jueves, 12 de septiembre de 2013



     De "El nombre lo pones tú", novela


Cuando me hablaste de la novela que me habías prometido, me reí. Lo tomé como otra de tus muchas promesas, que ya sabes, se las llevaba el viento. No te hice mucho caso.
      Cosas.
      Pero me gustó que me lo dijeras, y me gustó más cuando me dijiste «la voy a empezar, sé que la voy a empezar. No sé qué rumbo tomará, pero está gestándose». Te vi escribiendo en una servilleta. Sólo alcancé a leerte el primer renglón: «en este territorio está gestándose el nacimiento de la novela que te prometí nada más verte». Me gustó, pero enseguida lo olvidé, como sabía que tenía que olvidarme de la mayoría de las cosas que me decías, sobre todo de las que me daban escalofríos de placer cuando me las decías. Pero en esto ibas en serio. Reconozco que me sorprendiste. No sé expresarme, pero creo que en ese momento te amé otro poquito más. O fue cuando empecé a amarte. A tomarte en serio. ¿Me entiendes? Sé que sí. Creo que me conoces lo suficiente para que no tenga que explicártelo, creo que tampoco sabría hacerlo. Me miras y ya sabes por dónde voy, en qué rumbo ando perdida y en qué señuelo cogida. Yo me quedé suspendida en el paisaje, sobre todo viendo a los niños, ya sabes cómo me gusta mirarlos, verlos moverse, gesticular, caminar, algunos me recuerdan a los pingüinos con sus pasitos cortos, extraterrestres, y los brazos abiertos en dos aspas torpes, otros a los oseznos, con su barriguita echada palante, otros son torpes patos a punto de caerse y entromparse contra el suelo, algunas nenas son muñequitas de porcelana, otras son delicadas figuras de ébano. Sé que tú me mirabas de vez en cuando, alzabas la vista mientras seguías escribiendo, oía el rasgueo de la pluma en el papel rugoso, esa pluma que tanto busqué, andándome media ciudad, para ti, pero por puro egoísmo, para así estar yo siempre un poco en ti cuando escribes; pienso, egoísta, que mientras estás escribiendo así me recuerdas un poco y estoy un poco a tu lado, contigo, yo entonces intuyo tu media sonrisa, ya sabes, es cuando me dan ganas de morderla y de quedármela para siempre, para mí, para sacarla de tus adentros y tenerla entre mi manos mientras estoy sentada frente al mar, o también cuando estoy perdida en el paisaje, en las telarañas húmedas del horizonte, poniéndose el sol, dos corujas en su ritual amoroso, trayendo la oscuridad, el silencio, el regreso a casa, a la dureza fría de la soledad de casa, ya sabes, las nostalgias, que no dejan de moverse. Ya tú has descubierto que los niños son una de mis debilidades. ¿Quieres que te hable de mi debilidad por ti? No, sé que no. Te duele el alma y no sé cómo aliviártela, bueno, tampoco es eso, no sé explicarme, ya sabes que tengo que medir las palabras, cada frase, antes de pronunciarlas, y estoy en uno de esos momentos tan peculiares míos en que no quiero pensar, sólo dejarme llevar para que no me lleve a su vera esta maraña de pensamientos reburujados en mi cabeza, no tengo ahora ningunas ganas de ponerlos en orden, tampoco estoy muy segura de si quiero que se vayan. Creo que sí. Sobre todo desde que apareciste tú. Quiero aprender. A amarte. No sé cómo decirlo, esa locura sin más sentido que la de aprender a amarte, no me pidas ahora el esfuerzo supremo de buscar la frase precisa. Tú sabes. Tú me entiendes.


