Tarde de azulados grises,
pintada con quietud mansa de sueños ensoñados,
una ternura extraña meciéndose en tristezas de frutas dulces,
como si los recuerdos no dolieran más allá de la nada,
sedados por la lumbre de lo dulcemente amargo.
Tarde de nostalgias abriéndose floridas en la marea quieta,
tendida en la arena húmeda de los besos fugaces
que ardieron en hogueras del nunca apagarse
aunque la muerte matase y la vida se muriese.
He descubierto en tus ojos la luz luminosa
que buscaba desde niño enredada oculta en el musgo.
Qué más puedo pedirle a las soledades del mundo
Soy tristeza
y soy el dios que te ama y te hace eterna,
con versos de agua de mar, hechos con las hebras de los océanos
que tus ojos desprenden
como flechas azules de un amanecer.




















