lunes, 16 de diciembre de 2013


            Del libro de poemas "El edén de Salomé"

                                 Foto: Jorge García

      Desde la distancia y desde la soledad
escribir una carta es querer alargar las manos
recorrer con la mirada otras distancias,
entre los brazos,
necesitar la mano en la mano caminando por el rostro
o simplemente sentada al lado, escribiendo versos,
escribir el nombre para que se haga materia,
presencia de risas, costumbre de presencia.
Escribir una carta desde esta distancia y esta soledad
es ofrecer el alma, las manos desnudas
tenderle la vida a la otra vida, entregarla
desde esta distancia
este silencio
esta soledad
  
                                                               Foto: Jorge García

                                                 Quintín Alonso Méndez                                              


domingo, 15 de diciembre de 2013

                                                               Foto: Jorge García

                      De "La historia del zapatito", novela 
(“Querida Lunaazul: las alas nocturnas del jueves me han traído de vuelta a casa, y aquí me tienes, esperándote –ya he regado los rosales--, un jueves que ya es viernes, pero que no será viernes hasta que amanezca, resacoso y cabrón, con pies y cabeza de plomo.
“Estas alas que al llegar a casa, aletean por las habitaciones y no me dejan dormir –los rosales han sentido su paso, agitándose sus ramas ya demasiado largas--, por eso me pongo a dibujar palabras, en lo que el cansancio me venza. Multitud de cometas cubren el cielo, alumbradas desde las calles, balcones y azoteas palpitan por el soplo encendido de antorchas de tea, parecen murciélagos volando la noche. Lunaazul, tengo la impresión de que hoy es el primer día de no sé qué días”).
 Pronto, maltratador, se ha despertado el viernes y me resisto a repetirme «culpable, lo sabía, lo sabía». Dolor incorregible de cabeza, pero una “orden” persistente me lleva horas martilleando las sienes, localizar lo antes posible a Luis Piconero, advertirle de que no nos llamemos por teléfono bajo ningún concepto, decirle la nueva forma de ponernos en contacto. Hoy viernes será fácil encontrarlo, es día de cobro.
Me arrastro hasta el Ayuntamiento y me pongo a olisquear por los bares de alrededor, donde todos van de uniforme, vistan como vistan. No tardo en verlo aparecer, cruzando la plaza Consistorial. Unas palabras cortas, un café rápido y nos despedimos en medio de la plaza, a la vista de “nuestros ojeadores”: los dos tenemos prisas, él por cobrar, yo por regresar a casa y meterme bajo el agua bendita hasta que se disipen los malos humores.
Mi mujer ha venido para decirme que se va, pronto, «el lunes», pero ha venido a estar conmigo «tres enanos días infinitos». Después de dejarla que tome tierra, se ponga cómoda, abra la maleta y me entregue una bolsa repleta de libros, abrimos dos cervezas y nos sentamos: hora de relajarnos y es buena hora para ella, pasado el mediodía, y es buena hora para mí, lo mejor para la resaca –la carta me mira muda, invisible, desde lo alto del mueble. «Cuéntame», me dice. Estiro la mano, y la carta se desliza por el aire, planeando, la recibo con las manos abiertas y la deposito en las manos de mi mujer, que tiene ojos de águila y de sólo pasear la vista por la hoja, ya la ha leído. La guarda, la esconde en el bolso, se levanta y me da un beso, «cuéntame».
Cuando bajamos la colina azul –esta tarde todo es azul, la luna es azul--, a media tarde, mi mujer cree ver sombras moviéndose por entre los árboles, automóviles aparcados a los lados de la carretera, sin ocupantes, pero cuyos faros no dejan de mirarnos, ojos ocultos en cualquier escondrijo, detrás de unos matorrales, siguiendo nuestros pasos, pero me dice «tengo que enseñarte los dibujos que he hecho», y se abraza a mi brazo.
No hay cometas en sus nuevos dibujos, no hay nada. O son sólo matorrales, nubes, lomas, con los colores de la hora que delata, diurnos, vespertinos, solares, lunares. La miro sin mirarla para que piense que no la miro, y ya me veo amontonando mis cosas, sacándolas de su territorio, yéndome –me gusta pensar que nunca he estado. No hay cometas, no hay zapatitos, estás en otra parte, le digo, «cállate», me dice, la voz rabiosa. Está desnuda, y su desnudez es un vestido de telas burdas de saco, que apenas si dan para cubrir los silencios, sus pudorosos silencios. Tardaré en entender sus palabras, lo sé, «eres una mentira que vive de mentiras, en las mentiras, construyes mentiras y pretendes que sean reales, mentiras, pero reales. No, no llegas a tanto, son simplemente mentiras, inventos. No hay nada real en ti. Inútil», me escupe. No hablo más esta noche, ni siquiera conmigo mismo, me doy igual. No salgo al patio a ver los rosales: son sus rosales. No intento acercarme a ella, a su territorio: es su territorio, ¿qué hace un barco aquí, ahora, sesgando el horizonte?  

