sábado, 16 de noviembre de 2013



                   Del libro de poemas "El edén de Salomé"

y la ves, a la gata, y la ves
y entiendes por qué existen las lágrimas,
para qué ocasiones son necesarias,
para qué nacieron,
y la ves y la entiendes y te entiende
y le hablas igual que ella te habla
y se queja y no entiende que tú no entiendas
para eso nacieron las lágrimas,
y busca el mimo, la cura, el milagro,
esa vida eterna que sabe quitar el dolor
y acunar las noches de invierno
y te mira y te insiste, te mira
me mira, quiero decir que me mira
y me llama cobarde
por no haber sabido llevarla al edén
a donde las horas son suaves ternuras
estancias de tardes y noches hermosas
de hermosas locuras cálidas
y se queja y no entiende que yo no entienda
y para eso nacieron las lágrimas
y me busca y te busca en la almohada
y se enfada y no entiende y maúlla
y llora y para eso nacieron las lágrimas
y se enreda en las sábanas
y me busca y te busca y no entiende
no quiere entender y llora y me lloro
para eso nacieron las lágrimas
y sin querer me araña te araña
te araño me mira te mira
escarba en la almohada y no entiende
y llora y me lloro y lloras
y entiende que para eso nacieron las lágrimas
se duerme entonces se duerme y sueña
y te sueña y te sueño y son lágrimas
para eso nacieron las lágrimas



                                                          Quintín Alonso Méndez

viernes, 15 de noviembre de 2013



                                        Del libro de poemas "Otoño"

Tu voz queda ha venido a traerme
todos los espacios que nunca tendré.
Hermosa tu voz garabateando paisajes ajenos,
como es niñez que nunca llega a ser tuya.
¿Has visto cómo cae la lluvia de los árboles?,
así tu voz salpica mis silencios desprotegidos
cristales que me recuerdan la sangre líquida
roja es la memoria
rojo es el estallido que me sacude sintiéndote.
¿Has oído el gemido de la noche abriéndose en inviernos?,
así tu voz se desgrana en mis dedos
evocándome tu vuelo de mujer voladora
no dejes de llevar la sonrisa azul en los labios
no dejes de vivir no dejes de vivir
no dejes de vivirte, amor


                                                                 Quintín Alonso Méndez

jueves, 14 de noviembre de 2013



              Del libro de poemas "El edén de Salomé"

Este sábado vuelve a ser sábado, ¿ya no había estado aquí?,
¿por qué insiste en repetirse?,
¿tanto le gusta de columpiarse en los ojos de la tristeza,
de tensarle las cuerdas al viento, con la amenaza del derrumbe?
No le veo la enseñanza ni qué intereses ocultos se trae entre manos,
¿la locura es tener la mente en blanco?, ¡la quiero!,
o en azul o en negro, pero plana, como la losa de una tumba,
o la enseñanza ha de ser que hay que mantear el día, quitarle el polvo,
marcar con una tiza en la pared la fecha, el lugar, dibujar la aurora,
¿la locura es saltar los barrancos y llegar al otro lado?, ¡la quiero!,
o saltar este pequeño charco que se llama miedo, pero dar el salto,
¿ése es su oscuro interés, pinchar en la sangre, desparramarla?,
¿atravesar los planetas, soltar los pájaros y las palomas?, pero entonces
¿por qué burlón me dice, antes de irse con la noche, mañana es sábado,
y durmiendo esta noche, mañana es sábado?



                                                            Quintín Alonso Méndez

miércoles, 13 de noviembre de 2013

     Del libro de cuentos "Palabras desnudas"
    del cuento "La noche azul"


