lunes, 13 de junio de 2016


                                    El ultimo sueño de un viejo

¡Cuántas veces callé herido por tus palabras, destrozadas las agallas por la edad y por mi mínima estima, y cuántas más callaré, doliente y herido por tus silencios lejanos, aunque a veces, muchas veces, sienta lástima, más lástima de mí al suplicarte un simple pero comprometedor beso de papel!
Me inventaré que fuimos eternidad de un instante, de un instante inventado, que me llamabas a que te ajustara el sujetador, a que sin decírmelo, me invitabas a que te rozara los hombros, los besara, respirara despacio, agitadamente despacio, envolviéndome en él, en tu olor dulce y embriagador de hembra, de mujer única, para así quedármelo e irme muriendo envuelto en él, me inventaré que me llamabas y te dijera si me gustabas más con el vestido azul de seis botones, adherido al musgo de tu piel, o la falda entreabierta por la que subían las algas de tus muslos, me invitabas a que me sintiera niño, universal, astral, trémulamente poderoso al sentir tus temblores, tu raíz, tu gemido húmedo de bruja. Todo eso me inventé para que me acompañe ahora en el derrumbe. Me inventé el instante, y eso me inventaré, que me inventaré el instante. ¿Y por qué tan alejado, tan inoportuno, tan fuera del tiempo y del espacio, «con la distancia que endurece», sentiré que me sentí siempre en ti, y que ahora mismo, en el derrumbe de la escritura me estremece tu probable beso de lo que no será?
Siempre tendré un momento, después del ritual del insomnio y después del diario ritual de la ducha y el afeitado --no deseo raspar tu suave piel del melocotón--, durante la vigilia del día, y antes de volver a introducirme en el ritual del insomnio, para sentarme frente a la luz del paisaje y pensarte, verte corretear por entre las nubes, caminar por verdes y tupidas veredas de ríos, de barrancos, que te llevarán a santuarios, ascender y descender montañas, explorar plácidos valles trenzando las flores silvestres entre tus dedos. Sentado ahí, donde tú sabes, esperando la hora de empezar a caminar el camino, ¡ah, camino inmóvil, que me llevará a la negrura definitiva! Cada día moriré y no me importará, porque cada día tendré ese pequeño espacio en el tiempo, pequeñez de tiempo en el espacio, para pensarte, instante infinito lleno de infinitos instantes a lo largo del día. Por el clima sabré de ti. Me apropiaré de cualquier dolor, por mínimo que sea, que pretenda acercarse a ti. No dejaré que ni siquiera te roce el roce de una pesadumbre.     
No dejaré huellas en el mar de nubes, en ningún mar. ¿Por qué la mentira es tan absoluta en la esfera de su mentira, y por qué no la verdad, tan resbaladizamente relativa, es tan mentira la mentira, que es verdad absoluta? ¿Tanto nos tememos, tanto tememos amarnos? ¿Tanto nos mentimos a nosotros mismos? Perdón, ¿tanto me miento, me mentiré? ¿Por qué ese miedo a la verdad absoluta, por qué rehuirla y no aceptarla, así como a la absoluta mentira, por qué esa cobarde tolerancia ante la verdad, esos requiebros ante el espejo, si la verdad es a medias, compasivamente a medias? ¿Somos capaces de la mentira absoluta, pero no de la absoluta verdad? Dentro y fuera de la escritura, tuve, tengo y tendré una gran verdad, amar y amarte sin ser amado. Es más, jamás creí ni creeré en ser amado. Nunca. Y ahora, en este presente que ya es territorio del derrumbe, eso me dice la escritura, la taciturna escritura en el desierto, insoportable en la escritura, arisco, agresivo conmigo mismo, con las palabras, con los vacíos de las palabras, con sus oscurantismos, borrándoseme los hilos que desean deslizarse y desparramarse por los renglones, palabras que se me escapan y muchas que se me van para no regresar, la sensación es limpia, pura, limpiamente vacía, soy lo que no dejaré de ser, derrumbe. Seré la pura y pulcra exacta expresión del derrumbe. Callado y despellejado y echado a un lado derrumbe. Rodeado de espacios vacíos y mundos intolerantes, de mundos vacíos y espacios intolerantes. Me alejaré de todo tipo de pensamiento. Pensar es justificarse. No pensaré. Dejaré que viaje por mi mente lo que quiera viajar, sin importunar ese viaje. Cada vez serán más silencios espaciados en la cada vez más sonámbula, desbrozada escritura. El mundo, cada vez más lleno de prisiones contra la libertad, cada vez más prisiones particulares, íntimas, mutiladoras, encubridoras, pero al tiempo agresivas, exterminadoras, celosas de las libertades ajenas, fracasada especie humana. Perdón, fracasado yo. Y los que aman o tienen nostalgias de cuando existía el amor, penélopes tejiendo y destejiendo, se van a la plaza, se sientan bajo un árbol, en un banco de piedra, que el mundo se acaba y se acaban las palomas. Ahí se quedarán las plazas de mis entornos y mis adentros, sin árboles, sin palomas, rotos los bancos, carcomidos por la sed del tiempo y el efecto del ventoso tiempo, vacíos testimonios de lo que no hubo, queriéndote infinito.

