Fue un principio de asomarme a la calle, a verte caminar, de
mirarte mientras altiva, ondulándote en gráciles olas desnudas, arropabas tus
sueños, que iban abriéndose en primaveras, en frutales esplendorosas flores del
deseo. Fue un principio de sentarme a esperarte, a que surgieras de la nada que
me envuelve, con tus ojos de mar, llenándome de olas y de brisas desnudas, acariciantes
como temblores carnales. Luego fue detenerme y extasiarme y perderme con la
mirada por tus bosques exuberantes y resbaladizos arenales, insinuantes y
llamadores como pecados. Ahora, en un todo, eres la impúdica amante de mis
versos, que a diario te desnudan y te recorren, demorándose en cada flor de tus
latidos, en cada pétalo de tus carnes, en cada uva de tus labios



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