La Prosa (59)

Parte del día: «Se prolonga la sed y
la secura. Si lloviera, el frío se apaciguaría, sería benevolente. Pero qué
frío, qué lluvia. Porque llueve de manera delicada, como si temiese, pero
llueve: es lluvia para los sentidos, para que sea ternura contemplar el manto
fino y húmedo que se posa en las hojas de las plantas, de los árboles; y recibo
con alegría -por qué no- esta brisa fresca que hace que mi cuerpo, mis brazos,
piensen en tu cuerpo de lluvia». Desde temprano me he subido a las medianías -la
marea alta, bajará a la tarde, y a la tarde bajaré a mi trabajo de rescatador
versos- y sin prisas recorro varias bodegas en busca del mejor vino para
compadre (y de paso para mí), pretendiendo lo imposible: que el mejor vino sea
la vez el más barato. Me llevo un garrafón del mejor y el más caro, qué menos
para el compadre y de paso para mí y «la bruja». (Antes de bajarme para la
costa hago un inciso en este clima extranjero de medianías donde todo es
distinto, donde no hay mar y no se le espera, y donde la lluvia es más sólida,
se la puede palpar y sabe calar en la tierra, abrirla, aquí, donde la humedad
es la raíz, el latido de la vida, y donde el sol una sorpresa y muchas veces
desagradable porque es el sol bruto que lo quema todo, arruinando las cosechas.
En una casa sin vestir leo «flores» escrito a mano con mano de arado, entro
pensando en «la bruja», la señora me convence con las rosas amarillas, «recién
cortadas», y con lluvias me hace un ramo que hasta a mí me gusta). Bajo con el
garrafón, el ramo y medio litro de vino y un cacho de sabroso queso curado en
el estómago (así se puede ser feliz). Como al pasar por la tienda de compadre
tiene cerrado, me subo hasta su casa. «La bruja» está sola, exuberante su
belleza joven, «él se fue a comprar cebollas de guayonje, a los macizos», le
entrego el ramo y pongo el garrafón de vino a la sombra, en la cocina, donde me
dice, y mientras pone el ramo en un jarrón de cristal con agua, aireando las flores
con sus bellas manos, me dice «no me gustan las flores cortadas, pero gracias»,
me sirve un vaso de vino y nos sentamos afuera en el banco de piedra, lánguidos
-es caricia el sol-, apoyados en la pared, a saborear el aire dulce y acariciante,
día azul, el mar brilla, «ya estaban cortadas, se morían tristes en aquella
tienda que más bien parecía una funeraria, las plantas y las flores presas,
pensé en ti y te las traje, pero ya sé para la próxima vez que no te gusta
verlas cortadas sino libres en la tierra» (es decir, no habrá próxima vez), me
disculpo, y recibo de sus ojos y sus labios una sonrisa hermosa, desnuda, «el
ramo es precioso, gracias, las cuidaré», miro hacia el mar, creo que me llama
la costa, se lo digo, y hasta soy cínico, le digo «el trabajo me llama» cuando
en realidad me llaman los bajos instintos, toda ella, «dale saludos a compadre»,
«ese vino tendrán que bebérselo», «no hay prisas» le digo pero no quiero irme.

quintín alonso méndez