Me vengo a casa, y me quedo en casa,
en las cada vez más placenteras y
alargadas estancias en casa,
saboreando los lánguidos y frutales
atardeceres de octubre,
la orgía de colores afrutados cuando
amanece, arañándose el alba.
Y casa, esa desconocida compañera que
siempre me espera
con la puerta y las nostalgias
abiertas, me acompaña,
cada vez más cercana, más comprensiva
con mis distancias,
más habitada por estos silencios que
le comparto.
Nunca casa ha sido más entrañable que
ahora,
de cuando regreso del frío abandonado,
mendigo de las calles,
y me acoge, me cobija en sus cálidos
rayos de sol
que enternecen las plantas y le dan
abrigo
a los rencores que me guardo y aleja
lo humano.
Casa aquí conmigo, respirando y
recibiendo esta palidez cálida de la tarde,
leyendo los versos intraducibles de
las horas que como garcetas y gaviotas
suavemente pasan,
disfrutando el vino del atardecer que
se acerca, aflora,
trayéndome nostalgias de labios y
sabores,
disfrutando de esta plenitud que me
abraza, desmenuzándome.
Y casa me pregunta por qué tardé tanto
en regresarme
Donde el silencio enmudece lo que no
tiene espacio