lunes, 3 de octubre de 2022

 

Claridades 38



La puerta

Al traspasar la puerta, supo que todo le resultaba tan conocido como la indiferencia, pero lo dijo de esa manera que ella bien sabía manifestar para que él sintiera todo lo contrario, «tengo la sensación de que he estado aquí siempre». Él guardó silencio. Y ella no lo miraba, que era cierto lo inofensivo que era. «Va a ser verdad que la nada existe», casi sonríe, por eso no pudo ver nada que fuera más allá de sus posicionamientos fugaces. «Diez días no son nada», se dijo, y comprobó, ahora sí lo miró y le vio la debilidad antigua que lo sustentaba, más bien sí, inventó una sonrisa mientras le ponía el rostro de lado: que la mirara, que se extasiara, que viera luminosidad, no podía ser tan difícil en aquél lugar oscuro que desbordaba humedad vieja, rancia, desagradable. «Solo diez días». Sabría sobrellevarlos y pronto hacerlos volar. Cuando la indiferencia es la madre de todos los sentimientos, no se puede recordar siquiera cuántas ventanas puede tener una casa vacía, simple, y no es preciso que hayan pasado veinte años, eso se deja para los amores que regresan, basta una pincelada de tiempo, nada, un encuentro casual buscado, y las risas acompañan, aconsejan, «¡hay que vivir!», grita la vida alborozada cerveza en mano, apartando la vista de los cadáveres que el mundo regala, y solo una fiesta puede borrar otra fiesta, abundan las camas dispuestas para el festejo y el festín, abunda la vida, insaciable.

Al traspasar la puerta, un silencio gris pero amable lo recibe. La sencillez tiene el olor de las cosas perdidas, quietas. Abre la ventana para que el aire entre, salude, se lleve esos silencios que maltratan. Se quedan silenciosos, sin hacer ruido, los que suavemente muerden. Con la dentadura de los buenos deseos, de que sea cierto que la brisa baila por entre suspiros y trenzas rotas de recuerdos que se hunden en las aguas de algún río, de algún lago, de algún océano, de algún algo.     

Al traspasar la puerta, ella se dice que no entiende cómo es posible que haya puertas donde tras ellas no hay nada, «allá los cobardes», se dice, y ya se desnuda para el amante que la ama y la espera desnudo. Una tarde cualquiera

 

quintín alonso méndez


jueves, 29 de septiembre de 2022

 

Claridades 37



La otra vida

En lo irreal de la vida real está lo que se vive, afuera está la luz y están los grises; lo que palpita, la raíz, el motivo de la luz, está dentro de lo que se ve, lo que se vive camina al lado de la vida, no la deja en el día y en la noche, siempre a su lado, en la risa y en la tristeza. A veces, de tan callado lo que se vive, parece que se le hace olvido a la vida, pero no, está ahí, y en cualquier momento se muestra, en una copa de vino, en la penumbra cálida de una caricia, en los dedos mismos que aprietan el dolor, es cuando la vida se detiene un instante y recuerda y es cuando te dicen que adónde te has ido, pensando en las musarañas, nadie lo ve aunque alguien lo sepa y de vez en cuando te lo recuerde con un gesto, una mirada, un silencio. Es la otra vida la que te trae lágrimas y la que te trae fuerzas de la nada, esa otra vida, irreal, que no está en ninguna parte pero que suele ser la verdadera vida, la que le mueve los hilos a la vida real, la que te eleva y la que te tira por los suelos, la que te abate y te da los impulsos, la que te alimenta y la que te hace añorar los latidos del tiempo de cuando palpitaba el mundo, esa otra vida, lo que se vive aun sin vivirlo, siempre contigo, hasta en los olvidos más desangelados o en los más enaltecidos, la que tiene fechas en tus silencios más tiernos, más dolorosos. Solo las diosas y los elegidos por las diosas saben de lo que escribo, de la irreal vida, la real  (corpórea sintiéndote en los sueños)

 

quintín alonso méndez


 


domingo, 25 de septiembre de 2022

 

Claridades 36




¿Dónde los ensalitrados arañazos en la espalda que no me has hecho?

¿dónde las mordeduras  que prometen tus ojos que duelan y sangren en los labios?

¿dónde la brisa de tu seda de fuego resbalando por mi cuerpo?

¿dónde el cuándo de tus largos y delgados dedos indagando por las oscuridades?