            Entre ella y él la crearon, la forjaron, a golpes de caricias y deseos que necesitaban de un territorio propio. La midieron, a la noche, aquella noche en concreto, la noche, y le dieron la estatura de lo interminable.
            La edificaron, ternura a ternura, con una suavidad que daba temblores, que traía cántaros de miel.
            Caricias y deseos que sabrían aguardar a que esa noche los recibiera en sus brazos descarnados, en su seno agitado.
            La modularon, la fueron construyendo con el sexo de las palabras, de las palabras desnudas. Luego la dejaron ahí, al desamparo, a que se curtiera al sol de las serenadas, en el tiempo que ha de venir, que sólo el tiempo sabe medir los encuentros, las medidas de los encuentros, enlazarlos. Pero olvidadizo el tiempo. La tuvieron entre las manos. Una noche única, invencible, alargada hasta el amanecer. Todas las horas desmenuzadas, eternizado cada instante de cada hora, mimada hasta el mínimo y último detalle de los hilos colgando de los temblores, de la farola encendida en la distancia de más arriba, donde empiezan y se acaban las calles estrechas, solitarias, calles que son como olas, amordazadas en un susurro. Esa noche que debía de contener uno, dos, infinitos síes temblones, rumorosos, para que la pregunta, esa pregunta, se hiciera voz, se materializara, remontara vuelo.
            La acunaban a diario y a diario la regaban con la lluvia dulzona de las promesas. Para que poco a poco la noche se fuera haciendo a la forma de otra promesa, con el sabor y la presencia que tienen las promesas: no dejarán de tener alas, sólo la muerte las derrumbará y se las llevará con ella.
            Esa noche, que habría de tener un lecho de arena, protegida por las rocas negras de la brisca escarbadora del oriente. Un techo celeste, invadido de estrellas __ese parpadeo íntimo que te deja sin palabras__, bañada toda la noche por una luna llena que pasaba por allí, luna que se extendería sobre el vaivén pausado, lleno de escamas, de las aguas, lamiendo los sueños, las heridas que no importan porque importa sólo la belleza de los enamorados, muertos, inventando, descubriendo el lenguaje de los cuerpos, vivos aún los cuerpos. Una manta hecha de tiras de sol, para envolverlos según fuera llegando el temblor del amanecer, para que la luz pálida, gris, gris, anaranjada, roja, fuego, del alba, no les incendiara la piel, no los quemara el frío.
            Será nuestra noche, se prometieron, y se prometieron traerla al mundo, parirla. «Sólo entonces me harás la pregunta», le dice, le dijo ella, «para decirte que sí, para abrazarte fuerte, fuerte, fuerte, y no soltarte nunca, abrazarte hasta el desmayo, y morderte suavito», le dice, le dijo él, «y decirte y suplicarte y gritarte que sí», le está diciendo ella, «entonces una ola se desparramará a nuestros pies, nos cubrirá con su salitre, nos abrirá las puertas que llevan a dónde sólo se llega si tú y yo estamos juntos», se dice, repitiéndose las palabras que se dijeron con la mirada.
            Se está preguntando el por qué de la tormenta de esta noche, ¿de dónde viene, qué se propone?, ¿por qué estos nubarrones que no dejan ver más que la oscuridad más negra?, multitud de pájaros negros, chirriantes, llenos de viento, sepultando la noche, hundiéndola, ensartados por relámpagos de fuego blanco, parpadeos bruscos nacidos para cegar, ensordecer, destruir, amputar, ennegrecer. Él, en medio de las olas espesas, hinchadas de mar gruesa, en una barcaza a la deriva, dentro, adentrándose, de la boca abierta de la tormenta, que engulle, se lo traga todo. Nada más allá de la tormentazas mismas distancias, pero ahora difuminadas, agrietadas por todas partes. La barcaza zarandeada sin piedad, sin moverse, anclada, enredada en las raíces plomizas del océano. Desplomándose el océano negro, espeso, del