lunes, 19 de enero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
Hoy, 16 enero 20.00 horas
«El edén de Salomé»
En lo que se hunde el año, la araña
negra de la vida
va tejiendo su invisible tela espesa,
donde caerá, atrapado, lo más frágil,
todo aquello que en su delicadeza no
sepa alejarse
de la palabra vencida, del derrumbe
de los sueños,
es mirar por la ventana y es ver lo
que se aproxima
por la línea del tiempo, nubarrones
de lluvia gruesa,
cestos de mimbre vacíos rodando por
las laderas,
ventoleras de silencios que apenas si
moverán el aire,
también se acerca lo que nunca podrá
irse,
todo lo efímero,
desde una noche sin dueño
a un roce por debajo de la mesa,
desde la alta mirada en la frente
al más inexperto de los besos
es mirar por la ventana
por donde siempre ha sido el regreso
en lo que se hunde el año
el sendero se pierde en la negrura
que baja y baja bajo mis pies
y se hunde hundiéndome
en la oscuridad oscura
como la boca más oscura de la
lejanía,
sendero resbaladizo por donde
resbalan vencidos
aquellos sueños, aquellas alas,
aquellas débiles alas
de insectos huérfanos que apenas si
nacieron,
sin tiempo para aprender a mirar, a
sentir el peso de la luz,
manos y labios y dientes se aferran
a la raíces más cercanas y más
profundas,
la mirada no deja de bucear en las
entrañas del tiempo,
aún con la sed que quiere gritar
esperanzas,
pero las fuerzas son escasas,
desfallecen
y van abandonándose al destino del
abandono
(del «Edén de Salomé»
jueves, 15 de enero de 2015
Ateneo La Laguna, mañana 16 de enero 20.00h.
«El edén de Salomé»
Viendo aquellas fotografías, el mundo
me cerca,
se reduce a un fogonazo de nubes en
jaulas,
aprieta y se me hunde en las vértebras,
indaga en las cenizas que llamean,
se estrechan los días que hay entre
los dos tiempos,
se reduce a polvo la memoria, la casa
de la memoria,
hay un temblor en la mano desasistida
en el gesto que el aire atrapa y
engulle
y toco aquí, me sube por la garganta
toda la ternura almacenada,
lo único que tengo, que me queda. No
existe la palabra
que defina
que pueda decir
ni aún aproximarse
este dolor que sólo a mí me pertenece
que crecerá conmigo
único testigo que palpará lo que lo
palabra no sabe escribir
Se extingue el aire como una llama
débil
a cada golpe de tiempo
que cae del lado de las zanjas del
silencio
se extingue la llama ante la
debilidad del aire
ramas débiles, se doblan los huesos,
los sueños se empozan en sus propias
aguas
se caen los días como hojas secas,
desmadejado el viento, los gestos
débiles,
apenas con fuerzas para dibujar alas en
el suelo,
se apaga la luz de los ojos, se
apaga,
la tristeza ciega, mata los sentidos,
empobrece la sangre, débiles los
gestos,
apenas si logran apoyarse en la caída
de la tarde,
se caen los días como hojas secas,
las huellas ocultas bajo la yerba,
una gota de rocío espera al sol
(de «El edén de Salomé»)
miércoles, 14 de enero de 2015
Viernes 16 de enero a las 20.00 horas
El edén de Salomé
Desde de la más callada y remota
esquina de los recuerdos,
salta un latigazo de luz que muerde y
ciega, hundiéndose la tarde.
Viene a arañar los ojos, a traerme
justo esa imagen, ese salto perfecto
al vacío, al dolor más vacío, más sin
pertenencias, más dolor renacido,
cómo decírtelo, más cierto, vivo en
carne viva, puro dolor que mata,
¡cuántas veces me he apoyado en el
árbol de la soledad,
sabiendo que no hay más árboles en mi
camino!,
alrededor zumban risas, palabras,
caricias, juegos de seducción,
y el horizonte me devuelve en
silencio lo que le he dado: nada.
Basta un soplo en el cristal para que
se resquebraje el mundo,
se rompa el puente de un estallido,
se desvanezcan los futuros,
basta un no de la impotencia o del
orgullo o del miedo o de la rabia,
para que el sí de las uvas se
desangre, se desangren las veredas.