                                                            Quintín Alonso Méndez

miércoles, 11 de septiembre de 2013





                                 Así empieza "El nombre lo pones tú", novela


En este territorio de acuarelas y ráfagas de viento, está gestándose el nacimiento de la novela que te prometí nada más verte. Cuando me dije «eres tú». En realidad, la  novela se la prometí a tu mirada de agua.
            Esa novela que ha de ser hija o al menos parienta de la vida. Tú le pusiste el nombre. A la vida y a todo lo que implique mi vida desde entonces, es fácil y hasta cómodo decirlo, pero es así, aunque yo esté lleno de mentiras y andamios falsos, retorcidos.
            Tengo que irme un poco atrás, ¿tres, cuatro años, tan ligeros son los senderos que traza el tiempo? Ya sabes, a cuando me dije «eres tú». Tú estabas de espaldas, sentada, y estabas sentada de espaldas al mar. Te desnudé los hombros, que se agitaron como se agita una gaviota al posarse en las aguas del océano. Dejaste que te fuera contando los nidos de la nuca. Infinitos. Te dejaste rozar por mi silencio de silencios tristes. Tú fumabas. Estabas alimentando de azul aquel espacio desnudo que se había esparcido entre tú y yo. ¿Hablaste antes de que me fuera? Porque yo te oí. Oí tu voz. Quizá fue la marea, que me confundió, me suele ocurrir. Mi silencio te lo pidió y tú lo hiciste: te levantaste, te diste la vuelta y me regalaste la risa de tu mirada, esa misma risa que ahora me estás regalando, aquí a mi lado, mientras nos vamos adentrando en el territorio aún desconocido de la novela que te prometí nada más verte. Cuando me dije «eres tú».

            Entonces te oí. Oí tu voz.
                                                      Quintín Alonso Méndez 
                                                      