¿dónde lluvia el cuándo de simulacro de la eternidad?

quintín alonso méndez



 



jueves, 22 de septiembre de 2022

 

Claridades 35



Por qué en noches así

me inunda el sabor de tu esencia

noches que muestran su latido

se abren

expanden el sabor de la vida

 

(si me lees, sabes que hablo de ti)


quintín alonso méndez




domingo, 18 de septiembre de 2022

 

Claridades 34



Antes de ser escrita, la carta se rompió. No fue ala, ni siquiera fue papel. Quizás no fue ni pensamiento. Se rompió como se rompe la luz cuando se hace la noche. Se nace de noche para saber que se vuelve a la noche, y por esa rendija, por ese espacio fugaz del día corrió lo que iba a ser la vida. No dio tiempo a más. Escribo en la oscuridad y a oscuras. Por eso mis escrituras no vuelan. No ven. Son como olas derrengadas que se caen vencidas a la primera señal de brisa diurna. Les viene el recuerdo del frío con la alborada y se encogen y se encierran y en espirales de caracolas se rompen dentro de sí mismas. Vuelve a ser feto lo que nunca fue nada, embrión hibernando en el vientre del silencio más oscuro, lo que llamamos eternidad para no llamarlo muerte. Una carta que quiso ser escrita desde el primer instante, para así existir, tener un sentido y una dirección. Una carta que fuera la flecha y marcara la distancia a recorrer, ese puente tendido para que el destino llegara a puerto. Una carta que después de todos los instantes vagara errante, fantasma de las noches y luz invisible de los días, una carta que se rompió antes de ser escrita. Se fue, con los renglones anhelantes, camino de veinte años atrás, o aquí mismo, cerca, donde tú, justo cuando el instante iba a ponerse las alas que dicen llevan al futuro pero que han llevado al tiempo antiguo que nunca se movió y que no dejó de esperar. Una carta rota aquí entre mis manos deshabitadas, que me llega cada noche desde algún mundo habitado, una carta que no fue vuelo, ni siquiera papel. No dio tiempo a más. Fugaz el espacio del día, pero rendija de luz

 

quintín alonso méndez

 

 

 

 


miércoles, 14 de septiembre de 2022

 

Claridades 33



Alguien te llamaba.-

«alguien te llamaba». Eso le oyó decir a la niña en la plaza desde un banco cercano, se lo decía a su joven madre, tirando con sus manitas de sus largos y delgados dedos hacia abajo, hacia el suelo, adonde las palomas bajan a picotear en los sueños que suelen caerse desde lo alto, desde terrazas y barandas de miradas ensoñadas, y ocurre igual a cualquier hora del círculo, cuando empieza a amanecer, al mediodía, cayéndose la tarde o ya con la ensoñación metida en la noche, dulce y húmedo ronroneo de los roces. Caen de los árboles las palomas y picotean sueños rotos y débiles sueños incrédulos, y es un péndulo que late dentro de la mirada al compás de la marea, y la mirada se va lejos, muy lejos, a los extraños y llamadores laberintos de los deseos. Ahí estaba ella, con los ojos hundidos como peces en la calidez oceánica de la tarde bajo la sombra del árbol, «alguien te llamaba», le insiste la niña y ella la oye lejanamente, como desde dentro de un sueño brumoso. Había mirado al banco cercano y vio al hombre. Un pequeño escalofrío hizo que tenues le temblaran los labios y sintiera un tímido aleteo, un revoloteo inquieto en el nido de mariposas que dormitaban en su vientre. Solo lo había visto una vez, fue un mediodía de sábado, ella  sentada en un banco de la plaza esperando una llamada, en aquel deslavazado mismo banco, él sentado en un banco cercano, en el mismo banco que estaba ahora, aún más deslavazado. Estaba sola metida en sus cosas y él no la miraba, pero sí, de vez en cuando sus miradas se cruzaban, en un momento indeterminado del azar se enredó en aquella mirada, y no era la mirada, eran todas las miradas, distinta cada una pero siendo la misma mirada desnudadora, dulcemente obscena, primero fueron descendentes pero luego subían despacio y bajaban despacio, subían, se detenían…bajaban…, péndulo de una perezosa marea baja. La primera mirada la sintió en los ojos y no supo esquivarlos, los esquivó él, como diciéndole «ha sido sin querer, perdona», pero un temblor menudo le dijo que no habría sabido apartarla, luego la sintió en los labios, posada, posada, en el cuello, posada, descendiendo lenta, como si fuera un dedo descendiendo despacio, despacio, sintió el cosquilleo que le bajaba por la nuca y bajaba enredado en su pelo que resbalaba, resbalaba, cosquilleándole el inicio de los pechos, se agitaba el aire, la brisa que la rozaba, estaba como desnudándola despacio, eso sintió y se quedó así, expuesta, no recuerda si pensó en levantarse y dejar que la fuera desnudando íntegra, le palpitó la piel, la carne de la piel, le palpitaba la brisa con sus roces que apenas la rozaban, le gustaba el acariciante roce de sus propios brazos en los pechos, los apretaba contra ellos, los deslizaba rozando las dos rosas oscuras sensibles endurecidas por la sed, apretando suave y mimosamente las piernas, la humedad la habitó, la estremeció, su cuerpo se abrió en flor, trémulo, «alguien te llamaba», le dice la niña tirando de ella, de sus largos y delgados dedos, temblorosos, unas palomas picoteando en el suelo, entre las piernas de la hija y la madre, que abre las piernas despacio estremeciéndose. Mira al banco cercano, inicio de sonrisa afrutada, y tan lejos el banco vacío, atardeciendo. Siente el frío de la tarde oscureciéndose, le sonríe, por qué triste, a la niña, le dice que es hora de volver a casa, caminan despacio por la plaza vacía, y siente que es la misma vaciedad que siente en las entrañas, en ese vértigo del deseo, el mismo frío sin la mirada desnudándola despacio como despacio le acaricia el cuerpo la brisa que anochece desnuda, «mamá, alguien te llamaba»