Desde la más callada y remota esquina
de los recuerdos,
viene la muerte, ¡lo que era la
vida!, a buscarme
(del «Edén de Salomé»)
viernes, 9 de enero de 2015
Ateneo La Laguna Viernes 16 de enero a las 20.00 h.
Suele suceder que la duda no es miedo
sino certidumbre del fracaso.
La insistencia rompe la roca
pero la duda se mata sola,
se vuelve al pasado,
es roca seducida.
El árbol solitario es triste y solitario muere
porque no puede sostener abandonado
todas las ramas del tiempo
(del «Edén de Salomé»)
Cuando no se tiene nada, el asomo del todo te ciega.
Metido en la celda oscura, sólo se ve más oscuridad dentro de
la oscuridad.
Salir al patio sin gorriones se agradece, ya se sabe que los
pájaros son libres.
Y el patio es entonces una ventana amplia en el suelo, que
oculta el abismo,
crecen algunas yerbas entre las grietas del desgastado
cemento,
ahí hasta el alma es frágil, se deja llevar por la melancolía
de las tardes que nunca fueron o que fueron en otra parte.
¿El crimen?, la voluntad del abandono, la fe en el infierno.
Me dice el cuervo renco que la risa siempre estuvo, lo creo,
¡hasta en el dolor más mayor, la risa venía a la cama y
besaba la frente!
Así me decían que era el mundo, así ha de ser, abierto como
un sol,
ahora que se cubre el cielo de nubes nostálgicas, quietas.
He perdido otro diente, mordiendo en el agua de la noche.
Entre la puerta de la celda y el patio, hay un pasillo que
dicen lleva a la eternidad
(del «Edén de Salomé»)
De «Últimas notas»
La última tarde
Es tarde de sol tibio. Es
desnuda la tibieza.
Arde como un niño en el pecho
de la madre,
suavemente arde, y de ahí, de
esa ternura maternal,
de su desnuda sonrisa,
de ese discurrir de la mirada
por las aguas de un sol de
enero,
mana el tibio oro de un
atardecer temprano.
La libélula ha pasado,
rasgándole la piel
al sentimiento oscuro que
enjaulado
no tiene adónde ir. Libre en
sus pérdidas.
Como un cometa, la lágrima
del destierro
vaga por el frío abismo del
firmamento.
Es tarde es soledad es
telaraña invisible
es arte la silueta del
silencio escondido,
lienzo errante lanzado al
viento,
arte que como arte camina a
solas,
voluntariamente indefenso,
por eso muralla entre la
yerba, arte,
esas columnas del mármol de la isla inexistente
jamás alzadas por las alas de la estancia
que se diluyen y desaparecen
devoradas por la herida de la
noche,
herida que se abre carnosa y
lejana,
tan lejana como lejano fue el
beso nunca dado
de una vida que estuvo y no
se sabe que estuvo,
tierna tarde que se va para
no volver, que no está
que nunca estuvo, todo ha
sido siempre un gris de nubes
un callado y diario entierro de tardes desnudas
sólo entibiadas por las fiebres de los años
Quintín Alonso Méndez
lunes, 5 de enero de 2015
De «Últimas notas»
A
diario
El adiós no se nombra
sólo se le deja caer y que ruede
cuesta abajo
por la pendiente del tiempo.
O dejarlo en esa vieja esquina en la que nadie se detiene nunca
o en ese banco del parque donde únicamente se sienta la ausencia.
Al contrario que el hola, que estalla en los labios como fruta de agua,
el adiós tiene fríos y secos los labios sellados, los ensoñados ojos
puestos
más allá de las montañas, donde un hola empieza con sus primeros vuelos.
La distancia es la orilla, el instante del hola, la eternidad del adiós.
El silencio donde no hay mundo. Fue soplo que el viento desvió. Fue
nada.
El adiós calla para no herir y cruel hiere en su más honda voz callada.
El hola y el adiós caben en la misma mano,
en el mismo acto de la mano deshaciéndose en el aire,
sólo los diferencia el sabor del beso en el mismo beso.
No cabe el adiós en la palabra, es raíz ya seca en tierra seca,
es palabra muerta, que así nació, congelada en el beso del hola
Quintín Alonso Méndez
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