jueves, 14 de enero de 2016



                                   El último sueño de un viejo

  __No me dejarás dormir…
Entonces soy más silencio, más quietud, más distancia aunque me quede aquí, donde la nada sabe apresar y meterse en el alma y porque la nada no puede dejar de morder, es su motivo. ¡Que muerda, que muerda la presencia que no está, que muerda la tristeza mientras la otra tristeza, la mía, la otra, la otra mía, la que se empeña en anularme, roza y abre la carnal boca que se me ofrece y me repele, como vaivén de tiempos que se fueron y no dejan de irse y se balancean en las ramas de los árboles que apenas son visibles en la lejanía, mecidos por los vientos de las llanuras polvorientas, de tiempos que se alejan, siempre yéndose, alejándose a cada instante de golpe de campana sorda, de esos tiempos que sólo están aquí, donde la escritura ya está muerta! Muerta aunque te empeñes en llevarla a los labios, besos de labios secos, agrietados por las sed, es rosa muerta, seca, piel que ya no siente aunque tiemble con el paso de la brisa, con las ventanas abiertas. Aquí siempre cerradas las ventanas del cuerpo. Hermética, como el viejo árbol, seco, la escritura que nunca fue presente, que siempre anduvo a trompicones, derrumbándose.
__Pero no te alejes… quédate aquí…
Tus puntos suspensivos, que tienen veredas de más de veinte años, surcos con estrías que regresan al huerto, a la casa con las llaves escondidas donde solo lo saben los amores verdaderos, los secretos y los que nunca se irán del todo. Esos más de veinte años saben lavar las heridas, acompañarlas, compartirlas, lavar la culpa y llevarse la pena, poco a poco, con la paciencia y la labor de la lluvia en la roca. ¿Qué he compartido yo, dónde estaba cuando tú estabas, por dónde andaba la calamidad de mi solitaria soledad, que no corrió a por ti, cuando tú me brindabas tu ser absoluto, por qué renuncié a la belleza egoísta de la vida, en qué esquina me dejó anclado el peso de la derrota? ¿Por qué los pájaros se hacen olvido después del jolgorio del atardecer? No creo en nada. Tus puntos suspensivos que me dicen que me demore en el instante, que lo haga pausa, desayuno de mermeladas, tus puntos suspensivos que arden apacibles cayendo el sol, como chimenea de hogar, y esa tristeza, esa tristeza tan dulce, la mía y la tuya, que ocultas detrás de la mirada nostálgica que cada día fabrica un océano por el que navegan tus silencios, esa tristeza que me ayudará a morirme calladamente. No creo en nada. Ya no sé, de mi vida, qué es lo que ha sido real y qué no. Ya no sé distinguir, o nunca quise intentarlo. Todo crece como una sinfonía que va saliendo de las aguas, no puedo decir del mar porque aquí no hay mar. Siempre ha sido más real la ausencia que la presencia. Me invento renglones con recorridos de ternuras pasando por el camino. Me invento la compañía de la escritura.
__¿Te gustan mis tetas?
No me importan los derrumbes, nunca me importaron, es más, creo que no he dejado de esperarlos. Sin puntos suspensivos, firmes y excitadores los pezones de tus tetas, del color sonrosado de la rosa más carnosa. Tiernamente agresivos. Me hieren, me duelen, ¡tan lejos tus pezones que muerdo y acaricio, tan lejos de mi sed escondida, tan metidos en mi boca, tan míos, tan ajenos! Me instalo en la lujuria porque eres lo que nunca será. ¡Mi hembra! La finalidad que vi al nacer, ¡la finalidad que vi viéndome morir!
__No te gustan.
Muerdo el latido de tu sexo y no te digo que amo todo lo que te pertenece, cada sombra y cada luz, cada palmo de tierra o de arena o de agua, cada isla de tu territorio.
