miércoles, 6 de mayo de 2015



De 
           Las cuerdas del violín

Variación5


En los desnudos pechos de la mujer
le adiviné el arma a la tragedia,
arqueándose el leve gemido del suspiro,
cediendo la mordida ternura ante la caricia,
leche de luna en los dedos
que ofrecen el pezón a los labios,
súbita, en la neblina súbita, el temblor
de la boca aislada, para siempre aislada,
sol fierro que salpicaba en los ojos,
herida del salitre en la luz,
herida ebria de noches que se desangraban,
en esos desnudos pechos de la mujer,
donde la lluvia duerme y se alimenta,
yo vi la perfecta curva del ocaso,
la ascendente tristeza del amanecer,
vi el enramado estupor de la niebla,
la neblina incorpórea de la placidez,
en mis brazos tuve y vi la lenta muerte
de una pálida vida que quizás hubiese querido vivir,
si no fuera porque la noche llegó pronto,
antes de que amaneciera





                                                       Quintín Alonso Méndez 

domingo, 3 de mayo de 2015



De    
      Las cuerdas del violín

Variación3


Era un mediodía de azul, monótono,
era un día que andaba callado, quizás escondido,
venido de una noche vencida, callada,
apareciste, se hizo temblor el azul,
un roce de mirada,
o fue un sueño de un roce de mirada,
resquebrajó el azul, se abrió al aire,
un gesto de parpadeo de pájaro
besó la mirada,
el temblor del azul besó los labios del mediodía,
le inventaste las alas,
y lo supe, otra vez lo supe,

no decírtelo es mi prisión 


                                                       Quintín Alonso Méndez  

miércoles, 29 de abril de 2015



De     Las cuerdas del violín

VARIACIONES


Variación0


Soy la mala sombra.
No hay islas
solo desiertos de tierra
desiertos de agua.
De las débiles y deslavazadas tiras
que cuelgan en el abismo del tiempo,
tuve, de las primeras señales seniles,
a las que les vi el brillo acuoso  y húmedo
de los desvaríos que llevan al apagamiento,
antesala del definitivo derrumbe del todo,
y que confundí iluso con una luz desconocida
que quizás fuese la quimera que me sostenía
en el camino que siempre caminé a tientas,
tuve, ¡ah, ingenua creencia inventada
cuando se siente la sombra de la guadaña
reemplazando la sombra del viejo y apacible árbol,
con el nemini parco tallado en la seca y desnuda madera!,
tuve, tan débil la soledad que envejece,
tan maleables los suelos en las noches infinitas,
la ciega y absurda voluntad  de construir una isla.
No era la luz, era el blanco brillo de la nada
que muestra el camino de regreso a lo que era
antes del tiempo. Soy la mala sombra.
Esa sombra que ensombrece y sustituye
la sombra del árbol.
No hay islas
solo desiertos de tierras
desiertos de agua




                                                         Quintín Alonso Méndez

 

 

 

 


 

lunes, 27 de abril de 2015




De        Las cuerdas del violín

Arpegioíntimo


Desconocida ausente mujer,
este poema va a pertenecerte para siempre
porque te voy a desnudar despaciosamente
cada poro de cada verso,
y así, cada vez que lo leas
íntimo volveré a desnudarte.
Primero, con las primeras letras, abrir las ventanas,
quitarte las cortinas de los ojos,
esa telaraña que habla de nieblas paseando por el sol.
El violín sin cuerdas o con las cuerdas lánguidas
se asoma a la terraza,
un apenas roce en la excitante tela de la piel
y ya la sangre marca su huella de pájaro ascendiendo.
Sentir en esta parte del verso cómo se abren las carnes
y se ofrecen
a lo que será enterrado más tarde.
Gimen las palomas desnudas,
te orinan en los extendidos muslos,
abiertos, morbosamente abiertos
al desparrame de las aguas
líquida miel hija de la espesa lava.
Separarte los helechos mientras aquí resbala el verso,   
apartar una hebra húmeda de un sueño,
un sueño de cualquier hebra que no hunda.
Deslizar por el musgo la lengua,
descubrir cómo se abre la flor
bañada de rocío bañada por el salitre,
besar sus brillos de diamantes de lluvia,
leer en este verso cómo se estremecen los pétalos,
llevando el palpitar de la vida estremeciéndose a los labios,
al desguace de trémulas palabras rotas,
a las bocas de los pechos.
Desnudarte siempre,
despaciosamente, con los dedos de los versos,
cada vez que me lees,
sabiéndome desconocido, ausente, siempre





                                                     Quintín Alonso Méndez

viernes, 24 de abril de 2015



De 
      Las cuerdas del violín

Arpegio6


El verano de la primavera,
los pájaros componiendo las músicas
de los nidos.
Nunca sabrás cómo es este azul
si no lo bebes de las uvas del océano,
atlántica la distancia,
atlántico
el aroma ensalitrado de sus cuerdas.
Soy el perfecto poeta inacabado,
el que nunca nació,
pero ven, muerde la carne del almácigo,
en el tallo tierno del verode,
en el dátil de la palmera,
en el racimo de luz de la delicada
desesperanza,
en la tierna hoja incipiente
del amor que iba a nacer,
deja que te susurre en las caderas
el roce perdedor del arco,
la penumbra de la luz consumiéndose,
toca, toca lo que no se puede tocar,
la alada música de la melodía quieta,
perdedora,
que te asusten
te sobresalten
te lleven al sacrilegio
los versos perfectos
irrepetibles
de la muerte mordiendo
desnudando
poseyendo
la vida,
¡ay!, una lágrima de sangre
tiembla
en la ingenua luz,
¿viniste a rescatarte?




                                                    Quintín Alonso Méndez



jueves, 23 de abril de 2015


De 
                   Las cuerdas del violín

ARPEGIOS


Pequeño
ligero
el pez nada
en la muda agua cantora
de liras, violines
y corales
de la música.
Anochece.
Lo veo nadar,
¡pez del abandono!,
silencioso, calmosamente
sumergido
aislado
en la burbuja del océano.
así peces en mi interior
son mis recuerdos,
donde navegan
sin brújulas
en la fuga del tiempo,
sin saber,
criaturas errantes,
que están muertas


                                                      Quintín Alonso Méndez



lunes, 20 de abril de 2015



De  Las cuerdas del violín

Mi bello solitario mediodía de hoy

Indefenso, tan a la intemperie
lo que palpita dentro
extremadamente débil lo que duele,
la voz que escarba en la herida
que no sanará,
llaga en carne viva que crece
acercando la vejez de los ánimos
su lenta indetenible decadencia,
sin defensas lo que se pierde
dolor que se ensancha
como un horizonte
ante el que me derrumbo
bella placidez de la derrota
palpando la vejez

                                                       Quintín Alonso Méndez