Quintín Alonso Méndez




miércoles, 8 de junio de 2016


                                   El último sueño de un viejo

Releeré lo que no se podrá leer, las páginas que morirán olvidadas dentro de las llamas que devorarán lo que ya no tiene sentido ni marcha atrás, o el destino del desatino, de lo inentendible, la incomprensión de lo desatinado, el destino de lo incomprensible, la incredulidad que produce un estallido mortal, el quejido de la vida al morir, el destino de lo que murió sin haber vivido, páginas que nunca mostraron interés alguno por el barullo, ni siquiera por la calma del barullo, miradas cómplices que hacen suspirar a las aves del paraíso, miradas no a mis ojos, que no querrán recordar ni podrán, porque errantes y perdidos en la niebla mis ojos, nunca un dolor que vaya más allá del dolor de la nada, nunca un dolor que pretenda abrir las ventanas cerradas del cuerpo. Solo el dolor impuramente puro del dolor, del dolor único, invencible dolor que sabrá llevarme a la más nada, a la gran desmemoria, aunque pronuncie tu nombre como la última palabra, como la definitiva, la del origen, la de la magia del instante que no existió, que fue débil burbuja que estalló débil ante el golpe leve de la brisa que prometía acariciar. Creceré con las amapolas, bajo tierra. Todo beso que vislumbre me atraerá, me empujará al mundo de los no besos, me levantaré lentamente porque el tiempo pesa, y me alejaré sin mirar atrás, aunque se me quedará impregnada la esencia del beso, de todos los besos que no fueron, resumidos en esa instantánea pero inflexible mirada de la mujer, tu mirada, como diciéndome «a ver si aprendes». Me alejaré con las lágrimas de un salitre prohibido de un mar lejano que no me pertenece, ahí dejaré caer las lágrimas, sin mirarlas, dejándolas que se hundan en la tierra más yerma, en la estéril tierra por la que caminaré. Como flores secas.  
Perpleja y asustadiza la mirada infantil que se apaga, indiferente la del mundo, envolvente y al mismo tiempo distraída, en otro mundo el mundo, impasible, miradas las del mundo fuera del instante, miradas infantiles dentro del instante, pero ya percibiendo la niñez muerta, hablaré de lo que desconozco, de mí, ya percibiendo que muy afuera, tan afuera de mí, nunca me encontraré, hecho a la idea desde los primeros pasos de que nadie tendrá motivos para encontrarme, percibiendo la rotundidad de la nada, dentro y afuera, entrando y saliendo, como ecos huecos, invisibles rayos de un abanico sin colores, quizás con pasados, ya no lo recordaré, pero sin presentes nunca y siempre, sin futuros.
En el derrumbe, la noche es un bosque sin árboles, y en esa noche interminable las hadas me dirán que habita un verso en cada poro de tu piel. Se desvanecerá la memoria y seguiré escribiendo, escritura desbaratada, autómata, hasta que la mano se hunda en la desmemoria y quede paralizada. Un día, en tu mar, sentada en una roca, entre gaviotas y desnudos y sensuales olores, un viejo pescador te contará la historia de un niño viejo que se sentaba a su lado a verlo pescar, y que no quería que se muriesen los peces, «devuélvelos al mar», te dirá el viejo pescador que le decía el niño viejo, «¿y usted qué hacía?», le preguntarás al viejo, «liberarlos del anzuelo, y ponerlos en las manos del niño. El niño los depositaba sobre las aguas y los peces desaparecían mientras decía sonriente «ahora vuelan libres en las aguas». Solo sonreía en ese momento, eso lo recuerdo bien». Verás al viejo de pie afianzar las piernas encorvadas sobre la roca y tirar hacia atrás de la caña con tirones firmes y precisos, verás zangoloteando un hermoso pez colgado del anzuelo, brillando en la luz azul de la tarde, verás con qué cuidado el viejo pescador lo libera y lo deja de nuevo sobre las aguas, lo verás hundirse en las profundidades, volando libre, mar adentro, «¿y qué fue del niño?», le preguntarás al viejo pescador, «murió», te dirá, mirando hacia un punto fijo del mar, donde se hunde el sedal.
Quintín Alonso Méndez