__Amo tus tetas –le digo al latido desguazándose, a la leche materna que aguarda a heredar el mundo. Amo cada hebra de tu continente y contenido, cada fibra de tus sentidos. No diré nada en la escritura. No escribiré sobre lo que significa un amor infinito. Escribo el instante, la mortandad inmortal del instante. Ese asombro inexistente. Te detienes en los objetos, en silencio, los recorres con tu mirada de niña y de bruja. No dices nada. Aun así, eres ese silencio que me habita. Habitas la escritura. La agitas, la llevas por tus afluentes, la haces líquida lujuria, lascivia de la sed, todas la lágrimas de una vida desperdiciada. No quieres creer en mí. No quieres rendirte, pero tu rendición viene de atrás o de antes del tiempo, viene justo de cuando el tiempo se partió en dos. Yo oí el chasquido, el quejido de una vida mutilada, se me abrió una úlcera en lo más recóndito de las entrañas. No sé nada del mundo, de la vida, pero sé de lo que hablo, hablo de los raíles que cruzan otros raíles. Y las voces lejanas que desconozco y no quiero conocer, hablan, mansamente te hablan, te envuelven, te guían. Te alejan lejos del punto insignificante, enfermizo, que siempre tiene fiebre. Y así en la escritura discurre el río sereno de las palabras calladas, ocultas, como si la historia no tuviera cuerpo, piel, sexo. Tampoco tiene destino, no se propone llegar a ninguna parte. Es sabia y es discreta mi muerte, despaciosa, y es cínica, irónica, no quiere hacerme daño. Amar es renunciar al amor para que el amor sea libre y ame. Es de justicia y es el fin primero y el fin último que lo amado viva. Aquí dentro no existe el manicomio, no existe la casa, no hay más que la mala escritura de la historia, el tabaco, esta tos más anciana que yo, tú y yo en manos del despliegue de sombras que dora el sol, de pedazos raídos que cuando llega la penumbra daña los ojos, de la historia que se va sumergiendo, haciéndose olvido, en el papel, suaves caricias que no dejan de ser inmensas pero tristes caricias. Tu sonrisa tu mirada húmeda tus dedos que acarician, invitan a mi boca a tus pezones, en ellos mis labios mi lengua mis dientes liban de tu ternura y de tu temblor más delicados, liban del futuro que no estará, mis manos abriéndote, tus manos guiándome, mi sexo hundiéndose en tu gemido que se arquea, se dobla, en el arco perfecto del éxtasis, ¡ah, fruta prohibida hasta para mis sueños! Incrédulo pero decidido, mi cuerpo se desvanece en el tuyo. Desde el núcleo de la corteza es cierta la dureza del adiós diciendo hola, muerde como tormenta, asola como soledad, silencio que silente desplaza el rumor, la batalla del susurro, enhiesta la tristeza, por una vez alzada como testimonio del olvido, alzada hasta la última gota, instante que se desborda en los perfiles de las hojas del laurel, imágenes que la luz del día envuelve en niebla que aturde sorprende excita estremece, como si quisiera guardarlas para la eternidad, el loco saltó las vallas y ahí está contigo, y te pregunto de qué color son las bragas que rozo con mis dedos bajo la tela negra del deseo, niebla metida en el sol, seda de algodón que nubla los ojos, esparce el murmullo de los pájaros posados en las ramas, deshoja tus carnes, gime el resplandor contigo, te brilla en el perfil de los labios, calla la muerte temprana que tocas, ausente de ti, «son verdes», me susurra tu boca dentro de mi boca. El loco abre los brazos, los agita, vocifera, aventura el derrumbe, y mi tristeza busca tus labios, torpemente me caigo en lo que está y ya no está, ¡cómo corren las palomas por el aire de las azoteas, cómo saben que las hormigas son la primera muralla que encierran el sufrimiento! Te hablo de las pardelas mientras te acaricio los muslos. «Las pardelas tejen la seda de la noche», te digo.
Quintín Alonso Méndez


