jueves, 19 de marzo de 2015



De el libro de poemas
                                     «Las cuerdas del violín»

Cuerdas rotas se balancean
en el aire limpio
de los olvidos
improbables sostienen
la materia
de un cuerpo
sin alma



                                                   Quintín Alonso Méndez

martes, 17 de marzo de 2015



Del libro de poemas
                                  «Las cuerdas del violín»

Es en la tarde apacible de un sol dulce de abejas
--se estira marzo, alarga su cuello de cisne negro--,
que me siento a sentir cómo es la estancia de quien no espera,
 como esa dócil vejez agradecida, renqueante, que se saca al patio
cuando los lagartos se tienden sobre las piedras. La brisa también es pereza.
 No hay tiempos pasados ni tiempos futuros. Quizás no hay tiempos.
Creo que estoy en ese momento absurdo en que ninguna dolencia me duele.
O no importa el dolor del antes de venir ni el de cuando entre en casa
--a la flor del avellano le sobra espacio para acoger la inmensidad del mundo.
Cuando cierre la puerta, dejarán de existir los pájaros, las gaviotas, la luz.
No sé sabe qué habrá cuando vuelva a caminar el tiempo. Ahora es aquí.
Tiempo que puede cristalizarse, ser patio. Impasible vejez y ser patio.
Quedarme en estas tierras de nadie. Morirme como se mueren las abejas

       

                                                   Quintín Alonso Méndez


viernes, 13 de marzo de 2015



Del libro de poemas
                                  «Las cuerdas del violín»


Es de falso oro el atardecer,
desemboca en la oscuridad,
en el falso oro negro

del infinito abandono


                                                      Quintín Alonso Méndez


domingo, 8 de marzo de 2015


De «Las cuerdas del violín»

CALIMA


Mágico el vuelo de la arena
que le da la materia del cristal al aire
su color de ave a la luz del pleno día
deposita picos de pájaros en los ojos
finas láminas aceradas en los pulmones
agrieta los labios
ahuyenta los besos
extiende por la casa
por los libros por los objetos
su piel de playa ligera sin mar
difumina al sol y lo transforma en luna
desvanece lo que separa:
la cuchilla ingrata del horizonte
pero todo lo disgrega
el planeta del paisaje
es la curva trayectoria
de las pequeñas partículas
del cometa de las tristezas

se envuelve la locura
en un viento seco
que taladra los rincones



                                                Quintín Alonso Méndez

martes, 3 de marzo de 2015




De «Las cuerdas del violín», libro de poemas

Las cinco de la tarde entrando marzo
es una hora que no se sabe
si es de revolución muerta
o de pájaros resucitando.
Si me demoro un poco
abro otra cerveza
y lío varios cigarros,
serán           
o ya son
las seis de la tarde,
pero sigue siendo una hora incierta
con más bullicio de gaviotas
más apegado al sabor de la tierra
el color de lo que se va
pero hora que no sabe
si quiere quedarse
o irse al horizonte
a rescatar el barco fantasma
que no encuentra puerto.
La pereza es el opio de la muerte
pero qué lánguida se tiende
en la tarde de marzo
las cinco las seis de la tarde,
trae recuerdos
pero trae lujuriosos racimos
hinchados de tristeza.
Aquí, bajo mi frente,
a las siete de la tarde,
gotea la memoria callada
el simple agitarse de una paloma
atrapada por el cernícalo

caen plumas
posándose en los párpados,
gotas de sangre en los labios


                                          Quintín Alonso Méndez

jueves, 26 de febrero de 2015



De «Las cuerdas del violín», libro de poemas
de la novela «Las cuerdas del violín»


Soy sumamente agradecido a las antesalas,
quien no espera nada no puede quejarse
de una noche sin luna.
Camino por la calle. En cada esquina hubo un árbol.
Ahora es el espacio de un político vacío oscuro.
En cada plaza había una partida de puertos mirando al mar,
ahora las palomas son enemigas del mundo.
Dijo el pájaro: «si solo soy pájaro de un pedazo de jardín,
¿por qué me pusieron alas
para volar lejos?»
Pronto caminaré la calle desde casa, sin caminarla.
Es masivo el cansancio,
invita a inventar el mundo. ¿Quién? Maúlla la ausencia de un gato.
Mi miedo es el mío. El otro miedo es del insomnio.
Dice la calle solitaria de las altas horas de la noche:
«hay que hurgar en la piel de la soledad,
ahí está la semilla de la vida».
Si estoy mañana, prometo escribir para no dejar de escribirte
                              

                                               Quintín Alonso Méndez



lunes, 23 de febrero de 2015




De «Póstuma, poesía anónima»

Después del adiós

Maltrechas las hojas del papel donde nada fue escrito
las zarandea el viento inmóvil que hay después del adiós
ni siquiera las palabras leídas han sido escritas en el país de la nada
es innecesario el simulacro de una lágrima para barrer las cenizas
de un recuerdo que ya era recuerdo antes de nacer para ser olvidado
cien años caben en una frase incinerada en una copa de cristal
alguna vez una  infancia tendió un puente sobre un charco sin agua
hecho de barro de ramas de tarajal con el trazo curvo de unas manos
vacías que quisieron tender el arco de una mirada que quiso volar
cayó pronta la noche y pronta la oscuridad le arrancó los ojos a los sueños


                                           Quintín Alonso Méndez