La Prosa (58)
«la gente quiere ir al mirador a tomar
algo, ¿quieres ir?», y se fue con la gente para así estar con «ella»; en un
momento extraño, con el ruido de la gente aturdiéndolo, su mirada posada en «ella», en sus gestos, en los pájaros delgados y blancos de sus manos, le llegó
su voz como un murmullo de ola, «escríbeme algo», ¿qué podía escribirle él,
estaba empeñada en que fuese escritor?, le asintió hundiéndose en las aguas de
sus ojos (sus labios húmedos tan cerca…), «mañana lo tienes…, ¿en el mismo
sitio nos vemos?», su boca, su boca… sus ojos…, «en el mismo sitio»…, Perro
empotra la cabeza en la rodilla de Hombre, «es mimoso, ¿no?», dice la mujer
abrazando a su hijo, «somos mimosos» está Hombre a punto de decirle, «sí», le
dice y a punto de añadirle «¿y usted?», «debemos irnos, buenas tardes», «buenas
tardes», se queda mirándola, disfrutando de sus andares mientras se aleja,
Perro frotando el hocico en su pierna, «nosotros también debemos irnos; mañana», le dice, rascándole la cabeza que le ofrece mimoso.
Al atardecer se encuentran de nuevo
con la joven pareja, que fuman yerba sentados en un pequeño y alargado muro de
cemento que separa al abandonado a su suerte, extremo de la ciudad, de un seco y
maloliente barranco –extremo que necesitan potenciar--, Perro enseguida los
reconoce, antes que él, que anda escarbando en su mente cómo era estar junto a «ella», la muchacha le sonríe y el joven lo saluda con un «hola, viejo» amistoso,
así se lo toma porque viejo es desde hace tiempo, «¿le apetece?», acepta el
cigarro oloroso –olor fuerte, seductor, a campo—que le tiende la muchacha, ¡ah,
así era la embriaguez de sus besos! Charlan de cosas que no importan, del
lazareto del barranco, del lazareto que es el centro lujoso de la ciudad, del
lazareto que es el mundo, «y de lo que no se habla, de lo que realmente es
atroz y a lo que se le vuelve la espalda, sin darle importancia, pero que es el
verdadero pulmón del planeta, y que rápidamente se muere, lo están asesinando»,
dice la muchacha, y ya Hombre desea que lo diga, le gusta su boca echada hacia
delante, provocativa y provocadora --es el sexo y es el desafío al mundo--, «el
mar», y le arrebata el cigarro, se lo lleva a la boca y lo succiona con avidez,
«el mar», y lo dice con la voz y las manos vencidas, Perro y Hombre tienen el
mismo gesto de alarma, el mismo sobresalto, que la joven pareja no advierte,
inmersa en su futuro sin futuro (qué triste será su derrumbe cuando lo sepan, que se acabó el futuro), «¿Han
estado en el mar?», «claro», dice la muchacha, el muchacho golpeando los
talones de sus pies contra el muro, con ritmo monótono de lejos, lejos de todo,
«se parece a mí», piensa Hombre, clavando los dedos en la palma de la mano, y quiere
preguntar, ávido de hacer esas preguntas que nunca se contestan, pero deja que
el silencio haga su trabajo, «ya sé que tú no», y la muchacha le abre carnosa
su boca al aire altivo que no se deja atrapar, «hemos estado, pero sabes,
quizás no exista, y no sea más que un deseo de libertad y, sabes, la libertad
no existe, bueno, sí, aquí estamos y somos libres», y entonces la muchacha mira
a su amado palmeándole el muslo, y ya éste, tan lejos de donde está, con la
maestría torpe de la tristeza adormecida, lía otro cigarro. Perro y Hombre
miran alrededor, la pobreza es masa, está cansada de perder revoluciones y
sorprendentemente vive, como la flor en la piedra. Sin decir nada, se ponen a
caminar, a paso lento, saboreando la lentitud del tiempo al atardecer, los
muchachos entrelazados por la cintura, saboreándose, Hombre y Perro también, a
su manera, sabiéndose cerca, sin importarles mucho el cuándo en ese momento.
Terminan sentados en donde se conocieron el día anterior, comiendo y bebiendo,
la mejor medicina que hay contra las dos guerras, la interior y la exterior.
Confirmado: a veces, entre medias, «la paz existe». Terminan fumando yerba caminando por las calles pobres, con las aceras y las farolas rotas, se cruzan
con caras oscuras, con olores tristes de ropas y cuerpos sucios, con algún
grito desgarrando una ventana, el golpe hosco de una puerta al cerrarse, los
dos jóvenes dicen que algún día, a no tardar, se irán de aquí, es amargo el
sabor en la boca, amargo el sabor, agrio como el vinagre, ahora cuando recuerda
las palabras que le dijo «ella» la última noche «ahora entiendo por qué me
dijiste si también estaría contigo si estuvieras viviendo en una cuneta: porque
nunca pensaste en hacer nada para salir de ella». Se despiden con un «hasta
mañana» que nunca será. Partirán al alba después de unas horas en vela con la
vela encendida
quintín alonso méndez
No hay comentarios:
Publicar un comentario