sábado, 11 de octubre de 2014




De «Últimas notas»

La frontera del abismo

Me quedan dos amaneceres y tres noches.
Dentro de ese tiempo, por ponerle nombre a lo impalpable,
interminables caravanas de infinitos instantes ciegos,
suficiente largura del espacio para tensarle las cuerdas al olvido,
incontables puntadas de la aguja en el descoser de los años.
Habrá lugar extenso para desbaratarle los sueños
a los recuerdos que cuelgan, trenzas de esqueletos.
Donde escribo sueños puedo escribir pájaros de hojalata en los charcos,
donde escribo recuerdos puedo poner lo que escribo cuando no escribo,
¡habrá tanto lugar donde ir depositando lo bello, lo inexistente!,
infinitos, sí, infinitos instantes para cortarles sus alas de mariposas
y a esos instantes así entonces echarlos a volar en las aguas de la sangre.
Sin término los finitos estambres de las caricias que desconsoladas
se hundieron antes del arribo y ahí flotan en el mar de las negruras,
platean como peces que agonizan, no morirán, son el destierro.
Desperdicios de vida desperdiciada. En la noche, en la incontestable noche


                                               Quintín Alonso Méndez


martes, 7 de octubre de 2014




De «Últimas notas»

La esquina

Las verdades no van a ninguna parte,
se quedan quietas en sus soledades aisladas,
un espacio infinito entre una soledad y la otra,
la lluvia enjaula bajo su manto brumoso,
ensordece y ciega los ojos, anegándolos.   
En cada esquina, invisible, hay una verdad muerta,
son las mentiras las que van y vienen
y se abrazan bajo la farola rota,
las que cruzan la calle aplastando los charcos,
las que reparten besos y comparten cama
porque les sobra vida y les sobran los silencios,
las verdades son pedazos de esqueletos
porque son vidas despedazadas.
En una de esas esquinas rotas,
quemadas por la humedad
y por la ausencia del sol,
por donde nunca pasará la sonrisa
ni siquiera un silencio que no muerda,

lleno de verdades, muerto, ahí estoy


                                                 Quintín Alonso Méndez

viernes, 3 de octubre de 2014





De «Últimas notas»

Hasta siempre


En el cementerio de mi vida –vamos a llamarla así, a esta correría desmesurada
del tiempo a ninguna parte-, se me amontonan los muertos.

Acaba de irse un gran hombre.
Él fue quien trajo a casa mi primer grito desnudo,
«ha muerto», dijo su voz rota. Ha llovido y siempre estuvo.
Sin decir nada siempre estuvo. Me contó historias.
Me acercó lo que no tuve, hizo que me volvieran recuerdos
y supiera amamantarlos y guarecerlos.
Siempre el humor ojos afuera.
Me enseñó que las penas se tragan a solas.
La vida está llena de escasos momentos
dulcemente asombrosos 
y de innumerables momentos de dolor.
En ambos casos sobran las palabras.
Acaba de irse un gran hombre

            Quintín Alonso Méndez         

miércoles, 1 de octubre de 2014



Octubre


La soledad camina, la vida entierra caminos, borrando las huellas. Al nacer, fui adiós. Crecí apenas, me mató la gran risa de la gran luz. Ahí va, risueña, feliz, de la mano de su hija: «te voy a enseñar un lugar», le dice. Nunca hace calor en esta parálisis de planetas. Tampoco hace frío. La distancia es así. Sin un sol que la guíe. Me gusta esta tarde, que invitará luego a las estrellas a caerse. No sé nada, le digo a la pared firme del aire. Hablo con mis muertos y no con la gente que me rodea, que deambula por ahí. Aprendí que todo está escrito. Seguirán escribiendo los dioses, lo que le dicten o signen las diosas. La tristeza suele venir sin que se pueda saber de dónde ni por qué. Muchas veces la trae unos de esos días que parecen ausentes, distraídos, metidos en sábanas grises con la brisa desangelada. No se sabe por qué la tristeza viene y se posa, sin querer irse, se arropa en el abrazo inmenso de la nada, apoya la cabeza en el cristal y deja que la mirada se ponga a hurgar en el horizonte las figuras de algodón. Los recuerdos vienen, pero no son más que olas de aire envejecido, apagado, que pasan de largo y se extienden a lo lejos, cubriendo las pocas palabras que aún sobreviven entre la yerba. Son pájaros sin alas, le digo a este silencio que se ha apoderado de la casa. Mi rumbo no se comparte. No hablo ninguna lengua humana. Nunca has hablado conmigo, mi voz únicamente te decía recortes de periódicos, titulares de prensa, miraba a lo alto y decía, viendo el rebaño de ovejas, todas agrupadas, «va a llover», y no decía cuándo, pero eso era todo, o asentir a lo que imaginaba tus palabras, porque mis oídos no dan para más: se han ido apagando, metidos en la sordera del mundo. «En este lugar fui feliz», le dice a la niña, que mira sorprendida, adonde la madre, una isla despedazada por los temporales, encallada en un rincón olvidado de la playa. La soledad baja por el camino solitario, y la vida viene detrás, borrando las huellas


