lunes, 15 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»
                                                 Me dejó lo que se llevó
                                                                                                                                   su presencia
                                                                                                                                   es decir, la luz                Anónimo  


Un verso no es un latido.
Cada verso es la historia de un corazón                      
de un mundo.
Un abalorio de palabras
anudadas en hilos de aire
que como abanicos
o sístoles y diástoles
se cierran y se abren
con los horarios de los sentidos.
De las palabras surge la marea
la trenza de los versos
que se enreda en las redes
de las olas
y de los silencios náufragos
vacíos a la deriva
brotan los suspiros
como vuelos de mariposas
o alas desnudas
destilando roces
que resbalan trémulos
ansiando el acto del beso
el agua en el incendio,
libélula que vaga por la noche
libando su silencio


                                 Quintín Alonso Méndez
                             

viernes, 12 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

El verso

Se me acaba la vida
y no te he escrito el verso que te pertenece,
¿siempre será así, inacabado lo que ni siquiera empieza,
esa suspensión del gesto del que no podrá saberse si fue vuelo
o fue nada más que fue ese brote de yerba pisoteado por el viento?
No he trabajado lo suficiente el no trabajo, la desidia absoluta,
siempre un molesto mosquito de pensamiento rondando la extraordinaria
y sorprendente vaciedad de no tener nada, la pureza del no ser,
esa estúpida conciencia de los remordimientos, religiones baratas,
 más baratas que las mentiras, altas paredes pintadas en el aire
para no ver el paisaje, pero estoy en ello, me esmero en la completa renuncia,
en la indiferencia, es el único camino inexistente pero preciso y único
para llegar al abismo donde se esconde, vanidoso, insoportable en su resistencia,
el verso que te pertenece, y se me acaba la vida, quizás sea este el momento,
que se acabe, que benditamente se acabe y caiga así de indolente y vencida
y en el chapoteo oscuro, espeso, estallando en el fondo del abismo sin fondo,
de ahí ha de brincar y brotar el verso, la frase mágica que no cambiará nada,
lo más fuerte que muerte no podría ni rozar un pajarito, ese verso que te pertenece,
quedan, claro que quedan unos pocos pasos para alcanzar lo más irónicamente temido
pero lo irrenunciable, la puerta del adiós al mundo, donde a sus puertas
he esperado sentado desde que nací, con las manos boca abajo, negadas,
confiando con la premura de un regalo en la sentencia de las buenas gentes,
«lo único cierto es el final», «la belleza plena es la parálisis de los latidos»,
el cuerpo, encogiéndose, me lo ratifica a cada luna que se rompe en el horizonte.
Si por cosas de no haber sabido llegar, cansa hasta llegar, pero se hace de querer,
a la perfecta vida desperdiciada, y no me da tiempo, escribo, ¡ah, dulce pereza,
diosa de mármol que no devuelve los besos ni el espejo donde mueren de tristeza!,
que el verso está escrito y les digo dónde se encuentra, cansadamente, ¡qué menos!,
para que nadie lo busque ni lo encuentre. Ese verso que te pertenece.
Está dentro, muy dentro, en el mismo centro palpitante de lo que no he sido       




                                                 Quintín Alonso Méndez


miércoles, 10 de diciembre de 2014





El edén de Salomé

distribuido en: 

Librería Lemus (La laguna-Tenerife)

Madrid:
Casa del Libro
Abacus

Ebook Amazon

editor@editoriallampedusa.es (Barcelona)



Gracias
                      Quintín Alonso Méndez

martes, 9 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

nueve de diciembre

Hoy es el día en que la isla se desprendió de la tierra,
su cordón umbilical ha sido cortado por tijeras de labios,
un soplo de olvido metido en un gesto oscuro, de espaldas,
y luego un incendio violáceo la incendió, la hizo cenizas de nube.
Desapareció como desaparecen las cosas inútiles, los sueños,
los satélites del sol, y así, entre brumas, se borró un mundo,
un mundo diminuto que no debió nacer, que no nació, isla falsa,
sin mar, sin orillas desde donde partir o en donde embarrancar.
Hoy le cerré la ventana a los paisajes horizontales, pintados de vuelos,
solitarios, paisajes que nunca quisieron anidar, sellada la puerta,           
ninguna mano, ninguna voz podrá encontrarla, abrirla, incendiarla.
Cerrada la ventana del adiós.
Desparramada en el aire la arena de la última playa,
se secan las palabras, mueren antes de ser escritas,
están muertas cuando se posan en el papel, mariposas sin luz,
naves solitarias que no supieron navegar, huérfanas de vida,
ahí se quedan, esparcidas en la misma tierra estéril
que las vieron nacer, sin ningún recuerdo que las sacuda,
sin ninguna tormenta a las que agarrarse y desaparecer.
Hoy le cerré la ventana a la brisa que golpea y muerde,
sellada la puerta con las maderas carcomidas de la noche más oscura.
Ya no admito intrusos que me espanten la soledad

