domingo, 17 de abril de 2016


                                    El último sueño de un viejo

¿Por qué sonará a rumores de mar en este territorio seco y mustio, amarilleándose de vejez cada día un poco más, golpe continuo de fuego de la sequedad más estéril, bajo un abismo parpadeante de cielo abierto, abisal? Entonces será la primera noche de vuelta, del insomnio al insomnio, camino sin luces, sin palabras, natural, como si el insomnio regresara a su casa de siempre, evidenciando que el instante no fue más que un desliz del tiempo y del espacio, un traspiés de la historia, el tránsito sin más de la mudez al derrumbe, sin tránsito, no importa si ese instante desgraciado o indiferente, no importa si inconmensurable. No importa lo que no es. Esa primera noche vagaré por las tinieblas más vagas del insomnio, haciéndome de nuevo a sus formas, a sus abismos, reencontrándome con sus rincones más desprotegidos, con sus huellas innombrables. Puede ser que en esos momentos del reencuentro con la nada, llore para sentirme vivo, injustamente bientratado por el dulzor y no por el amargor de la tristeza. Empezaré a desvariar en la noche, a creerme que tengo una gata enredada a mis pies, una hebra, dos hebras de luz acompañándome, y desvariando, al primer asomo del amanecer, entre mocanes y guaydiles, bajo la lluvia, enterraré a la gata, dos hilos de lágrimas congeladas, la última luz. Inauguraré el cementerio de las cosas muertas, una primera cruz negra como estaca clavada aquí dentro. La maceta del culantrillo, en la repisa donde da el sol, será un inmenso bosque de helechas, laberínticas trenzas verdes abriéndose a la nada, como una gran flor verde sosteniendo el aire. Nacerá y se extenderá musgo en la ausencia. Y pensar en ti será bueno si tú no lo sabes, bueno para las mustias y fantasmales soledades. Empezaré a toser con más insistencia, a estornudar, a resfriarme más habitualmente, a fumar más, a ser más fuertemente débil. Volveré a las viejas y buenas costumbres, que casualmente son las malas. Pero eso no será nada, solo la primera tarde que llevará al reloj de arena de la primera tarde a la siguiente tarde, a la segunda tarde que será mismamente como la primera tarde, pero un grano de arena más fuertemente débil cayendo sobre la horizontalidad vacía, y así cada tarde, hasta la última tarde, desierto interminable, mortalmente horizontal. La fiebre irá ascendiendo lentamente, escaleras de hiedra, porque será largo y lento el derrumbamiento del derrumbe. ¿Habrá sonrisas? No.
Me iré desprendiendo de mí. Con la firme voluntad del destino escrito.
Los primeros síntomas de la vejez serán mentales, fugas de seres que nos habitaban y lo desconocíamos, luego serán físicos. Terminarán siendo la conjunción, la dejadez y el derrumbe, la caída de la memoria y la caída de los huesos, al unísono, como columnas huecas de aire, aunque la mente, esos viejos restos de la mente, triste, solitaria, destartalada y desbaratada, pretenda sostenerlos sobre un suelo fangoso, resbaladiza y hundidamente olvidadizo, engullidor, deshaciéndose, pulverizándose los huesos. No, no existirá el eco, eso corresponde y corresponderá siempre a las complicidades. Será el instinto del cuerpo a encogerse fetal porque es infame el peso de la mente y abrasador el fuego de las entrañas. Seré el más objetivo porque el más perdedor, el más alejado, ganador del más cierto olvido. La belleza pasará a ser un conglomerado de manchas difusas, constantemente en movimiento, como dispuestas en un segundo plano, fuera del alcance de mis manos y de mis recuerdos, imposible visualizarla, contemplarla. Sin piedad, el frío no dejará de azotarme, dolor acerado que el abrigo no cubrirá. Me quedaré en la capa espesa de las olvidanías, en la niebla de los sentidos apagándose. Recordaré lo que siempre supe que recordaré. Y por encima de todo, estará tu nombre, aunque no recuerde a quién perteneció y pertenece tu nombre, y puede ser que ya por entonces ni siquiera sepa el significado de tu nombre, cómo eran los signos de tu nombre. Seré un libre preso de este planeta encarcelado, a pesar de que en los escasos días azules y en los espejismos de las noches de luna, no lo veamos así, sino libre, prometedor, exuberante de lujuria. Para mí será un largo recorrido el instante del derrumbe, pero la historia dirá y escrito quedará que fue un instante pasajero, la fugacidad de lo fugaz. Absolutamente nada. Abandonado por las fuerzas físicas, tendré que crearme en la mente, con el pensamiento, una fuerza que me levante. Porque querré morir de pie, frente al mar de tus securas, ¿llegarás a leerme alguna vez frente a tu mar donde marinas brillarán las escamas, todos tus sueños, tus logros? No podré emborracharme ni siquiera de oscuridad, las úlceras del cuerpo, del alma, no me permitirán una sola gota de alcohol, de luz. Durante un instante, en el instante de la historia, este mismo instante de la historia desparramándose en la escritura, mi único ritual era amarte, en el derrumbe será el ritual incansable de liar el cigarro y nombrarte.

