lunes, 13 de enero de 2014

                                                                   Foto: Jorge García


Tu nombre


La historia tiene nombres escondidos bajo piedras que son sueños destrozados, nombres que son historias, de las que nadie tiene noticias, pero son esas historias escondidas las que mueven el mundo, lo zarandean, hacen que cruja y que de sus grietas manchadas de sangre, asomen los dolores vestidos de lucha, vestiduras que apenas si saben cubrir las caídas, las heridas abiertas de las caídas, de las derrotas, y sobre todo esa herida y esa derrota única, la que ya no te quitará el dolor de encima, ese dolor triste que desemboca en la soledad perpetua del frío.


La historia tienen nombres que el tiempo ha derrumbado, pero capaces de arañar la tierra en el derrumbe, hundirlas en la raíz, y de ahí sacar ese hilo invisible que llevado al lápiz, escribe con la sangre que queda, hasta el exterminio de la sangre, el nombre, el Único, el que sabe que la revolución es armar las palabras con las únicas palabras invencibles, te quiero

                                                                 Foto: Jorge García

                                                   Quintín Alonso Méndez

sábado, 11 de enero de 2014




El poema es tu cuerpo

Cuando surgen las palabras
de la hondura blanca y ciega,
el poema es tu cuerpo,
es por eso que palpo
pétalos de violetas de África
en el papel.
Animal viejo y ciego
pero rastreador
hiendo con la dentadura ciega
de mis dedos de mis labios
la carne de las palabras,
de ahí sale la savia sangre
que vierto en los surcos de tu piel.

Me pierdo por entre los escombros,
me fijo en la más leve textura de una letra,
miro sus heridas expuestas al sol,
las que son más grandes que todas las letras juntas,
piso sobre las piedras resbaladizas,
me hago de nada para llegarle al corazón a la nada,
muerdo en la raíz para que la raíz me muerda,
jugué a morirme si no vivía, y no fue un juego,
fue mi primera y única voluntad,
se lo dije a la luz al verte,
ahora juego a los desescombros, y no es un juego,
hurgo en la humedad de la tierra,
mordisqueo de las hebras del atardecer,
beso luciérnagas, parpadeos de luciérnagas,
detrás del agua, dentro del cristal,
me quito los zapatos del único domingo
y camino descalzo por tus muslos,
por el musgo inmaterial de los deseos,
por esa pared del hambre inmortal,
voy al lienzo en blanco ciego del papel
voy con la gata, hablamos, me guía,
ella está contigo, ella está conmigo,
mi mano tiembla pero rasga,
las letras de tu nombre sajan la piel del papel,
la estremecen,
brillan como estrellas,
la desangran,
el poema es tu cuerpo,
no puede tener más alas un cuerpo
que un cuerpo sin jaulas,
y no me importa irme a lo más triste,
estancarme en lo más triste,
si te escribo y así me siento un poco acompañado,
es como estar sentados a una mesa,
hablando de nuestras cosas,
¿no tuviste esa misma sensación la primera vez,
que cuando estamos juntos
el tiempo se echa a correr?
El poema es tu cuerpo,
he de escribirlo para que estés aquí,
por muy lejos que estés,
es como estar sentados a una mesa,
hablando de nuestras cosas




Quintín Alonso Méndez

viernes, 10 de enero de 2014




El tiempo del poema


El tiempo es pasado y nos empuja al abismo
El futuro no es más que ese negro lodazal
En que nos vamos adentrando
La mano del tiempo empuja por la espalda,
que se encorva y aprieta los huesos,
los astilla haciéndolos gemir de dolor,
los deshace en el polvo del tiempo
Sólo queda mirar este reflejo de luz
esta infinita espiga de oro líquido
de lava que me recorre
este tiempo que se me deshoja entre los dedos
sólo queda mirar este reflejo de luz
ese arco que dibuja la flecha
escribir un testamento en cada verso
verte aquí palparte aquí, ¡oh, luz!
hincar el amor en las entrañas
y adentrarme en el lodazal
sabiendo que la vida has sido y eres tú

