miércoles, 10 de diciembre de 2014





El edén de Salomé

distribuido en: 

Librería Lemus (La laguna-Tenerife)

Madrid:
Casa del Libro
Abacus

Ebook Amazon

editor@editoriallampedusa.es (Barcelona)



Gracias
                      Quintín Alonso Méndez

martes, 9 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

nueve de diciembre

Hoy es el día en que la isla se desprendió de la tierra,
su cordón umbilical ha sido cortado por tijeras de labios,
un soplo de olvido metido en un gesto oscuro, de espaldas,
y luego un incendio violáceo la incendió, la hizo cenizas de nube.
Desapareció como desaparecen las cosas inútiles, los sueños,
los satélites del sol, y así, entre brumas, se borró un mundo,
un mundo diminuto que no debió nacer, que no nació, isla falsa,
sin mar, sin orillas desde donde partir o en donde embarrancar.
Hoy le cerré la ventana a los paisajes horizontales, pintados de vuelos,
solitarios, paisajes que nunca quisieron anidar, sellada la puerta,           
ninguna mano, ninguna voz podrá encontrarla, abrirla, incendiarla.
Cerrada la ventana del adiós.
Desparramada en el aire la arena de la última playa,
se secan las palabras, mueren antes de ser escritas,
están muertas cuando se posan en el papel, mariposas sin luz,
naves solitarias que no supieron navegar, huérfanas de vida,
ahí se quedan, esparcidas en la misma tierra estéril
que las vieron nacer, sin ningún recuerdo que las sacuda,
sin ninguna tormenta a las que agarrarse y desaparecer.
Hoy le cerré la ventana a la brisa que golpea y muerde,
sellada la puerta con las maderas carcomidas de la noche más oscura.
Ya no admito intrusos que me espanten la soledad

  

                         Quintín Alonso Méndez

sábado, 6 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

La noche

La noche tiene esa parte desconocida a la que no llega el pensamiento
ni la estructura metálica del sueño, ningún presagio del gesto,
pero existe, existe de antes del tiempo, es el origen del agua, sin nada,
sin manos, sin lluvias, sin atardeceres estallando contra las soledades,
existe sin que existiera el reloj de los cuerpos, de los espacios planetarios,
es noche antes del principio, y ahí afuera, más allá del mundo, es noche,
como es noche en lo más adentro, esa molécula que se atrevió a palpar al miedo,  
a reconocerlo, y así lo descubrió y le fue dando la materia oscura, materia,
visiones o sueños desplegándose, quizás acordes de un asirse, un nacimiento,
esa parte desconocida a la que no llega el pensamiento ni tampoco llegan
los saltos dimensionales del sueño, ¿el brusco rompimiento del silencio,
la aparición súbita, inesperada, del sonido, inventó la voz y la voz inventó la palabra
y la palabra, más que el abrazo, inventó la expansión, el distanciamiento,
la noción de la medida, la distancia entre dos instantes eternos a la deriva?
Exactamente, ¿qué compartimos, aparte de los desechos, falsas lágrimas de azúcar
para que sean besadas por labios falsos untados de la miel del miedo más oscuro?
No me comparto conmigo, esa parte intransitable y desconocida de la noche
me separó de los balanceos del mundo, de mí mismo, me aisló de mí, no me hablo,
me quitó la sombra, innecesaria para navegar la oscuridad, la vaciedad del abismo,
pero hay islas aisladas que se atan a otras islas, de ahí han nacido lúcidos y cobardes
los continentes, y ¡ay, desnudo ay!, la pobre vida se fue al rescate de lo irrecuperable,
se mintió, cayó en la trampa de querer inventar el mundo, la locura mágica del amor,
ya muerta
                              

                                                  
                                Quintín Alonso Méndez







miércoles, 3 de diciembre de 2014


                               
     Foto: May Noemí


De «Últimas notas»

