jueves, 5 de septiembre de 2013




                   De "El hombre de las guerras", novela




Ella volvió a sacarme del apuro, como haría luego tantas veces a lo largo de mi vida, «acompáñame a casa», me susurró al oído, empinando los pies vestidos de zapatitos blancos. Desde ese día aquél susurro me devolvió el susurro de la marea, la brisa de la costa, para no irse ya nunca de mí, por muy lejos que estuviera la costa. En múltiples ocasiones, cuando he sentido la necesidad de oír la música del mar, ella diciéndome cualquier cosa, le he dicho, mirándola a los ojos, «susúrramelo al oído», ella lo hacía y los edificios oficiales, las iglesias y los cuarteles se desmoronaban, dejándome desnudo el aire azul, abierto a la luz de la costa. Entonces yo cerraba los ojos agradecido, y le decía «te quiero, amor». A mi niña nunca le dije «mi niña», sólo lo decía una y otra vez, como una oración, cuando me encontraba en medio de una guerra, lejos de ella, partido en dos.

Empezamos a dejar atrás las calles del centro, metiéndonos por calles estrechas que no conocía, ella guiándome, hablándome, a veces se paraba, me miraba, escudriñaba, «nada», me decía, y seguía caminando. Cuando quise darme cuenta, ya estábamos en las afueras de la ciudad, caminando por el sendero de las margaritas y los hinojos, la torre, intrusa, rompesueños, de piedras y barro, emergiendo de entre un conjunto de pinos. Nos detuvimos a la entrada de la torre, ella se sentó en su banco de piedra, «siéntate», me pidió, haciéndome sitio, me miró, «¿el domingo a la misma hora, en el cine?», «vale», le dije, sin saber lo que me había dicho, pero ella supo repetírmelo cuando nos despedimos, me puso un beso en la mejilla que durante mucho tiempo, casi treinta años, anduvo huérfano conmigo, noche y día.

                                           Quintín Alonso Méndez


                                             

