viernes, 29 de noviembre de 2013

                                                                 Fotos: May Naomi

       Del libro de poemas "El edén de Salomé"

de la hebra más fina del más delicado rayo de luz
de ahí
de esos parpadeos de minúsculas mariposas blancas
que flotan extasiadas, de ahí, del origen del polen,
libero las palabras que se posan en el papel;
aletean trémulas porque mis manos tiemblan
enhebrándolas minucioso para ti
con el temor de un niño asustado
de romperlas y se deshagan en el aire.
las veo posarse como besos en tu piel
mientras van haciendo surcos de agua
de la más pura agua de la lluvia
por el océano transparente de la página en blanco
vertiéndose mi sangre porque así se vierte el amor.
quieren ser los más enamorados versos
y he de saber dotarlos de las más resistentes alas
y de las más delicadas
enseñarlos a volar
que te lleguen que te lleguen
que sepan posarse
ligeros audaces soñadores
en tus manos en tus labios
en el centro de tu alma
origen de polen
que sepan decirte lo único que sé decirte
te quiero
infinito te quiero
  Quintín Alonso Méndez   

jueves, 28 de noviembre de 2013

                                                                   Foto: Jorge García

            Así empieza el cuento "El envite"


El envite

Éramos unos cuantos. Corría el  vino desde el mediodía y olía a salitre porque el mar estaba cerca. Corría la sangre que era vino por las venas, se deslizaba por la pendiente cuesta abajo de las botellas vaciándose, como si tuviera prisas por llegarle al alma al corazón. Era el vino que corría, que resbalaba más bien, por las lisas lisuras de la tarde. Las tres de la tarde. Pero era una tarde fría, de no puedo no sé decir escribir no me sale cómo era la tarde. La tarde fría --el frío es liso. Lisa la tarde, de tablas lijadas. Con grises. Había grises en los rincones del patio, o eran gatos, y había grises sobre los tejados, o eran palomas que colgaban de las cornisas de las azoteas. Creo que ni siquiera había tejados, a lo lejos sí, al otro lado del barranco, más abajo, tejados salteados entre el verde de la ladera que bajaba hasta detenerse brusco, en alto, con rostro rocoso de acantilado oscuro, frente al mar, picoteado por nidos de pardelas y donde el frío cambia y se vuelve rugoso, áspero, con piel de tarajales. Había grises y había un tiempo. No es corriente que a estas horas de la noche me acuerde de nada. Pero me acuerdo porque es la memoria de siglos quien habla, quien se viste de recuerdos y está aquí. Era una mesa vacía, larga, hecha de troncos de árboles, lijados, una vaciedad en la madera oscura de la mesa, de no bosque sobre la mesa, en un rincón del patio, de gris plateado la vaciedad, bajo la parra. La tarde aún estaba de pie, arremolinada alrededor del brasero que alimentaba de calor la parrilla, a nosotros. Goteaba grasa de carne de cerdo por las rejillas de la tela metálica, olía a salitre porque el mar estaba cerca, subía la brisa desde el mar, con piel de tarajal, y olía a carne haciéndose. La mesa vacía al fondo del patio –el vacío es liso--, cobijada bajo la parra, donde las botellas de vino, viéndolas desde donde yo estaba, parecían árboles negros extendidos sobre una tierra lisa, oscura, de no bosque. Celebrábamos cualquier cosa, que era sábado o que ya no era verano, pero que veníamos del verano o de un sábado de verano, que ya se sabe que es donde se forjan los días al aire libre, con piel de salitre. El vino toma distintos caminos, según de donde venga la brisa, el camino de la guitarra, el camino que la muchacha muestra en su mirada, el camino de la borrachera bajo un árbol, también el camino de una mirada vieja, con hebras de nostalgias y que tiene las manos rugosas, de madera de árbol abatido, a veces toma atajos, con silencios, veredas, un paseo por voces que alegran aunque duelan, porque son voces que traen racimos de uvas de otras voces, atajos que a veces no se pronuncian, que a veces se demoran, se hacen de rogar, se sientan sobre una piedra, duelen, pero el vino corre liso por los barrancos de la piel siempre secos, y alguna vez alguien pronuncia las palabras que alguna vez fueron mágicas, tuvieron territorios, su propio teatro, de tierra y mar, de faenas y chorros de agua, de solajeros y días enteros de lluvia y viento, donde las palabras que se pronunciaban, pocas, tenían significado, presencia, alguien dice «un envite», empieza a caerse la tarde, alguien mira para otro lado, alguien da un paso atrás, busca el camino que la muchacha abre con la mirada, en el corro de la guitarra, un atajo, una piedra que muestra su liso lomo oscuro entre la yerba, algunos nos miramos, nos intercambiamos señas antiguas que se agitan, despertadas, que sólo el aire sabe ver, que ya se nos dormían en el tiempo, secándose, alguien grita que hay que ir a por más vino, a la bodega, adonde la niña se hizo mujer, desnuda, pisando uvas, algunos damos algunas vueltas sobre nosotros mismos, respiramos el hinojo y oímos el zumbido de las abejas, contemplamos el estanque, antes de mirar hacia la mesa vacía bajo la parra, sin señas, sin señales del bosque, alguien entra en la casa, regresa, y deja sobre la mesa, en el centro, un puñado de millo, una baraja, ya no se puede decir no al camino de la tarde que lee las cartas, y que es un atajo que se alarguece, se filtra, opiáceo, vinoso. Los equipos se hacen solos, pero se hacen, por costumbres, por los horarios, por los caminos que abren la tarde, por las tertulias al atardecer, por los hábitos que anudan y desatan, por los atajos que llevan a los muelles, a las charcas, a mostradores, a ventas que huelen a cebollas, a carne frita, a baraja. Alguien comenta «ya estamos todos» y arrastra su silla hasta la mesa, larga, hecha de troncos de árboles, la mesa despejada, talada, las botellas a otra parte, pero cerca, a mano, la mesa desnuda, sin bosque, sólo en el centro el puñado dorado de millo y la baraja, boca abajo, sin estrenar, frente a frente los dos mandadores, ya sentados, con sombrero de paja uno, con sobrero negro, de tela negra, lisa y brillante de vieja, el otro, las señas empiezan a quitarse las telarañas de las memorias, a desperezarse, señas que llevan siglos prendidas de las ramas de las nubes.