  

                         Quintín Alonso Méndez

sábado, 6 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

La noche

La noche tiene esa parte desconocida a la que no llega el pensamiento
ni la estructura metálica del sueño, ningún presagio del gesto,
pero existe, existe de antes del tiempo, es el origen del agua, sin nada,
sin manos, sin lluvias, sin atardeceres estallando contra las soledades,
existe sin que existiera el reloj de los cuerpos, de los espacios planetarios,
es noche antes del principio, y ahí afuera, más allá del mundo, es noche,
como es noche en lo más adentro, esa molécula que se atrevió a palpar al miedo,  
a reconocerlo, y así lo descubrió y le fue dando la materia oscura, materia,
visiones o sueños desplegándose, quizás acordes de un asirse, un nacimiento,
esa parte desconocida a la que no llega el pensamiento ni tampoco llegan
los saltos dimensionales del sueño, ¿el brusco rompimiento del silencio,
la aparición súbita, inesperada, del sonido, inventó la voz y la voz inventó la palabra
y la palabra, más que el abrazo, inventó la expansión, el distanciamiento,
la noción de la medida, la distancia entre dos instantes eternos a la deriva?
Exactamente, ¿qué compartimos, aparte de los desechos, falsas lágrimas de azúcar
para que sean besadas por labios falsos untados de la miel del miedo más oscuro?
No me comparto conmigo, esa parte intransitable y desconocida de la noche
me separó de los balanceos del mundo, de mí mismo, me aisló de mí, no me hablo,
me quitó la sombra, innecesaria para navegar la oscuridad, la vaciedad del abismo,
pero hay islas aisladas que se atan a otras islas, de ahí han nacido lúcidos y cobardes
los continentes, y ¡ay, desnudo ay!, la pobre vida se fue al rescate de lo irrecuperable,
se mintió, cayó en la trampa de querer inventar el mundo, la locura mágica del amor,
ya muerta
                              

                                                  
                                Quintín Alonso Méndez







miércoles, 3 de diciembre de 2014


                               
     Foto: May Noemí


De «Últimas notas»

          Sin respuestas

¿Qué mano forjó el hierro del ala?
¿Qué leve asomada de locura le barrió la tristeza a los ojos,
que ahora son dos vacíos astros rodando por los aires ciegos?
¿cuál fue el disparo que mató, el último o el antes del primero,
y por qué, para qué muerto, sin brújula, sigue caminando el tiempo?
¿Quién tuvo en un sueño dulce la mano de la mujer que nunca estuvo,
agrio y omnipresente luego el amargor que se quedó para siempre?
¿Qué sendero de hojas secas se hundió en las aguas negras de la memoria,
que rastreando en las despiertas noches ninguna palabra sabe nombrarlo?
¿Es preciso andar todos los infinitos dolores para que así ninguno duela
y ninguno muerda en hueso descarnado, en la carne misma del abandono?
¿Qué hora hace dentro de la hora náufraga, hija del naufragio,
qué noticia de luto lleva en la boca que hasta los pájaros desaparecieron?
¿Qué mano socavó en las entrañas de la tierra, hundiendo la ternura,
que llueve sangre en las madrugadas interminables, frías del alma?
Le   a la gaviota, ¿qué mano forjó la frialdad del hierro,
la suavidad del ala?


     Foto: May Noemí 

                                                 Quintín Alonso Méndez

         

lunes, 1 de diciembre de 2014




De «Últimas notas»

La hora

¿Puede ser ésta la hora del silencio
que se hable sin decir nada,
una astilla insignificante del tiempo
y por ello descartada,
como se descartan los teoremas
sin importancia?
Nadie en casa
y nadie afuera, en las calles
del deshielo de la sangre:
sólo corre agua sucia
manchada en el fango,
por las veredas secas
que un día albergaron la vida verde.
¿Es la hora definitiva de cerrar la puerta,
ponerle el candado de tumba,
depósito para la herrumbre,
hora más tímida que el instante
aquél mínimo del verso que huyó
porque escribirlo era la eternidad?
Serán mentira las palabras del después
y falsas las lágrimas porque lloverá
para levantarle el cadáver al olor de la tierra
y desbaratar en el aire desmembrado
las ramas de las soledades.
No será el frío, será lo que quede
cuando pase el temporal
y los escombros no se sepa lo que eran.
De tanto llevar la fuente al cántaro
se romperá el agua,
dice el beso frustrado.
¿Es ésta la hora, la que martillea
sobre el pulso que ya no tiembla,
ese instante fiero del rayo
que atraviesa el ala del pájaro,
la palidez misma posada
en la blanca sábana?
Cuando la muerte se pregunta
si hubo un mar alguna vez,
un océano, un charco de sal,
una lástima porque la orilla estaba
en la palma de la mano.  
¿Por qué lloran los niños

que no van a nacer?

                         Quintín Alonso Méndez