miércoles, 4 de septiembre de 2013



                        Así empieza "Cementerio de las cosas vivas", novela



Se me hace raro estar aquí, cuando ya no estoy en ninguna parte –no es verdad que se vaya a parte alguna cuando el tiempo en este mundo toca a rebato anunciando su fin, cuando se apaga la luz definitiva, no es verdad, aunque te creas que estás oyendo doblar por ti y veas tu propio cuerpo retorciéndose, rebelándose, negándose a la parálisis--, y aún más raro se me hace este intento absurdo de intentar contarte cuáles han sido los caminos que ha trazado el hilo invisible del destino para que haya llegado a este punto, es decir, a ningún punto, únicamente al punto final, supongo que me quedan algunas gotas de vida, será eso, algunos signos externos a los que poder agarrarme y así poder contarte, para qué, me digo, no lo sé, quizás sea la costumbre, la manía enfermiza mía de echar mano enseguida de papel y lápiz, no encuentro otra respuesta para que ahora intente dibujarte las rutas de los días, de los sentimientos, «de las sensaciones», me corregirás, qué más da, creo que los matices ya sobran, tampoco hay disculpas que valgan. Ya pasó. No se pueden estar borrando partes del pasado a cada momento, hay que dejarlas respirar, «asumirlas», me dirías, sin mirarme, con tu manera tan tuya, tan seca, de explicarte, pero tan directa, una sola palabra te basta para abrir cientos de libros, cientos de puertas, de ventanales, pero infinitos silencios, invitas al silencio, siempre lo has hecho, para ti el silencio comprende y contiene las palabras más sabias, resume y escenifica todas las explicaciones, todos los estados de ánimo, para ti el silencio es un compendio de todas las verdades, como si las verdades estuvieran sueltas  por ahí, a su aire, rezumando frutas. Ahora, si estuviéramos frente a frente, te estarías callado un buen rato, para al final soltar una de tus preferidas frases secas, abiertas pero cerradas, sin ninguna posibilidad de  escapatoria,  «no hay más, m´ijo, es así», me dirías.
                 Quiero decirte que no es tan importante lo que intento contarte. Sólo que se acabó. Tampoco voy a esperar a que me preguntes «¿qué se acabó?». Nada. Todo. Es lo mismo, ¿no?, con la única diferencia de donde según se mire, desde dentro o desde fuera. De la vida. O de la muerte. Me acaba de llegar una noticia luctuosa, pero la muerte ya no es noticia. La sorpresa, el asombro, sería la noticia del descubrimiento de una región de pájaros sin colonizar, de pura vida. Y esta nada o este todo empezó hace exactamente un mes, un mes de treinta días, claro. Era el diecisiete de setiembre. Estábamos en ese día –ya cierro, y la entierro, la caja del verbo estar, que por cierto, me regalaste tú. Quiero que te sitúes. Era lunes. Ya sabes, mi día favorito. Para mí cada lunes era un inicio, una puerta que se me aparecía de sopetón cada lunes, y que yo abría, no había otra, para entrar a lo desconocido, siete días tardaba en salir por el otro lado, donde otra puerta, otro lunes, me esperaba, y así cada cuatro lunes una raya en la pared de la piel, es decir, una luna, ¿cuántas lunas vi nacer para luego verlas reducirse a la nada, a la oscuridad más completa, para volver a verla nacer ciento de veces? Pero esta vez tardé treinta días en salir, no, perdona, tardé treinta días para llegar al vacío más absoluto, a la conclusión de que no habría más puertas, más lunes. Estoy aquí, donde no estoy. Muerto. Lo demás no importa, ¿los detalles?, es decir, ¿los caminos que ha trazado el hilo invisible del destino? A eso voy. También supongo que necesito creerme que me quedan gotas de vida. Múltiples gotas con múltiples lunes. Quizás eso sea lo que queda después del más nada: un sueño eterno, un deseo infinito, imposible sueño, de estar vivo. Un «no me quiero ir» suplicante cuando ya nos hemos ido y no hay vuelta de hoja. O cuando ya nos han echado. ¿Cómo estoy?, no lo sé, y me parece que no hay manera de que lo pueda saber. Pero estoy en el pequeño cuarto de siempre, sentado ante la mesa transparente –después del más nada, del fin de la luz, las cosas se vuelven transparentes, de cristal--, intentando contarte la historia --no sé cómo llamarla-- de estos treinta días. No puedo saber cuál fue la mano ejecutora, ni tampoco de quién partió la orden, quizás tú puedas descubrirlo cuando termines de leer lo que voy a intentar relatarte. No es fácil, ya sabes que soy de memoria inmediata, y encima cada vez más débil, que mi memoria mediata es algo así como un bosque inundado por la neblina espesa de los otoños. Por eso, antes de que se vayan las últimas luces, de que se apague la última estrellita de este cielo negro, infinito –tengo que acostumbrarme a llamarlo eterno--, voy a empezar. Por el final. «Como se empiezan las cosas», me dirías, y volverías a callarte. Me mataron. Eso creo. Eso me dice esta ausencia total de materia a la que aferrarme, en la que sostenerme. Acaban de matarme. Aún tengo la sangre caliente, aún late algún suspiro en algún rincón de mi cuerpo inerte, extrañado, quieto, tieso como uno de tus silencios. Hoy es martes, un día después del lunes, pero un día menos, es un dieciséis de octubre, qué extraño, ¿no?, ¿no estaré en el día antes, al fin y al cabo?, ¿no estaré en el dieciséis de setiembre, del mismo año?, es decir, ¿no me habré ido en dirección contraria a la del tiempo? Las ganas mías. Ahora se te habrá escapado una pequeña sonrisa y quizás quizás, no me extrañaría nada, un pequeño golpe, con el puño cerrado, sobre la mesa de madera, «el cabrón éste…», pero no, veo el almanaque que cuelga, menudo, del tamaño de una miniatura, en la pared, entre las dos estanterías de libros, «Firenze-Battistero», pone, al pie de la foto, veo el deslizarse horizontal de los días, los domingos en rojo, el resto de los días en negro, un menudo almanaque italiano que me habrá llegado de ninguna parte, alguna bruma de algún tiempo, algún tiempo embrumado, dieciséis de octubre, martes, y el lunes, este lunes de treinta días que intento relatarte, empezó el diecisiete de setiembre, «Roma-Fontana di Trevi», leo al pie de la foto del mes de setiembre, también alcanzo a leer los títulos de los libros, alguno regalo tuyo, alguno que se ha quedado ahí, a medio leer, como se queda casi todo, a medio camino, eso ahora lo sé en propias carnes. No me duele nada, ni siquiera me duele el dolor de no estar en ninguna parte. También es verdad que cuando se regresa es porque ya no duelen los dolores que se quedaron atrás y el despojo es completo. Sólo una emoción, un deseo contenido, como si la muerte no fuera a llegar nunca. Será que la muerte es echar a correr hacia atrás, hasta llegar a las profundidades mismas líquidas oscuras calmosas, de la nada.
                                                Quintín Alonso Méndez


                         
            