martes, 10 de septiembre de 2013











                                       De "La historia del zapatito", novela


Me perdí dando tumbos por las ciudades inventadas, saltos ciegos de una dimensión a otra, y terminé perdido, inventado –me he agenciado todas las caras de loco de Juan--, en la ciudad con puerto de mar.  En la ciudad  con puerto de mar hay un sexo que no encuentra la palabra precisa, la palabra que no quiere ser precisa, sino todo lo contrario, imprecisa la palabra, y la palabra, que tiene sexo por el simple hecho de ser palabra, una palabra a la que no le importa haber nacido muerta, con la cara de cara al mar. Volví a la ciudad con puerto, con un mar teñido de oscuro en las noches sin luna o brumosas, cuando se levanta la brisa del poniente y levanta las velas el mar. Los tumbos, cargando con las caras de loco que me dejó Juan, para que las cuidara o no me olvidara del todo –no puedo dormir con la luz apagada--, me llevaron hasta el bar donde conocí a María, donde María me enseñó que sí hay rutas de regreso, y rutas nuevas que se te quedan enganchadas a la piel, como un regreso que nunca estuvo. Pero yo estuve aquí, palpo la atmósfera del bar, su atmósfera pintada de madera y con olor a cachimba, madera de barcas y madera de naufragios lejanos que han llegado a la costa, esqueletos de madera, y olor a cachimba marina, moldeada por el sol y el salitre, yo estuve aquí, sentado a esta mesa, a esa mesa que no deja de estar aquí, en mi casa de la costa, en la terraza, de cara al mar. Le pregunto a la gente por María, nadie la conoce, niegan con la cabeza, me miran de una forma extraña --¿qué cara de loco llevaré puesta hoy?--, trato de dibujarla, su pelo, su forma de caminar, de vestir, descalza, su vestido negro de nueve botones, sus dedos, su forma de mover las manos, de leer en la mano, sus dedos surcando la mano, descifrándola, nadie sabe nada de María, se encogen de hombros, me ignoran –mi cara de loco inofensivo les causa indiferencia, acostumbrados a que los locos arriben a esta orilla de ciudad con puerto. ¿Me había vuelto a equivocar de ciudad? Dejé que llegara el anochecer, entonces me dirigí al puerto, dejé que me llevaran mis saltos de dimensión, el olfato que Juan me enseñó a utilizar. Llegué al puerto, noche cerrada, enseguida sentí la voz del mar, sus palabras meciéndose contra el muro de la escollera, algunas luces picoteando sobre las aguas, barcas nocturnas echadas a la mar. La busqué por todo el puerto, la busqué sentado donde estuvimos sentados aquella noche de ciudad inventada, oyendo las palabras que chapoteaban en las aguas oscuras, «el mar, a más oscuro más profundo, más hondo», me decía María, con una voz de carne, de roce de piel, que no se irá nunca, la esperé hasta el amanecer, cuando el mar enmudeció. Los días en una ciudad con puerto se difuminan, se hacen invisibles, como si al nacer el día la ciudad desapareciera, se ocultara, se fuera a dormir a otra parte –aquí, en la casa de la costa, los días se llenan de asombros de luz y las noches de canciones de mar. A la tarde, volví al bar, la gente ni me miraba –reconocieron al instante mi cara de loco inofensivo--, ni una huella de María, del paso de María. No olía a María, a mar, allí, sólo a tabaco de cachimba y a musgo secándose al sol, pudriéndose. Me volví al puerto y al acercarme a “nuestro lugar”, al inicio de los escalones de piedra que bajaban a los mismos pies del mar oscuro, creí ver una pequeña sombra en el suelo, al borde de los escalones, un bulto, me detuve y luego avancé despacio, queriendo distinguir qué era aquello, no se movía, era un perro, un perra pequeña, de pelo blanco, rizado, enseguida supe que era Suerte, me oyó llegar pero no se movía, su mirada fija en un punto del horizonte, Suerte, murmuré, movió la cola, pero siguió con la mirada fija en un punto fijo del horizonte, como si temiera, al girar la cabeza y mirarme, perder el punto de referencia, el camino de mar por donde María habría de venir o por el que María se fue. Me senté a su lado, ni se inmutó, recuerdo que me pregunté si en esa ciudad los locos seríamos invisibles o si simplemente no asustaban ni interesaban a nadie o era por eso de que la costumbre te hace acostumbrarte a todo. Toda la noche a su lado, en silencio, sin movernos, entendí que para Suerte el movimiento, cualquier movimiento, y el ruido, cualquier ruido, era una trampa, como un farol en la noche, en medio del abismo de la noche, un despiste y ya no podría encontrar, en medio de la inmensidad del mar, el camino de mar. Nada más empezar a clarear, Suerte se dio la vuelta, antes sentí su mirada triste, un instante de mirada triste, de Ulises diciendo “antes un instante en los brazos de Penélope que toda la eternidad sin ella”, empezó a caminar, silenciosa, apartándose de la luz, evitándola, se tumbó entre unos sacos, a la salida del puerto, en un rincón que olía a mar, entre barcas dormidas, con la madera reseca, olvidadas del mar. Cerró los ojos, los abrió, me miró, un suspiro, un dolor, silencioso. Se durmió. Volvió la tarde del bar –nada, nada, sólo olor a tabaco, a madera vieja— y volvió la noche –desde temprano, el día se había vestido de gris. Allí estaba Suerte, en su puesto de vigilancia, y antes de que amaneciera, levantándome, se lo dije, vámonos, ella entonces apartó la mirada del camino de mar, movió la cola y se puso a caminar a mi lado. No miramos atrás. María sabría encontrarnos. Suerte se vino conmigo, de vuelta a casa –estoy seguro de que nadie nos echó de menos en la ciudad con puerto. Todas las tardes, cuando la luz declina, Suerte se sienta sobre las patas traseras de cara al mar, y se pone a ladrar, alegre. Habla con María, la saluda, luego guarda silencio, y se pasa así horas, hasta que le digo que es hora de descansar, entonces le lanza tres ladridos a la noche, a la luna, saluda de nuevo a María, le desea las buenas noches, se vuelve y se viene conmigo adentro, se tumba a los pies de la cama, en una alfombra vieja, que huele a mar. Solemos dar largos paseos por la costa, Suerte corre, juega, se detiene, mira el horizonte, yo escribo. Así es nuestra vida.