                                                                   Foto: Jorge Garcia


                                                    Quintín Alonso Méndez

sábado, 14 de diciembre de 2013



           De la novela "La historia del zapatito"

La rendija es de madera. La luna es de madera. ¿Hay locuras de madera, rostros vegetales, de madera, tallados en la madera? Porque veo el rostro de Juan de madera, como él ha de ver el mío, tallado en grietas, estáticas, tensas, de frío o de miedo, la locura tallada en las paredes, no sé si son de madera las paredes, en las puertas ocultas de madera o de piedra, tapiadas por vestiduras de cal o de yeso, en esta puerta de madera que se ofrece ante nosotros, liberadora, mentirosa, con su rendija de luna. La puerta que son tablones gruesos, ajustados entre ellos por otros tablones, más delgados, horizontales, empotrados por grandes punchas, que han abierto la madera en sajos, por ahí, por uno de esos sajos, se mete la luna, en un sajo de madera desgarrada, por donde caben nuestros ojos de locos, nuestros dedos de madera que no arañan la madera, sólo la rozan, le dicen que se abra, Juan se lo dice, con su vara de hierro, que hinca la madera y hace crujir las punchas inmóviles desde que están ahí, hace crujir la madera, rechinar los tablones más delgados, los horizontales, tendidos como horizontes a la espera de unas manos de locos, rabiosas, de madera, que blasfeman mientras hincan la barra de hierro en la madera, ¿dónde estamos?, en lo hondo de un barranco, el barranco que el mapa dice que es el de los santos, quizás porque era adonde a los santos los bajaban a morirse, a los tontos santos que aún se creían que podían tener sueños y echarlos a volar porque sí, porque la vida sin sueños es un cúmulo de jaulas o de pájaros disecados en los árboles de hojalata. Cabemos por la rendija, que ahora es un boquete en la luna, que mancha de luz el suelo. ¿Los locos somos oscuros y es por eso que somos sombras negras en el fondo del barranco? Nos deslizamos arañando la tierra, agarrándonos a las raíces que nos cortan las manos, no miramos atrás, no sabemos o no queremos ver cómo los fantasmas salen en bandada por la rendija de luna. Buscamos la primera calle, la primera huella que nos diga que estamos en el mundo, pero Juan tiene un destino de ahora mismo, lo sigo porque los locos son los únicos que saben por dónde es la salida, asciende la calle porque va en busca de la iglesia de la ascensión, entra con pasos sin ruidos, temeroso de dios, de los pecados del mundo, lo sigo, y allí los ve, los niños en el coro, el padre, ese monstruo vestido de cura, guiándolos, modelándolos, y un hueco, una rendija de luna, entre los niños, la certeza de que el niño no está, que estuvo un tiempo, quizás no hace mucho, pero la rendija de luna habla de lunas que hace que el niño no está, su espacio sí, su espacio lo espera, hueco, cantor, canto de niño que se cree que los sueños existen, que tienen derecho a existir, por eso las cometas, por eso las risas caminando por las calles peatonales, cogido de la mano de papá, de mamá, cada mano prendida de la mano de mamá, de papá, «estuvo aquí», susurra