        De "El hombre de las guerras", novela



Hipnotizaba aquél mar, las bocas devoradoras de la tierra tragándose el mar, creando un mar de roca vertical, el territorio de piedra alargando sus tentáculos de piedra, haciendo piedra el mar, los sueños, el mundo, aún hoy me veo mirando la nada del horizonte y me quedo petrificado, anclado en la mirada de Medusa, que se acerca al atardecer a la espera del barco que trae noticias del olvido, esquivando, con las olas, los brazos de Kraken.
            Todas las tardes la misma sensación de olvido, cuando la distancia se transforma en un sueño no vivido.
            Vi cómo nacía la estrella y también vi cómo morían otras, bajo aquel estallido de colores sobre el mar, vi el estallido de la nebulosa, enanas blancas y rojas comprimiéndose, debilitándose la luz, enanas negras cayendo en las fauces del vacío. Vi el resplandor y vi la parálisis del mundo, pero no se estaba librando la última guerra, no era el día de Ragnerok, no era el crepúsculo de los dioses, era sólo que unas estrellas morían y lejos, cerca de «mi niña», nacía una estrella, donde habitaban los pájaros de papel.
            Allí estaba yo, sumergido, como una simple partícula más, volteada, engullida, asaeteada, tirado en la costa, esperando, con mis hábitos llenos de esperas, paralizado en la mirada de Medusa. Me engulló el tiempo.
            Cuando el sol de medianoche rozó la tierra, los trolls, los duendes y las hadas empezaron a salir de la oscuridad, me rodearon curiosos, aparecían y desaparecían entre las rocas, se escondían en la yerba, y su risa era la brisa que venía del mar, apaciguándose. Yo estaba en mi costa, viendo un atardecer eterno. Todo era una nostalgia.
            Me despertó el silencio de la mañana, salpicada por el canto de los cisnes cantores y el tamborileo lejano de los pájaros carpinteros en las profundidades de los pinares, sobre el acantilado revoloteaban colimbos, macaes, aves de caza, zancudas, nubes espesas de frailecillos. Si había amanecido era que tenía que echar a andar,  esa era mi tarea, no encontraba otra a la que agarrarme, primer paso, alejarme de la costa, segundo paso, al fondo me esperaba un horizonte oscuro de pinos silvestres, piceas y abetos, mezclado con el blanco plateado de los abedules. Cada vez me dolía más caminar, un dolor que me subía desde la tierra, era la sensación cada vez más insistente de que me alejaba, de que una fuerza extraña tiraba de mí hacia abajo,  hacia las profundidades, y otra fuerza aún más extraña, con ventolera, que tiraba de mí hacia arriba, amenazando con arrancarme de la tierra, deshilachándose y rompiéndose las raíces, una a una, crujiendo, raíces que me unían a no sé qué, supongo que a la constancia cotidiana, cobarde, de cerrar los ojos, la sensación de que no dejaba de alejarme, yo buscaba el regreso, pero mis mares me empujaban tierra adentro, con las mareas, que te devuelven, una y otra vez, escupiéndote en la costa.

                                                             Quintín Alonso Méndez



           

martes, 3 de septiembre de 2013



                           De "El hombre de las guerras", novela



Una noche la oí levantarse sigilosa, desapareció en el velo sedoso de la oscuridad, no la oí regresar pero me despertaron sus lágrimas goteando espesas, la miré, le acaricié el rostro, ella se levantó sin decirme nada, me cogió de la mano y me llevó ante una cruz de piedra. En la base de la cruz, clavada en un pequeño montículo de tierra, había otra cruz de piedra, pequeña, que latía. Acababa de enterrar un pájaro de seda, recién nacido. Se le había muerto en las manos, mirándola tiernamente. Todos los días, al amanecer, visitaba la tumba y allí se quedaba, quieta, derramando espesas lágrimas de sangre, en lo que murmullos amargos de oraciones milenarias le arañaban la garganta, las entrañas. Yo la acompañaba a veces y a veces lloraba con ella. Cuando me miraba, su sonrisa dulce estaba allí, recibiéndome, dándome. Sé que aquella mirada aún vaga por la isla, deteniéndose, todas las tardes, en la playa, deshojando el horizonte, y que en la casa de barro cuelgan ristras del techo, de pájaros de papel, cada pájaro de un idioma y de un lugar distintos.