sábado, 4 de junio de 2016


            El último sueño de un viejo

¿Serán recuerdos o será ese deseo inalcanzable que siempre me habitó deshabitándome, despojado y despojándome de todo lo terreno? No sabré distinguirlos, jamás supe disociar los caminos de la mente de las nieblas de la realidad, porque solitarios siempre mis viajes sedentarios por la mente y solitarios y sedentarios siempre los nublados caminos de la realidad, acabaré así, confuso, sin saber nada, fosforescente dentro de la niebla, como huesos en el frío de la noche, brillando entre los delgados y oscuros y altivos cipreses, de sin dudas porque el diagnóstico será una sentencia definitiva, impagable, nunca mejor dicho, impagable porque irreversible, certera como la punta de la flecha envenenada, serpiente viva la noche, engullidora, la extensión de la noche que se extiende por los discursos y el discurrir de los ríos secos de los días, oscureciéndolos, apagándolos, resecándolos, abriendo una grieta en la sequedad a cada culminación circular del día. Velaré la noche, así, renglón a renglón, renglones escritos y recorridos a oscuras con la tinta oscura de la absoluta nada, invisibles y oscuros dentro de la negritud más oscura, todo reducido al místico instante de lo más incrédulo, de lo más surreal, de lo más irremediable. Al mismo tiempo, vigilaré para que la vida no se acerque demasiado, no sea devorada y engullida por el agujero negro del derrumbe, sagrada la vida, intocable su piel. Herméticas las no palabras, las que se quedan dentro, mordiéndose la lengua, tendrán sus horarios fijos las cervezas y los cigarros, nunca nocturnos, ya ebria, sonámbula la nocturnidad, horarios de luz melancólica que irá empalideciéndose con el navegar de las distancias que se alejan inexorables. Todo rompe todo se rompe y todo se romperá en el derrumbe, rompiéndome, tu voz y la ausencia de tu voz, tus silencios y las ausencias de tus silencios, tus bocas y las ausencias de tus bocas, mismo instante, misma ausencia, plurales las ausencias en la gota íntima de la única ausencia, eterna la ausencia, eterno el infierno, el infierno terrenal y el que será más allá de lo terrenal, la condena eterna, el justo infierno por la no búsqueda de la presencia, por la no presencia de la búsqueda, la culpabilidad del no secuestro, de la no muerte entre los brazos, no la religiosa imbécil domadora culpabilidad religiosa, sí la culpabilidad de los infinitos errores cometidos, no errores, hablo y escribo de los no actos, cobardes los no actos y más cobardes los actos sabedores del exterminio y la extinción, hablo de lo que hablaré en la escritura, del arrasamiento de cualquier atisbo de cercanías, de lo imbuscado y de lo buscado pero sin querer encontrarlo de tanto que se ansía, de tan prodigioso que se vislumbra, el susto siempre en cualquier parte, al acecho, acezando, ya el vacío sin el susto porque siendo el susto mismo, sin el temor al susto, consumado el vacío, integrado al susto, pero instantes incrédulos sin la visita del susto, astuto el susto, invasor cuando ya parezca que el susto sea olvido, lejanía, pesadilla desterrada, majestuosa culpabilidad del derrumbe, de ir a por el derrumbe por el camino de la mayúscula soledad, escritura baldía, sin interés alguno para el bullicio de afuera, de la vida sonrosada expuesta al sol cálido de cuando los pájaros y las flores y las sonrisas son cómplices del instinto que invita a desflorar los sentidos.