domingo, 10 de enero de 2016


                  El último sueño de un viejo

Al nacer, se empieza siendo viejo, y luego, cuando el cuerpo empieza a no responder, se empieza a ser joven. Envejecer no es más que aceptar la derrota. Así he sido. Días perfectos, como si el tiempo y el espacio, de nuevo de acuerdo en el mismo latido, en el mismo pulso de los horarios y las mareas, estuvieran despidiéndose de mí. Con el paso de los días, lo que queda, las migajas de lo que queda, se va concentrando alrededor del núcleo, para así, condensado y concentrado, todo desintegrarse en el fin, engullido por la materia oscura de la no materia. Será entonces el júbilo de la nada, el silencio del grito. Contigo el tiempo tiene dos tiempos, el tiempo sin tiempo en que nuestros cuerpos se aman, se entregan, se trenzan y destrenzan, y ese otro tiempo que no quiere quedarse a nuestro lado, que vuela cruel con sus enormes alas desplegadas alejándose. Ese saber que te estás yendo, continuo goteo dentro del instante, esa tristeza callada dentro del sueño. Este mirarte y mirarte mientras me digo que mañana no estarás, que entonces el mundo se vestirá del color más oscuro de los silencios. Me gusta desvestirte lentamente, que sea el roce, sonido de lluvia de las respiraciones, ver cómo tus ojos se van llenando de agua, se entreabren húmedos tus labios, se llenan de temblores y quejidos quedos tu nuca tu cuello tus pechos, se estremecen tus caderas, infinitas hormigas que bajan por tu espalda, resbalan por tus nalgas tu vientre, ruedan por tus muslos, jadea la lluvia, suavemente los mueven, abriéndolos, toda la ternura todo el temblor toda la sed del futuro deslizándose por tu pubis, hundiéndose en la hondura de tu sexo, como la lluvia en el rostro de la tierra. Me gusta vestirte despacio, acariciándote. No quiero dormir, miro tus rostros llenos de lunas, una y otra vez, círculo de un instante y un círculo en cada instante. El cuello vestido de orillas desnudas, y la nuca vestida de luna y desnuda de luna, en el cobijo de tu cabellera de oro negro. Tu mirada triste asomada a la ventana me dice que pude cambiar el mundo. Tu mirada, posada como una mariposa quieta sobre las aguas de la magua, me dice que cambié el mundo. Lo cambié antes y lo cambio ahora, en la escritura. Lo hice derrumbe. Derrumbe será. La tristeza, más que el agua, apaga la hoguera, y la tristeza, descalza, camina sobre las ascuas. La sensación de que me coge de la mano, me lleva a un aparte del vacío y me dice «despierta, ¿es que no ves nada?». Vi, hace tiempo, un sendero que iba de vuelta. Me senté en la piedra de la noche que oscurecía y se lo dije al silencio, «ya perdí lo que nunca tuve». Observo tus largos dedos, observo por primera vez la delgada blancura que ha de tener la muerte, el paso de los días cuando todo sea ausencia. La muerte más mortal de todas, la muerte en vida. Boca abajo la vida y boca abajo los cuerpos, mi pecho tendido en la explanada arenosa de tu espalda, abierta me recibes y te ahuecas en mi vientre, ¡ah, resbaladizas arenas, húmeda boca que se contrae y me atrapa y me engulle! Los planetas, con sus satélites, mueven la noche en su inmovilidad de silencios y de inmóviles ruidos nocturnos, solo se mueven, como reptiles perezosos, los dos cuerpos desnudos, ebrios de sed y sedientos de la ebriedad más ebria, de la inaccesible, de la más oscura y transparente sed que no podrá ser saciada, que es apenas el roce de un gesto que se quedará para siempre en la memoria, nunca siquiera en el roce, como el gemido, que nada más ser gemido ya es ausencia, resplandor ausente, este resplandor que deslumbra dentro de la niebla y que brilla en la humedad de la piel. Movimiento de las palabras que nadan y lengüetean y mueren dentro de las bocas, sin ser pronunciadas, pero sí lamidas, sí bebidas y penetradas, sí absorbidas por la voracidad del instante, sí rotas en estanques del cristal más prístino. Palabras que tampoco se quedan en la escritura, que fueron devoradas por el instante indetenible, inexistente. A la escritura llegan las ruinas y en ella se amontonan, catedrales de ausencias y distancias, ruinas de lo que no fue se esparcen por los renglones, montañas esqueléticas de ruinas, pero ruinas reconocibles desde cualquier punto de lo que no existe. No tiene medida lo que no alcanza al silencio. El dolor más doloroso en el centro del instante, porque en el momento mismo de ser instante ya es medida fuera del silencio, ya es evocación y cansancio, ya es espacio de otra parte, tiempo de otro tiempo y por eso espacio más lejano, espacio de otro tiempo y tiempo de otro espacio, medida lejos de mis manos, lejos de aquí, también lejos de la escritura, lejanía que se aleja para que se acerque lo más cercano, el vacío más vacío, más hueco. Es así el dolor de amarte. Así duele el placer de tenerte y ya no tenerte, instante que se hunde en la escritura y se pierde hasta desvanecerse. También las palabras escritas tienen el destino de la muerte. Abrazado a ti dentro de la noche, mi mano en la luna de tu cadera. En ti y en la escritura, soy la muerte en la vida. Seré la vida en la muerte. Se me estremece la ternura, el deseo, la tristeza, cuando de espaldas te quitas las bragas para que vaya a tu ofrecimiento de altar de sacrificio de entrega. Me llamas para que me encadene a ti, a tu ausencia, a tu siempre no presencia. Y a ti fui antes del instante, tan después, un instante imposible en el que nunca creí, siempre lejanas las presencias en mis territorios, no podía ser de otra manera. Lo supe, adiviné el momento de bajar los brazos, de amordazar las palabras, fortalecerme de puertas para adentro, procurando lentamente, ¡ah, tiempo imperdonable que no perdona!, de que tus deseos de no rendirte no dañaran las flores que nunca recibieron tu visita, y entonces te hablaba, de cosas, de cómo las estrellas aquí al mediodía se dedican a escarbar detrás de las montañas, inventan el rumor lejano, el latido de lo que late fuera de este silencio, de esta voluntaria soledad que se aleja para no interrumpir ningún atajo, ningún afluente susurrante del camino, ningún desgarro sublime. Y bajo la mano, que resbala por tu cadera y se posa en el pubis, ¡ah, se remueve inquieto tu descanso, se rebela el sueño!  
Quintín Alonso Méndez