El derrumbe será estar en ninguna parte. Tampoco en mí.
Quintín Alonso Méndez


                                    El primer sueño de un viejo

¿Por qué sonará a rumores de mar en este territorio seco y mustio, amarilleándose de vejez cada día un poco más, golpe continuo de fuego de la sequedad más estéril, bajo un abismo parpadeante de cielo abierto, abisal? Entonces será la primera noche de vuelta, del insomnio al insomnio, camino sin luces, sin palabras, natural, como si el insomnio regresara a su casa de siempre, evidenciando que el instante no fue más que un desliz del tiempo y del espacio, un traspiés de la historia, el tránsito sin más de la mudez al derrumbe, sin tránsito, no importa si ese instante desgraciado o indiferente, no importa si inconmensurable. No importa lo que no es. Esa primera noche vagaré por las tinieblas más vagas del insomnio, haciéndome de nuevo a sus formas, a sus abismos, reencontrándome con sus rincones más desprotegidos, con sus huellas innombrables. Puede ser que en esos momentos del reencuentro con la nada, llore para sentirme vivo, injustamente bientratado por el dulzor y no por el amargor de la tristeza. Empezaré a desvariar en la noche, a creerme que tengo una gata enredada a mis pies, una hebra, dos hebras de luz acompañándome, y desvariando, al primer asomo del amanecer, entre mocanes y guaydiles, bajo la lluvia, enterraré a la gata, dos hilos de lágrimas congeladas, la última luz. Inauguraré el cementerio de las cosas muertas, una primera cruz negra como estaca clavada aquí dentro. La maceta del culantrillo, en la repisa donde da el sol, será un inmenso bosque de helechas, laberínticas trenzas verdes abriéndose a la nada, como una gran flor verde sosteniendo el aire. Nacerá y se extenderá musgo en la ausencia. Y pensar en ti será bueno si tú no lo sabes, bueno para las mustias y fantasmales soledades. Empezaré a toser con más insistencia, a estornudar, a resfriarme más habitualmente, a fumar más, a ser más fuertemente débil. Volveré a las viejas y buenas costumbres, que casualmente son las malas. Pero eso no será nada, solo la primera tarde que llevará al reloj de arena de la primera tarde a la siguiente tarde, a la segunda tarde que será mismamente como la primera tarde, pero un grano de arena más fuertemente débil cayendo sobre la horizontalidad vacía, y así cada tarde, hasta la última tarde, desierto interminable, mortalmente horizontal. La fiebre irá ascendiendo lentamente, escaleras de hiedra, porque será largo y lento el derrumbamiento del derrumbe. ¿Habrá sonrisas? No.
Me iré desprendiendo de mí. Con la firme voluntad del destino escrito.
Los primeros síntomas de la vejez serán mentales, fugas de seres que nos habitaban y lo desconocíamos, luego serán físicos. Terminarán siendo la conjunción, la dejadez y el derrumbe, la caída de la memoria y la caída de los huesos, al unísono, como columnas huecas de aire, aunque la mente, esos viejos restos de la mente, triste, solitaria, destartalada y desbaratada, pretenda sostenerlos sobre un suelo fangoso, resbaladiza y hundidamente olvidadizo, engullidor, deshaciéndose, pulverizándose los huesos. No, no existirá el eco, eso corresponde y corresponderá siempre a las complicidades. Será el instinto del cuerpo a encogerse fetal porque es infame el peso de la mente y abrasador el fuego de las entrañas. Seré el más objetivo porque el más perdedor, el más alejado, ganador del más cierto olvido. La belleza pasará a ser un conglomerado de manchas difusas, constantemente en movimiento, como dispuestas en un segundo plano, fuera del alcance de mis manos y de mis recuerdos, imposible visualizarla, contemplarla. Sin piedad, el frío no dejará de azotarme, dolor acerado que el abrigo no cubrirá. Me quedaré en la capa espesa de las olvidanías, en la niebla de los sentidos apagándose. Recordaré lo que siempre supe que recordaré. Y por encima de todo, estará tu nombre, aunque no recuerde a quién perteneció y pertenece tu nombre, y puede ser que ya por entonces ni siquiera sepa el significado de tu nombre, cómo eran los signos de tu nombre. Seré un libre preso de este planeta encarcelado, a pesar de que en los escasos días azules y en los espejismos de las noches de luna, no lo veamos así, sino libre, prometedor, exuberante de lujuria. Para mí será un largo recorrido el instante del derrumbe, pero la historia dirá y escrito quedará que fue un instante pasajero, la fugacidad de lo fugaz. Absolutamente nada. Abandonado por las fuerzas físicas, tendré que crearme en la mente, con el pensamiento, una fuerza que me levante. Porque querré morir de pie, frente al mar de tus securas, ¿llegarás a leerme alguna vez frente a tu mar donde marinas brillarán las escamas, todos tus sueños, tus logros? No podré emborracharme ni siquiera de oscuridad, las úlceras del cuerpo, del alma, no me permitirán una sola gota de alcohol, de luz. Durante un instante, en el instante de la historia, este mismo instante de la historia desparramándose en la escritura, mi único ritual era amarte, en el derrumbe será el ritual incansable de liar el cigarro y nombrarte.