                                                              Quintín Alonso Méndez


                             Así empieza "El hombre de las guerras", novela


Está naciendo una novela –eso al menos es lo que se me pasó por la cabeza, viendo atardecer y sintiendo cuánto te echaba de menos, o sintiendo atardecer y viendo cuánto te echaba de menos.
            Oí una voz que nunca he oído, pero que aún así me gusta escucharla cada vez que llega a las alturas de mis medianías, donde vivo, esa misma voz que siempre es nueva, distinta. Es posible que la novela empezara a parir su nacimiento cuando vi al gato cruzando la calle, oyó el gemido exacto de mis pasos, el reloj de mi piel, y  se dio la vuelta, viniendo a mi encuentro. Le cambió el turno a la tarde o le robó un poco de tiempo al futuro, más bien creo que fue eso. A mí, por lo menos, me sacó del embrujo de una tristeza porque yo llamo tristeza a cualquier cosa, como por ejemplo a un día como aquél, plomizo. Salté para que no me atropellaran zarpazos enloquecidos de murciélagos, rugidos de muertos, cuatro o cinco, o puede que sólo fuera una, motos despavoridas manejadas por monstruos en miniatura con capuchas, zarpazos enloquecidos por el relámpago de la puesta de sol. Me fui a casa, a huirme. Al rato, el gato apareció, asomó su rostro de ternura poniéndose cara a la luna en el alféizar de la ventana. Un león en miniatura amenazaba con derribar mi escondite. Lo hizo.
            Entró por la ventana.
             Desde entonces, todos los días viene a la misma hora, a medianoche, me mira, salta la ventana, come lo que le pongo, bebe agua y se echa a dormir en la alfombra hasta el amanecer, que vuelve a irse. Durante las horas que me pasaba escribiendo, en la noche, él alzaba la cabeza de vez en cuando, me miraba un rato, se erguía, se estiraba perezoso, y luego se dejaba caer, se estiraba, soltaba un pequeño suspiro y volvía a dormirse, complacido, a gusto. Después, con el paso de las semanas, cogió confianza y fue acostumbrándose a ronronear a mi lado, frotándose en mis piernas, sentándose sobre mis muslos, y hasta hoy, vigía de mis noches. Testigo del nacimiento, del derrumbe, de las grietas, de las salpicaduras, de la novela. 
            Cuando la novela empezó a alzarse, apenas si despegaba un palmo de la mesa, después de cada uno de los múltiples tropiezos en que intentaba erguirse y caía, él se paseaba altivo por sobre la mesa, pisando sobre las cuartillas manchadas de letras, palabras, frases, manchas; cuando la novela caminaba renqueante por profundidades oscuras, él se frotaba en mis piernas, maullando quedo, quejoso, entonces salía conmigo a la azotea, a ver el paso del atardecer: era cuando más te echaba de menos. Ahora, me digo que la novela está terminada y me dispongo a leerla y quitarle alguna torcedura innecesaria, y la leeré a las mismas horas que la escribí, por las noches: el gato quiere leerla conmigo. Aún es media tarde y espero al atardecer, impaciente, esperándolo con la misma ansiedad que te espero siempre a ti. Mientras, aprovecho para ponerle la dedicatoria

                               Quintín Alonso Méndez







lunes, 2 de septiembre de 2013





            Para hablar, yo ya no le bastaba, yo me quedaba a medias e iban siendo más largos mis silencios, dejaba las frases colgando del aire, como esperando a que la brisa las terminara por mí, ella necesitaba alguien que por lo menos hablara tanto como ella, compartir los espacios en blanco y también los espacios llenos de sonidos, y si hablaba más que ella, mejor, entonces ella se iba callando, y se iba rindiendo al sexo de la voz como aperitivo y preámbulo, un examen afrodisíaco por el que tenían que pasar sus sentidos antes de abrirse al sexo del macho. La premisa de su filosofía era el amor para qué, si el sexo es puro. Ella no soportaba los espacios vacíos, silenciosos, necesitaba ahuyentar la soledad que le traía el aullido del viento en alas de días grises, incitadores de la tristeza. Fui entendiendo que a ella le hacía daño mi silencio, se agoniaba en mis brazos tristes, necesitaba como el comer el jolgorio de las voces, de las risas.


                                    Quintín Alonso Méndez (de "Oyendo al silencio", novela)





            Busco los labios húmedos desnudos de tu boca desnuda húmeda,
            labios abriéndose en orillas húmedas desnudas, en roces temblores
desnudos
            desgajándose en labios desnudos húmedos.
            Busco tus labios desnudos húmedos, la brisa agitada cálida de tu cuello desnudo,
            busco la lluvia lloviendo por tu cuerpo desnudo
            desnudándose en roces temblores
en susurros húmedos desnudos.
            Busco la carne trémula desnuda de tus labios desnudos húmedos
            abiertos como olas desnudas abriéndose desnudándose
            desgajándose en labios desnudos húmedos.
            Quiero desnudar tu sonrisa triste, besarla en los párpados,
            hundirme húmedo en los labios desnudos de tu sonrisa desnuda abriéndose,
            lloviendo lluvia por tu cuerpo desnudo.
            Quiero desnudarte
            beberme tu oscuridad oscura
            romperme y hundirme en tus aguas desnudas
            desnudar tu temblor
            morder la ternura que te late, besarla, temblarte,
            desnudarte,
            y quiero que me desnudes

             Quintín Alonso Méndez (de "Mis encuentros contigo", libro de poemas)