martes, 5 de enero de 2016

                                Foto: Jorge García

                 El último sueño de un viejo

¿Qué hace la tristeza cuando la vida, la ausencia de vida, la invade de pronto? ¿Dónde enterrar las derrotas por venir, en qué lugar vacío de las sombras? ¿Qué nombre se le podría poner a un hijo de lo que desaparece?
Entrar en ti es una invasión de alas en lo que más duele. En la certeza. Palpando la corteza de la vida, el pálpito del vuelo y del derrumbe entrelazados, atados para la muerte más viva. A cada temblor tuyo de marea, a cada embate, la marea más te aleja de mí. Embates perdedores que te atraen para alejarte más, desatándote, liberándote en el corazón oscuro y gimiente del más íntimo placer. Pero la sangre es la hija del fuego y las hogueras invaden nuestros territorios, nos ensamblan. Eres triángulo, y muy raramente vez en los tres vértices habita el mismo tiempo mineral. Amar es morir un poco más cada día, aunque el amanecer hable del renacer, vistiéndose de claridad. Estos renglones trazan las líneas del presente, infinidad de líneas paralelas. La nada. La nada surcando las ausencias de espacios. Pero trazan las delgadas hebras que un día hicieron trenzas espesas de luz y anhelos de un instante primario, ingenuo. Estoy en la escritura, escribo con los pasos de lo que no tiene pasos, de lo que no está. En esta escritura que ya es un pasado remoto, pero donde aquí es siempre ahora, clavándome en ti, donde diciembre está siendo un mes delicado, como seda en la calidez de las llamas, tan remoto el alcance del instante, el querer atraparlo, es morder los labios y ya es el hilillo de sangre que mi lengua lame con veneración, horario pervertido con las horas salteadas. Ojalá mi cansancio no tuviese recuerdos, desaparecida la memoria, ni mesa y dos sillas predispuestas, absurdas en su inmovilidad muerta, ojalá todo fuera un barrimiento absoluto de la memoria, ser niñez, pero asustada y enferma niñez, la niñez más remota. Innegociable niñez. Azul diciembre, perezosa la brisa pérfidamente perezosa, cálida. Un mes que se asemeja a un ramo apacible de rosas amarillas, irreal. ¿Qué significa una gota de miel en el desierto? ¿Qué significado puede tener un instante con reloj en la infinitud del espacio y el tiempo que unidos se alejan? Me digo que alguien pretende que la arena del desierto agradezca la caída de una gota de miel sobre su extensa piel seca, que le haya sido vertida la luz del sol en azúcar. Me gusta este dolor vital que me muerde y me consume. Me gusta sentir el deterioro, la lenta pero inexorable muerte de cada inmensa célula, instante a instante dentro del mismo instante. Eso me indica que voy por el buen camino. Por el recto camino de la terminación. Muerdo tus pezones, los muerdo no como un niño asustado, sino cruelmente y desdentado como un viejo asustado. Ya viejo para todas las cosas. Me orino y me gusta orinarme encima las noches de lunas de abejas. Es miel mi orina deslizándose por los muslos pálidos como el mármol de las sepulturas. Caminando por el buen camino, por entre las malezas del dolor, ahí, en ese punto donde el dolor espera el momento más débil de la presa. Sé que me doleré. Moriré sin irme, o quizás sea todo lo contrario y me vaya sin morirme, así sería la condena perfecta, el lógico sentido matemático de las cosas en su buen sitio, donde deben de estar, por eso esta historia tiene los perfiles justos para, justo ahí, en la sombra, desdibujarse, amamantarse de sí misma y nutrirse de sí misma para así morir esquelética en su cerrada historia. O morirse para que entonces sí, se alimente mi desnutrido esquelético espíritu de la nada más completa, del núcleo