Quintín Alonso Méndez

jueves, 2 de junio de 2016

   
                                                     La piel del verso


Carnosa la escrita palabra del verso
que leve muerde
entrepenumbras
en la caverna de los recuerdos
por ejemplo
el primer beso el último beso
reloj detenido de la madrugada
un tallo tierno de yerba cada letra
del sabor del hinojo
pero fruta amarga
sueño que viaja errante
por los solitarios silencios
por la desnuda
y resbaladiza
piel de los sueños

Quintín Alonso Méndez




domingo, 29 de mayo de 2016


                                  El último sueño de un viejo


__Déjalo como un sueño –y ya será la vacía botella del ausente y evaporado vino, la languidez de las miradas, yéndose la de ella por la vereda de la vida que la aguarda, yéndose la mía, perdida, por la niebla que fantasmea por entre los árboles que desaparecieron. Y luego de ese silencio que se sabe, preparatoria de la despedida, silencio que habla y no dice lo que se está a punto de decir, me sorprenderá con una pregunta
__¿qué sabes de mí? –prolongación del silencio, desnudas las palabras del silencio.
__Nada. Solo que eres literatura.
 __Inténtalo –me dirá, al despedirnos. Y como si el momento fuera el mismo momento, la veré perderse libre en el bosque de la gente.
Le diré gracias cuando ya no pueda oírme, ni yo verla.
De regreso a casa, me entretendré con el barrendero del barrio –de los pocos saludos con los que me tropezaré y en los que me detendré a lo largo, corta largura, del derrumbamiento del derrumbe. Como costumbre tácita, primero hablaremos del tiempo, luego liaré un cigarro mientras él, con escasas palabras, tímidas pero espontáneas, como cortadas por el rumor apagado de la lluvia o por los zumbidos afilados del viento, me regalará algunos versos, toscas y prístinas grietas dispuestas a ser leídas, me hablará orgulloso de su hijo de cinco años, de cómo le asombra cada vez más que quien hace las preguntas es él y el niño, como si nada, se las responde, respuestas sabias, tranquilas, orgulloso de enseñarle a su padre los escondrijos de los miedos, los secretos del mundo, los misterios de la vida, tan cerca aún del inmenso y silencioso océano de la madre. Nos despediremos con un gesto indescifrable de la mano. Al llegar a casa, y verme dentro del vacío silencioso de casa, seco páramo, sin memoria, comprenderé que nada ha sido real, ni siquiera cierto.   
Velaré la noche. Con mis pocas cosas al lado, el tabaco, la botella de agua, la vieja libreta de campo, el lápiz lila, con mi presencia ausente la acompañaré, al tiempo que no dejaré de dibujarte, pensarte, compañía nocturna, irreal, ¡ah, noche incierta bajo su bóveda titilante que amenazará con derrumbarse, sin sueño y sin sueños! Trazaré gestos en el negro espacio y todo seguirá inamovible, giro perfecto abocado al abismo, a su propio abismo interno, fuera de todo. El pulso del tiempo lo marcará, otra noche más, dentro de la misma noche, la inmensidad de la quietud, solo moviéndose lo invisible, lo inamovible, lo irrecuperable, y tirando de la cuerda umbilical de la noche, irán saliendo infinitas noches desde dentro de la única noche que no tiene prisas por esperarme, porque será moviéndose la quietud de la noche hacia el término de todos los principios que nunca tuvieron orígenes ni estancias, si acaso un falso intento de origen originado por el miedo a no tener orígenes ni estancias, a que la soledad inmensa mate más que la propia muerte, alargándose la noche, estirándose hacia dentro, porque en cualquier momento el tiempo será reducido a la nada, tragado por la nada, ahí, en el término, hundiéndome en una tristeza de la que no saldré, de la que quizás, mismo hilo, mismo instante, no querré, no podré salir, porque vendrán más muertes, más vacíos, más arrancamientos de la carne, será así, viéndote en mi bola de cristal, neciamente oscura y opaca la luz que imane desde la esfera del cristal, imanando la oscuridad. No sabré plasmar la ternura, mi forma silenciosa de dibujar la gratitud, escritura cada vez más empobrecida, sin musas, únicamente cadáveres, montañas de cadáveres por todas partes mientras la distante y blanca espalda desnuda de la vida se ofrece a las caricias, a vivir cada día como un último día, que la vida es corta y hay que vivirla, y ahí en la noche, ya esta noche, que es y será eterna noche, buscaré en la ennegrecida bola de cristal con quién verás el rayo verde y qué deseo pedirás, cogida de la mano, sonriente, amorosamente sonriente, me llegarán desbordes, estallidos de algas en la boca, murmullos de olas y un olor y un sabor que desconozco pero que reconoceré, hebras del salitre más íntimo y más húmedo, ristras de musgo enredándose en la desnuda brisa nocturna, musitará la noche, agitándose en racimos de oscuridad, vibrando la quietud, la espantosa quietud de la infinita distancia del no regreso.
Quintín Alonso Méndez