                                          Quintín Alonso Méndez
   

lunes, 9 de septiembre de 2013



             Del libro de poemas
                                                 "El edén de Salomé"



Del árbol surge la hebra que cose las palabras
en cada silencio hay una cuna y hay una tristeza
que las manos del viento zarandean inclementes.
Del árbol viene la sombra que trae manojos de brisa
el dolor no es visible, se esconde entre las mariposas
pero sus ojos no dejan de irse más allá del muro de piedra.
Del árbol cae la fruta que ve pasar al tiempo
aquí llueve dentro del sol, el vuelo de la luz corta el aire
por la vereda pasa el día, lleva tu nombre en la mirada.
Del árbol nace la hebra que cose las palabras,
se posa la nostalgia como una hoja seca,

en blanco la página que voy a escribirte 


                         Quintín Alonso Méndez



                                      de "La historia del zapatito", novela



Hay jueves, son los más raros, que se despiertan resacosos, que nacen apáticos y no quieren moverse, entonces, antes del mediodía, cantan gallos y la brisa es fría, escribo la palabra viernes y me pongo a dibujar con palabras un amanecer violáceo, sonrosado, las montañas encendidas y en algún lugar, un mar quieto, azul, rumoroso.

Pienso en madre porque pienso en los escalones de piedra que bajan al subterráneo tapiado, enmudecido. Me asomo a la calle –ya es la hora de una cerveza, dos cervezas. Una niña, con trenzas, muy morena de piel, de pelo negro, un vestidito blanco, juega a dar saltitos con un solo pie en la vieja plaza donde estuve sentado hace unos días con madre, se cambia de pie y sigue dando saltitos, miro alrededor y veo a una señora que camina hacia la vejez, más o menos de la edad de madre, sentada en un banco, atenta a la niña mientras sus manos trenzan calcetines o un gorro blanco, el hilo de lana blanca sale de la nada, nace en el suelo de piedra y asciende, culebreando hasta sus dedos mágicos, la niña cuenta saltitos, y la abuela puntos de ganchillo, yo cuento pasos de baile –madre suele trabajar la puntilla de Irlanda, y así hace sus manteles, servilletas, pañuelos. La abuela, por cómo se cruzan, raudos, sus dedos mágicos en el aire, hace punto de cruz, la niña, pateando el suelo de puntillas, hace cruces de un solo brazo. Las observo por el hueco de la puerta del bar, sentado sobre un taburete de hierro forjado, con asiento de madera de pino, una tabla cuadrada atornillada al hierro, arabescos en las patas y el espaldar, una tela de araña en la lámpara sin color –oscura-- que cuelga del techo. Mientras las observo, veo a madre inclinada sobre la mesa de la cocina, dibujando frutas con un lápiz en un papel fino como una capa de cebolla, la veo con sus gafas milagrosamente sujetas a la punta de la nariz, burlando la gravedad, el ángulo de inclinación, miro sus manos maestras, moduladoras de sueños y amasadoras de panes tiernos, esas manos que me tuvieron en sus brazos, haciéndome, inventándome.

