viernes, 12 de septiembre de 2014




11 de septiembre

Noventa años contigo
es decir
noventa años que llevas
sin una queja
sosteniéndole la luz al mundo
dos besos
y tu mirada
tu sonrisa
la ternura de tus palabras

me dieron la infinitud del motivo


a mi madre


                                                                              Quintín Alonso Méndez

jueves, 11 de septiembre de 2014



De «Últimas notas»

La caja vacía


Después de mucho tiempo (¿cómo se puede medir el tiempo cuando la nada habita cada rincón de cada día?), y sin querer, he tropezado con la caja vacía de madera labrada a mano, como pétalos hundidos en la carne de la madera que aún lleva reminiscencias de ese olor primario, negro, del origen, y de donde sacaba las débiles tiras de tela hechas de polen de flores secas mezcladas con la maresía de los días tirados al estercolero de los olvidos. De ahí, de esas tiras endebles, que se deshacían con sólo mirarlas, y tú lo sabes, sacaba las palabras que llevaba al papel o al fondo sin fondo de esta pantalla que ciega y me va quemando los ojos, lo que podrían mirar y ver los ojos, cegándolos. La he abierto. Dentro del vacío de la caja, múltiples, incontables diminutas hormigas negras. Mi primera tentación ha sido llevar la caja debajo del grifo, inundarlas, desaparecerlas debajo del chorro brusco de un diluvio. Pero no. No sé por qué. Pero pensé en las cenizas de la literatura. Con cuidado, saqué la caja, abierta, que se viciara del aire, bajé las escaleras, he cruzado la torpe acera en la que suelo trastabillar y me metí en los terrenos de la vida, donde aún pájaros, lagartos, matojos, algunos pequeños árboles, tienen su patio, sus tiempos apartados del mundo. He buscado una pequeña gruta entre piedras negras, silenciosas y bloques de cantera, ahí he depositado la caja, abierta. Me digo, mirando la caja por última vez, si no será el inicio de una marabunta, que me venga de vuelta a casa y acabe con todo. Ojalá, me digo. Antes del regreso, de subir las escaleras hacia el aire que no se mueve, miro el perfil cortado a cuchilladas de las montañas y me digo que el tiempo se puede medir o constatar de una manera muy sencilla: basta comprobar la hondura del silencio, sus arrugas que no son más que el crecimiento del cansancio. Ya tuve que atrapar una lagartija en la azotea, crecida, ya verdeándose, cuando después de días en que no entendía por qué si cuidaba la planta, la regaba, veía cómo le nacían los capullos, y al alba, la planta, sus capullos, aparecían cercenados una y otra vez (en esos pobres momentos pensaba en ti), hasta que un atardecer la vi, encaramada, alimentándose. La atrapé y la llevé a su mundo, allí la vi, mirándome, mientras depositaba la caja en su gruta negra azul. En la azotea quedan unas cuantas lagartijas, delgadas, menudas, pero son más ágiles y rápidas que la luz. Esperaré a que crezcan, las atraparé y las iré llevando a su mundo. Son los pocos renglones que me quedan por escribir

             



                                                     Quintín Alonso Méndez

miércoles, 10 de septiembre de 2014



De «Últimas notas»

Un silencio

Cuántas infinitas puertas cerradas
en la oscura gruta del ser!
Cuántas palabras colgando silenciosas
de las altas bóvedas de la soledad!
Detrás de los muros de piedra de la distancia
hay pájaros que dibujan árboles, veredas, riachuelos,
para los hilos de plata de la vida.
Montañas y barrancos que palpitan olvidados
bajo la sábana perezosa del azul.
Las raíces se retuercen y se enredan,
elevándose en gritos de silencios
picoteados y heridos por la sal transparente
del agua, por la espuma que roza las lágrimas,
y mis dedos se pierden por las grietas de la madera
del árbol marino, dibujando tu nombre,
dejando se hunda la eterna tristeza!



                                      Quintín Alonso Méndez 

jueves, 28 de agosto de 2014



De  «Últimas notas»

El mundo


Al mundo cada día se le cae una lágrima de adiós
una callada despedida que hoy aúlla en el viento
y que hace de la noche el mar más oscuro.
Me hallo perdido dentro de una intensa niebla,
no es otra cosa que la profunda nada del silencio:
el murmullo lo produce el roce del miedo con el vacío.
Nacer ya es despedirse, es el llanto, la primera pérdida,
la vida no es más que el camino que traza la muerte  
para su regreso al fúnebre descanso del olvido.
No importa el dolor, ni siquiera el frío del dolor,
no importa el desamparo;
desde la ventana abierta sólo se ve la soberbia del día,
sus hilos de luz que cuelgan como trenzas o como hebras
de besos de agua y fuego;
desde la ventana abierta, la niebla es una isla que no existe,
sólo respira lo que habita el trazo del camino,
qué importa que aquí dentro, perdido en la niebla,

al mundo cada día se le caiga una lágrima de adiós


                                              Quintín Alonso Méndez

viernes, 22 de agosto de 2014



De «Últimas notas»

La ausencia

                                    
Cada instante de ausencia es tiempo de desgarro
por el vagabundeo de la brisa torpe y gruesa del vacío.
de la rama agrietándose por el peso de la luna,
Es tiempo lento de la yerba amarilleándose
de la sombra perezosa que se esconde bajo el árbol
es tiempo lento de olvidos, que no irá a ninguna parte.
Tiempo que se muere mientras camina solitario
y se cae débil queriendo caerse, le surge un deseo,
que las hojas en blanco le cubran los últimos recuerdos.
Cada instante es esa última estación que nunca fue abierta,
son las ruinas de la casa que no será habitada,
y por ellas la ausencia deambula sonámbula.
El balanceo de los zarcillos, besando el aire,
va signando el ritmo de sus pasos de diosa


                                              Quintín Alonso Méndez



domingo, 10 de agosto de 2014




A la noche


Porque te quiero tanto, voy a morirme menos viejo,
menos vencido por los cansancios que traen las soledades,
no terminarán de cuajar las arrugas en la muerte de la piel,
voy a morirme menos viejo, y sin darme cuenta,
porque serán más silenciosas las calles
más calladas las noticias que traigan los pájaros,
sin que me dé cuenta,
ya no recordaré cómo eran los rumores de las noches,
y habré olvidado, porque las tristezas debilitan, cómo muerde el frío,
moriré lejos, más lejos de un pensamiento donde yo pueda caber,
más lejos todavía de esa apenas sonrisa que de tiempo en tiempo sin querer se asoma
adonde el tiempo se arquea, adonde quema la brisa,
porque una gaviota, o un amanecer, o una palabra que ha enmudecido,
aún más lejos, nada más que venirme aquí, dentro, dejar volar la mirada
dejarla irse o quedarse fuera, un saludo al silencio y luego cerrar la puerta





                                               Quintín Alonso Méndez