mismo de la nada. Morí y moriré y muero penetrándote, indagándote, buscándote, desencontrándote, perdiéndote, siempre perdiéndote, y nadie supo nadie sabe nadie sabrá encontrarme, ¡ah, bello reluciente y escorpiano infinito instante de un solo instante! No hay nada que se pueda encontrar más allá del instante terrenal, lo que nunca fue encontrado. Lo que aquí no se encontró aquí tampoco se quedará, toda la sabiduría del mundo se la ha llevado y se la lleva la mortandad del silencio al otro mundo. A lo que fue antes de la nada. Será la no historia la no memoria la no descendencia. No sé si sientes, percibes, mi sangre en ti, en tu piel y dentro, hincándose en las raíces de tus carnes, porque en ti me desangro copiosamente cada vez que hago el amor contigo, todo en un minúsculo instante, ese instante infinitésimo que toda estadística anula y desprecia por inconsistente, sin daños o perjuicios alguno que moleste que la verdad siga incólume, sin una brizna de justicia que roce el futuro marcado, este mismo minúsculo instante en que escribo, tan encendida la tarde de diciembre, como si la nostalgia quisiera pasear por los colores mágicos del atardecer, ¡ah, la mar ha de arrullar alguna costa en este preciso instante, sea mar de océanos o mar de valles y montañas! Tan fugaz el instante de la fugacidad que a veces me pregunto si llegamos a besarnos, si llegó a darnos tiempo, si es cierto que ahora nos besamos o son nuestros labios nada más, vertiéndose por el trigo de la piel, por los ojos que se duermen, apacibles como cosechas olvidadas, lánguidas, los tiempos que corren, y son de tierra, sin memoria, ausencia del agua, de la memoria del agua, o si es nada más la escritura que ilusamente quiere desparramarse como quise y quiero desparramarme en ti. No soy capaz de decirte que te quedes así, desnuda bajo la sábana, tendida de lado, como si me esperaras para recibirme, tantas cosas que quiero decirte mientras lío el cigarro, perdida la mirada en la desnuda duna perfecta de tu cadera, y mientras lo hago, mientras lío el cigarro, te busco un verso que no olvides, y el verso es «gracias por olvidarme», pero el que escribo, modulado moldeado aserrado limado lijado alisado libado mordido besado simplemente contemplado llorado, es «gracias», dolida y desnudamente gracias. Te miro. Duermes. Es hermoso contemplar tu hermoso inmóvil silencioso desnudo libre sueño, preso de tus sueños. Saboreo la escritura del verso, le toco su piel vegetal mineral planetaria de papel, todos los versos dentro del mismo verso, como si realmente existiera la existencia del instante. La sensación inaudita única irrepetible de mi carne hendiéndose en tu carne, el susurro gimiente, que más que presentir, deseo. Nunca llegué a la estatura del tiempo donde se ama y se es amado, como si el tiempo no importara o fuera el mismo para la despedida que para el regreso. ¿Cuántos siglos puede tener un dolor? ¿Cómo detener su crecimiento, que no deja de crecer porque es salvaje su propósito, no como la brisa efímera de una sonrisa que nada más decir adiós se desvanece, tan como si nada se desvanece, yéndose a las alas de otra paloma o pájaro o gaviota o a los enraizados brazos de un hombre de mar tierra adentro? Te ondeas, ancha barca cerrada en tus caderas, ahí confluyen todos los caminos y veredas, no hay atajos para recorrerte, hiriéndome la vida, la apenas vida que he descubierto y ya se ha ido. ¿Cómo morderte el cuello y que sientas que es mi único beso niño de este mundo, mi único te quiero que poso en el surco de la vida, mi único mi único mi único instante que no he tenido? Las hormigas están lamiendo las heridas hembras de tus gemidos.
Quintín Alonso Méndez