 

quintín alonso méndez

 

 


sábado, 10 de septiembre de 2022

 

Claridades 32



Cuando escribo pierdo vida (pierdo materiales que me sostienen, se me caen irrecuperables las sustancias, inevitable de leproso y de favorecedora de la lepra mi escritura), y a veces, muy pocas veces, cuando me leo, llevo la vista lejos y me digo que la vida ha de existir en alguna parte, recupero la sombra de lo que fue escrito, lo inevitable de una tarde vacía llena de sol. Es cuando íntegra de desnuda se me presenta la tarde y todas las demás tardes a las que solo las distingue el clima. Así me ocurre que vivo lo que no viví, leyéndolo desde fuera, desde el inexistente lector, y es justo que el dolor y lo que duele toda muerte de dolor, sea regreso y nunca sea lo que depare el nuevo día. Porque, ¡ay!, escribir no tiene mañana, es presente que se ancla, se aferra indefenso al instante del temblor y del escalofrío y sabe de su destino. No va más allá. Ahí nace y ahí muere. Solo la lectura trae de vuelta lo que no tiene regreso y que llamamos respiración, el acto mismo del latir. Sin esperanza, sin cuerpo, sin territorios. Pero latiendo por la no vida a lo largo del infinito desierto sin fin, aunque caiga abatido y muera el cuerpo, mueran las existencias de los sentidos. Entonces algo se recupera. ¿Qué? Se recupera lo que no tuvimos: la lucha por no envejecer de cuerpo y de espíritu. La lucha estéril pero lúcida de todo lo no conseguido y la triste certeza de la savia que se quedó en el tallo de la planta, un verso, aquél verso que casi nace y se lo llevó la marea. Era ella y su sonrisa, era la sonrisa que me encontraba en algún gesto del mediodía. ¿Fuimos amantes? Sí. Desparejando las distancias, las palabras no dichas, las miradas hurgando en la penumbra cálida del asomo de piel, nada, un mínimo temblor, un roce apenas intencionado por culpa del barullo de los pájaros al sol, retenido un poco, apenas un poco, mientras la sonrisa mordía y quemaba y ahondaba la tristeza, sí, se puede decir que fuimos amantes. Y nunca lo supimos. Queriendo decir que claro que lo supimos, pero alejamos las querencias, sin moverme corrí a la búsqueda de un atardecer, ella al alba, inconscientes rehusamos estremecernos bajo una misma luz incendiaria, de incendiarnos bajo el mismo estremecimiento, bajo la misma mortandad de la vida. Esto trae la lectura, lo inolvidable, lo que no fue, el arma más preciosa de toda revolución: el gesto que se difuminó una tarde fría que se alejaba bajo el paraguas de la tristeza y que a veces regresa bajo el incendio de un día azul, y despierta las páginas, las materializa con el asombro de una fugaz y menuda aunque triste sonrisa

 

quintí alonso méndez