Juan, y yo lo creo, loco, yo también veo la rendija de luna en medio del coro, quiero decirle vamos, ya volveremos, vamos a buscarlo, a traerlo, a devolverlo a su sitio, pero Juan ya hurga por las paredes de la iglesia, tanteando la pureza de la piedra, su frialdad de estatua muerta, su cara de loco, beatífica, hurgando todos los rincones, con las manos, la mirada, con su mirada de loco, beatífica, una rendija de oscuridad lo llama, lo sigo, una boca negra, vertical, estrecha, en un rincón, tras una gruesa columna de estatua muerta, una cortina oscura, gruesa, de tela muerta, por donde Juan se desliza, tanteando el suelo con los pies, un escalón, dos, diez escalones, abajo el cuarto oscuro de los cuentos, con la forma cuadrada de los cuentos cuadrados, con las esquinas bien marcadas, donde los castigados penan sus pecados de desobediencia, de soberbia, una marca estrecha, vertical, una mancha fresca, vestida de pared, donde hubo una puerta, una rendija de luna muerta para bajar a las catacumbas, una puerta sellada después de que un niño sin zapatito ascendiera a ella, en volandas, ascendiera desde el túnel que justo ahí debajo desemboca en el barranco de los santos, de los tontos santos que se atrevieron a decir que los sueños son cometas voladoras con sonrisa de niño.
Salimos a la calle y reconozco que me impresiona, me sobrecoge, ver a un loco con cara de loco llorando, con lágrimas de niño, muy cuerdo cuando me dice «no puedo volver a casa», trato de convencerlo de que si no regresa, inmediatamente lo asociarán con el profanador del túnel sagrado, «no me importa, pero no volveré a casa sin mi hijo», compruebo que no se puede hacer cambiar de opinión a un loco con las ideas fijas, ¿y qué harás?, ya lo tenía todo preparado, una casa terrera en las afueras de la ciudad, arrendada con otro nombre, una persona –si digo el nombre, lo condeno a muerte— que se ha prestado a alquilarla por él, todo en orden, estará bien, «pero tú peligras», le digo que no se preocupe por mí, les intereso completo, “libre”, además, le digo, soy indefenso, desarmado porque Lunaazul está preñada, me dice cuál es la casa, le prometo que esta noche estaré allí, «para seguir la búsqueda», para seguir la búsqueda, «sé lo que hay que hacer, a dónde ir», barrunto sus pensamientos de loco, por dónde caminan sus intenciones desbaratadas, «ahora es mejor que nos separemos, que a ti sí te vean», sí, hace tiempo que no nos vemos, Jorge ha de saber que hace tiempo que no nos vemos, le digo –no veo cómo aprieta los puños al oír el nombre de Jorge, no veo que la mirada de la locura ha vuelto a adquirir el tono rojizo de la sangre--, y le digo que se cuide y él me dice que no me preocupe, me hace prometer, no sé cómo lo haré, que le haré llegar a su mujer que está bien, que todo está bien, «dile que muy pronto estaremos juntos los tres, dile que he ido a buscarlo», más leña a la locura, pienso, pero se lo prometo, a un condenado se le promete cualquier cosa que pida, y más si es por parte de otro condenado, «no conviene que nos vean juntos», y como un fantasma se pierde bajando la calle –compruebo que los locos no hacen ruido al caminar.
          