lunes, 4 de enero de 2016


                        Las ventanas cerradas del cuerpo

El frío atraviesa la pesadumbre que se esconde
detrás de las ventanas del cuerpo
son cerradas por un silencio que quizás se aleja
por las sombras que dan las calles estrechas
los árboles sin hojas
las miradas que se sientan en las plazas solitarias
quizás lleva una lágrima que el olvido se olvidó sobre la mesa
Quintín Alonso Méndez



lunes, 28 de diciembre de 2015



                 El último sueño de un viejo

Mientras me extasío en ti, que viajas en tu profunda pequeña muerte, me siento solo a solas, y percibo, palpo, que vuelas a solas pero no estás sola. Eso me duele, me duele todo lo que te pertenece y desconozco, y hace que una diminuta sonrisa doliente vaya de mis labios a la arenosa desnudez de tu hombro. Te digo «hola» sin abrir los labios, es un «hola» de paloma solitaria caminando por el parque, picoteando las migajas, cuando atardece y el frío y la brisa son la avanzada que trae el viento seco sahariano que amenaza con ser oscuros aullidos de tibicenas en la noche y astillar y triturar los huesos de los débiles silencios. En este presente de la historia escrita, este instante insignificante de la historia, escribiendo, con el sol atravesando como espigas el aire enarenado que me aísla, es un veintiuno de diciembre, cábalas de números y de meses, de palabras y de promesas que se rompen contra los acantilados de la distancia, paisajes tristes que se amontonan como tiempos desaparecidos, escombros de tiempos que se marchitaron en la espera, rosas secas bajo la cama, unos versos que son fríos objetos en la libreta vieja, día implacable, cerrado en sí mismo, sin ventanas, hueco, oscuro, ni una sola rendija por donde mirar al presente, al futuro, miro el teléfono, que me mira con sus ojos cerrados y negros, y aunque ha amanecido, aquí es oscuridad. No hay nada más oscuro que el silencio, ni nada más espeso y denso que la soledad que invade el silencio y lo entulla. Hola, hola, buenos días, buenos días, buenas noches, buenas noches. Lo demás es todo silencio. El silencio es todo lo demás. Acordeones herrumbrosos de silencios. Las miradas, las sonrisas, los besos, las manos, las tardanzas, son las largas despedidas de lo que apenas si estuvo un instante, una estrella fugaz en la oscuridad más completa, un mínimo desvío de la brisa porque el viento desata las amarras y a veces produce la locura.
Abro la puerta y me encuentro ante el vacío del mundo. Es el mundo del vacío. Mis dedos son hormigas en tus rodillas, hormigas que quieren estar en tus caderas, resbalar por ellas, a babor y a estribor de la barca de tu sinuoso vientre, estremecido el suelo que se ondula en olas por el estremecimiento del roce, estremecidas las sábanas que se derrumban, y dejarse llevar por la marea y hundirse en tus aguas profundas. El territorio más íntimo, inaccesible, de las brujas.
__Te gusta pasear por mi mente.
__Calla…
Excavo, socavo, indago, escarbo, me vierto en ti. Soy el momento sublime. No soy más. Siempre está la ausencia. Busco entre tus piernas lo que no está pero que estará siempre. La material ausencia. La inmaterial presencia. El instante. Me hundo. Soledad inmensa, inabordable, líquida como aguacero en el estremecimiento de tu orgasmo. Ninguna soledad más inquietante, más solitaria. El momento descarnado de morder carnalmente la existencia, la no existencia, el instante eónico. Besar el hondo silencio de lo que no volverá. Besarlo, apenas besarlo y atrapar ahí el dolor. Ese gemido que le rompe las paredes al mundo y hace nocturno al sol. La indiferencia pertenece al día. Y al día le pertenece la luz real. La que indiferente mata y sabe matar. Estalla tu sexo en mi boca. Es esa fruta que de niño buscaba en los árboles que soñaba, árboles enrojecidos por la sangre que la realidad restregaba en mi rostro, pero buscaba la fruta jugosa del respirar y sentir, en cada atardecer, rojizo el paisaje, ensangrentado, la buscaba, sin saberlo la buscaba, ¡ah, fruta, sabia fruta de la mortalidad, inaccesible fruta más allá del instante! Cansadamente mineral honda dura carnosa palpitadora quejosa y estremecida como un temporal, nuestros cuerpos llenos de espigas. Fruta de la muerte más desoladora. Que sean entonces, ahora en la escritura, las hormigas que hormiguean por la plenitud de sombra desnuda de tu cuerpo de lluvia y lava abriéndose en la flor de la entrega.
__Cállate…
Que tus caderas le hagan la curva a la luna que se despeña por los pliegues del temblor. Gime la piedra, el fulgor de la roca expuesta a la oscura humedad del silencio que vibra. Ya silencio. ¡Ah, la vasta soledad del tiempo sin destino! La vasta soledad de un mundo vacío, de un vacío sin mundo. Y busca la luna esa humedad que solo puede tener el temblor, el fulgor de los gemidos. Es cuando las palabras se rompen, y las palabras son la vaciedad que inunda el abismo del derrumbe ahogándolo.
__Cállate…
Es cuerpo que se desgrana en la desnudez desgranándose. Caricias que ya desembocan ciegas en la niebla, arrastradas por la furia del más intenso deseo, los labios, las piernas, las manos, el sexo, resbalando se precipitan al vértigo, al encuentro con el abismo, hundiéndose en las aguas más profundas, en la más prístina y derretida lava, soplos de brisa en el fuego, tus gestos, tus movimientos de olas, el brillo de tus ojos, de tu mirada turbia, lasciva, y enredándose en las mismas raíces del abismo, chapoteos de las aguas entre las rocas, donde el musgo, las algas, el balanceo de los gemidos entrecortados, cortados por el grito de la vida.    
__Fóllame…
Quintín Alonso Méndez