          Sin respuestas

¿Qué mano forjó el hierro del ala?
¿Qué leve asomada de locura le barrió la tristeza a los ojos,
que ahora son dos vacíos astros rodando por los aires ciegos?
¿cuál fue el disparo que mató, el último o el antes del primero,
y por qué, para qué muerto, sin brújula, sigue caminando el tiempo?
¿Quién tuvo en un sueño dulce la mano de la mujer que nunca estuvo,
agrio y omnipresente luego el amargor que se quedó para siempre?
¿Qué sendero de hojas secas se hundió en las aguas negras de la memoria,
que rastreando en las despiertas noches ninguna palabra sabe nombrarlo?
¿Es preciso andar todos los infinitos dolores para que así ninguno duela
y ninguno muerda en hueso descarnado, en la carne misma del abandono?
¿Qué hora hace dentro de la hora náufraga, hija del naufragio,
qué noticia de luto lleva en la boca que hasta los pájaros desaparecieron?
¿Qué mano socavó en las entrañas de la tierra, hundiendo la ternura,
que llueve sangre en las madrugadas interminables, frías del alma?
Le   a la gaviota, ¿qué mano forjó la frialdad del hierro,
la suavidad del ala?


     Foto: May Noemí 

                                                 Quintín Alonso Méndez

         

lunes, 1 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

La hora

¿Puede ser ésta la hora del silencio
que se hable sin decir nada,
una astilla insignificante del tiempo
y por ello descartada,
como se descartan los teoremas
sin importancia?
Nadie en casa
y nadie afuera, en las calles
del deshielo de la sangre:
sólo corre agua sucia
manchada en el fango,
por las veredas secas
que un día albergaron la vida verde.
¿Es la hora definitiva de cerrar la puerta,
ponerle el candado de tumba,
depósito para la herrumbre,
hora más tímida que el instante
aquél mínimo del verso que huyó
porque escribirlo era la eternidad?
Serán mentira las palabras del después
y falsas las lágrimas porque lloverá
para levantarle el cadáver al olor de la tierra
y desbaratar en el aire desmembrado
las ramas de las soledades.
No será el frío, será lo que quede
cuando pase el temporal
y los escombros no se sepa lo que eran.
De tanto llevar la fuente al cántaro
se romperá el agua,
dice el beso frustrado.
¿Es ésta la hora, la que martillea
sobre el pulso que ya no tiembla,
ese instante fiero del rayo
que atraviesa el ala del pájaro,
la palidez misma posada
en la blanca sábana?
Cuando la muerte se pregunta
si hubo un mar alguna vez,
un océano, un charco de sal,
una lástima porque la orilla estaba
en la palma de la mano.  
¿Por qué lloran los niños

que no van a nacer?

                         Quintín Alonso Méndez

miércoles, 26 de noviembre de 2014




De «Últimas notas»

Fue la nada desangrándose     

Fue débil el gemido del aire                        
encubierto bajo la inexistente lluvia
del silente silencio de la oscuridad,
resbalando el pájaro del beso.
Pero tembló la rama del árbol.
Tan poderosa la nada pasando
desprotegida de sol
por las venas de las hojas,
la desnuda nada desprometiéndose.
No fue carne, no fue quejido de la carne,
no fue un rompimiento del astro,
no vibró la vida al punto de morirse
pez sin agua en los labios.
No fue el grito que mordió en los silencios,
no se puede habitar lo que no existe.
Fue el todo de todas las vidas
que no existieron.
No fue nada, y ahora,
en el columpio de los astros,
es solo un verso, tan poca cosa
como mi vida, por ejemplo




                                               Quintín Alonso Méndez                                              

lunes, 24 de noviembre de 2014




De «Últimas notas»

Derrumbes

El mundo vive solo.
Es fácil caer.
Siempre hay manos prestas al aletazo
que seduce al sueño a la caída
pero ninguna mano se inclina al levantamiento
del pobre vuelo aspirante a cadáver,
más que la misma mano asesina.
El mundo vive solo.
Era el esperado,
el justo que cayera.
Cuando las palabras llegan,
ya está muerto el futuro.
Para ver luz hay que hacer una hoguera
con las fotos de los recuerdos,
es la única materia que perdura.
El mundo vive solo.
Será el acto del gesto,        
anclado en el retrato el pulso detenido.
Pasará por la vereda la brisa que braceó
en el vano intento de hacerle trenzas
a las crines del aire al viento.
Caerá como lluvia torrencial
ese olvido al que no dejaron crecer y ser árbol.
En la yerba estarán los silencios. El mundo vive solo




                                                       Quintín Alonso Méndez