La novela
Ha abierto los ojos, se ha puesto en pie,
torpe, con tranquilidad fingida, ha dado los primeros pasos, tambaleándose, pero
sabe que no va a detenerse, al fin se atreve a moverse, a echar a andar, «la novela»,
no tiene nombre, sólo es «la novela», ni siquiera sabe dónde ha pisado al ponerse
en pie, ni por dónde va a caminar, no le importa. Va a caminar. No sabe nada. No
quiere saber nada. Va a salir a la calle y va a escribir el color del día, pero
ese color que está detrás del día, o dentro, será una mirada y una escritura silenciosa,
sólo será quejidos y palabras interiores, nadie me verá mientras le sacuda el polvo
al sendero y escriba, lo digo mal, y deje que escriban los sentidos, a su manera,
sin interrumpirlos, sin molestarlos, sin interrumpir ni importunar a nadie, sólo
a mí mismo, a solo yo, porque el otro, el que estaba conmigo, el que me ocupaba
y me taladraba segundo a segundo las sienes, ya tampoco está. También escribirá
el color de la cara oculta del día, de la noche. Solo ante la escritura y la literatura
sola ante mí. Caminará despacio, a veces, las cuestas abajo son así, caerá rodando
por la yerba o por piedras llenas de aristas, pero caminará. Yo no la veré, pero
«la novela» sí verá la luz. «La novela» será cobijada, mecida, abrazada, por brazos
que soñé me abrazaran, me rozaran, unos labios se posarán en sus renglones, surcos
de miel resbalando, goteando, esa lluvia ligera que hasta en verano viene a visitarnos,
a llamarnos desde la cristalera de la ventana, los árboles silenciosos ondulándose
en la tarde, la novela silenciosa. Cuídala, mímala, ese hijo que quise tener y que
nació después de haberme ido yo: va a ser cierto: no lo saludaré
Quintín Alonso Méndez
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