                                                    Quintín Alonso Méndez




sábado, 7 de septiembre de 2013



                                      de "La historia del zapatito", novela




  Seguí yendo a la cafetería de los dos faroles a la entrada --no es verdad, no hay faroles a la entrada, pero necesito escabullir datos, manipularlos, no me gustaría nada que le ocurriese algo malo a mis inexistentes fuentes de información. No sé por qué, o sí lo sé, pero seguía yendo, varias veces a la semana, quizás era por el vaho con sabor a fresas que sentía en el rostro al entrar y salir del local. Dentro, olía a perfumes caros y ropa nueva. Los camareros y yo ya éramos viejos conocidos, se jactaban de sus amistades de las alturas y yo les seguía el juego, decían nombres y apellidos que no había oído nunca, con la naturalidad de que ¿quién no los conocía?, yo asentía, sonreía, tomaba datos, los almacenaba en mi memoria selectiva, cada uno en su archivo, empresarios, concejales --en concejales incluía todos los políticos, curiosamente emparentados, formaban un árbol genealógico muy especial, bien condensado, macizo, indestructible entre ellos, familias políticas, nunca mejor dicho, se intercambian en parejas, tríos, cama redondas, como cromos, todo con tal de no romper ningún eslabón--, técnicos, corredores de bolsa, abogados, curas --no pongo jueces porque son palabras mayores, de juzgado--, oportunistas, vividores --aquí entraban también todos los que estaban en el archivo de concejales--, y el archivo más numeroso, donde entraba la larga lista, una caterva cada vez más numerosa de empleados sumisos, graduados escolares por la gracia de dios, aduladores, nocivos, peligrosos, voluntarios al servicio de la tierra patria. Sacaban pecho mis dos camareros cuando hablaban de la fiesta aquella o de la otra, del chalé de fulanito y del hotelito rural cerca de la costa, entre plataneras y olor a sexo caro bien depilado de favores caros, de intrigas. Hacía siglos que ya no tenía motivos de asombro para las náuseas. Pero me estaban volviendo. Olas gigantes, como en los sueños.

                                               Quintín Alonso Méndez




viernes, 6 de septiembre de 2013



                    Así empieza "La historia del zapatito", novela



La tarde vacía, solitaria, triste, pero creo que sólo la tarde gris, por embrumada. Una tarde vestida de invierno. Pero no creas, también hay tardes así en pleno verano, únicamente le cambia el color y la textura al vestido, la desnudez es idéntica de vacía, solitaria y triste. Hablo de las tardes que no sabes qué hacer, que de antemano das por perdidas, aunque no te resignas y caminas y caminas, sin rumbo caminas y caminas, quién sabe, puede que dándole otra oportunidad al destino. Aun así, la tarde estaba vacía, vacía de todo, solitaria, no se veía un alma, triste entonces la calle, despojada de habitantes transitándola, royéndola. Las calles vacías y solitarias son esqueletos de vidas. Por eso son tristes.
            Cada vez me gustan menos las calles solitarias. Las evito: hablan demasiado. A no ser que vaya acompañado. En ese caso las saboreo despacio, dejo que la compañía las pueble, les ponga el certificado de la presencia. Son raras esas ocasiones.

                        Es una tarde de diciembre. La tarde, y yo tampoco, tenemos a dónde ir. Nos dejamos llevar por la llamada que no llama, que simplemente, inocente, se pone a ronronear y a picotear en los zaguanes, en los escaparates, en las puertas abiertas de las cafeterías, en esas pequeñas plazas donde apenas caben dos bancos, siempre vacíos, un arbusto, tres palomas, y nos muerde dentro la tarde, donde apenas si caben dos o tres distancias lejanas, mil o dos mil sacos sin fondo pero vacíos. El frío es, otra vez, una mano con dedos de cuchillos que no deja de restregarse por mi rostro. Quema el frío, duele. Mis pasos quieren llevarme a calles habitadas, quizás por aquello de que «casa habitada, casa cálida». Acepto, ni siquiera tengo ánimos para replicarles. Se sabe cuáles son las calles habitadas porque se iluminan nada más atardecer, todo lo contrario que las calles vacías, que se van envolviendo en la negrura. Por eso me ha resultado fácil llegar a la primera calle habitada: no he tenido más que dirigirme a la boca de luz. La luz sale de los rostros iluminados y el frío se encarga de esparcirla. Me he metido en el barullo de la gente. Es entonces cuando me acuerdo de nuevo de la historia del zapatito, una simple historia sin importancia en apariencia, que me contó una mujer, lejos de aquí, pero que le ocurrió en esta misma calle peatonal que ahora camino. 

                                                               Quintín Alonso Méndez