 
                                                                        Foto: Jorge García

                                                                  Quintín Alonso Méndez


miércoles, 27 de noviembre de 2013



          Del libro de poemas "El edén de Salomé"

                                    Foto: Jorge García

Adónde puede llegar una palabra si el viento la destroza nada más empezar a tomar vuelo
un disparo de venenos al mismo centro de la nada descubierta, de los sesos
y adónde puede llegar si el viento va en dirección contraria
al arenoso reloj de los encuentros
tú la has dicho
adiós es la palabra más sensata inventada por el ser humano
y la mayúscula no es el grito, es la medida que hay que ponerle a la distancia
hola es la mentira, la telaraña dispuesta, untada de miel.
Adónde puede llegar una palabra si es el imperio de los signos de los gestos
y los hechos hablan por sí solos, no se necesita la escritura
porque son dioses y son diosas
los que tienen el derecho a corretear por las calles de este mundo
adónde puede llegar una palabra si el viento la desmenuza como polen
y si la palabra fuera escrita en lo más recóndito de la soledad
para que los azotes del aire no la encuentren y la destruyan,
de qué serviría entonces la palabra, esa palabra que siempre quiso volarte
posarse donde las libélulas donde se tejen los besos

adónde puede llegar una palabra si ya nació despedazada por el viento

                                                                      Foto: May Naomi

                                                                Quintín Alonso Méndez



martes, 26 de noviembre de 2013

                                                               Foto: May Naomi

                 Del libro de poemas "Otoño"