martes, 24 de mayo de 2016

                                           
                                     El último sueño de un viejo

__¿Y no te arrepientes de no haber aceptado ser el negro de tan ilustre personaje? –ella dando por sentado que ya sé de quién se trata, sin saber que ni siquiera me he preocupado de asomarme a las “magníficas e interesantes páginas de cultura” de la prensa.
__No –le diré, como si le estuviera diciendo no a su pregunta de «¿has publicado algo?».
__Al menos habrías ganado algo de dinero, aunque hubiese sido poco, y el libro hubiese sido más interesante, eso seguro.
__¿Por qué piensas eso?
__Aunque nunca lo sepas, eres un gran escritor.
__Ya no escribo –le diré, igual que le hubiese dicho «ya no suelo venir por la ciudad».
__¿No?
__No.
__No te creo.
Vendrá a protegerme mi consabido encogimiento de hombros.
__Algunas frases sin sentido de tiempo en tiempo, en esta vieja libreta de campo –se la señalaré, mustia, descolorida, siempre a mi lado. Su carcajada estallará desnuda, trayéndome recuerdos de fresas y almendras en la boca. Me estremeceré.
__La recuerdo. ¿Y frases sin sentido, dices? ¿Por ejemplo? –sentiré el tiempo detenido, sentiré que a veces los sueños, como los cíclicos pájaros de la primavera, vuelven para hurgar en las heridas. Abriré la libreta en el sueño, por donde se le ocurran a mis manos secas.
__Una vez existió en este lugar un árbol y un banco de piedra –le leeré, extinguiéndose la botella de vino blanco, seco, frío.
__¿Y qué te dice esa frase?
__No sé. Quizás los primeros besos, quizás los últimos.
Su mirada se volverá dulce, «el vino», me diré. Perderé la mirada en el bosque oscuro de la libreta, oiré al silencio desgarrarse entre las hojas, la misma luz agradable en el patio, el mismo tiempo, la misma hondura triste de un recuerdo difuso pero que incansable, tenaz, no deja de palpitar, la niebla envuelve el bosque.
__¿Te atreverías a escribir algo, algo corto? Estamos con una antología de cuentos, y no te prometo nada, pero podrías estar en ella.
Le agradeceré, con uno de mis acostumbrados silencios, su forma de animarme, de darme la mano, sin comentarle que lo de los cuentos me viene bien, «cuentista que eres», sonará en mi cerebro como estallidos del badajo en el bronce, y me vendrá entonces el recuerdo futuro, muy cercano, de cuando con la sangre aún caliente oiga las doce campanadas anunciando mi muerte. Incrédulo me palparé, incrédulo no me sentiré, pero sí sintiendo la pureza de la soledad, la soledad más pura, de la astilla del palo.
__¿Algo así como el último sueño de un viejo? –y será en ese instante, justo en ese instante, ¡ah, instante terrenal sin materia!, cuando recordaré cuánto te exasperaba, te crispaba, te ahogaba, te asfixiaba, te desesperaba, te desquiciaba, te agobiaba, te rendía, «me hiciste mucho daño, ahora con tu dolor ya sabes el dolor que me hiciste sentir», ¡ah, destino de la flecha que rebota en el eco y me atraviesa!, porque nos gobiernan más las malas posiciones de los astros que las buenas, si es que alguna vez hubo una buena posición y disposición de los astros, y ahí, justo en ese instante seré el regreso de la conciencia, consciente de esta larga travesía que será más allá incluso de la muerte, o es que la muerte ya se instaló desde el origen, desde el inicio consciente de la larga travesía.
Quintín Alonso Méndez