El derrumbe será estar en ninguna parte. Tampoco en mí.
Quintín Alonso Méndez

martes, 12 de abril de 2016


                                    El último sueño de un viejo

       Será la primera tarde, que ya sabré como la primera tarde del derrumbe porque habrá un silencio inmaterial, sin pájaros, en la luz extrañamente blanca de vacía, apagada, del paisaje, primera tarde que veré clavada en la pared por un alfiler y por un alfiler atravesada, como una mariposa disecada. Será la sensación de que algo se ha ido para no volver. Será el miedo, la hondura más honda de la soledad, pero será así, así será el comienzo del último tramo del camino, yermo como un alma muerta. Primera tarde donde sentiré la tristeza más profunda, más apesadumbrada, desde el dolor más triste, el insensible péndulo que te lleva del miedo al miedo, a la respuesta lejana, sin ropajes, sin matices, desnaturalizada, del desearme una neutra buena tarde. ¡Ah, desventurada tarde única la primera tarde que interminable no dejará de ser la única desplomada tarde, ingenuamente impensable aunque temiéndola y percibiéndola desde el inicio del instante! Así contaré los silencios desde entonces: de tarde a tarde, como de peldaño a peldaño, y como si en ese reducido espacio, entre peldaño y peldaño, cupieran las incontables fases de una luna. Hoja a hoja del calendario que ya no tendrá sentido. Porque se irán borrando las fechas, como se borran las intransitables veredas intransitadas. Primera tarde donde no encontraré más que distancias infinitas por todas partes, por las cuatro caras despellejadas de la soledad, y más infinita la distancia que me alejará de mí, ausente de mí mismo. ¿Me sorprenderá el primer latido de lo definitivo, tan desprevenido me encontrará, tan indefenso? Lo que es seguro es que me llegará el primer grito del miedo, más aún, la primera certeza del fin próximo, más, más aún, del fin ya instalado, aunque los restos anacrónicos de sangre líquida, algunas partículas diminutas, pequeñas grietas en la mente, molestosas tarden un poco en apagarse, cerrarse y secarse del todo. Saldré a la impasible y callada y azul y ensimismada y pálidamente débil empequeñecida luz de la tarde que irá verdeándose, consumiéndose en débiles girasoles, vertiéndose en todos los naranjas y violetas, amoratándose el atardecer, haciéndose luto la noche a solas. No me dirá nada la tarde, nada me dirá la noche. O me dirá el todo. Me dirá lo que no quería reconocer. Que estaré donde estoy y estuve, a un lado. Miraba hacia otra parte, hacia el mundo utópico de lo imposible, mientras la vida iba colocando sus piezas, montando el puzzle. Pensaré en la teoría del susto, regresándome al origen, a tiempos remotos, de donde y cuando nació el susto, la primera raíz, que nació de un hilo roto y creció y se extendió, que lentamente abrazó y estranguló las demás raíces, anulándolas, quedando solo el susto, que no era ese instante indescriptible y exacto del susto, sino la existencia permanente del susto, del estar asustado, presintiendo con temor, cercano, el susto, que surgiría de cualquier parte, en cualquier momento, sucesiones de sustos para lograr el estado perfecto del asustado, pendiente únicamente, con pánico, del estremecimiento del susto, y por eso la parálisis, porque cualquier movimiento de una sombra, cualquier fugaz paso de un gesto, asusta, atrae al susto, por eso la quietud es susto en su estado álgido, preciso, que se disuelve en la nada y te anula, te hace nada. 
Quintín Alonso Méndez