Un día una paloma mensajera una gaviota
la verde mirada cristalina de un gato aterido
te dirá que siempre te tuve aquí
dándome la misma fuerza de un verso azul
la ternura que me alimentó
hasta el último aliento
te dirá, ¡ay, desgarro inmortal!
te dirá que me diste lo que sólo se da
cuando los labios se desgarran
en el beso conciso: gracias, gracias por existir
te dirá
ese pájaro que no detiene el vuelo
te dirá
            que morí
                           nombrándote
con la gratitud de haber vivido
porque tú vives y vivirás     
abrazando soles lunas
la trémula inmensidad del temblor



                                                                  Foto: Jorge García

                                                             Quintín Alonso Méndez








lunes, 25 de noviembre de 2013


      Del libro de poemas "El edén de Salomé"

                                                              Foto: Jorge García

Día a día me voy despidiendo un poco, paso a paso, como si fuera cierto, porque es incrédulo e ingenuo el mortal ante la noticia o la llegada de la muerte, aunque se la palpe, como se le va palpando la piel sedosa a cada día que nace, cada vez con más certeza, más sintiendo en la piel que se seca el roce de su seda, creciendo el sentido de lo invisible cuando los demás sentidos se van muriendo, apagándose. Me despido sobre todo de lo que no viví y de lo que malamente viví. Es importante que sepas que hoy es un día de lluvia con viento, un día de otoño que ha bajado de los bosques, trayendo puesto sobre sus hombros el amplio pañuelo de la neblina y que le cubre el cuerpo hasta donde le asoman los pies descalzos que pisan los charcos. Es frío de montañas. En el suelo, la humedad tiene huellas borradas y el aire difuminado, grisáceo, tiene pájaros grises. Es importante que sepas que hoy lo invisible es más visible que ayer, que las risas de los niños sólo son espíritus de ecos que vienen desde plazas lejanas. Es importante que sepas que está tranquila la espera, no alborota ni va mostrándose por los bares o las calles, se aparta de los ruidos y las voces y los besos, se sienta a solas a escribirte a pesar de que los renglones sigan en blanco, incrédulos o ingenuos, creyéndose que las palabras son así, transparentes. De lo que viví, de esa poca infinitud que viví, no me despido, se viene conmigo

en poco tiempo ya sólo seré esa fotografía quieta, inmóvil, que irá cogiendo el color de las cosas viejas, pretéritas


   
                                Foto: Jorge García

                                                            Quintín Alonso Méndez
   

domingo, 24 de noviembre de 2013




Del libro de poemas "Versos caídos"

                                                                   Foto: Jorge García


            Todos los grises están en este amanecer tempranero. Gris de silencio, gris de rumores de marea larga, gris de bajura, gris de largas esperas que no esperan nada, que esperan y esperan, esperas largas, de abril o de noviembre, gris subiendo por los muslos del agua, del aire, gris resbalándose, enredándose en el musgo, en el vientre oscuro del musgo, gris que muerde el cuello, los pezones de las tardes, gris del hambre, gris de dónde estás, gris que se posa en la carne y se enciende y se abre.

            Gris pintado de brisa, de no hay nada, de no hay nadie

                                                             Foto: Jorge García


 Escribo la ruindad de estas horas que no quieren tenderse en la noche y cerrar los ojos, que se van detrás del humo que dibuja de nubes agoreras el techo de la oscuridad. Escribo la ruindad de estas horas gigantes como el pasado, en cada gota de tiempo un dolor, una suavidad de dolor que alimenta miedos, a veces pánicos, derrotas, heridas de roces que apenas iniciaron el vuelo, rostros tristes que buscan la mar, rostros con una suavidad inaudita de pérdida en la mirada. Escribo la ruindad de estas horas amarradas como racimos como dedos como trampas como palabras que no quieren callarse, horas que son años nocturnos, años amontonándose y amontonándose y desvariando el cuerpo, tejiendo vacíos, recuerdos, encuentros, recuerdos, tu nombre, tus gestos

