeros
le pongo sitio y le pongo nombre a las cosas para sentirme acompañado


Quintín Alonso Méndez

domingo, 29 de noviembre de 2015



De la novela
                  El último sueño de un viejo

Es cierto, para escribir presente y ser presente, he de revolver en los papeles antiguos de la memoria, recuperarlos. Eso también te estará ocurriendo a ti ahora, me lees y has de hacer esfuerzos inauditos para venirte al presente. Cosa de brujería. Creo que el miedo es quien mueve los hilos de mi pereza. Caeré en todos los errores, porque una cosa es la memoria, y otra cosa son los sueños que se tuvieron y se murieron apenas echar a caminar el camino, y que la memoria quiere aparentar reales. No sé por qué diablos se quiere subsistir. Examino las cortinas, el brillo de los mosaicos, la sencillez de las plantas en la azotea. Los objetos me miran, curiosos. Observo el color del día, de un azul pálido, pero tiene la brisa de seda. Esta mañana, antes de ir a esperarte y recibirte, me he pasado por el bar de la atalaya, donde te he modulado. Todo quietud. Silencio. El pobre viejo –pobre porque nació, no vivió y murió--, el portero del manicomio, me decía de forma constante, intuía que no lo escuchaba, que la existencia del amor demostraba el odio a veces, el hastío casi siempre, pero la indiferencia siempre, de la mujer hacia nosotros. «Gracias a la mujer, los perdedores amamos la naturaleza», y me decía con un gesto entre árabe y andaluz que saliera de una vez, que me fuera y no volviera. Pero volvía. Me gustaba pasear por entre los rosales. Creo que fui a mi santuario a pedirle fuerzas a mi dios ateo. Allí, en el bar de la atalaya, reconocí mi locura: estabas a punto de aterrizar ante mí. Te había inventado, y tú, en señal de agradecimiento, venías a encontrarte con mis palabras escritas. No quise pensar en lo de lavar las culpas y llevarte las penas. Más bien no pensaba en nada. Me quedé en blanco. Una historia que iba a nacer y de pronto desaparece. Porque sí. Ayer te lo pregunté por enésima vez
            __¿cuándo nos vemos?
            Oí tu risa suave despellejándole la piel al tiempo. Porque sí, porque las brujas hacen eso cada medianoche, «estés o no estés».
            __Mañana –me dijiste, y entonces descubrí que el espacio y el tiempo solo tienen cabida en este mundo si existe el sonido. La quietud es quietud si sólo se mueve el sonido.  Ya sé qué me vas a decir: que echo de menos el manicomio. Puede ser. Soy el escribidor y ya que no tengo historias, las invento para tener algo que llevarle a la muerte.
            __¿Cuándo?
            __Mañana –esa voz que me dijo mañana me enamoró para siempre. Esa misma voz que durante siglos me estuvo diciendo «mañana».
Quintín Alonso Méndez

           

jueves, 26 de noviembre de 2015



De la novela
                 El último sueño de un viejo


He de revolver en los papeles viejos, dispersos. Reencontrar lo que nunca encontré. Quizás esa sea la tarea del escribidor. Por ejemplo, encuentro: “asomado al atardecer majestuoso, digo tu nombre, se lo estampo en los labios a la penumbra y en la quietud se balancean cálidos azules anaranjados los sueños. Atardeceres mágicos que quiero conozcas”. Puedo hablarte de los siglos que habitan en la soledad del camino y de los minúsculos y escasos instantes que se poblaron de plenitud. No volverá el polen a escarbar en mis sueños. No iré a las flores. Ni siquiera me asomaré a la vuelta de la esquina. Voy a columpiarme en los débiles alambres de la temporalidad hasta que cedan. No haré más. Seré precipicio porque es lo que construyo. Derrumbes. Esto que escribo lo escribiré después dentro de unos años, escribiré en pasado lo que es futuro. Pero antes es el vuelo. La sorpresa de que el primer gesto de la naturaleza cuando te lanzas al vacío, es ascenderte, para luego, inopinado, dejarte caer, como las gruesas nubes, de golpe, dejan caer el aguacero. Así como el águila, yo también lo sabía, pero lo ignoraba. Le dice la mujer al fracaso «no daré marcha atrás». Le dice el hombre al fracaso «volveré». Así nos vamos alejando, caminando por el mismo camino. Con tiempos o relojes distintos. Hago como harías tú, mordisquear el lápiz. ¿Era tuyo el lápiz lila? Este lápiz con el que escribo lo que escribiré algún día. Ahora, si estuviese vivo, me sacarías burlona la lengua y me incitarías a correr detrás de ti, de tus saltos de pájaro, y te dejarías atrapar para recibir el merecido castigo de unos azotes en tus nalgas llamadoras, ¡ah, es tan lejana y apenas visible la historia por la que fugazmente discurrió la vida! Palpo en el lápiz la textura de tus raíces de árbol. La perfecta curva carnal de tus caderas. Si te hubiese conocido, me habría enamorado de ti. Escribiré que estuve contigo y te perdí en uno de esos trayectos que van de casa al manicomio

                                                                Quintín Alonso Méndez                                                        





lunes, 23 de noviembre de 2015



           Las ventanas cerradas del cuerpo

Mis plantas no son exuberantes ni de la piel más carnosa
no son de seda los pétalos de sus flores
la tierra late callada como muerta  en las macetas
pero ahí nacen y crecen
las plantas que los pájaros me van dejando
a diario les hablo las palpo    cuido de su humedad
les quito las hojas secas
las protejo del viento     de los aguaceros
me prolongo en ellas    en sus silencios frágiles y cuidadosos
regados por el rocío   besados por la luz del alba
a diario me cobijo en su compañía   me traen el sol
me alcanzan la luna    me suavizan las nostalgias
y por las noches
cuando los fantasmas muerden en el insomnio
protegen la casa

las ausencias que habitan la casa
Quintín Alonso Méndez