jueves, 7 de abril de 2016

           
                         Las ventanas cerradas del cuerpo

Casa da a un descampado rodeado de ruinas
ese descampado ese patio de la naturaleza
al que acorralan y van sepultando las ruinas
es el patio de una cárcel donde vive libre lo que queda de vida
en las ruinas y más allá de las ruinas todo es ruina
bullicio de patios ajenos
donde se habitan libres los más allegados
patios con las ventanas cerradas para mi presencia
patios que nunca he rondado ni rondaré
patios que esparcen sus ruinas
y van sepultando otros patios
hasta aquí llegan sus paréntesis y sus puntos suspensivos
cierro las ventanas del cuerpo


Quintín Alonso Méndez

domingo, 3 de abril de 2016


                                     El último sueño de un viejo

Tendré miedo, más miedo a cada latido del tiempo que me irá devorando, consumiendo. Más miedo, infinitamente más miedo que ahora. Seré más silencio. Llegaré al pánico. Crecerán y se multiplicarán mis defectos, al tiempo que mi nefasta virtud de creer irá descreyéndose, para acabar en la perfección de todos los defectos y ninguna virtud: la virtud de cultivar mis defectos dejará de ser necesaria. La pequeña manta azul permanecerá ahí, doblada, a los pies de la cama, con la huella cálida pero ausente de una gata acurrucada.
Ni un pequeño grito en la escritura, tampoco susurros. No habrá palabras que se salgan de los surcos escritos, nada más allá de la escritura y nada dentro de la escritura, solo el instante, y nada más acá de la escritura, donde es la nada, antes y después de lo que haya sido escrito, el instante será el intervalo cerrado del todo. Si alguna vez lo hubo, no habrá más intento de buscar lo que no podrá ser ni existir, en la oscuridad hueca de la noche. La memoria dará saltos erráticos, pero sin encontrar sus zapatos, descalza caminará por un mar sin agua con un suelo de duras y agresivas piedras volcánicas, saltará desde abismales acantilados de sueños con imágenes imprecisas que pondrán el sabor de la tristeza en los labios, parecerá que el dolor tenga cuerpo, de tan cercano, de tan adentro. Será un estar sin ser, pero cada día, varias veces al día, en cada punto solar del día, miraré al horizonte que me señalará el norte, ahí reconstruiré días enteros, puntada a puntada, un instante, el mismo instante, en cada puntada, y ahí, nocturna, sonará a madrugadas enfermizas mi voz muda. Me habituaré y me haré a la concavidad del vacío, a la convexa forma de tumba del tiempo, me aferraré a sus lianas viscosas cuando el dolor sea insufrible, gritaré tan para adentro que más me desgarraré. El derrumbe será lo que está escrito en la escritura.
Quintín Alonso Méndez

jueves, 31 de marzo de 2016


                                   El último sueño de un viejo




   Entre el vuelo y el derrumbe hay un instante que se quiebra frágil bajo el peso de los días, y cada día es una distancia que se aleja y aleja los latidos del instante