cielo, en una lluvia intraspasable, que paraliza el tiempo, congelándolo, borrándolo del mundo. No habrá más noches después de ésta, se dice dentro del sueño, ensoñado, viendo la tragedia de la tormenta a través de la ventana, una mar gris de calles despobladas, hambrientas, cubriendo el horizonte. En alguna de estas calles, ella estará mirando a través de la tormenta, se dice, escribe en el aire agitado, ella como buscando, ¿cerrando los ojos para no perderse, para seguir tejiendo la noche, o para desterrarla, y dejarla ahí, a la deriva, en medio de esa noche infinita, sin destinos, que es el océano?, estará ahora al amparo de una chimenea, escribe, dedos que oyen con el viento, acurrucada en unos brazos cálidos, protectores, un ligero temblor que podía ser un roce de un recuerdo, una media sonrisa, un casi te nombro, un vamos a acostarnos, que ya es tarde, abrázame, abrázame, qué fría es la soledad cuando la tormenta te rodea, te aplasta contra ti mismo, se dice, apoyando el rostro en el frío del cristal, frío dulce, que detiene las lágrimas.
            Ella se está preguntando de dónde viene la quietud de esta noche, esta calma inaudita, ¿qué me está diciendo esta calma? Es tanta la quietud, que sólo oye moverse su propia respiración, un aleteo débil de dos palomas bajo la blusa, un moverse sinuoso de la carne, con un algo de calidez que no está, pero que late, como llamando, como viniendo, nunca llegando a posarse del todo, pero rozando la piel, erizándola, abriéndola en pétalos que gotean microscópicas gotas transparentes de sangre, cosquilleo de hormigas ruborizándole el cuello, los riachuelos del cuello, moviéndole lentas las manos, temblorosas, enjambres en las caderas, enjambres crepitando en la chimenea, debilidad que la hace mirar, mirar a través del ventanal de la terraza, no llueve, no hay luna, no se oye al silencio trepando por las paredes del aire quieto, no hay colores en esta noche quieta, quieta, como presintiendo el sonido de la muerte, se dice, escribe en su piel, arrastrando las uñas, o el sonido de un corazón roto, un escalofrío que la lleva a una noche distinta, invisible, aún cerrando los ojos, pero no ausente, ¿dónde está la respiración de la vida?, se dicen sus dedos gateando por el vientre, ¿por dónde andará la sonrisa desnuda que caminaba ligera por mi rostro, trayéndome sueños, palabras, palabras desnudas? Dónde está la voz que se levantaba en remolinos de luz, en sonidos de árboles arrullándose con la brisa, de olas nadando acunadas en los brazos de la orilla, dónde está la voz del mar, la voz de la ternura, ¿por qué tarda tanto el tiempo en echar a andar? Esto es sólo el silencio, se dice, que madura en los árboles de las nostalgias, que siempre ha estado por aquí, lo que pasa es que no me había detenido a oírlo, a mirarlo a los ojos, a rozarlo con mis dedos… latidos y sed del alma, de la piel… ojos tan tristes, tan apagados que no se le ven las pupilas veladas, anegadas de lágrimas. ¿De dónde viene esta quietud?, por qué duele la nada como un futuro, por qué no viene el sueño, el alumbramiento del sueño, tan fácil dormirse, arroparse en los olvidos, cubrirse la desnudez de sábanas hogareñas, cómodas, simples, una desnudez a solas de tiempo en tiempo… los dedos, pálidos, gateando en el vientre… como una pausa, como ahora, un respirar hondo, un quejido, un revoloteo nervioso del enjambre en la chimenea, un ronroneo de gatos dándose la vuelta, estirándose, enroscándose en el calor del aire que respira apacible, un suspiro que se tiende y se evapora en las brasas, el mar lejos, lejos, aquí dentro, lejos la resaca de la marea, lejos el rumor de la playa encallada en el vientre, pero por qué le viene la visión invisible, cayéndose, cayéndose, de una puesta de sol enmudecida, la humedad prendida a los dedos pálidos que gatean por el vientre…
         