                                                                 Foto: Jorge García


                                                  Quintín Alonso Méndez



jueves, 9 de enero de 2014



Desde mis primeras a mis últimas letras

Escribo, sabes por qué y para qué escribo, para quién, y escribo, reconozco que siempre perdido, errante, sin saber nunca cómo caminar el camino, cómo medirle los pasos: creo que me asustó la vida nada más verle el rostro, al nacer. Pero escribo, queriendo aprender a escribir, es lo único que me mueve los hilos en este mundo, aprender a escribir para darte con palabras escritas, gota a gota, cada instante de mi vida. Aunque sé que mis palabras suenan a Universo deshabitado, es mi trabajo, habitarlo de palabras que te lleguen, que sepan decirte, acompañarte, siquiera acompañarte en algún recodo de tus silencios. Escarbo, rebusco cerrando los ojos, no quiero mirar hacia atrás, no quiere verle su capa negra, abierta como un arcoiris negro, al tiempo que se acerca devorando. Escarbo, buscando las palabras, posándolas con cuidado aquí, que te lleguen, de ligeras que son que te lleguen, invisibles a los temporales, inmunes a los miedos y las lluvias, envueltas en la seda que tus labios dejaron aquí, en el azul del aire. Escribo, sabes por qué y para qué escribo, para quién, he de encontrarlos, esos versos que estremezcan el Universo, lo habiten, y que el mundo entero sepa que esos versos son tuyos. Quizás yo ya no esté, pero recuerda que un día te dije «haré que seas eterna»


                                                       Quintín Alonso Méndez



martes, 7 de enero de 2014


                      Cuentos incompletos


Cuando oscurece por la mañana, es que no he sabido cambiarle el rumbo a mis fracasos. Ahora he de ir solitario, recomponiendo las piezas, o al menos, aprender a caminar con piezas rotas, otras perdidas al descuido, otras sin usar y de las que nunca sabré su utilidad, como libros sin leer.
Cuando oscurece y se hace la noche, es que no he sabido mantener en pie al día, he dejado que se vaya sin haber avanzado un solo paso en dirección norte, o es que por la vereda la yerba, las piedras, las ramas de los árboles me hablan y me ponen en mi sitio, aquí mismo, enterrándome a mí mismo por no haber tenido valor para vivir


Oigo una canción que en alguna parte ella estará oyendo, con el lápiz que juguetea en los labios y moviendo los labios como parpadeos o roces entre las aguas de la música y los sueños que se le desprenden y hace que la mano vuele a enredarse en su pelo.
Oímos la misma canción que lleva al mismo mar, a la misma costa, a la misma realidad  



Te llamo para decirte que te llamo para oírte, almacenar algunos ramos de tu risa, tantear en tu voz como si fueran mis labios picoteando en tus labios, aprehenderme a algunas palabras tuyas, que no sé si te he dicho que para sí son esos troncos de madera a los que me agarro en mi deriva de altamar


                                                          Quintín Alonso Méndez

domingo, 5 de enero de 2014



La última novela

Ella tuvo toda la paciencia hasta que el dolor se lo permitió. Entonces, rota en llantos, cogió las tijeras y cortó por la base, la sangre salpicándole el rostro. Luego cubrió la tierra con sal: ninguna raíz volvería a crecer, ni siquiera a nacer.

En la plaza, inundada de luz, anidaban los pájaros, y ahí el laurel permanece.

De él no se supo más. Hay quien dice que lo vieron alejarse, hundido, arrastrando los pies, y hay quien dice que de vez en cuando, cuando la plaza está inundada de luz, ven su espíritu envejecido vagando, y lo ven, con las uñas rotas, estriadas y manchadas de sangre, arañar en la lisa y dura madera del laurel.


Nadie sabe ver las ventanas abiertas que tiene el camino, esa lágrima que como una vela no deja no brillar y parpadear. Nadie sabe ver el banco de madera donde ella y él están sentados, reconociéndose. Ahí se encontrarán



                                                        Quintín Alonso Méndez

viernes, 3 de enero de 2014



El último poema

Sigue habiendo un miedo a que el poema
se desnude
llegue al fanatismo de lo más profundo
al punto cierto
del destino escrito que no va a desviarse
aunque tuvo veredas de regresos.
El destino necesita de dos cuerpos,
el que muere y el que vuela,
el que es rechazado y el que acude
ansioso adonde el destino
no ha sido descubierto.
La voluntad está forjada en el hierro
de los más frágiles sueños de agua,
en ir haciendo de cada noche
un hilo de la vestidura del silencio.
El destino necesita de dos cuerpos
pero sólo precisa de un disparo,
al mismo centro
al corazón del miedo
  

Quintín Alonso Méndez