viernes, 25 de diciembre de 2015




                                Las ventanas cerradas del cuerpo

La ola tiene la osamenta de la niebla
un esqueleto de agua impenetrable para el aire
donde el aire se deshace y se hace piel de algas
trenzas de musgo
invisibles ahí se esconden los recuerdos
dentro de la espiral de la ola
ola que se hunde en la roca mientras se alzan brumas de espuma
quejido de la madre ante la pérdida
hartura de luz desbaratándose a cada golpe de sed
quejido huérfano que trae el tiempo envuelto en líquidas sedas
impregnadas del olor de la hembra
se rompe en desparrames así se rompe lo que no regresa
se rompe la ola se desangra la tarde se ahoga el verso
y se le ha caído una lágrima a la ola
ahí agoniza en la arena
la cobija una gaviota
cuando se convierta en salitre se la llevará lejos
con sus alas que surcan el océano el olvido la oscuridad
para que no se vea cómo discurre la muerte

Quintín Alonso Méndez




miércoles, 23 de diciembre de 2015



                         Las ventanas cerradas del cuerpo

Es la luna llena más luna en el frío del abandono
en la redondez pura por donde se destila la serenada
abajo sobre la efervescencia del suelo
resbalan inmóviles perlas transparentes en las hojas
es luz fría que se azulea como el filo de la espada
esta ave nocturna tiene alas que rasgan la fina tela del aire
apoyado en la baranda oscura de la noche
mis ojos se pierden en los recuerdos que naufragan en la costa
algas en los ojos
las hilachas de lo viejo
¡hace tanto tiempo me acercaba aquí a buscar una invisible sonrisa
que me acompañara!
Nunca vino nadie o yo nunca estuve
¡eran tan lejanas las olas que hoy desbaratan la orilla!
entonces solo me supe solo y solo caminando por los versos
llevo mis años sin más peso que el desalojo
la renuncia me renunció se fue el camino por otras veredas
me quedé en el frío más frío del abandono
anclado en las raíces de la tristeza
vieja amiga que no me dejará solo
aquí sentados vemos cómo se alejan las distancias
es la luna llena más luna en las soledades del abandono
Quintín Alonso Méndez