                                                                      Quintín Alonso Méndez

lunes, 11 de noviembre de 2013




    Del libro de cuentos "Palabras desnudas"
  del cuento "ayer te sigue esperando"

Pero cuando tuvo su primer tropiezo serio fue al mirarla, así, ella tan delicada, haciendo equilibrios por el pretil de la acera, sus dos brazos eran dos alas planeando. Ella no lo miró.
            Tropezó, se cayó al charco del vacío. Lloró, lloró (ella estaba llorando).
            __¿Por qué lloras?
            __Por él __le dijo__, por él.
            Aún tendrían que pasar vidas antes de que él supiera aceptar que ella siempre lloraría por él, por él. Aún tendrían que pasar vidas antes de mirarse y comprender que él nunca, nunca, sería él.
           Sólo podía estirar las manos, hablarle sin levantar la brisa, y decirle no te preocupes, él volverá, él está contigo.
            __¿Cómo lo sabes? __su mirada incrédula, desconfiada.
            Encogerse de hombros en la tarde fría.
            __Lo sé.
             Volverse de espaldas en la tarde fría. Para que no lo vea llorar. Para no oírla, «gracias, gracias». Perderse en las negruras de las esquinas, a donde no llegan ni las caricias ni los besos ni ayer.
            La vida es mirar y no tocar, y nunca lo aprenderá. Tiene la materia del alma llena de debilidades y se le escapan palabras, quizás resentimientos, intentos de encuentros de vez en cuando (cuando la luna se ausenta embrumada en el techo gris, triste, de la ciudad). La vida es mirar y no darle tiempo al tiempo a que te mire. Él anda por ahí, volverá, y ella lo sabe, ella lo espera, lo espera así, abierta a las brisas de las esquinas.
            En ayer, el tiempo se detenía en las fronteras de las charcas, con los patos, las garcetas, el sol brillando manso en las aguas, inventando océanos; en la ciudad, el tiempo iba creciendo, envejeciéndose, colores pálidos trepando por las paredes.
            Así serán los amores, escribe, palideces paseando por las plazas de la ciudad. Paseando a solas. Así son. Hermoso el resplandor de las horas de la mañana despertándose. Hermoso verla pasar, oírle la risa, cómo se le ahoga en la boca de él, volvió. Los bares están hechos para detener el insomnio, olvidarlo por un rato. No importa, quizás soñar no tenga importancia: no hay espacios en el aire donde los sueños puedan volar. Soñar es algo así como no estar en ninguna parte.  
            __Cuando no sueñas, ¿qué haces?
            __Buscar sueños.
            O inventarlos o adivinarlos o mirarlos, allá, a lo lejos, verlos perderse por donde se divisa como un horizonte de amapolas.
            Paseando a solas, asoman pronto palideces. Reconoce que nunca supo cogerle el tranquillo a los entresijos de la ciudad, cogerle ese gusto que tienen las cosas cotidianas. Pero es que nunca estuvo del todo en ninguna parte, había un cúmulo de corrientes internas que lo sacudían y lo llevaban de un silencio a otro. Se alejaba de cualquier alboroto que le recordara la risa: le dolía la risa tan cercana, tan lejos de sus labios. La sed, natural, formaba ya parte de su ser, como una presencia más, y en el fondo quizás fuera un estímulo, una búsqueda, pero intuía que sólo le quedaban calles como caminos, y puertas oscuras, cerradas, pesadas como montañas, como secretos que nadie descubriría ni indagaría jamás. Quizás nunca tuvo tiempo de ser un niño. Quizás había nacido para destruir la vida, por eso se aplaudía la debilidad de alejarse y se reprochaba su fortaleza mediocre de intentar acercarse.
            Salir de la ciudad o entrar en ella era únicamente cuestión de pisar la calle o no. Así de sencillo. «¿Dónde andabas metido?», pregunta estúpida. Entre las cuatro paredes que le han destinado, qué importaba la ubicación, la escuela, la cárcel, la iglesia, el cuartel, el manicomio, el monasterio, el hospital, sólo son cuatro paredes, una frialdad mortal dentro de ellas: nunca les daba el sol. «¿Y a dónde vas ahora?», para esa pregunta se había apropiado de una respuesta vaga, curiosa, repetida: «tengo que hacer».