Al mismo tiempo que la mudez y el vuelo, es el derrumbe

   
el derrumbe

Aún habrá un instante, después del instante, en que parecerá flotar el instante, incrédulo o aún con la sangre caliente y líquida como un río deslizándose pendiente abajo, y como si fuese ajeno el lívido el verdadero el último chasquido. Pero instante que se quedará en la escritura hasta la última letra de la última palabra que escriba. Como una fotografía. Envejecerá la fotografía, el mundo, la impresión de que todo se aleja y se pierde en la borrosidad del tiempo, pero no la historia, esta historia, que permanecerá impasible en la escritura, aunque se hunda en el origen, en la mudez. ¿Llegará a ser vista o leída por alguien? Qué importa eso. Será el derrumbe pero será mi silencio, desde donde se eleva hermoso material y sobrenatural tu vuelo. Será todo como ha de ser. Implacable será el devenir del derrumbamiento. No volveré a saber de ti, pero los pájaros, la libélula, la noche infinita, la luz de los mediodías, la lechuza, los grillos, el viento y la lluvia, me traerán noticias. Pondré mis dedos en tus sienes cuando te duela un dolor, seré más oscuro silencio apartado cuando el corazón te brille, hagas brillar el aire que te rodee, y toda tú luminosa palpites de vida, dándole brillo al mundo que te rodee y te comparta. Caminaré a tu lado sin que lo sepas ni lo sientas, sin caminar ninguno de tus caminos, sin invadir tus posesiones, tus risas, tus lágrimas, tus vivencias, sin importunar siquiera la más pequeña de tus alegrías de hogares y convivencias, el sonido pajaril de tu risa. El loco ya no se escapará a llamarte en pleno temporal de invierno en las madrugadas. No tenías por qué saberlo, pero el loco dejó de vivir, en pleno vuelo. Se lanzó al abismo. No volverá a asustarte. Yo, tampoco. No usurparé su lugar, no sabría, aparte de que no dejará de visitarme en mis noches en blanco, se sentará a mi lado y se pondrá a hablar solo, a comentar jocoso mi forma pobre y ridícula de escribir, de comportarme, lo conozco bien, pero no me sacará una palabra, no conseguirá que me revuelva y rompa mi promesa, aunque dejaré que venga a visitarme, me traerá recuerdos, y será triste pero conmovedora, lo sé y lo sabes, su forma insólitamente humana de recordarte, y eso sí conseguirá, sacarme las lágrimas. Nos seguiremos acompañando aunque los dos estemos muertos.

Quintín Alonso Méndez

lunes, 28 de marzo de 2016


       de     Las ventanas cerradas del cuerpo

Escribir es tocar  Como una fruta puse mi vida en tu boca

El tiempo es un instante que son tres instantes en un mismo instante  Es el instante del “hola” donde de repente el mundo se abre como un abanico de pavo real y los pies dejan de pisar el suelo se elevan y se elevan el cuerpo se eleva a la altura del beso  Ese beso  Ya depositado vivo en la madera de la memoria  El instante del “hola” que se abre en tres instantes el primer roce que ya es el roce un roce que sobrevoló mares y tiempos donde gimen las cuerdas de la piel se estremece la brisa dulce azul resbalan los sentidos se humedecen se agitan los pájaros las palomas las mariposas hundiéndose en el valle oscuro tiernamente frutal del vientre  El instante del encuentro de los sexos la dureza y la ternura la misma hondura el mismo fuego inundador el mismo estremecimiento gimiente frágil partido en las dos bocas el mismo placer ahogándose el mismo resurgir del aire abriéndose a las aguas al asombro de los sentidos el mismo estupor dulcemente doliente del placer el mismo instante de la locura que embriaga y dulcemente aturde el mismo placer vertiéndose  El instante atroz sublime del orgasmo ese ascenso voraz que se hunde vertiginoso en lo más hondo de las entrañas el grito que desgarra la luz mordiéndola habitándola y suavemente depositándola en la desnudez limpia dulcemente excitada de la piel es cuando tiemblan entre los dedos las olas resacosas de la marea el oleaje que mece se enreda entre los muslos se yergue en las flores sonrosadas de los pechos agitados bandadas de pájaros en los labios que musitan de donde caen las palabras rotas excitadamente rotas es el “hola” dulce sonriente encendido en los ojos en los labios en la enamorada sonrisa en los delicados pliegues que se acercan y se alejan y se acercan reiniciándose  Es el tiempo circular un instante que son tres infinitos inacabables instantes en el mismo instante  Dentro está el Universo  Escribir  El peregrinaje interminable por tu cuerpo y así recibir tu alma latiendo como un pájaro en mis manos en mi boca en mi sexo
Quintín Alonso Méndez