jueves, 19 de mayo de 2016


                                          El último sueño de un viejo

Sentiré que ya irá siendo hora de hacerme un hombre, aunque sea para recibir a la muerte.
Recordaré, sin saber a cuento de qué, que el tiempo va poniendo a cada uno en su sitio. Ya no me preguntaré cómo será tu mar, lo sabré abundante de especias, de navegaciones y frutas. No pensaré más que en la forma de no invadir territorios, de caerme solo y si no pudiese levantarme, arrastrarme solo. Que los gritos del dolor solo los oigan mi soledad y mis días y noches, callados, austeros como la nada más allá de la nada.    
Entenderé que las mentiras aparentemente sin sentido eran la armazón, una disciplina, para las venideras muertes sin sentido. Me sabré sin futuro y me sentiré asombrosamente bien, porque me iré sabiendo cada vez más en la esencia de la nada, más alejado de la molestia de molestar, de violentar territorios sensibles, habitados.   
En una de las siguientes mañanas venidas de la oscuridad del insomnio, y viendo hojas sueltas entre libros olvidados, con renglones ilegibles de viejos y con mi propia letra que ya no reconozco,  me acordaré de la relaciones públicas de la editorial porque el impulso de la escritura ilusamente siempre regresa, aunque cada vez sean más espaciados sus espacios y sus tiempos, y en uno de esos momentos absurdos de los que tanto me abundan en cada día, querré verla. Con muchos esfuerzos, casi a regañadientes, me prepararé para acercarme a la lejana y distante ciudad. La caminaré más despacio que de costumbre, despacio y con tiento porque el tiempo pesa, poco a poco reconoceré las calles sin dejar de tener la sensación de estar flotando fuera de mí, ausente de mí y ausente de todo, y como un sueño que no me lleva al sueño, reconoceré sobre todo aquella calle que aún conserva vestigios y pasajes centenarios, aquél paseo, el palmeral, el banco, donde me sentaré, pondré la mano en su piedra húmeda que sentiré latir, creo que hablaré solo y me preguntaré si hubo besos en ese banco, si hubo un anuncio, una derrota, hilaré recuerdos borrosos con deseos de recuerdos, me haré la escasa ilusión de un hijo porque me diré que hubo ternura, sensaciones tiernas que nunca había tenido, de que miré tu vientre, donde posé la mano, ¿hubo un temblor, un hilo tembloroso entre tu vientre y mi mano, un latido leve, ausente, pero latido, un latido de un futuro que no llegaría nunca a existir pero que se quedó grabado en el banco, bajo las palmeras, en la escritura? Después de una o dos horas, la relaciones públicas, que cree recordarme, aceptará recibirme y me recibirá su hermosa sonrisa que ya no recordaba, esa