            Era verdad, tenía que hacer, meterse en el silencio, cerrar los ojos y buscar, buscar y buscar en algún rincón de los recuerdos un sueño que aún latiera, agarrarse a él, hincharse un poquito más de mundos que no vivió y que no iba a vivir, pero así, con los ojos cerrados, los tenía tan cerca… creía rozarlos, hasta creía olerlos, mundos de pan recién hecho, una ligera brisa que le venía de ayer, trayéndole el rumor del agua rodando por entre las piedras, el croar de las ranas al atardecer, el murmullo de la mar adormeciéndolo… era la única manera para que así quizás le pudiera venir el sueño, y entonces las palomas de las fantasías poblaban las plazas, plantaban árboles, rozaban roces…
            Descubrió tarde que a cada momento, en la ciudad debía de haber un sitio a donde ir para que fueran importantes los recorridos arriba y los recorridos abajo por las calles. En ayer simplemente se estaba.
            En ayer se dejó todo lo que iba a vivir.
            En la ciudad busca entre la basura, con las ratas, un resquicio por donde huir, o donde estar, un pedazo de tiempo que le traiga tiempos detenidos, amanecer con una calidez al lado que te recuerde al sol, a la alegría del sol, bañando la yerba de luz, de lágrimas dulces.
            Pero hace tiempo que ya no busca: sabe que las condenas son horizontes, paralelas al correr del tiempo. Es una orilla sin isla y sabe que debe dejar al curso de la vida en su quehacer diario, no debe y ya no quiere inmiscuirse en los avatares del mundo, porque el mundo tiene sus propias normas, sus amores escogidos de antemano: él entonces no estaba y no iba a estar ahora. Alguna disculpa atolondrada no le traía más que más daños, más quejidos al mundo. Sólo tenía derecho a ser cruel consigo mismo: ya estaba entendiendo que los demás eran felices a su manera, con sus códigos ocultos, y él no sobraba por la sencilla razón de que no estaba.
            __Él volverá, te lo prometo __pero se lo dice apartando los ojos, heridos, doliéndole aquella mirada húmeda, bella: la humedad le trae recuerdos de lo que no existe para él, de lo que ya no existe: ayer.
            Se vuelve a la plaza encantada, la llama así porque es en la ternura quieta de la plaza a estas horas trémulas que atardecen donde le parece encontrarse en un ayer que aún no ha venido, que vendrá para alguien, para que las risas estallen de nuevo en las frutas de los árboles. Aquí las lágrimas no son vistas, escribe, no implican a nadie.
            Entonces la ve. Abrazada a él, se dice. Una risa cantarina que le trae de vuelta los sonidos de la marea, de los pájaros libres en la primavera, de la lluvia empapando la tierra. Y él la besa, la atrae hacia sí, la abraza como sólo se puede abrazar lo que se ama: con miedo de que se rompa. Las lágrimas le traen un dolor que lo acarician.
            Entonces ella lo ve, se le acerca arrastrando consigo a su amor infinito: no recordaba que nadie en la vida se le acercara con la vida brillándole en los ojos, ofreciéndola.
            __Hola, tenías razón __y la voz de ella son heridas que se le van abriendo, gotas líquidas salpicando de palomas el suelo de la plaza__, ¿sabes?, vengo de ayer __y mira con la sonrisa más dulce a su amor infinito.
            __Hola __pero no sabe sonreírle, se levanta y se adentra en el suelo salpicado de luz, de palomas, empezando a irse.
            __¿Sabes? __le llega la melodía de la voz de ella__, ayer te sigue esperando.
            No mira hacia atrás, no quiere comprobar el dolor dulces, viéndolos abrazados, unidos, construyendo nidos.
            «Ayer te sigue esperando», le repite ella, un grito de vida que sacude las palomas, la luz, elevándolas al cielo descubierto, azul, libre, «ayer te sigue esperando».