                                                    Quintín Alonso Méndez

viernes, 13 de diciembre de 2013




        Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Toda tú está en mí
desde el sabor de las frutas de tu boca
-¿recuerdas?, almendras, fresas_
al roce de luna de tus pies.
Desde la desnuda belleza de tu alma
a las flores blancas que tus dedos me regalan
toda tú
desde tu voz que se columpia con la brisa
y me estremece
a tu mirada callada diciéndome todo.
Toda tú
tu cuerpo de agua y miel
todas tus islas todas tus heridas
toda
desde las cumbres arenosas de tus pechos
a las sonrisas dulces que posas en mis labios
cuando tus labios me nombran

toda tú siempre en mí


                                                        Quintín Alonso Méndez

jueves, 12 de diciembre de 2013

                                                               Foto: Jorge García


        Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Acabo de verla, aún está,
esa luz cenicienta que se asoma
cuando en alguna parte se desprende un sueño
y vuela, viene, está,
esa luz cenicienta,
acabo de verla, aún está,
me dice que no es otra cosa
que un nombre que se hace agua
y busca entre las ventanas de las nubes
esa luz que tiene dueño

que naufraga 



                                                         Quintín Alonso Méndez

martes, 10 de diciembre de 2013

                                                                     Foto: Jorge García

        Del libro de poemas "El edén de Salomé"    

  no hay viento
no llueve lluvia
no cruje la madrugada
no hay truenos y relámpagos
no duermen los sueños
quietas las hojas secas
las ramas arrancadas de los árboles
muertas las hebras de la piel
ciegos aquellos rincones dulces
no amenazan con hundirse las alturas
y aplastar los silencios
no hay voz no hay palabras
que desdigan al vacío
no hay una sola rendija para esta oscuridad
inmensa a la deriva
ninguna noticia del mundo
ninguna carta que leer
no hay viento
no llueve lluvia
nada

                                                                    Foto: Jorge García

                                                     Quintín Alonso Méndez 



          Del libro de poemas "Versos caídos"

El dolor no se rompe, es duro como el fuego, frágil como el agua.
Se amasa a la piel, creando otra piel 

seis nidos


            El perro escarba en el suelo de tierra, el gato se va detrás de la luz, tú te miras en el espejo, donde escondes tus secretos y esas caricias que te muerden, esas caricias que quieres morder. Cuando me miras, estás mirando un recuerdo. Cruzas la noche descalza para no hacer ruido, para no despertar a los niños del sueño: aún no sabes que los habitantes del frío no duermen.
            Pero los que esperan, escarbando en la nada, te protegen: puede que un día te equivoques de puerta, o necesites un abrazo que sea un manojo de deseos.
            Con delicadeza, cuando vuelves de la batalla, dejas tu otro cuerpo dentro del espejo, y el perro escarbando en el suelo de tierra, en la cama vacía, donde no hay nada, sólo un calor fugaz que tú le prestas a cambio de otro silencio, el gato detrás de la luz, huyendo de la rabia

siete nidos


            Si vieras cómo picotean los pájaros aquí dentro, entre los pajullos, si lo vieras, si acercaras tu oído al corazón de los pajullos, si vieras los picos incrustándose en la carne de la sed, desgajando los recuerdos, los sueños muertos, haciendo hilachas de las palabras que se quedaron dormidas, esas palabras que habrían cambiado el mundo si hubieran sido pronunciadas, despreciando las otras palabras, las enfermas, las que fueron pronunciadas y cambiaron el mundo.
            Si vieras cómo se esconden las culebras aquí dentro, huyendo de las garras de mis aves carroñeras, sus picos sajándome las vísceras, pariéndome úlceras que vomito como gritos ciegos por la boca. Un amasijo de gusanos, babosas, sapos, chapoteando en estas aguas empozadas aquí dentro, alimento para las crías que paren los sueños rotos, descuartizados, muertos.
            Si vieras cómo corren aquí dentro, hundiéndose en la oscuridad, los versos
caídos
que no quieren ser escritos, refugiándose bajo las alas de los insectos verdes, azules, hinchados de sangre turbia, espesa, mía. Se pudren en la humedad que crean las sombras, los miedos, estos miedos que no conozco pero que van y vienen, desbaratando los senderos de luz que quedan encendidos.
            Así van creciendo mis nidos


                                                        Quintín Alonso Méndez