                                                                Quintín Alonso Méndez

viernes, 22 de noviembre de 2013

                                                                 Foto: Jorge García

   Del libro de cuentos "Las casas de los cuentos"
del cuento "La casa habitada"

Está tranquila la tarde. Continúa el tiempo sur, pero se ha ido el viento molesto empapado de arena, que ahora reposa sobre las olas mansas. Esta luz azul me atrae, me retiene y me detiene. Quédate, espera a la noche, que se viene acercando con un susurro detenido. Quédate desnuda, que te vean mis manos. Es sólo retrasar un poco el movimiento indetenible de la soledad andante. Después no vuelvas, no regreses a este silencio vacío, a esta oquedad en los miembros. Quédate, deja que el alba se vaya diluyendo y difuminando en tu silueta ya invisible, impalpable.

            Quédate, deja que la tarde vuelva a su origen.

            Después ya no seremos más que un eterno olvido enterrado.

            El hastío en un monstruoso gusano que habita en las entrañas, en permanente estado de larva, como una enorme rata despellejada viva. Sube hasta la boca de la garganta cuando las tormentas airean y crispan los nervios, se desahoga arañando las cavidades más externas, luego baja y se cobija cerca del vientre, mordiendo con saña los costados, los órganos más débiles, restregándose y bañándose en la bilis, los ojos viscosos, goteando babas, sobresaliendo del rostro, echando llamaradas de luz negra. Nunca duerme, siempre alerta al sobresalto más diminuto, su alimento diario. No deja de ir creciendo ante nuestra indiferencia, hasta el día que revienta en mil partículas, dando paso a infinitos gusanitos babosos que se arrastran por nuestro cuerpo yerto, aterido por la quietud, y se van desperdigando por la tierra húmeda, por las raíces, desapareciendo hasta que asome un nuevo nacimiento, hasta que un incipiente furor los llame al ocaso, a la destrucción.

            La pena es un hijo menor, un gusano de seda.

            Huye, aléjate de los corazones vacíos, hambrientos. Búscate un rostro con la cara lavada, restregada en el azúcar, deja los pobres olores para los pobres de espíritu, para las fieras del bosque. Olvida la sensación mareante del origen, la primera sensación. Hazte una imagen para el día, una sonrisa para cada síntoma de sinsabor. La vida no tiene más vidas que huir del dolor sincero, sin placer.

           

Me voy al abismo con las alas libres, la luz vespertina en la cresta de los acantilados. Me posaré en el suelo como el roce instantáneo del cernícalo en las briznas de yerba; luego, el vértigo a las alturas, el desprendimiento de toda sustancia finita. Una inesperada y solitaria andadura por los témpanos de aire. Quizás no hay residencia en la claridad. Quizás no hay tibieza porque la soledad no deja de aletear libre en pos del abismo.

            Cuando leas los versos, de esos versos que te lleguen a la memoria y al roce, que te detengan y te irisen, ánclate, cógelos, sórbelos, mastícalos, y luego déjalos que prosigan errátiles en busca del latido, aunque tú no sepas nunca que lo palparon.

            Es una calma limpia la que habita la atmósfera.

            Persiste el rumor absorbente de la mar. Y va usurpando todos los sentidos, arrullando esta luz pálida que no es visible sino desde la nostalgia. Rumor que viene de otros labios. De otros latidos.

            Dentro del rumor, la luna en su cuarto menguante. Guiada por Venus y empujada por Júpiter, le da los ojos a la mancha azulada del espacio. La luz viva, esparcida en pinceladas naranjas violetas amarillas, deslizándose por nubes de algodón.

            Horizonte inquieto.

            Rumor.


            Afuera ya llega la noche silenciosa. Abierta la ventana etérea, la brisa leve, con sabor a frío

                                                                         Foto: Jorge García

                                                                    Quintín Alonso Méndez