            A morir del todo, escribe


                              Quintín Alonso Méndez


domingo, 10 de noviembre de 2013


              Del libro de cuentos "Palabras desnudas"

así empieza el cuento "Como si mi vida tuviera importancia"


Como si mi vida tuviera importancia


            La vida se me empezó a ir, escribo, justo cuando me encontré con la vida: cuando abrí los ojos.
            Me la encontré como se encuentran esos objetos bellos, deslumbrantes: detrás de la cristalera, a donde sólo llega la mirada, el roce de la nariz, los labios, en el cristal (melancolía es el nombre que tienen las cerezas cuando la recuerdas así, tan bella, tan prohibida). Ella, la vida, o la vida, ella, qué más da, la fruta es la madre del árbol.
            «Tan lejana» son las dos palabras precisas, justas, medibles, «tan lejana» es un dolor que crece (sólo crecen así los olvidos), y que acrecienta la lejanía. La diosa de la distancia, medida día a día por el tiempo, con los ojos arrebolados, entonces es necesario construir la distancia: para medirte y medirme. Es la gran prueba que nos imponemos: para crear lo imposible (y aquí, entre nosotros, lo imposible no existe).
            La vida se me empezó a ir, escribo, justo cuando me encontré con la vida: cuando abrí los ojos y te miré, cristal transparente, tenías la mirada de la sonrisa, por eso nos reconocimos.
            «Hola», escribo que nos dijimos, sin mirarnos, para ir comprobando poco a poco que la distancia se había evaporado: un susurro de labios nos dijo que cada uno estaba dentro del otro, o casi, ¡ay, sueños que trae la madrugada con este frío que araña y muerde! Salimos, a que la luz nos reconociera, pero fuimos nosotros quienes nos reconocimos en la luz y la luz nos envidió, se abrió. Entonces nos miramos. Éramos y veníamos de esperarnos. Han pasado cincuenta años, dijo el tiempo. Cincuenta años llenos de racimos de lejanías: largas estancias en las que tú te ausentabas (necesitabas tus uvas), pero volvías, siempre volvías. Hasta hoy, hoy, que tanto echo de menos tus manos menudas, la ternura de tu mirada, de tu voz, ¿en qué labios andará hoy posada tu voz, el cuerpo de tu voz?, a ti toda, para decirte «me voy porque lo que me queda de cuerpo se va, pero yo me quedo, contigo, como me quedé siempre, a partir de ahora búscame sólo dentro, en los recuerdos, tantos recuerdos, o afuera, tantos espacios vacíos que no supe ocupar».
           Yo no quiero irme, pero si me vieras, me comprenderías, este cuerpo ya no existe, sólo tiras de piel descosidas, desarrimadas, recuérdame como era, mirándote así, apenas mirándote para no herirte, para que no te envolviera el miedo, el pavor, el «por favor, no me lo pidas». Me verás donde estuvimos, pero sobre todo, donde quisimos estar y no nos dejaron nuestros miedos, pero sobre todo, tus amores, tus bellos y encantadores amores. Cuánto me ha dolido siempre saberte. Y cuánto me has dado, cuánta certeza de la plenitud desde que te supe, deslumbrante, detrás de la cristalera.
            ¿Ves?, ni siquiera ahora este pobre cuerpo mío, deshilachado, me permite escribirte unos pocos renglones, como esas cartas mías que siempre esperabas, estuvieras donde estuvieras, y no querías, no querías reconocerlo, y disimulabas y echabas un vistazo al buzón por si algún pájaro azul despistado te había llevado algunos renglones míos, poca cosa, pedirte por favor que te cuidaras mucho, que vivieras, que la vida te pertenecía a ti, ¿te acuerdas?, supongo que no, «me gusta leer lo que me escribes, me gusta tu letra», ¿me lo dijiste?, sí, me lo dijiste, me habría gustado que me lo hubieras dicho (mi vanidad enana), pero me lo dijiste, ahora ya no importa que me crea algunos recuerdos que quise tener siempre conmigo como recuerdos, como parte de mi materia, perdona, es que últimamente no hago más que mezclar lo que soñé con lo que quise soñar, y me embarullo con estas prisas, me apuro, maldito tiempo agónico, se le está acabando el aire (hace un día hermoso, lloviendo, gris que envuelve las nostalgias, no dejándolas gritar, desbandarse), maldito tiempo agónico que se está yendo para no regresar, ¿desvarío?, claro, no puedo negarte que tengo un poco de miedo, todo el miedo (duele no haber vivido habiendo estado aquí) y ya tú sabes que el miedo te trae a los labios suspiros que se ahogan, esos suspiros que siempre quise que te llegaran a la piel y te temblaran (mi niñez pidiendo un algo de atención, una palabra que adulara un poco). Un mimo. Ser por un segundo uno de tus bellos y encantadores amores (¿ves como desvarío?).
            

                                                                    Quintín Alonso Méndez

sábado, 9 de noviembre de 2013


            Del libro de poemas "El edén de Salomé"

No puede ser decir lo hice mal y quedarme en la quietud,
el verso el poema la literatura sólo han de de ser la punta de la espada,
el comienzo del combate, la llamada a las armas.
La montaña se llama tú, voy a la montaña
no sé la forma ni el modo, pero llegaré, será hoy, será mañana,
o será después de muerto, pero será.
No puede ser dejar que se duerman en un cajón el verso el poema
la literatura, hay que vestirlos y armarlos con la voluntad,
vivir alado o morir en el empeño.
Están los puentes para ir al camino paralelo,
están los brazos extendidos, los labios que besan un nombre
y construyen una casa, una isla, un mundo para el mundo.
No puede ser esperar sentado a ver amanecer por el oriente,
enjaular el verso el poema la literatura, encerrarlos en sus silencios,
hay que despoblarlos de miedos, habitarlos de encuentros.
La montaña se llama tú, voy a la montaña,
llegaré, será hoy o será mañana o será después de muerto,
pero llegaré, vivir alado o morir en el empeño



                                                                Quintín Alonso Méndez