                                                    Quintín Alonso Méndez


martes, 30 de septiembre de 2014



La vida


Demasiado larga la vida para no ser vivida.
Viví el pájaro estrangulado,
la roca muerta en el suelo,
viví la lenta caída de un grito.
Soy escombros rodeado de ruinas,
mis castillos de barro.
Corta, muy corta la vida,
sin tiempo para rescatarla.
Estuve en la cárcel de los sueños
y vi libres las hojas de los árboles
atadas a las ramas,
caminé sin saber que no hay caminos,
cavé mi abismo, ahora lo habito.
Me entretuve en las derrotas, ahí me perdí,

me habló la brisa, nada más


                                               Quintín Alonso Méndez

miércoles, 24 de septiembre de 2014



De «Últimas notas»

La puerta

Al traspasar la puerta, supo que todo le resultaba tan conocido como la indiferencia, pero lo dijo de esa manera que ella bien sabía manifestar para que él sintiera todo lo contrario, «tengo la sensación de que he estado aquí siempre». Él guardó silencio. Y ella no lo miraba, que era cierto lo inofensivo que era. «Va a ser verdad que la nada existe», casi sonríe por eso no pudo ver nada que fuera más allá de sus posicionamientos fugaces. «Diez días no son nada», se dijo, y comprobó, ahora sí lo miró y le vio la debilidad antigua que lo sustentaba, más bien sí, inventó una sonrisa mientras le ponía el rostro de lado: que la mirara, que se extasiara, que viera luminosidad, no podía ser tan difícil en aquél lugar oscuro que desbordaba humedad vieja, rancia, desagradable. «Sólo diez días». Sabría llevarlos, hacerlos volar. Cuando la indiferencia es la madre de todos los sentimientos, no se puede recordar siquiera cuántas ventanas puede tener una casa vacía, simple, y no es preciso que hayan pasado veinte años, eso se deja para los amores que regresan, basta una pincelada de tiempo, nada, un encuentro casual buscado, y las risas acompañan, aconsejan, «¡hay que vivir!», grita la vida alborozada, cerveza en mano, apartando la vista de los cadáveres que el mundo regala, y sólo una fiesta puede borrar otra fiesta, abundan las camas dispuestas para el festejo y el festín, abunda la vida, insaciable.

Al traspasar la puerta, un silencio gris pero amable lo recibe. La sencillez tiene el olor de las cosas perdidas, quietas. Abre la ventana para que el aire entre, salude, se lleve esos silencios que maltratan. Se quedan silenciosos, sin hacer ruido, los que suavemente muerden. Con la dentadura de los buenos deseos, de que sea cierto que la brisa baila por entre suspiros y trenzas rotas de recuerdos que se hunden en las aguas de algún río, de algún lago.     

Al traspasar la puerta, ella se dice que no entiende cómo es posible que haya puertas donde tras ellas no hay nada, «allá los cobardes», se dice, y ya se desnuda para el amante que la ama y la espera desnudo. Una tarde cualquiera

                                                Quintín Alonso Méndez
 

martes, 23 de septiembre de 2014



Otoño


La debilidad de la luz es tristeza
paulatina
la luz irá apagándose
paulatina será la tristeza que crece
como el cerrar de ojos del pájaro que agoniza
en el estanque vacío
un arcoiris pálido 
por entre las ramas de los árboles
la mano le tiembla en el aire que grisea
infantil no quiere desprenderse del azul
pero más triste la tristeza
cuando resbale solitaria
por las calles de la lluvia
más triste cuando estalle el silencio
dentro de la tormenta
 hoy la calma tendida del día miente
aún incrédula ante la noticia de la muerte
esparcidas por el horizonte las cenizas
otoño

  
                                                      Quintín Alonso Méndez