sonrisa que siempre pensé que me dedicaba compasiva y ante la que yo me preguntaba «¿tan mal me ve, que ya alcanza a verme como me veo yo?», agradecí infinito la suavidad de su mano en la mía, como un regalo, y será mi mano quien reciba la dulzura hermosa de su sonrisa, «tu no libro no vale mucho, pero está por todas partes», y me ofrecerá su risa libre, radiante, alegre, le diré que llevo siglos sin entrar en una librería, ni siquiera de ver sus cristaleras, preñadas de portadas de todos los colores, «¿y eso por qué?», ¿por qué se me encogen los hombros y se me dobla la espalda a cada golpe de la vida?, «ando perdido por ahí, por lo que no tengo», pero le diré, sin oírla, «¿podría invitarte adonde aquella vez?, aunque tendrías que guiarme, yo solo no sabría llegar», no me dolerá su carcajada, los pájaros libres que revolotearán en sus labios, «¿y recuerdas dónde me esperaste?», «eso, sí», le diré, «pues entonces, si estás dispuesto a esperarme hasta las tres de la tarde…», «claro», sin decirle que no me importará esperar, que aún me quedan ascuas de los tiempos de espera, «vale entonces». Pero no me será fácil llegar a la terraza donde la esperé hace ya tiempo, equivocaré el sentido de la calle, de los pensamientos, que inconscientes querrán irse pendiente abajo, desde la puerta del manicomio, bajo los flamboyanes y los plátanos. Me sentaré a la misma mesa, como si estuviese esperándome, en la terraza de la cafetería, y como un niño me pondré a ver pasar a la gente, a escuchar voces vivas por todas partes, envolviéndome en lo que siempre será nostalgia y amargor, confundiré siluetas, cabelleras, formas de caminar, gestos, sonidos de voces, y para que el rito sea circular, pondré sobre la mesa la vieja libreta de campo y el lápiz lila. ¿Te nombraré para mis adentros? Sí. Volverá a ser de tres cervezas la espera, pero espera más lenta, cervezas más espaciadas, sabores más desangelados, sabré que no estoy porque todo el mundo pasará indiferente, sin verme, solo el camarero se acercará cuando me vea la botella vacía, y le asentiré, aceptando que la renueve, al menos la cerveza, por otra llena, que su cristal me transmita su frío solitario, de ausencia. El «hola» hará que me estremezca, pero enseguida me vuelve el vacío, el dolor intenso del vacío, aunque sea brisa la mirada de la relaciones públicas, «¿vamos?, prefiero tomarme un aperitivo en el restaurante». Sentados en el patio, liando un cigarro, me parecerá que el tiempo no ha pasado, pero enseguida entenderé que será un simple ramalazo de vejez, que el patio no es más que un espejo iluminado mostrándome un paisaje antiguo. Ella me traerá al presente.
Quintín Alonso Méndez